(9) Etapa novena: NÁJERA – SANTO DOMINGO DE LA CALZADA (Camino Francés a Santiago)
EN PREPARACIÓN…
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* Los caminos agrícolas recorren esta etapa, entre la sierra de Cantabria al norte y la sierra de la Demanda al sur.
J. M. Anguita Jaén
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Por las calles Rey Don García, se sale de Nájera, ascendiendo por una pronunciada cuesta a través de un pinar. Desde allí se alcanza una planicie cultivada por viñedos, por la que discurre un camino rural que se transforma en asfalto a los 3,5 kilómetros. Desde aquí se comienza a divisar Azofra, hacia donde hay que encaminarse (y a su izquierda Cordovín).
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ETAPA 9. INFORMACIÓN PRÁCTICA
AZOFRA
Albergue <<Roland Kalle>>. Privado. Telf: 941 379 096
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SANTO DOMINGO DE LA CALZADA
HS* Río. Calle Etchegoyen, 2 Telf: 941 340 005. 12 habitaciones, 24 plazas
HS Hospedería Cisterciense. Calle Pinar, 2. Telf: 941 340 700. 79 habitaciones. 111 plazas
Pensión Albert. Plaza Beato Hermosilla. Telf: 941 340 827. 5 habitaciones. 10 plazas.
Casa Sarmiento. Avenida de Haro, 5. Telf: 941 341 572
El Rincón de Emilio. Plaza Bonifacio Gil, 7. Telf: 941 340 990
Hidalgo. Calle Hilario Pérez, 6. Telf: 941 340 227
Los Arcos. Calle Mayor, 68. Teléf: 941 342 791
Mesón del Abuelo. Plaza Alameda. Telf: 941 342 890
Mesón El Peregrino. Calle Mayor, 18. Telf: 941 340 202
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*enlace web: CAFÉ COKE, donde puedes estudiar esta etapa y sus correlaciones con las casillas del Juego de la Oca.
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EXPERIENCIAS PEREGRINAS
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1. ‘El Camino’’ de Shirley McLaine
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… Por eso cuando Ali se cansaba y cogía el autobús, Carlos me preguntaba galantemente si podía ayudarme en algo. Juntos pasamos por Torre del Río, Viana, Navarrete, Logroño y Nájera, recorriendo más de 50 kilómetros.
La prensa intentó acercárseme en varios pueblos pero Carlos intercedía, y como mi imagen el el Camino ya era de todos conocida, los periodistas no hallaban nada nuevo que publicar. No hablé con ninguno de ellos, y a esas alturas la gente de los pueblos también me protegía; en alguna ocasión vi cómo enviaban a un reportero en una dirección equivocada mientras yo me escondía detrás de un árbol. A Carlos le encantaba ser mi guardián, y yo se lo agradecía.
En Santo Domingo, poco después de Nájera, Ali sufrió un tirón muscular (todavía no le había salido ninguna ampolla) y tuvo que pasar unos días en un refugio, mientras Carlos, que estaba tan decidido a alcanzar su meta como yo, me precedía a unos pasos de distancia.
Empecé a ver muchos tornillos enormes tirados junto al camino, y pensé que eso quizá significara que se me había aflojado alguno.
A estas alturas, después de unos diez días de viaje, ya me había habituado al dolor y caminaba algo inclinada hacia adelante, apoyándome en el bastón, para ejercer la misma presión sobre ambos pies. Había conocido a muchas personas de diferentes países y había hablado con ellas; también había conseguido que los cambios de clima no me pusieran demasiado nerviosa, y en los refugios había puesto mi bolsa de homeopatía a disposición de quienes tuvieran problemas de salud. Además, no había dejado de rezar para que un espasmo muscular o una distensión no me obligaran a interrumpir la peregrinación. Cuando andaba por las llanuras, la temperatura podía alcanzar los cuarenta grados, pero en las colinas, que eran más frescas, se podía llegar a estar a menos de veinte grados, y eso podía experimentarse en el mismo día. En algún momento pensé en prescindir de mi chaqueta y mis pantalones isotérmicos, pero afortunadamente decidí conservarlos.
Al final de cada jornada cenaba ensalada, pan y vino en compañía de Ali y Carlos y, a veces de otras nuevas amistades. Normalmente podíamos encontrar algún pequeño restaurante no demasiado lejos del albergue. A veces, cuando los perdía de vista y llegaba a algún pueblo, como no hablo español, andaba unos cuantos kilómetros más hasta dar con el siguiente refugio. Las chicas irlandesas siempre parecían estar unos cuantos días por detrás o por delante de mí. Nunca dejaban de preguntarme por mis problemas con la prensa, y yo les aseguraba que todo iba bien.
(en algún día de Junio de 1994)
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2. Logroño – Santo Domingo de la Calzada
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15-6-94 46 km.
Salgo de Logroño a las 7 de la mañana, he traído una fotografía, que el año pasado nos hicimos, el grupo de peregrinos e Ignacio Landaluce, para entregársela personalmente y así saludarle, pero como es muy temprano y no aparece por su chamizo hasta más tarde, he decidido entregársela en un sobre al encargado de la gasolinera, donde Ignacio pasa a diario, para que le haga entrega en mi nombre. En una postal que Gonzalo y Mariló me remitieron desde Burgos, me decían que Ignacio había recibido la fotografía y se acordaba perfectamente de todos nosotros, también que me enviaba afectuosos saludos.
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Al paso por Navarrete he tenido una larga charla con el párroco, José Félix, joven del Opus, con el que he tenido oportunidad de discutir de cuestiones terrenales diversas. Como tengo la intención de visitar el Monasterio de Santa María la Real de Nájera, cosa que no pudo ser el año anterior, apuro el paso y llegar antes de que lo cierren al mediodía. Unos 5 kmts.
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NÁJERA, Colegiata de Santa María la Real
(imagen tomada por el Padre Rodrigo Valdez)
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Antes de llegar a Nájera, adelanto a tres abuelitas austríacas, muy simpáticas, con quienes tengo ocasión de charlar un ratito. Llego a Nájera y chasco, son las 12,35 y el monasterio lo cierran a las 12,30. Ruego que me lo dejen visitar, nada que hacer, no hay guía, si quiero tengo que esperar a las 4 de la tarde que lo abrirán de nuevo. Llega Margarita, una ciclista belga y le ocurre lo mismo, a esperar a las 4.
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Decido esperar y visitarlo, no voy a dejar pasar esta segunda oportunidad, así que descansaré plácidamente a la orilla del río Najerilla, en la terraza de un bar, donde comeré a la sombra, fresquito y agradable, haciendo tiempo. A las 4 en punto estoy a la puerta del Monasterio, las abuelitas austríacas también hacen cola, además de un grupo de excursionistas alemanes.
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Portal de Santa María la Real
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La espera mereció la pena, el grupo de alemanes andaba por un lado con su guía y yo por mi cuenta haciendo la visita a placer, media hora muy bien aprovechada, a un lugar con mucha belleza e historia.
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A las 4,30 retomo el camino hacia Santo Domingo, con breve parada en Azofra para visitar a Evaristo, un paisano que la vez anterior nos invitó amablemente a un vaso de vino y una simpática charla. El pobre Evaristo, me cuenta, estuvo a punto de morir hace unos meses, muy enfermo, ahora se está recuperando, le deseo mejore su salud y espero verle la próxima vez que haga el Camino.
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Detalle de una columna románica en la Catedral - David -
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Llego en solitario a Santo Domingo de la Calzada a las 8,30, ha sido una jornada bastante dura, me aposento en el Albergue, que por cierto está muy bien acondicionado. Ducha, cambio de ropa y a visitar la Catedral, que según me dicen, han retirado el retablo y han aparecido unas columnas románicas preciosas.
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El retablo fue realizado en el año 1.580, por lo tanto , que así se han mantenido intactas.
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En el Albergue me dicen que la Maclein durmió ayer aquí, he leído su recuerdo en el libro de honor. Después de cenar he mantenido una larga charla con Margarita, la ciclista belga y otra chica irlandesa, sobre el Camino de Santiago.
- Diario de JUAN HOLGADO, Junio/ 1994 -
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… lo intuí al subir la cuesta después de Santo Domingo de La Calzada cuando salía el sol y como una epifanía las mujeres empezaron a coger las flores del camino y ponérselas en el pelo: es la mayor exquisitez y elegancia que he podido ver en mi vida, que momento más impresionante, que guapas estaban todas con las flores del camino en el pelo, que fresca mañana porque Nájera es fría…
- IGNACIO TOMÁS, Al otro lado de la Galaxia -
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6. l – Azofra a Belorado (36 km +)
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Aunque Guillermo y yo nos levantamos todavía en la oscuridad, los otros ya han partido. Las flechas amarillas nos llevan invariablemente al lado de una carretera muy traficada. El asfalto es áspero y caliente como una brasa, y la turbulencia de los camiones que pasan a nuestro lado a toda pastilla es desagradable.
