EN PREPARACIÓN… DEjARÉ EN BREVE, POR EL MOMENTO, EL TEXTO INDICATIVO DE LA ETAPA, QUE CORRESPONDE A ‘LA GUÍA DE PEREGRINOS’ ESCRITA POR JOSE MARÍA ANGUITA JAÉN.
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*enlace: Camino (interminable) entre Carrión y Calzadilla de la Cueza
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* Durante 13 km se atraviesa con la histórica <<vía Trajana>> un solitario paisaje, que al llegar aCalzadilla de la Cueza deja de ser llano, al aparecer las <<cuezas>> o vallecillos separados por pequeñas lomas. Si se toma alguna de las sendas alternativas a la carretera, se pasa por un bosque de roble antes de regresar a familiares extensiones de cereal y cruzar el río Valderaduey para entrar entierras de León.
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*enlace web: CAFÉ COKE, donde puedes estudiar esta etapa y sus correlaciones con las casillas del Juego de la Oca.
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EXPERIENCIAS PEREGRINAS
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Carrión de los Condes - Calzadilla de la Cueza
8 de octubre 2004
Hoy ha sido un camino horrible, horrible para los pies. Es muy llano pero el sendero está lleno de cantos rodados muy grandes y destrozan mis pies, ahora que tenía casi curadas las ampollas, renovada la piel, he decidido parar en Calzadilla de la Cueza.
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*enlace: Calzadilla de la Cueza
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No he caminado casi nada, unos veinte, debería de haber llegado a Sahagún (37 kms) pero no lo he hecho.
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*enlace: Uno de los albergues de Calzadilla
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Nada más llego al albergue empieza a llover muy fuerte, una lluvia de tormenta, es un buen lugar para refugiarme, un pelín caro, no hay casi nada que ver, no conozco a nadie, me quedo en la litera leyendo, es horrible lo que me duelen de nuevo los pies, espero que no me vuelvan a salir nuevas ampollas.
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*enlace: interior del mismo albergue
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No tengo ganas de estar aquí pero no me queda otra. Mañana será otro día.
- Diario de GUADALUPE, Mirada de agua, Octubre/ 04 -
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18.03.04. Jueves.
Carrión de los Condes-Sahagun (487):
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He salido disparado a primera hora del cuchitril en el que he pasado la noche. Estaba deseando irme y así lo he hecho antes de que nadie se despertara. He desayunado y preparado mentalmente he empezado a caminar para enfrentarme al verdadero páramo, a la nada absoluta, a 18 kilómetros de camino recto, sin nada a los lados salvo la encina que alegra los ojos al cabo de un buen rato.
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Y así, en un santiamén llego al final, superando los campos de cantos, la encina, el vacío. Sin sufrir, contento, sudoroso, relajado. Y paro en el bar y me tomo un pincho de tortilla que es la mejor del Camino. Porque tanto no-ser te da hambre. Porque un descanso siempre sienta bien, y los mentales aún mejor. Porque tanto predegal te pide alegría. Y porque quererse es una de las primeras leyes de la vida. Para sonreir y ayudar a los demás.
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Después todo es más fácil. Un agradable andadero te lleva hasta Ledigos en donde la buena temperatura que hacía me ha permitido descansar un buen rato junto a la fuente. Es muy pronto todavía.
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A Terradillos de los Templarios he llegado muy fresco. Dado que la mayoría de peregrinos se iba a quedar aquí, he decidido seguir hasta Sahagun, ciudad interesante en la que voy a estar prácticamente solo, salvo que aparezca algún grupo de ciclistas. La temperatura acompaña y aunque cansado, el recorrido se convierte en un paseo.
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Es la mitad del Camino. A partir de aquí comienza la cuenta atrás.
El refugio es sensacional, amplio y prácticamente vacío. Las duchas hirviendo. Un hotel de lujo para un peregrino. No pido más.
