* En dirección a Estella hay que recorrer un terreno ondulado y agrícola, cultivado con ceral, vid y olivo, entre pequeñas poblaciones.
‘Guía práctica del peregrino’
JOSE MARÍA ANGUITA JAÉN
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Por la Calle Mayor, el Camino alcanza el gran puente medieval. Al pasarlo, se gira a la izquierda y se cruza la carretera, tomando un desvío que se encamina entre un convento y otras edificaciones. La pista discurre por los sembrados entre el Arga, al que alguna vez se acerca, y la carretera. Después de2,5 km, se gira a la derecha (dejando atrás la depuradora) y entre una repoblación de pinos y matorrales se asciende. Al salir a un camino se encuentra la indicación del asentamiento deBargota(habitado hasta el siglo XI. Encomienda de la Orden del Temple y después Hospital sanjuanista). Un pequeño tramo marcha sombreado por robinias y ailantos. Hasta Mañeruse avanza junto a la carretera, en un paisaje agrícola de sembrados y viñedos. Se baja a la población por una pista. Una vez allí, por la calle Forzosase sale al cementerio. El paisaje es similar hastaCirauqui, que se halla sobre un promontorio. Se pasa bajo laPuerta del Arco y se asciende por sus calles para llegar a la salida, que se realiza entre cipreses por lacalzada romana, y se dirige hacia el puente romano sobre el arroyo Iguste. Después hay que cruzar la N-111, para proseguir hacia el valle del río Salado (por un pequeño puente se salva un barranco). Continúa la calzada, pasando junto al antiguo solar de Urbe y avanzando entre el monte bajo y los sembrados. Se llega en descenso a la carretera, y tomando el desvío de Alloz, se discurre por él hasta llegar a un acueducto y un viejo molino, desde donde hay que desviarse y dirigirse hacia el puente sobre el río Salado. Un túnel bajo la carretera general lleva a un viejo tramo de carretera. Desde allí se veLorca, hacia donde hay que subir. Ya en Lorca, se pasa por la Plaza Mayory se sale junto a un lavadero para caminar junto a unas huertas, por la carretera N-111, y después paralelos a ella. Se avanza por distintos caminos antes de cruzar un túnel bajo la variante de Estella y de entrar enVillatuerta, entre huertas y frutales. Dentro de la localidad se pasa el río Iranzuy se sale por lacalle Monasterio de Irache, en dirección a la ermita de San Miguel. Se cruza lacarretra de Oteizay se toma una senda a la derecha que se dirige hacia el puente peatonal sobre el Ega. Desde ahí el camino de Ordoizconduce entre huertas y fábricas haciaEstella.
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*NOTA PARA CICLISTAS
El tramo de lacalzada romana que sale de Cirauqui y pasa por el solar de Urbe ofrece dificultades. Así mismo hay que tener en cuenta el estado de los caminos en ciertas épocas. La alternativa es la N-111 que une Puente la Reina con Estella.
Cruzamos la carretera tomando al otro lado la calle Mayor y continuamos hasta su término, donde se encuentra el Puente de los Peregrinos. Cruzamos el puente sobre el río Arga por última vez, saliendo al cruce de la carretera general. Atravesamos la general y tomamos al otro lado la vieja carretera. Dejamos a la izquierda un camino agrícola y una fuente. Abandonamos la vieja carretera, tomando una pista ascendente durante un corto tramo para cruzar después el barranco de Bargota. Un tramo de campo a través nos permite subir a una pista superior. Pasamos las ruinas del Monasterio de Bargota. Seguimos siempre la pista agrícola, más o menos paralela a la carretera, hasta que muere junto al crucero medieval de Mañeru. Retomamos la carretera para entrar en Mañeru.
Valoración de la accesibilidad del subtramo
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Las aceras del puente son amplias. La señalización a la salida del pueblo es escasa y difícil de ver para invidentes parciales.
El camino tiene pendientes severas, de hasta el 20%, que lo hacen inaccesible en varios tramos. Acaba saliendo a una rotonda en obras, peligrosa además por la circulación, ya en Mañeru. La entrada al pueblo es por una calle asfaltada, con una pendiente descendente hasta la plaza.
Alternativas para personas con movilidad reducida: N-111
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CIRAUQUI – LORCA Dificultad alta 5,5km
Para continuar el camino, lo mejor es ascender a la zona alta del pueblo, y después comenzar el descenso por la calle Mayor, llegando así al arranque de la Calzada Romana.Descendiendo por ella, llegamos al puente, también romano aunque algo modificado en época medieval, que nos lleva hasta las inmediaciones de la carretera.Hay una fuente.Cruzamos el asfalto y tomamos al otro lado una pista agrícola, hasta llegar al cruce en el que seguimos de frente descendiendo a la vaguada de Dorrondoa.