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Desayunamos en el porche del lujoso Parador de Santo Domingo de la Calzada, un antiguo hospital de peregrinos. No me interesa entrar en la catedral para ver los dichosos pollos enjaulados, y a Guillermo no le impresionan.
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Desafortunadamente, al salir de Santo Domingo, el Camino nos vuelve a llevar por la carretera principal de nuevo. Increiblemente, alcanzamos a Saul, el doctor y el sherpa al poco rato, y seguimos juntos. Sentados en la hierba para descansar, noto que se me estan desgastando las plantas de los pies rapidamente. Intento ponerle algo de esparadrapo en las partes más blancas y desgastadas, lo que parece ayudar, aunque tengo que reponerlo regularmente.
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* Rebaño a la altura de Redecilla del Camino (Padre Rodrigo)
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En Redecilla del Camino les digo a mis compañeros que me parece quedarme ahi la noche.
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*enlace: Albergue de Redecilla del Camino
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Me acompañan con un refresco en el bar bajo el refugio, pero cuando se disponen a seguir el camino, les sigo sin comentarios. No me apetece quedarme.
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*enlace: Albergue de Belorado (Caroline Mathieson, TheRealPicturePage)
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Cuando la señalización por fin se desvía de la carretera, es claramente una desviación larga, por lo que tardamos mucho más en llegar a Belorado de lo que esperabamos. El albergue ya esta completo cuando llegamos.
La hospitalera nos invita a ducharnos y preparar la comida ahi, e indica que hay una casa abandonada a las afueras del pueblo donde podemos dormir. Con su larga tunica blanca parece que se ha quedado en los años sesenta, y tiene una calma y capacidad de atención digna de un ángel. Me cuenta que conoció otro holandés que hizo el camino descalzo, desde París cuando se volvió a recuperar la señalización del camino hace una década.
La casa abandonada queda a un kilometro al lado de un arroyo. Es sorprendentemente limpia y tiene agua corriente en el baño, pero no hay mueble alguno. El doctor justo esta refunfuñando que no lleva colchonetas, cuando el sherpa entra arrastrando una cama doble completa con manta, lo que nos parte de risa.
- Diario de un PEREGRINO DESCALZO, Agosto 1996 -
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El sol lucía esta mañana en un precioso día de primavera. Las brumas al deshacerse dejaban paso a un paisaje sereno y verde. Paz del campo, de la vida natural.
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*enlace: Azofra, Rollo juridisccional (Padre Rodrigo)
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En un caminar agradable sin apenas ropa han pasado Azofra. Otros pueblos han visto alterada su paz por campos de golf y urbanizaciones. Robledos en donde ayer ramoneaban los animales y se sentaban los peregrinos a descansar son hoy “calles” o “greens” Pero esto ha traido la riqueza a lugares abandonados de la mano de Dios. Ojalá sean capaces de asumir el cambio con serenidad e inteligencia, sin que el dinero o la sociedad destruya naturales tan sencillos.
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*enlace: Santo Domingo de la Calzada al fondo (Mario CJ)
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En el final de la etapa se puede disfrutar de pequeñas colinas y valles hermosos, verdes, suaves, cuidados y ricos. La torre de la Catedral se divisa en el horizonte, promesa de una ciudad interesante, amable y bonita.
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* enlace: abergue de Santo Domingo e interior (Caroline Mathieson)
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El refugio está muy bien, con camas muy anchas y separadores que crean una cierta intimidad.
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*enlace: Camino de Mario CJ
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*enlace: Tomadas por el Padre Rodrigo Valdez
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La Catedral es maravillosa y una visita detenida, admirando sus rincones y su grandeza, sólo nos va a producir una intensa satisfacción.
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*enlace: El Santo en Cervantes Virtual
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La tumba del Santo bien merece un tiempo de meditación y su mausoleo toda nuestra admiración.
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*enlace: Camino del Padre Rodrigo Valdez
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El gallinero sorprende y dibuja una sonrisa en cualquier espíritu sereno. Cuenta la leyenda que son afortunados aquellos que oyen cantar al gallo o que pueden recoger una de sus plumas.
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El Parador te permite entrar en calor en un ambiente agradable. Siempre respetuosos, el equipo acoge en sus salas a los peregrinos con afecto. La tradición obliga, ya que fué en sus tiempos el Hospital de Peregrinos construido por el mismísimo Santo Domingo. Un buen café hace olvidar parte del rigor sufrido durante pasada semana.
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La alegría de llegar a un lugar como este ha sido destruida, brutalmente, con el conocimiento del atentado en Madrid.
En el Camino se está en otra dimensión, fuera del espacio-tiempo tradicional. Una barbaridad de este tipo es dificil de comprender por estar en otro mundo, mucho más humano, sencillo, amable. El impacto entre los peregrinos ha sido tremendo, quizá mayor que para los que viven en el mundo real. Las lagrimas caían por las mejillas, la tristeza apagaba los ojos, rompía las sonrisas. La incapacidad para entender las imagenes, los comentarios, las reacciones, es dificil de explicar.
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Sólo la serenidad que un shock produce puede explicar las reacciones pausadas, lentas de aquellos que caminan. No hay razón que pueda defender la violencia, el terror. Quien así actúa se margina de los humanos y pasa a ser simplemente animal, sin raciocinio ni valores.
Hemos comprado una cinta negra y cortada en trozos, cada uno la ha colocado allí donde le parecía. En mi mochila sigue, porque no puedo olvidar.
- Diario de ALFONSO BIESCAS, Marzo/ 04 -
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11. Volveré
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Nájera – Santo Domingo de la Calzada
27 de septiembre de 2004
Anotaciones en mi diario: “Etapa muy buena, muy mejorada de los pies, mi cuerpo es increible. Santo Domingo es precioso, muy interesante, volveré….Se suma Ignacio y Antonio (83 años) ¡Todo genial!”
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* enlace: Humeao. Org
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Antes de ponerme a escribir, y juntar mis recuerdos en palabras, leo las anotaciones de esta pequeña libreta que me acompañó todo un mes, pequeñita, porque una de las consideraciones que no hay que saltarse para emprender este camino es eliminar el mayor peso posible de la mochila. Sólo con leer estas frases llegan a mí los recuerdos de ese día. Y el primero es Antonio.
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Antonio no salió al mismo tiempo que yo, del albergue, me lo encontré en el camino y nuestro paso cuadraba adecuadamente, llevábamos el mismo ritmo. Comenzamos a hablar y me contó su vida, una vida llena de tristezas y alegrías, catalán que emigró a Argentina, y se apena de haber regresado de allí, me contó como tuvo que escaparse de casa para poder hacer el camino solo. Ocultó su mochila que llenó con las recomendaciones que una de sus hijas, doctora, le había dicho, y una mañana se metió en el tren hasta Pamplona, sobre las tres de la tarde su mujer le llamó por teléfono para saber si iba a llegar a comer y de buenas a primera le soltó que no, que tardaría muchos días en regresar…
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Su mujer -tan gracioso me pareció como lo contaba Antonio, se veía todo el amor que sentía por ella, había dejado Argentina a petición suya- le increpó, diciéndole que llamaría a la policía para que lo buscasen, que le incapacitaría mentalmente. No llegó a nada de eso, por supuesto, y él tan feliz caminando a mi lado. Caminando a su ritmo, a media mañana teníamos el gusto de tomarnos una tapa de tortilla y una cervecita para reponer fuerzas. Se alojaba como cada uno de nosotros en los albergues, antes de llegar al fin de la etapa de este día, me comentó “Guada, hoy me daré el lujo de dormir en un hotel, y descansar, no caminaré más por hoy”.
Me dio tristeza despedirme de él, tan entrañable, pero me alegró comprobar como su sabiduría le indicaba lo que tenía que hacer, como no se dejaba llevar por los demás, y vivía y caminaba de acuerdo a lo que su alma, mente y cuerpo le disponían en perfecta concordia.
- Diario de GUADALUPE, Mirada de agua, Septiembre/ 04 -
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12. ‘El peregrino de Compostela‘ (Diario de un mago) – PAULO COELHO -
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-¿Ustedes son peregrinos? -preguntó la anciana que nos servía el desayuno. Estábamos en Azofra, un pueblecito de pequeñas casas con escudos medievales en la fachada y con una fuente donde minutos antes habíamos llenado nuestras cantimploras.