- Diario de ALFONSO BIESCAS, Marzo/ 04 -
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Domingo 3 de agosto:
Carrión de los Condes-Calzadilla de la Cueza
Me levanté muy temprano, ya que no deseaba asarme en este tramo del Camino, pues hasta tal punto me lo habían dibujado. Bajé a la cocina para tomar unas tortas que compré a las monjitas. En la nevera encontré leche y me serví un buen vaso. Dejé mi donativo y 4 tortas, para que otros peregrinos también pudieran gozar de estas exquisiteces. Al salir miré el reloj: eran las 5′30 horas. Fuera de la ciudad, frente al Monasterio de San Zoilo, me di cuenta de que aún era noche cerrada. Saqué de la mochila la linterna, y con su ayuda, me interné en la espesa oscuridad de la noche. Al llegar al cruce, después de pasar la Cruz Roja y Gasolinera, seguí hacia la izquierda, saliéndome del Camino. Ahora iba por carretera. Procuré ceñirme bien a la cuneta y llevar constantemente encendida la linterna; todavía no había demasiado tráfico, pero era peligroso circular por un arcén tan estrecho que, a veces, desaparecía. Hasta las 6′30 no comenzó a clarear.
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Al otro lado de la carretera se adivinaba un cartel. Enfoqué con mi linterna y pude leer: N-120 Sahagún. Su lectura me tranquilizó un poco. De noche, por carretera y sin saber la dirección que había tomado, me hacía sospechar un desvío importante. Ahora, por lo menos, sabía que estaba en buena dirección. Calculo que llevaría unos 4 kms andados cuando, después de pasar Calzada de los Molinos, la lazada de mi bota izquierda se enganchó con la fijación de la derecha, dando conmigo al suelo. La caída fue tan violenta e inesperada que quedé como un sandwich entre el piso y mi mochila. El bordón salió disparado así como la linterna. Me levanté con cuidado, dando gracias a Dios, ya que si hubiera venido algún coche en ese momento, lo más seguro es que me hubiera aplastado.
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Aún sentado en la cuneta, advertí que sangraba por todas partes; no era así, pero la profundidad de las heridas hacía que sangrara en abundancia, manchando brazos, piernas, pantalón, camisa y calcetines. Me inquietó sobre manera la herida en la espinilla de la pierna izquierda. De pie, recogido el bordón y la linterna, me di cuenta de que tendría que buscar un sitio más seguro para curarme, ya que el tráfico iba creciendo y el espacio de la cuneta era muy estrecho. Dejando un reguero de sangre tras de mi, busqué un lugar donde poder curarme sin prisas, dedicando el tiempo necesario para hacerlo bien. Al fondo, como a unos 300/400 mts y a la otra banda de la carretera, había una casa de campo que parecía deshabitada. Sin prestar mayor atención a las heridas, me dirigí a ella. A la derecha de la casa había una era. Descargué mi mochila y saqué lo necesario para curarme. Con el agua oxigenada limpié toda la sangre de brazos y piernas; de esta forma pude advertir que el daño era inferior a lo que, en un principio, había pensado. Me había herido en la espinilla de la pierna izquierda. y también en la rodilla de la derecha. En el dedo pulgar tenía un corte muy profundo y con gran hemorragia de sangre, así que traté de curarle primero. El agua oxigenada hervía produciendo gran calor en la mano; conprimiéndolo con bastante algodón logré parar la hemorragia. Lo tinté bien de Betadine y aprisioné con una tirita. A continuación lavé bien las heridas de las piernas, pidiéndole a Santiago que no me pasara nada en la herida de la espinilla; tenía temor de que tardara en cicatrizar o que no cicatrizara bien. La tinté también con Betadine y a continuación hice lo mismo con las de la rodilla. Estas seguían sangrando bastante por lo que me vi precisado de vendarlas con fuerza. Durante la cura oí cómo se abría una ventana de la casa y la volvían a cerrar…
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Recogido que hube todo el botiquín, de nuevo crucé la carretera y continué el viaje. Ya había salido el sol y empezaba a calentar. La circulación también era más fuerte y el paso de coches y camiones hacía bastante incómodo el caminar por el arcén. El vendaje de la rodilla permanecía bien sujeto, lo que hizo que me sintiera orgulloso de la habilidad con que había practicado las curas. La tirita del dedo gordo se me caía con frecuencia, dando lugar a paradas para secar la herida y reponerla. Sobre las 10′30 llegaba a Cervatos de la Cueza. Allí pregunté si había algo abierto para comprar cosas de comer. Me dijeron que un poco más arriba abrirían un supermercado. Subí y, en efecto, estaban metiendo mercancía en una tienda un poco grande y con pretensiones de supermercado. Me acerqué y pregunté si me podían vender alguna cosa. La encargada, un tanto contrariada, me dijo que ya que me encontraba dentro cogiera lo que necesitase. Al final sólo compré pan, una lata de sardinas y otra de mejillones en escabeche. Busqué una sombra en una pequeña plaza y me senté a disfrutar de tan suculento manjar. Tenía sed y se había acabado el agua de mi botellita.