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Respondí que sí y los ojos de la mujer mostraron respeto y orgullo.
-Cuando era niña, pasaba por aquí al menos un peregrino por día, al camino de Compostela. Después de la guerra y de Franco no sé qué sucedió, pero parece que dejó de haber peregrinaciones. Deberían hacer una carretera. Hoy en día a la gente sólo le gusta andar en carro.
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Petrus no dijo nada. Se había levantado de mal humor. Le di la razón a la mujer y me quedé imaginando una carretera nueva y asfaltada subiendo montañas y valles; autos con veneras pintadas en el capacete y tiendas de souvenirs en las puertas de los conventos. Terminé de tomar el café con leche y el pan con aceite.
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Mirando la guía de Aymeric Picaud, calculé que por la tarde debíamos llegar a Santo Domingo de La Calzada, y planeé dormir en el Parador Nacional. Estaba gastando mucho menos dinero de lo planeado, a pesar de hacer siempre tres comidas al día. Era hora de cometer una extravagancia y de dar a mi cuerpo el mismo trato que daba a mi estómago.
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Los paradores nacionales son antiguos castillos y monumentos históricos transformados por el gobierno español en hoteles de primera categoría.
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Me desperté con una prisa extraña, con ganas de llegar pronto a Santo Domingo de La Calzada, una sensación que, dos días antes, cuando caminábamos hacia la ermita, estaba convencido de no volverla a tener. Petrus estaba también más melancólico, más callado que de costumbre, y no sabía si era por causa del encuentro con Alfonso dos días antes. Sentí muchas ganas de invocar a Astrain y de conversar un poco sobre eso, pero nunca había hecho la invocación durante la mañana y no sabía si daría resultado. Desistí de la idea.
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Acabamos nuestros cafés y recomenzamos la caminata. Cruzamos una casa medieval con su blasón, las ruinas de una antigua posada de peregrinos y un parque provinciano en los límites del poblado. Cuando me preparaba para volver al campo, sentí una presencia fuerte a mi lado izquierdo. Seguí de frente, pero Petrus me detuvo:
-No sirve de nada correr -dijo. Detente y enfrenta la situación.
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Quise zafarme de Petrus y continuar. El sentimiento era desagradable, como una especie de cólico abdominal. Por algunos instantes quise creer que era por el pan con aceite, pero ya lo había sentido antes y era inútil engañarme: tensión, tensión y miedo.
-¡Mira atrás -la voz de Petrus tenía un tono de urgencia-, mira antes de que sea tarde!
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Volteé bruscamente: a mi izquierda estaba una casita abandonada; la vegetación, quemada por el sol, la había invadido por dentro. Un olivo elevaba sus ramas retorcidas al cielo y, entre el olivo y la casa, mirándome fijamente, estaba un perro. Un perro negro, el mismo que había expulsado de la casa de la mujer días atrás.
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Perdí la noción de la presencia de Petrus y miré fijamente los ojos del animal. Algo dentro de mí -tal vez la voz de Astrain o de mi ángel de la guarda- me decía que si desviaba los ojos el animal me atacaría. Nos quedamos así, mirándonos mutuamente, durante minutos interminables. Sentía que, después de haber experimentado toda la grandeza del Amor que Devora, de nuevo estaba ante las amenazas diarias y constantes de la existencia. Pensé por qué el animal me habría seguido hasta tan lejos y finalmente qué quería, porque yo era un peregrino en busca de una espada y no tenía ganas ni paciencia para entrar en conflicto con personas o animales por el camino.
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Traté de decir todo esto con los ojos -recordando a los monjes del convento, que se comunicaban con la vista-, pero el perro no se movía. Continuaba mirándome fijamente, sin manifestar ninguna emoción, pero listo para atacar si me distraía o mostraba miedo. ¡Miedo! Me di cuenta de que el miedo había desaparecido. Consideraba que la situación era demasiado estúpida para tener miedo. Mi estómago estaba contraído y tenía ganas de vomitar por la tensión, pero no tenía miedo. Si tuviera miedo, algo me decía que mis ojos me denunciarían y el animal me derrumbaría de nuevo, como lo había hecho antes. No debía desviar los ojos, ni siquiera cuando presentí que, por un sendero a mi derecha, una silueta se aproximaba.
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La silueta se detuvo un instante y luego caminó derecho hacia nosotros. Cruzó exactamente la línea de nuestras miradas, diciendo algo que no pude entender. Era una voz femenina y su presencia era buena, amistosa y positiva. En la fracción de segundo que la silueta se colocó entre mis ojos y los del perro, mi estómago se relajó. Tenía un amigo poderoso que estaba allí ayudándome en aquella lucha absurda e innecesaria. Cuando terminó de pasar, el perro había bajado los ojos, Dando un salto, corrió hacia la casa abandonada y lo perdí de vista.
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Sólo en ese momento mi corazón se aceleró de miedo. La taquicardia fue tan intensa que me mareé y creí que iba a desmayarme. Mientras todo me daba vueltas, miré a la carretera por donde minutos antes Petrus y yo habíamos pasado, buscando la silueta que me dio fuerzas para derrotar al perro. Era una monja. Estaba de espaldas, caminando rumbo a Azofra, y no podía verle el rostro, recordé su voz y calculé que tendría, máximo, veintitantos años. Miré el camino por donde vino: era un pequeño atajo que no daba a ninguna parte.
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-Fue ella… fue ella quien me ayudó -murmuré mientras mi mareo aumentaba.
-No te pongas a inventar más fantasías en un mundo ya de por sí tan extraordinario -dijo Petrus, acercándose y sosteniéndome por un brazo. Ella vino de un convento en Cañas, que queda a unos cinco kilómetros de aquí. Es obvio que no puedas verlo. Mi corazón continuaba acelerado y me convencí de que lo pasaría mal. Estaba demasiado aterrorizado como para dar o pedir explicaciones. Me senté en el suelo y Petrus me echó un poco de agua en la cabeza y en la nuca. Recordé que había reaccionado de la misma manera cuando salimos de casa de la mujer, pero ese día yo estaba llorando y sintiéndome bien. Ahora la sensación era exactamente la contraria.
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Petrus dejó que descansara el tiempo suficiente. El agua me reanimó un poco y el mareo comenzó a pasar. Lentamente, las cosas volvían a la normalidad. Cuando me sentí reanimado, Petrus pidió que caminásemos un poco y le obedecí. Anduvimos unos quince minutos, pero el agotamiento volvió. Nos sentamos a los pies de un “rollo”, una columna medieval con una cruz en la punta, que marcaba algunos trechos de la Ruta Jacobea.
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-Tu miedo te causó mucho más daño que el perro -dijo Petrus, mientras yo descansaba.
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Quise saber por qué ese encuentro absurdo.
-En la vida y en el Camino de Santiago hay ciertas cosas que suceden independientemente de nuestra voluntad. En nuestro primer encuentro, te dije que había leído en la mirada del gitano el nombre del demonio que habrías de enfrentar. Me sorprendió mucho saber que ese demonio era un perro, pero no te dije nada en esa ocasión. Sólo cuando llegamos a la casa de la mujer -y manifestaste por vez primera el Amor que Devora vi a tu enemigo. Cuando alejaste al perro de esa señora, no lo llevaste a ningún lado. Nada se pierde, todo se transforma, ¿no es así? No lanzaste los espíritus en una manada de puercos que se arrojó por un despeñadero, como hizo Jesús. Simplemente alejaste al perro. Ahora, esa fuerza vaga sin rumbo tras de ti. Antes de encontrar tu espada, deberás decidir si deseas ser esclavo o señor de esa fuerza.
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Mi cansancio comenzó a pasar. Respiré profundo, sintiendo la piedra fría del “rollo” en mi espalda. Petrus me dio un poco más de agua y prosiguió:
-Los casos de obsesión se presentan cuando las personas pierden el dominio de las fuerzas de la tierra. La maldición del gitano sembró el miedo en aquella mujer y el miedo abrió una brecha por donde penetró el Mensajero del muerto. Éste no es un caso común, pero tampoco raro. Depende mucho de cómo reacciones ante las amenazas de los otros.
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Esta vez fui yo quien recordó un pasaje de la Biblia. En el Libro de Job estaba escrito:
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“Todo lo que más temía me sucedió”.
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-Una amenaza no puede provocar nada, si no es aceptada. Al librar el Buen Combate, nunca te olvides de esto, como tampoco debes olvidar que atacar o huir son parte de la lucha. Lo que no forma parte de la lucha es quedarse paralizado de miedo.
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Yo no sentí miedo en ese momento. Estaba sorprendido conmigo mismo y comenté el asunto con Petrus.
-Lo percibí. De no haber sido así, el perro te habría atacado y casi con toda certeza habría vencido en el combate, porque el perro no tenía miedo. Sin embargo, lo más curioso fue la llegada de aquella monja. Al presentir una presencia positiva, tu fértil imaginación creyó que alguien había llegado para ayudarte. Es tu fe la que te salvó, aun basada en un hecho absolutamente falso.
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Petrus tenía razón. Soltó una sonora carcajada y reí junto con él. Nos levantamos para proseguir el camino. Ya me estaba sintiendo ligero y bien dispuesto.
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-Sin embargo, es necesario que sepas algo -dijo mientras caminábamos-: el duelo con el perro sólo podrá acabar con la victoria de uno de los dos. Volverá a aparecerse y la próxima vez procura llevar la lucha hasta el final. Si no, el fantasma del perro te preocupará por el resto de tus días. En el encuentro con el gitano, Petrus me había dicho que conocía el nombre de ese demonio, le pregunté cuál era.
-Legión, respondió. Porque son muchos.
Andábamos por tierras que los campesinos preparaban para la siembra. Aquí y allá algunos labradores manejaban bombas de agua rudimentarias, en la lucha secular contra el suelo árido. Por las orillas del Camino de Santiago, piedras apiladas formaban muros que no acababan nunca, que se cruzaban y se confundían entre los trazos del campo. Pensé en los muchos siglos durante los que estas tierras habían sido trabajadas y aun así surgía alguna piedra que sacar, piedra que rompía la lámina del arado, que dejaba rengo al caballo, que formaba callos en la mano del labrador. Una lucha que comenzaba cada año y no acababa nunca.
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Petrus estaba más serio que de costumbre y recordé que desde la mañana no hablaba casi nada. Después de la conversación al pie del “rollo” medieval, se había encerrado en un mutismo y no respondía a la mayor parte de mis preguntas. Quería conocer mejor esa historia de los “muchos demonios”. Antes me había explicado que cada persona tiene sólo un Mensajero, pero Petrus no estaba dispuesto a hablar del asunto y decidí esperar una mejor oportunidad.
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Subimos una pequeña elevación y, al llegar arriba, pude ver la torre principal de la iglesia de Santo Domingo de La Calzada. La visión me animó; comencé a soñar con el confort y la magia del Parador Nacional. Por lo que había leído, el edificio había sido construido por el propio Santo Domingo para hospedar a los peregrinos. Cierta noche, pernoctó allí San Francisco de Asís en su camino hacia Compostela. Todo eso me llenaba de emoción.
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Debían ser casi las siete de la tarde cuando Petrus pidió que nos detuviéramos. Me acordé de Roncesvalles, de la caminata lenta cuando necesitaba tanto de un vaso de vino por el frío y temí que estuviese preparando algo semejante.
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-Un Mensajero jamás te ayudará a derrotar a otro. Ellos no son buenos ni malos, como te dije antes, pero tienen un sentimiento de lealtad entre sí. No confíes en Astrain para derrotar al perro. Ahora era yo quien no estaba dispuesto a hablar de mensajeros, quería llegar pronto a Santo Domingo de La Calzada.
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-Los Mensajeros de personas muertas pueden ocupar el cuerpo de alguien dominado por el miedo, por eso, en el caso del perro, son muchos. Llegaron invitados por el miedo de la mujer; no sólo el del gitano asesinado, sino los diversos Mensajeros que vagan por el espacio, buscando una manera de entrar en contacto con las fuerzas de la tierra.
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Hasta ahora estaba respondiendo a mi pregunta, pero había algo en su modo de hablar que parecía artificial, como sí no fuera éste el asunto del que quisiera hablar conmigo. Mi instinto me puso sobre aviso de inmediato.
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-¿Qué quieres, Petrus? -pregunté un poco molesto. Mi guía no respondió, se salió del camino dirigiéndose hacia un árbol viejo, casi sin hojas, a algunas decenas de metros campo adentro; era el único árbol visible en todo el horizonte. Como no indicó que lo siguiera, me quedé parado en el camino y presencié una escena extraña: Petrus daba vueltas alrededor del árbol y decía algo en voz alta, mirando al suelo. Cuando acabó, indicó que me acercara, -Siéntate aquí -dijo. Había un tono diferente en su voz y yo no distinguía si era cariño o tristeza-. Aquí te quedas. Mañana te veo en Santo Domingo de La Calzada.
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Antes de que pudiera decir algo, Petrus continuó: Un día de éstos -y te garantizo que no será hoy tendrás que enfrentar a tu enemigo más importante en el Camino de Santiago: el perro. Cuando ese día llegue, quédate tranquilo que estaré cerca y te daré la fuerza necesaria para el combate. Pero hoy te vas a enfrentar a otro tipo de enemigo, un enemigo imaginario que puede destruirte o ser tu mejor compañero: la Muerte.
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“El hombre es el único ser de la naturaleza que tiene conciencia de que va a morir, por eso -y sólo por eso- tengo un profundo respeto por la raza humana, y creo que en un futuro será mucho mejor que en el presente. Aun sabiendo que sus días están contados y que todo acabará cuando menos se lo espera, hace de la vida una lucha digna de un ser eterno. Lo que las personas llaman vanidad -dejar obras, hijos, hacer que su nombre no se olvide- yo lo considero la máxima expresión de la dignidad humana.
Sucede que, frágil criatura, el hombre siempre intenta ocultarse a sí mismo la gran certeza de la Muerte. No ve que es ella quien lo motiva a hacer las mejores cosas de su vida. Tiene miedo del paso en la oscuridad, del gran terror a lo desconocido, y su única manera de vencer este miedo es olvidando que sus días están contados. No se da cuenta de que, con la conciencia de la Muerte, sería capaz de atreverse a mucho más, de ir mucho más lejos en sus conquistas diarias, porque no tiene nada qué perder, ya que la Muerte es inevitable.
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La idea de pasar la noche en Santo Domingo de La Calzada ya empezaba a parecerme algo distante. Cada vez seguía con mayor interés las palabras de Petrus. En el horizonte, exactamente frente a nosotros, el sol comenzaba a morir. Tal vez también estuviese escuchando aquellas palabras.
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-La Muerte es nuestra gran compañera, porque es quien otorga el verdadero sentido a nuestras vidas, pero, para poder ver la verdadera faz de nuestra Muerte, antes tenemos que conocer todas las ansiedades y terrores que la simple mención de su nombre es capaz de despertar en cualquier ser vivo. Petrus se sentó bajo el árbol y pidió que yo hiciese lo mismo. Dijo que momentos antes había dado algunas vueltas en torno al tronco porque recordó todo lo que había pasado cuando fue peregrino a Santiago. Después sacó de la mochila dos emparedados que compró a la hora de la comida, -Aquí donde tú estás no existe ningún peligro -dijo entregándome los emparedados-. No hay serpientes venenosas y el perro sólo volverá a atacarte cuando olvide la derrota de hoy por la mañana. Tampoco hay asaltantes o criminales por los alrededores.
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Estás en un sitio completamente seguro, con una sola excepción: el peligro de tu miedo. Petrus me dijo que hace dos días yo había experimentado una sensación tan inmensa y tan violenta como la Muerte: el Amor que Devora. Y que en ningún momento yo había titubeado o sentido miedo, porque no tenía prejuicios respecto del amor universal. No obstante, todos teníamos prejuicios respecto de la Muerte, sin darnos cuenta de que ella era apenas una manifestación más de Ágape. Respondí que con todos los años de entrenamiento en la magia prácticamente había perdido el miedo a la Muerte. En realidad, sentía más pavor por la forma de morir que por la Muerte propiamente dicha.
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-Pues entonces, hoy por la noche experimenta la manera más pavorosa de morir.
Y Petrus me enseñó El Ejercicío del Enterrado Vivo. -Sólo debes hacerlo una vez -dijo, mientras que yo me acordaba de un ejercicio de teatro muy parecido, Es preciso que despiertes toda la verdad, todo el miedo necesario para que el ejercicio pueda surgir de las raíces del alma y dejar caer la máscara de horror que cubre el gentil rostro de tu Muerte.
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Petrus se levantó y vi su silueta recortarse contra el cielo incendiado por la puesta de sol. Como yo permanecía sentado, lo veía como una figura imponente, gigantesca.
-Petrus, todavía tengo una pregunta. -¿Cuál? -Hoy por la mañana estabas callado y extraño. ¿Presentiste antes que yo la llegada del perro? ¿Cómo es posible?