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A una señora, que pasaba por la plaza, le pedí que me indicara dónde coger agua. Me dijo: esta Ud. sentado encima de la fuente. Me sorprendí y miré a mi alrededor; ella sonriente añadió: debajo de Ud. Efectivamente, a ras del suelo había un grifo. Le abrí y, aunque no salía fría, llené mi botella y la vacié por dos veces. Rellena de nuevo y repuestas mis fuerzas, salí a la N-120 para alcanzar la meta de esta jornada. La rodilla me dolía bastante y la herida del dedo me molestaba y sangraba cada vez que apretaba el bordón. El sol y la temperatura estaban alcanzando su cenit. Me sentía desfallecer; había consumido todo el agua, así que mi pensamiento se centraba en encontrar una fuente. A la derecha de la carretera quedaba Quintanilla de la Cueza. Vi algunos árboles y arriba del pueblo una hermosa torre exenta y, al lado, la Iglesia. Sin pensarlo más, me dirigí hacia allá. Cuando llegué me di cuenta que la Iglesia estaba abierta y estaban diciendo Misa. Entré, descargué la mochila y me quedé al fondo de la nave. Sentía vergüenza del sudor que empapaba mi camisa y pantalón. La gente se volvió para mirarme; yo me limité a dar gracias a Dios porque, a lo largo de todo el Camino, ha hecho posible que pudiera participar, cada día, de la Eucaristía. Al finalizar la Misa, entré a la Sacristía para que el Sacerdote me sellara la Credencial. No tenía el sello, pero me la firmó.
Tan sólo me faltaban unos 5 Kms para Calzadilla. Cuando me lo dijeron me extrañó, porque la etapa de esa jornada era de unos 17 kms y yo los había hecho de sobra. Después pude confirmar que mi equivocación en la salida de Carrión me había supuesto 5 Kms de más. Este último tramo de la etapa fue muy duro. El sol, un sol implacable, se ajustaba al cuerpo, agotando las últimas energías de mí peregrinar. Mirando al horizonte nada asomaba que no fuera la inmensa planicie de Castilla. Por fin, tras una curva y como a unos 2 Kms, apareció la torre de Calzadilla.
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El afán de llegar alejaba, como en un espejismo, el perfil del pueblo. A la derecha, y por encima de unas eras, un cartel anunciaba Hostal Camino Real. Recuerdo que llegando pude apreciar un gran enjambre de avispas negras o así me lo parecieron a mí. Entré en el Hostal casi a rastras. Eran las 14′15 horas. Me acerqué a la barra del bar y pedí una botella grande y fría de agua. Me la dieron de litro y medio; me la bebí. Me dijeron que tenían habitaciones y solicité una. Subí, tropezando en los peldaños, porque me faltaban fuerzas para levantar más los pies. Me duché; limpié las heridas, repuse vendajes y bajé a tomar algo. De todas formas me encontraba tan cansado que sólo pedí un pincho de tortilla. Descansé hasta las 17′30.
Aunque el calor era sofocante, quise unirme a los peregrinos de Carrión; así que subí al Albergue. En la puerta estaban Cesar con los de Madrid, sentados y con los pies metidos en unos barreños de plástico con agua. Habían llegado deshidratados y, para colmo, el Albergue sólo tenía una ducha y 6 camas. Todos iban a dormir en el suelo. Sacaron un botijo que fueron pasando de mano en mano. Creo que este es el peor Albergue de todo el Camino. El Hospitalero, sin embargo, era bastante simpático y acogedor. Me apostilló en la credencial: Buen Camino, peregrino ¡ULTREYA! Miguel.
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Mantuvimos una buena tertulia en la que hice el comentario de las avispas, confirmándome que había muchísimas y que a Miguel le habían picado el día antes. Enterados, por mí, de que en el Hostal tenían Menú por 1.000 pts. bajaron todos a cenar. Yo, antes de unirme a ellos, subí hasta el cementerio donde hay una torre de ladrillo, exenta, que por su arquitectura y formas no dudo que es mudéjar,posiblemente de los siglos XIII/XIV.
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En el Albergue se me presentó un señor que, al enterarse de que yo trabajaba en Publicidad, me explicó sus habilidades en el terreno de la Heráldica. Él dibujaba los escudos y, es más, estaba dispuesto a sacarme los escudos de mi familia. Se llama José Antonio Rueda y vive en Palencia. Quería, por todos los medios, enseñarme sus dibujos, y al saber que yo bajaba al Hostal, me acompañó porque le era muy grato hablar con personas que entendían de historia y de arte. Cuando llegamos, me dijo que iba al coche para coger los dibujos que, siempre, llevaba consigo. Sentados en una mesa, compartida por los otros peregrinos, J. Antonio me fue enseñando sus escudos y ofreciéndome los que yo quisiera, porque eran fotocopias y los originales los tenía en casa. Yo se lo agradecí, pero le dije que los guardara y que se quedara con mis señas. Si algún día pasaba por Madrid, con mucho gusto le acompañaría. Saqué mi Guía y, entre todos, estudiamos la etapa del día siguiente. Antes de cenar, llamé a mis hijos y hablé con Marcos. Todo iba bien y ya les seguiría llamando, para decirles por dónde me encontraba.
En toda la noche no dejaron de hablar a gritos, de reírse y competir en groserías, disputas y vaciedades. Por desgracia no sería mi última experiencia.
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Lunes 4 de agosto:
Calzadilla de la Cueza-Sahagún
A pesar del griterío, el cansancio era tan grande que terminé conciliando el sueño por espacio de unas dos horas. A las 6 me levanté, y compitiendo con otros huéspedes dado que sólo había un cuarto de baño y un aseo, pude componer mi cuerpo. Abajo desayuné unos sobados y café con leche. Pagué y con mi equipaje a la espalda enfilé a la carretera. En el Km. 218 de la N-120 crucé el río Cueza. Como a unos 2 Kms. a la izquierda está el antiguo Hospital de Santa María de las Tiendas. A esas horas de la mañana es fácil hablar con Dios; a Él dirigía todos los días innumerables jaculatorias, algunas sin final, agolpándose unas encima de otras, al Dios Todopoderoso, al Amor Infinito, a Jesús Compañero y Amigo inseparable, a María, la más hermosa de todas las criaturas, al Ángel de la Guarda. Tenía como una desazón hasta llegar al Ángel de la Guarda; no podía separarse de mi pensamiento. Le sentía tan cerca de mí y sentía tan real su protección que deseaba llegar a nombrarle …bajo cuya custodia me puso el Señor con todo su Amor de Padre. Tantas veces, cientos de ellas, quizás miles, no lo sé, a él me encomendaba. Y al Espíritu Santo para que me enseñara a amar a Jesús, a amarle hasta la locura, pidiéndole que todo el amor de mi corazón se centrara en su corazón.
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A la hora y cuarto de haber emprendido la marcha, bordeé Lédigos y me separé de la carretera para entrar por un camino de arena y piedra relativamente cómodo. A media hora de camino paré en Terradillos de Templarios. En el Albergue volví a encontrar al alemán con su caballo. Entré en el local y pedí que me sellaran la credencial. La Hospitalera me dijo que si quería sentarme a desayunar podía hacerlo. Se lo agradecí, pero le dije que lo único que quería era llenar mi botella de agua. Entró un joven, bastante ebrio, quien comenzó a dirigir una serie de requiebros soeces a la chica, mas, como vi que ya se conocían, preferí dejarles solos y continuar por el Camino de Santiago.