-Cuando experimentamos juntos el Amor que Devora, compartirnos el Absoluto. El Absoluto muestra a todos los hombres lo que realmente son: un inmenso entramado de causas y efectos, donde cada pequeño gesto de uno se refleja en la vida del otro.
Hoy por la mañana esta pequeña porción de Absoluto aún estaba muy viva en mi alma. Yo estaba sintiéndote no sólo a ti, sino todo lo que hay en el mundo, sin límite de espacio o tiempo. Ahora el efecto ha disminuido y sólo volverá la próxima vez que haga el ejercicio del Amor que Devora. Recordé el mal humor de Petrus aquella mañana. Si era verdad lo que decía, el mundo estaba pasando por un momento muy difícil.
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-Te estaré esperando en el Parador -dijo mientras se alejaba-. Dejaré tu nombre en la recepción.
Lo acompañé con la mirada mientras pude. En los campos a mi izquierda, los labradores habían acabado su jornada y volvían a casa. Decidí hacer el ejercicio en cuanto la noche cayera por completo.
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Estaba tranquilo. Era la primera vez que me quedaba completamente solo desde que comencé a recorrer el Extraño Camino de Santiago. Me levanté y di un paseo por las inmediaciones, pero la noche estaba cayendo rápido y decidí regresar al árbol, por miedo a perderme. Antes de que la oscuridad cayera por completo, marqué mentalmente la distancia del árbol hasta el Camino. Como no había ni una luz que estorbase mi vista, sería perfectamente capaz de ver el sendero y llegar hasta Santo Domingo de La Calzada tan sólo con el brillo de la fina luna nueva que comenzaba a mostrarse en el cielo. Hasta ese momento no tenía ningún miedo y creí que se requeriría mucha imaginación para despertar en mí los temores de una muerte horrible, pero no importa cuántos años viva uno; cuando la noche llega, trae consigo temores escondidos en nuestra alma desde la infancia. Mientras más oscurecía, más incómodo me iba sintiendo.
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Estaba allí, solo en el campo y, si gritara, nadie me escucharía. Recordé que pude haber sufrido un colapso esa mañana. En toda mi vida, nunca había sentido mi corazón tan descontrolado. ¿Y si hubiese muerto? La vida se habría acabado y era la conclusión más lógica. Durante mi camino en la Tradición había conversado ya con muchos espíritus. Tenía absoluta certeza de la vida después de la Muerte, pero nunca se me había ocurrido preguntar cómo se daba esa transición. Pasar de una dimensión a otra, por más preparado que uno esté, debe ser terrible. Sí hubiese muerto esa mañana, por ejemplo, no tendría el menor sentido el Camino de Santiago, los años de estudio, la nostalgia por la familia, el dinero escondido en mi cinto. Me acordé de una planta que tenía sobre mi mesa de trabajo, en Brasil. La planta continuaría, como continuarían las otras plantas, los camiones, el verdulero de la esquina que siempre cobraba más caro, la telefonista que me informaba sobre los números no incluidos en el directorio. Todas esas pequeñas cosas que podían desaparecer sí hubiese tenido un colapso esa mañana cobraron de repente una enorme importancia para mí. Eran ellas, y no las estrellas o la sabiduría, las que me decían que estaba vivo.
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Ahora la noche estaba muy oscura y en el horizonte podía distinguir el débil brillo de la ciudad. Me acosté en el suelo y me quedé mirando las ramas del árbol sobre mi cabeza. Empecé a oír ruidos extraños, ruidos de toda clase. Eran los animales nocturnos que salían a cazar. Petrus no podía saberlo todo, si era tan humano como yo. ¿Qué garantía podría tener de que realmente no había serpientes venenosas? Y los lobos, los eternos lobos europeos, ¿no podrían haber decidido pasear aquella noche por allí al sentir mi olor? Un ruido más fuerte, semejante al de una rama quebrándose, me asustó y mi corazón se aceleró de nuevo. Me estaba poniendo muy tenso, lo mejor era hacer pronto el ejercicio e ir al hotel. Comencé a relajarme y crucé las manos sobre el pecho, en posición de muerto. Algo a mi lado se movió; di un salto y de inmediato me puse en pie.
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No era nada. La noche había invadido todo y había traído consigo los terrores del hombre. Me volví a acostar, esta vez decidido a transformar cualquier miedo en un estímulo para el ejercicio. Noté que, a pesar de que la temperatura había bajado bastante, estaba sudando.
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Imaginé que estaban cerrando el féretro y que los tornillos eran colocados en su sitio. Estaba inmóvil, pero vivo, y tenía ganas de decirle a mi familia que estaba viéndolo todo, que los amaba, pero ningún sonido salía de mi boca. Mi padre, mi madre llorando, los amigos en torno mío, ¡y yo estaba solo! Con tanta gente querida allí, nadie era capaz de darse cuenta que yo estaba vivo, que aún no había hecho todo lo que deseaba hacer en este mundo. Intentaba desesperadamente abrir los ojos, hacer alguna seña, dar un empujón a la tapa del féretro, pero nada en mi cuerpo se movía.
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Sentí que el féretro se movía, estaban llevándome hacia la tumba. Podía oír el ruido de argollas rozando las agarraderas de fierro, los pasos de las personas atrás, una que otra voz conversando. Alguien dijo que tenía una cena más tarde, otro comentó que yo había muerto tempranamente. El olor de las flores alrededor de mí cabeza comenzó a sofocarme. Recordé que había dejado de cortejar a dos o tres mujeres, por temor a ser rechazado. Recordé también que hubo ocasiones en que dejé de hacer lo que quería, creyendo que podría hacerlo más tarde. Sentí una enorme pena por mí, no sólo porque estaba siendo enterrado vivo, sino porque había tenido miedo de vivir. ¿Cuál era el miedo de toparse con un “no”, de dejar algo para después, sí lo más importante de todo era gozar plenamente la vida? Allí estaba yo, encerrado en un ataúd, y ya era demasiado tarde para volver atrás y mostrar el valor que necesitaba haber tenido.
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Allí estaba yo, que había sido mi propio Judas traicionándome a mí mismo, Allí estaba sin poder mover un músculo, gritando mentalmente, pidiendo socorro y las personas allá afuera, inmersas en la vida, preocupadas con lo que harían por la noche, mirando las estatuas y edificios que yo nunca más volvería a ver. Un sentimiento de gran injusticia me invadió por haber sido enterrado mientras los otros continuaban viviendo. Mejor habría sido una gran catástrofe y todos juntos en el mismo barco, con dirección al mismo punto negro hacia el cual me transportaban ahora. ¡Socorro! ¡Estoy vivo, no morí, mi cabeza continúa funcionando!
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Colocaron mi féretro en la orilla de la sepultura. ¡Van a enterrarme! ¡Mi mujer me olvidará, se casará con otro y va a gastar el dinero que durante todos estos años luchamos por juntar! ¿Pero qué importa todo eso? ¡Quiero estar con ella ahora porque estoy vivo! Escucho llantos, siento como si de mis ojos también rodaran dos lágrimas. Si ellos abrieran el ataúd ahora, verían y me salvarían. Pero todo lo que siento es el féretro bajando en la tumba. De repente todo se queda a oscuras. Antes entraba un hilillo de luz por la orilla de la caja, pero ahora la oscuridad es total. Las palas de los enterradores están sellando la tumba, ¡y yo estoy vivo! ¡Enterrado vivo! Siento el aire pesado, el olor de las flores es insoportable y oigo los pasos de las personas que se van. El terror es absoluto. No logro moverme, y si se van ahora en poco tiempo será de noche y ¡nadie me va a escuchar golpeando en la tumba!
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Los pasos se alejan, nadie oye los gritos que da mi pensamiento, estoy solo en la oscuridad, el aire sofocado, el olor de las flores empieza a enloquecerme. De repente oigo un ruido. Son los gusanos, los gusanos acercándose a devorarme vivo. Intento con todas mis fuerzas mover alguna parte de mi cuerpo, pero todo permanece inerte. Los gusanos comienzan a subir por mi cuerpo. Son grasientos y fríos. Se pasean por mi rostro, entran por mis pantalones. Uno de ellos penetra en mi ano, otro comienza a desaparecer por una fosa de mi nariz. ¡ Socorro! Estoy siendo devorado vivo y nadie me escucha, nadie me dice nada. El gusano que entró por mi nariz desciende por mi garganta. Siento otro entrando por mi oído. ¡Necesito salir de aquí! ¿Dónde está Dios, que no responde? Comenzaron a devorar mí garganta ¡y ya no voy a poder gritar nunca más! Están entrando por todas partes, por el oído, por las comisuras de la boca, por el orificio del pene. Siento aquellas cosas babosas y grasientas dentro de mí, ¡tengo que gritar, tengo que liberarme! Estoy encerrado en esta tumba oscura y fría, solo, ¡siendo devorado vivo! ¡Está faltando el aire y los gusanos me están comiendo! Tengo que moverme, ¡tengo que reventar este ataúd! Dios mío, ¡junta todas mis fuerzas porque me tengo que mover! TENGO QUE SALIR DE AQUí; TENGO… ¡VOY A MOVERME! ¡VOY A MOVERME! ¡LO LOGRÉ!