Enseguida tuve que prestar atención, porque me encontré en un pequeño barranco, que tuve que salvar sin problemas. Por él, mansamente, discurría el agua del Arroyo de Templarios. La pista continuó cómoda hasta Moratinos. Allí, en la Plaza, al lado de la Iglesia de Santo Tomás, que conserva una imagen de la Virgen con el Niño del siglo XVI, dejé la mochila y en la fuente bebí agua hasta quedar saciado. Rellené la botella y pude saludar a Cesar, que con sus amigos llegaba para hacer lo mismo. Sentado en un banco miró las heridas de mis piernas y me enseñó su rodilla, operada ya dos veces de los ligamentos cruzados. Precisamente se estaba portando bastante bien, aunque en ocasiones se le hinchaba y tenía que parar para refrigerarla un poco. Ahora la traía hinchada; se la remojó con agua y yo, impresionado, le pregunté dónde había comenzado el Camino. Al decirme que en Roncesvalles, añadí que, entonces, era evidente que podría llegar al final sin problemas. Se sonrió asintiendo, si bien -me dijo-, se quedaría en La Virgen del Camino, a unos 3 Kms pasado León. Allí le recogería su hermano para ir al traumatólogo, descansaría unos días y volvería para finalizar el Camino. Como todavía iban a descansar un rato, yo, deseándoles buen camino, continué por él.
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En poco más de media hora llegué a San Nicolás del Real Camino, que es el último pueblo de la provincia de Palencia. Desde aquí se puede hacer el Camino por varios cruces y tramos. Dicen que lo mejor es salir a la carretera y culminar la etapa por ella. Yo no lo hice y sufrí lo intrincado del Camino con serias dudas de si habría acertado en la elección. Pero como al final todo se alcanza, también en esta ocasión llegué a Sahagún, desfallecido, pero llegué. Poco después aparecían los demás, todos igualmente desfallecidos y casi todos con los pies maltrechos. En el Albergue me sellaron la credencial y pude admirar su belleza arquitectónica. Se encuentra en la Iglesia de la Trinidad con torre mudéjar y que, reconstruido, ofrece al peregrino toda clase de comodidades.
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En la Guía se daba razón de una Hospedería Benedictina. Esto atrajo mi atención decidiéndome por ella para poder gozar un poco de la vida monástica. Llegado al Convento, me acerqué al locutorio. La monja me miró un tanto confundida. Le pedí hospedaje y me contestó que la Hospedería estaba completa; no había ni una cama. Había que solicitarlo con mucha antelación y máxime en verano, porque la tienen ocupada casi todo el año. Como no podía más, le rogué que, por favor, me diera un vaso de agua fría y que me dejara descansar un rato al fresco del vestíbulo. Se fue y yo me quité la mochila y me senté en un banco de la entrada. Al cabo de un rato vino con una jarra de agua con hielo, un vaso y un bote de naranjada. Me dijo que el bote estaba más frío. Lo bebí de un trago. A continuación me sirvió dos vasos de agua. Se lo agradecí con toda el alma, ya que me sentía sólo y con la sensación de que mi presencia no era grata. En cierto modo me sentía como un proscrito. Salí sin rumbo, pasando de nuevo el Arco de San Benito. Me entretuve en admirar la Iglesia de San Tirso, impresionante joya románico-mudéjar. Casi de frente pude leer el rótulo de una Fonda, llamada La Asturiana. Abrí la puerta y pedí una habitación. La acababan de arreglar y me la asignaron. Les pedí que me lavaran un poco de ropa, aunque no la plancharan. Se miraron, como dudando, pero al final aceptaron. Se la bajé y ya, en mi habitación, me sentí otro. Dejado mi equipaje, con el neceser en la mano me dirigí al cuarto de baño. Estaba vacío y recién limpio. Di gracias al cielo por sentirme de nuevo persona y bajé a comer. El menú costaba 1.000 pesetas. Se llenó el comedor y el servicio era mínimo: la chiquita que me había acompañado a la habitación. La pobre no daba abasto, pero me puso una botella de litro y medio de agua para que me fuera más leve la espera. Comí muy a gusto, abundante y bueno. De pronto aparecieron también Cesar con sus amigos. Les prepararon una mesa redonda. Yo procuré acabar cuanto antes para que pudieran acomodar a más gente que esperaba. Subí a la habitación y me acosté hasta las 17′30. Por la tarde hubo conato de tormenta, pero no terminó de descargar por lo que hacía un bochorno insoportable.