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Las tablas del féretro salieron volando hacia cada lado, la tumba desapareció y yo llené mi pecho con aire puro del Camino de Santiago. Mi cuerpo temblaba de pies a cabeza, empapado de sudor. Me moví un poco y noté que mis esfínteres se habían soltado, pero ya nada de esto tenía importancia: estaba vivo. La temblorina continuaba y no hice el menor esfuerzo por controlarlo. Me invadió una inmensa sensación de calma interior y sentí una especie de presencia a mi lado. Miré y vi el rostro de mi Muerte. No era la Muerte que había experimentado minutos antes, la Muerte creada por mis terrores y por mi imaginación, sino mi verdadera Muerte, amiga y consejera, que jamás me dejaría ser cobarde un solo día de mi vida. A partir de ahora, ella me ayudaría más que la mano y los consejos de Petrus. No permitiría que yo dejara para después todo lo que podía vivir ahora, no me dejaría huir de las luchas de la vida y me ayudaría a librar el Buen Combate. Nunca más, en ningún momento, me sentiría ridículo al hacer cualquier cosa, porque allí estaba ella, diciendo que cuando me tomara de las manos para que viajáramos hasta otros mundos, yo no debía llevar conmigo el mayor de todos los pecados: el Arrepentimiento. Con la certeza de su presencia, mirando su amable rostro, tuve la seguridad de que bebería con avidez de la fuente de agua viva que es esta existencia.
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La noche no tenía más secretos ni terrores. Era una noche feliz, una noche de paz. Cuando el temblor cesó, me levanté y caminé con dirección a las bombas de agua de los labradores. Lavé las bermudas y me puse las otras que traía en la mochila. Después, volví al árbol y me comí los dos emparedados que Petrus había dejado para mí. Era el alimento más delicioso del mundo, porque estaba vivo y la Muerte ya no me espantaba. Decidí dormir allí mismo. Finalmente, la oscuridad nunca había sido tan tranquila.
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Enlace a todos los artículos de esta temática:
en: EL CAMINO DE SANTIAGO (itinerario que sigue la Vía de Láctea)
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PARA PERSONAS CON DISCAPACIDAD TAMBIÉN SE EDITAN CAMINOS
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NÁJERA – AZOFRA 6km
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AZOGRA – CIRUEÑA 7,5km
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CIRUEÑA – SANTO DOMINGO DE LA CALZADA 6km
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NÁJERA
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AZOFRA
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CIRUEÑA
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SANTO DOMINGO DE LA CALZADA
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ETAPA 9. INFORMACIÓN PRÁCTICA
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RECORRIDO HISTÓRICO CULTURAL POR LA ETAPA
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EL DIARIO CON EL QUE CONECTO HOY. IMÁGENES SUYAS INTEGRADAS EN ESTA ETAPA, PARECE SER DEL 2002
Me parece tremendo lo que acaba de ocurrir… Alfonso Biescas habla del atentado del 11M. Y este otro peregrino menciona su accidente, que coincide con el de las Torres Gemelas… Me ha gustado este diario. Tengo que leerlo.
[...] * link: EXPERIENCIAS PEREGRINAS DE ESTA ETAPA [...]
De NÁJERA a SANTO DOMINGO DE LA CALZADA (etapa 9 del Camino Francés). Los milagros del Santo y la leyenda… « Los cuadernos de Yladah dijo esto en Mayo 1, 2008 a 2:25 pm |
EL ENCUENTRO DEL DÍA… Y MUY MUY COMPLETO.
EL CAMINO DE ANDRAS
ATENCIÓN AL DIARIO DE SHIRLEY MCLAINE Y DE JUAN HOLGADO.
[...] incluida en la ETAPA NUEVE, y en su diario JUAN HOLGADO, cuenta algo muy interesante acerca de unas columnas románicas que el [...]
Detalle de una columna de la Catedral - David - (SANTO DOMINGO DE LA CALZADA) - « El viaje del Peregrino por la ruta de las Estrellas dijo esto en Mayo 5, 2008 a 1:58 pm |
INTERESANTE FRAGMENTO DE IACOBUS DE MATILDE ASENSI CORRESPONDIENTE A ESTA ETAPA
FRAGMENTO DE ‘PEREGRINATIO’ DE MATILDE ASENSI
[...] a: i, ii, iii, [...]
AYMERICH PICAUD - viii - (un atardecer desde la iglesia de Atapuerca) « Blog Archive « EXPERIENCIA PEREGRINA dijo esto en Julio 20, 2008 a 2:27 pm |
Cerca de Nájera está la desviación que conduce hasta el monasterio de Valvanera y a los templos de Suso y Yuso. Vale la pena dedicar una jornada a visitar la cuna del idioma donde nacieron las Glosas Aemilianenses que se conservan hoy fuera de estas tierras. En lo alto de la colina, el monasterio visigótico de Suso conserva tallado en piedra el primer testimonio labrado en castellano, copia del que Gonzalo de Berceo dejó plasmado en pergamino en el siglo XIII. Reposan en su interior los restos de san Emiliano o san Millán de la Cogolla, patrón y protector de Castilla que vivió en este lugar hasta los ciento un años. Su urna es valiosa joya de artísticos marfiles románicos del siglo XI y su enterramiento está cavado bajo una bóveda de roca. La lápida que lo cubre muestra un alfabeto ocultista y varios signos extraños: perros, atlantes, ciegos que ven, lectores sapientes y mandalas celtas de autoría desconocida. Entre los muros de Suso dicen que se emparedó santa Oria -otra vez el oro en el Camino- para evitar las numerosas tentaciones de que era objeto. Berceo reflejó en su obra la virtud de la santa asegurando que ‘como era preciosa más que piedra preciada/ nombre avie de oro, Oria era llamada’. Y allí está enterrado también san Felices de Bilibio, maestro de san Millán, que nació en el último cuarto del siglo V y murió en el 574 con ciento un años. Pastor y tañedor de rabel en su juventud, recibió las lecciones del ermitaño Felices de Bilibio y organizó un cenobio eremita en los montes Distercios. El cenobio estaba formado por varias cavernas excavadas en la montaña dispuestas en dos pisos comunicados entre sí por un pequeño pasillo con dos capillas aledañas. Sobre ellas se erigió, en el 923, el monasterio visigótico de Suso. Conserva su suelo original de cantos rodados grises encastrados con ladrillos al estilo visigótico formando rosetas y esvásticas. Su trabajosa confección le ganó el nombre de Alfombra de Portalejo.
En el atrio del monasterio están enterradas tres reinas navarras, Tota, Ximena y Elvira, y el Señor de Cameros don Tello González. En el centro aparecen alineadas otras ocho tumbas de piedra toscamente talladas que conservan los restos descabezados de los Siete Infantes de Lara y de su ayo, el caballero templario Nuño de Rasuno. Las cabezas de los siete hermanos se conservan en Salas de los Infantes, de ahí el nombre de la villa burgalesa.
La leyenda de los Siete Infantes de Lara resulta dramática. Conzalo Bustios acudió con sus siete hijos a las bodas de su cuñado Ruy Velázquez, hermano de su mujer doña Sancha, con la doncella doña Lambra. Durante la celebración de las nupcias, Lambra se proclamó injuriada por el menor de los Bustios, Gonzalo González, que se vio sorprendido por esta actitud. Sus seis hermanos salieron en su defensa y la recién casada retiró su acusación. Gonzalo Bustios fue enviado, entonces, por Ruy Velázquez a Córdoba con una falsa embajada, ausencia que fue aprovechada por su tío para emplazar engañosamente a los siete jóvenes en los Campos de Almenar. Allí fueron asesinados y decapitados con su ayo Nuño por un ejercito morisco. Poco después regresó su padre don Gonzalo y, al ver las cabezas de sus siete hijos enloqueció de ira. Pero la venganza llegó lentamente con el tiempo. En Córdoba, Gonzalo Bustios vivió un romance con la hermana de Almanzor que quedó preñada a la marcha del castellano. Este bastardo, Mudarra, al conocer la historia de sus hermanastros se trasladó a Castilla para desafiar al asesino de sus hermanos, Ruy Velázquez, al que mató en duelo. Doña Lambra según unos fue quemada viva por orden del moro, y según otros se arrojó a las Lagunas Negras sorianas para evitar el castigo, de donde viene el macabro nombre del lago.
Desde Suso, bajando la colina aparece en el centro del valle el monasterio de Yuso, románico guardían de una magnifica colección de marfiles y de traza arquitectónica similar a la del monasterio de Silos. En su interior se conservan las arquetas de San Millán, construida por orden de Sancho el de Peñalén, y de su maestro san Felices. En el Salón de los Reyes se conservan lienzos de Juan de Rizzi y un retrato de Sancho el Mayor ¡que luce la cabeza de Lope de Vega”…, según los expertos.
Volviendo atrás sus pasos, el peregrino entra en Nájera, la regia ciudad que fuera habitáculo romano cuyo antiguo nombre proviene, según Menéndez Pidal, de íberos y celtas asentados en el lugar antes de la llegada de las legiones de Roma. Nagera, Naiara y Naj-ara en la antigüedad, sufrió los avatares de las luchas de los reyes de Navarra y de Castilla contra los musulmanes que la ocuparon y que la llamaron Al-Najra o ‘lugar entre peñas’ hasta su incorporación a la corona castellana con Alfonso VIII, en 1176. Fue tomada la villa a los sarracenos por el rey navarro cuando corría el año 923 y convertida, posteriormente, en Corte y Panteón Real durante los siglos X y XI. Sancho el Mayor mandó acuñar aquí la primera moneda de la Reconsquista y, a principios del siglo XI, se fundó una abadía cluniacense. Siglos después surgió el actual monasterio en cuyo altar se venera la Virgen de la Terraza, una curiosa imagen cuyo descubrimiento originó la fundación de la ciudad.
Cuentan las crónicas que la imagen fue hallada por el rey don García de Pamplona, llamado luego ‘el de Najera’, cuando cazaba por estos pagos en el año 1044. El rey vio cómo un halcón se perdía en el horizonte tras una paloma. Cabalgando en pos de su halcón descubrió un inmenso resplandor en medio del bosque y se dirigió hacia él. La luz salía de una cueva excavada en la roca en cuyo interior encontró a paloma y halcón en amigable compañía a los pies de una imagen mariana que brillaba sobre la piedra. Junto a las aves había una jarra de azucenas frescas que perfumaban el recinto. El monarca decidió que aquel lugar debía ser consagrado y dedicado a enterramiento real. Mandó construir una basílica y creó una orden de caballería, la orden de la Terraza o de la Jarra, que ambos significados tiene la etimología de ‘terraza’ en el lenguaje iniciático, y que fue la primera orden de caballería de la Historia.
La orden se convirtió en una Tabla Redonda defensora de imagen y recipiente. Con esta historia vuelven las connotaciones griálicas y esotéricas del Camino de Santiago: la caverna, las luces misteriosas, la virgen negra, el recipiente sagrado y la dualidad o hermanamiento de lo opuesto, en este caso halcón y paloma. El conjunto de tanto simbolismo convierte el lugar en un centro energético. García Sanchez III mandó trasladar a este recinto los restos de san Vicente mártir y de san Prudencio desde el monte Laturce y le pidió al papa el envío de los de san Vital y san Agrícola, que le llegan desde Bolonia. La dualidad se repite insistentemente.
La construcción se trazó de tal forma que la cueva quedara en el interior tras el coro de la iglesia. A ambos lados de la gruta se instaló el panteón real con las tumbas de los reyes de Navarra como eternos guardianes. Allí permanecen las tumbas de doña Blanca de Navarra, biznieta de Carrión, hija de García Ramírez y madre de Alfonso VIII que murió en 1156 durante el parto cuando su esposo, Sancho el Deseado, aún no se había convertido en rey de Castilla; su tumba románica ha sido atribuida al mismo maestro Leodegario de Sangüesa y Chartres. Junto a ella, los sepulcros de doña Mayor, de Sancho IV y de otros monarcas de la Navarra medieval. Pasando entre las dos amenazantes figuras de piedra que guardan la entrada y el panteón, se traspasa el umbral de la legendaria cueva en cuyo pasillo de acceso han sido enterrados otros miembros de reales familias a uno y otro lado. Al final del zaguán subterráneo se abre la gruta de piedra en la que una imagen gótica del siglo XIV, de coloreado y triste rostro, recuerda el milagro del hallazgo.
La imagen auténtica de la morena Virgen de la Terraza se conserva sobre el altar mayor, en un camarín del gran retablo. Bajo ella, otro hueco del retablo muestra la jarra o terraza, siempre llena de azucenas frescas tal como fue hallada. Hay que subrayar que la azucena es la flor que se repite a lo largo del Camino jacobeo incluso en los lugares más insospechados e inaccesibles. Lo mismo que el olor a madera fresca que, tanto en Navarra como en La Rioja, persigue al peregrino.
El monasterio de Santa María la Real de Nájera esconde muchos otros signos en ménsulas y capiteles y ese milagro hecho encaje en piedra que es su Claustro de los Caballeros, de principios del siglo XVI, donde la piedra se ha vuelto encaje para filtrar la luz por sus arcadas rodeando el pequeño jardín medieval. Desde 1895 está bajo la custodia de los padres francisanos que acogen allí a todo peregrino que lo solicita.
Fuera ya del recinto monacal, se puede contemplar el monumento a Fernando III el Santo, en el mismo lugar en que fue proclamado rey en 1217. Se levanta sobre el llamado Campo de San Fernando junto al puente actual, construido en 1886 sobre el anterior de siete arcos tendido en el siglo XII por san Juan de Ortega.
De Nájera el monje alemán Herman Künig dijo, en 1495, que ‘la gente es muy burlona, las mujeres del hospital arman mucho ruido pero tienes todo lo que quieres y las raciones son muy buenas’. Aquí se pueden reponer fuerzas con buenas raciones de ensalada riojana o de caldereta camerana, un guiso de cordero lechal regado con vino blanco y vinagre cocido lentamente con patatas y distintas hierbas incluida la alcamonía. Es plato tradicional de pastores trashumantes en su largo recorrido con los rebaños hasta ‘la Extremadura’ a través de las Cañadas Reales. O puede degustar unas patatas a la riojana, que no son otra cosa que patatas guisadas con chorizo y un sofrito de cebolla, tomate, ajo y pimiento. Si el peregrino desdea tranquilidad y retiro por unas horas puede desviarse hasta las Cuevas de Nájera, remontando el sendero que parte del norte de los torreones de Santa María la Real, donde los franciscanos del monasterio le acogerán con simpatía en un pequeño refugio.
Se sale de Nájera por el antiguo Camino Jacobeo que pasaba junto a la abadía cisterciense de Cañas, fundada por doña Aldonza y don Diego Lope de Haro. Hay que desviarse unos pocos kilómetros del Camino para llegar hasta allí, pasado Azofra, la antigua As-Sufra árabe poblada por moros pecheros tras la Reconquista.
Por las curvas de la Degollada, donde dicen que hay mal fario para los automovilistas, continúa el itinerario peregrino. Tras las curvas, aparece majestuosa Santo Domingo de la Calzada que será final de otra etapa en la ruta santiaguera. Cruzando el río Najerilla por el puente cuya construcción dirigió el propio santo, se entra en la ciudad del protector de todo el Camino.
Si se tiene tiempo, vale la pena perderse antes por tierras riojanas y visitar Bobadill, Tobía -la antigua Tubalia o Tierra de Túbal, nieto de Noé -llamada también Baños del Río Tobía, donde podremos degustar en la única fonda del pueblo unas buenas judías a la riojana potaje parecido a la fabada asturiana pero con chorizos de la tierra. Desde aquí el Camino se adentra por Peñalba, una elevación junto a la llamada Peña Tobía donde aún existen cuevas dispersas con pinturas prehistóricas y objetos de barro del período cretáceo que estallan al ser sacados a la superficie una vez en contacto con el aire. No en vano atraviesa estas tierras la Ruta de los Dinosaurios, que se extiende por casi toda la sierra de Cameros y en la que se enmarcan las poblaciones de Igea, Arnedillo, Arnedo, Enciso y Anguiano entre otras.