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Ya descansado, hice mi recorrido histórico-artístico. En mi visita a la Iglesia de San Lorenzo actual, con su museo y acompañado de Marianela, custodiadora tanto del Museo como de la Iglesia, me sentí emocionado por lo maravilloso de sus esculturas así como por el acogedor trato de la guía. (Para Marinela mi más cariñoso recuerdo y agradecimiento. No sabe Sahagún la joya que tiene en su persona). De esta forma, despacito, contemplando las maravillas de esta ciudad leonesa, pasé la tarde.
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Por la noche vinieron nuevamente los jóvenes peregrinos a cenar. Nos saludamos y estudiamos la etapa del día siguiente. Cesar me dijo que era bastante dura y que él, a lo mejor, se quedaba en el Albergue de Burgo Ranero. A mí me pareció razonable y quedé en parar allí. A eso de las 12 de la noche me puse en contacto con Covadonga (la Asturiana) para ver a qué hora abrían y poder liquidar mi cuenta. La pobre estaba cansadísima y me dijo que ella se levantaría para atenderme. Yo me negué; le dije que la pagaba en ese momento y que me dijera dónde tenía la ropa tendida para que por la mañana pudiera recogerla. Me enseñó el tendedero y recogí toda la ropa, aún no muy seca pero se terminaría de secar en el cuarto. Su marido le dijo que me dejara preparado el desayuno y que yo mismo en el microondas podía calentarlo. Así quedamos.
Empezó a echar cuentas y, al final, me dijo: deme 2.600 pts y ya está. Le dije que había comido, cenado, amén del desayuno, ropa, habitación y contestó que Dios ya se lo daría por otro lado. Le tuve que rogar que se quedara con 3.000 pts.
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A las 6′30 de la mañana bajé ya preparado para calentarme el desayuno y marchar sin meter ruido. Covadonga salió de su habitación, poniéndose la bata, para servirme el desayuno. En esta tierra todavía quedan ángeles. Covadonga es uno de ellos.
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- Diario de JUANJO ALONSO, Agosto/ 1997 -
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Enlace a todos los artículos de esta temática:
¿Dónde encontrar más historias e información? Diarios de Peregrinos
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*ENLACE WEB: EL CAMINO DE SANTIAGO PARA PERSONAS CON DISCAPACIDAD
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~ por candelaarias en Mayo 15, 2008.
PARA PERSONAS CON DISCAPACIDAD TAMBIÉN SE EDITAN CAMINOS:
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CARRIÓN DE LOS CONDES - CALZADILLA DE LA CUEZA 17km
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CALZADILLA DE LA CUEZA - LÉDIGOS 7km
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LÉDIGOS - TERRADILLOS DE LOS TEMPLARIOS 2,5km
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TERRADILLOS DE LOS TEMPLARIOS - MORATINOS 3,5km
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MORATINOS - SAN NICOLÁS DEL REAL CAMINO 2,5km
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SAN NICOLÁS DEL REAL CAMINO - SAHAGÚN 8km
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CALZADILLA DE LA CUEZA
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LÉDIGOS
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TERRADILLOS DE LOS TEMPLARIOS
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MORATINOS
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SAN NICOLÁS DEL REAL CAMINO
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SAHAGÚN
ESPACIO RESERVADO PARA LA INFORMACIÓN DE LA GUÍA PRÁCTICA DEL PEREGRINO DE JOSE MARÍA ANGUITA
FRAGMENTO DE ‘PEREGRINATIO’ DE MATILDE ASENSI
[...] <<La séptima, de Frómista a Sahagún>>. [...]
AYMERICH PICAUD - x - (SAHAGÚN) « Blog Archive « EXPERIENCIA PEREGRINA dijo esto en Julio 20, 2008 a 3:13 pm