Desviados una jornada del Camino, vale la pena llegar hasta Anguiano para visitar a la morena Virgen del Valvanera, envuelta en los misterios del monasterio que fue abadía benita donde se fabrica un famoso licor de hierbas parecido al que elaboran las comunidades de Silos y Montserrat. La menuda imagen de Valvanera dicen que fue descubierta por un ladrón llamado Nuño, en el siglo XII, dentro del tronco de un roble seco protegido por un enjambre de abejas. La imagen curó la ceguera de la hermana de Nuño que, agradecido, se aposentó en el lugar como anacoreta para custodiar la talla.
En torno a Valvanera giran numerosas leyendas. Una de ellas asegura que el Niño Jesús tiene la cabeza forzadamente vuelta hacia el lado derecho porque no quiso ver un pecado contra la castidad que cometía en el interior del templo una pareja de enamorados. Otra leyenda advierte que las mujeres no pueden permanecer en el lugar más de nueve días, al cabo de los cuales mueren de extraños males si prolongan su estancia. Las cruces que antaño se levantaron en torno al monasterio recordaban, según la tradición, la maldición para las hembras. También se dice que la reina Isabel la Católica envió allí a una de sus doncellas para comprobar la veracidad de la historia obligándola a permanecer diez días. La noble moza murió al décimo día de extraño mal. Si la historia es cierta, no dice mucho a favor de la reina castellana.
Otra historia asegura que aún existe en el monasterio la Cocina Santa donde la propia Isabel de Castilla, que viajó hasta allí después del incidente de su doncella, se asombró al ver que no producía ceniza por mucha leña que quemase. Y a los pies del roble donde fue hallada la imagen manaba una fuente que, según las crónicas, alivió la gota de Felipe II, biznieto de la reina católica, en 1592.
Cumplida la visita a la Virgen de Valvanera se debe seguir el Camino por el suroeste siguiendo el curso del Najerilla si peregrina a pie. Si se hace en coche, el retorno se hará por el mismo camino hasta la carretera Logroño – Burgos. Es posible que en estos parajes se encuentren restos fosilizados y huellas de dinosaurio marcadas en las piedras de la serranía. Bajando hacia Nájera, si se retoma el Camino antes de entrar en la ciudad, aparecerá a los ojos del peregrino una extraña visión: un rostro totémico pintado en lo alto del campanario de la iglesia parroquial, que nadie sabe quién ni cuándo lo pintó. Si la restauración de la torre no lo ha hecho desaparecer, cualquier peregrino podrá verlo antes de bajar la cuesta de la villa.
En Nájera conviene repostar fuerzas. En época de matanza lo mejor es saborear el patorrillo, un plato para estómagos fuertes y sanos que se elabora con la sangre, las entrañas y las patas de cabrito o de cerdo, en un guiso similar al botillo leonés pero sin embutir. Lo mejor es saborearlo en Igea, en plena Ruta de los Dinosaurios, donde sigue elaborándose al estilo tradicional, al menos en el mesón que aún regenta la familia Sáez de Guinoa.
El peregrino, de regreso de las huellas prehistóricas, abocará cansado a Santo Domingo de la Calzada, ‘donde cantó la gallina después de asada’ según la leyenda. Hasta el siglo XI no existía Burgo alguno en este lugar ni puente que facilitara el cruce del río al peregrino. El antiguo itinerario pasaba por el norte de la urbe a través de Bañares y Cerezo de Río Tinto. En el siglo XII, Santo Domingo mandó construir el puente sobre el río Oja, despejar el bosque, desviar el Camino desde Nájera hasta Redecilla sobre el puente terminado y edificó el Hospital de Peregrinos que hoy es Parador de Turismo bien restaurado frente a la iglesia del santo. En su interior se conserva el refectorio, donde solía trabajar el santo, y se dice que nunca entró una mosca que lo molestara a pesar de carecer de cristales. Hoy tampoco se ven dípteros en el interior de la sala.
Mandó levantar, asimismo la ermita de la Virgen de la Plaza, en torno a la cual fue formándose el burgo a orillas del río. Y volvemos a recordar las misteriosas alusiones a la oca como símbolo esotérico con el nombre del río.
La historia del santo refleja su capacidad de trabajo y su dedicación al Camino. En el año 1090 Alfonso VI le encarga la reparación de todos los puentes que hubiere de Logroño a Compostela -’pontes qui sunt ab Lucronio usque ad Sanctum Iacobum’- misión que asume conjuntamente con san Juan de Ortega hasta 1098. Muere el 12 de mayo de 1109 con más de noventa años. Siglos después es erigido como patrón de las Obras Públicas y de los ingenieros.
La iglesia de Santo Domingo de la Calzada, luego catedral, se inició a comienzos del Siglo XII con trazado gótico sobre planta románica. En su cripta se conserva el sepulcro del santo con un mausoleo en alabastro donde se venera la imagen yacente del fundador, que se construyó en una nave lateral del crucero mucho después de su muerte para incluir en el interior de la iglesia la tumba que él dispuso que se cavara en el exterior. La talla yacente es obra de Felipe Vigarny terminada en 1513. Bajo el templete, el sarcófago románico conserva los restos. Sobre uno de los muros de la iglesia se exhibe un trozo de madera de la horca en la que colgaron al protagonista del milagro realizado por el santo.
Cuenta la historia que el joven germano Hugonell, de dieciocho años, peregrinaba con sus padres desde la ciudad alemana de Sanctu, cerca de Wessel, hasta Santiago cuando corría el siglo XIV. Al llegar al burgo se alojaron en el mesón donde una moza allí empleada se enamoró del muchacho. Al no responder éste a sus insinuaciones amorosas, ocultó en su esquipaje una copa de plata y le acusó públicamente de haberla robado. Al ser revisado el equipaje del joven, se descubrió el objeto y Hugonell fue detenido, juzgado y condenado a la horca a pesar de sus declaraciones de inocencia. Sus padres presenciaron la ejecución y velaron toda la noche su cuerpo. Al día siguiente comprobaron asombrados que el joven aún vivía y corrieron a contar lo que pasaba al corregidor. Éste se disponía a almorzar una gallina y un pollo asados y, molesto por la interrupción, les contestó despectivamente que ‘eso es tan verdad que esta gallina y este gallo se van a levantar y ponerse a cantar’. Ante el asombro de todos, las aves asadas se pusieron de pie en el plato y cantaron. El mandatario ordenó, entonces, descolgar al joven Hugonell e investigar lo ocurrido. Al descubrir el engaño la moza fue castigada públicamente y la familia sajona continuó su peregrinación. Desde aquel día, los jueces de Santo Domingo de la Calzada llevaron durante un siglo una soga al cuello en las vistas públicas, en castigo a su incredulidad. Luego la cuerda fue sustituida por una cinta de color. Frente a la tumba del santo, sobre la puerta de la sacristía, un lucernario ha sido convertido en gallinero donde viven una gallina y un gallo cuyo canto diario recuerda el milagro ocurrido hace seis siglos.
En la primera quincena de mayo, el peregrino puede asistir a las Fiestas del Camino de Santiago durante las cuales se ofrece comida gratis a los peregrinos. Y, si tiene suerte, en esos días podrá ver al ‘nubero’ o espantador de nubes, medio zahorío medio mago que, hasta hace poco, recorría los caminos del contorno con sus muchos años a la espalda mirando los cielos. La fiesta jacobea empieza el 12 de mayo, día de la muerte del santo. La fiesta gira en torno a la gastronomía: un cordero asado es consagrado antes del ágape y, con él, se sirve tradicionalmente el pan y la sal a todo forastero que llega con vieira y bordón. La ciudad conserva, año tras año, la secular hospitalidad con los peregrinos impuesta por su fundador.
Al ascender por la Rúa Peregrina hay que fijarse en que la calzada divide en dos la barroca iglesia del Santo, convirtiéndola en la única iglesia divida que luce el templo a un lado del Camino y al otro los restos románicos de su gran campanario de extraña construcción.
Antes del descanso nocturno, el peregrino todavía podrá saborear unos rizos de merluza a la camerana típico plato de la sierra de Cameros consistente en filetes de merluza enrollados y rellenos de gambas, guisados en una salsa a base de vino blanco o coñac, huevos batidos, tomate, cebolla y guisantes. O una sopa riojana, una de los caldos más antiguos de la región hecho con chorizo, jamón, pan, guisantes, patatas, puerros, zanahorias y otras verduras. O puede endulzar el paladar con unos bollos de san Marcos, panecillos dulces redondos hechos al horno con huevo, manteca, levadura y esencia de anís.
Así descansará bien el peregrino a orillas del misterioso río Oja, para encarar al día siguiente una etapa llena de magia y misterio.