Pasamos las ruinas de Urbe y tras un fuerte descenso giramos bruscamente a la derecha. Retomamos la calzada romana. Llegamos a la carretera de Alloz, junto al cruce con la general. Tomamos a la derecha, pasando bajo el acueducto. Dejamos la carretera, cruzando un antiguo puente sobre el río Salado. Seguimos por un camino agrícola. Pasamos bajo la carretera, tomando después por el trazado viejo y a unos 50 m nos desviamos a la izquierda por un camino que, entre campos y sin pérdida posible, nos acerca a Lorca. Salimos a la carretera y siguiendo por ella, dejando la iglesia a la derecha, llegamos a la plaza y fuente de Lorca.
Valoración de la accesibilidad del subtramo:
El mejor camino es el que bordea el pueblo por una carretera con poco tráfico pero que evita tener que subir por tramos con pendientes pronunciadas, baches y piedras que resultan inaccesibles.Tras cruzar la carretera N-111, se inicia un camino largo e inaccesible por su firme irregular y sus pendientes, con algunos tramos de escalones, hasta llegar a Lorca.
Alternativas para personas con movilidad reducida: N-111
Atravesamos el pueblo por la calle Mayor y salimos de él por la carretera. Cruzamos la nueva carretera, siguiendo por la margen izquierda de la misma. Abandonarla por la izquierda por una pista agrícola. A los pocos metros, tomar a la derecha. Abandonar aquí la parcelaria, siguiendo un camino trazado en la linde de los campos. Nos encontramos una nueva pista, que seguimos hasta la carretera. Giramos a la izquierda hasta el cruce de Villatuerta.
Valoración de la accesibilidad del subtramo
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El casco urbano de Lorca es accesible, con pendientes suaves. El camino de salida corre paralelo a la carretera pero resulta inaccesible por su pendiente, ser estrecho y estar jalonado de piedras, aunque hay tramos mejores que son accesibles.
Al entrar en Villatuerta, el camino se estrecha en el puente, aunque está bien señalizado. Para llegar a la iglesia del pueblo, el camino discurre por una pista de brea con una ligera pendiente ascendente que tal vez requiera ayuda para superarla.
Dificultad media VILLATUERTA ESTELLA 4km
Cruzamos la zona nueva de la población por su calle principal llegando al puente medieval. Se cruza para tomar luego a la izquierda, pasando junto al Ayuntamiento. Tomar después por una calle de hormigón que se transforma en pista de tierra más tarde.
Cruzamos la carretera para seguir por un camino al otro lado. Cuando este camino salga a la carretera, dirigirse, entre campos, a la Ermita de San Miguel.Descendemos después por una cuesta de piedra hasta una zona recreativa y cruzando la carretera bajamos al río Ega, que salvaremos mediante una pasarela. Bordeamos la Iglesia del Santo Sepulcro y salimos a la carretera siguiendo a la izquierda hasta entrar en Estella antes del puente de la cárcel.
Las obras de la autovía, actualmente en curso, podrían modificar temporalmente el recorrido.
Valoración de la accesibilidad del subtramo:
El camino de salida es una pista asfaltada que más adelante se estrecha y resulta difícil para recorrerlo con silla de ruedas.Vuelve a ensancharse y mejorar su condiciones de accesibilidad, con ligeras pendientes, hasta llegar al camping donde se convierte en una pista asfaltada apta hasta Estella. El casco urbano de este pueblo tiene un firme de adoquín muy molesto e inaccesible.
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REFERENCIAS DE HOSPEDAJE Y DEMÁS SERVICIOS QUE OFRECE ESTA PÁGINA
IGLESIA PARROQUIAL: La actual parroquia data del siglo XVIII, está bajo la advocación de San Pedro Apóstol.
Tlf. 948 760 012 / 948 790 438. FIESTAS: En honor a las Santas reliquias el primer domingo de
septiembre.
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CIRAUQUI
Servicios de salud FARMACIA: Frente a la iglesia de San Román.
Otra información de interés IGLESIA DE SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA: Es de comienzos del siglo XIII y a la salida se puede contemplar un puente de un solo ojo de base romana, parcialmente restaurado y que da acceso a un tramo de calzada romana. IGLESIA DE SAN ROMÁN: Está en la parte más alta del pueblo, que conserva el primitivo edificio del siglo XIII y cuenta con una magnifica portada románica poli-lobulada. FIESTAS: La Exaltación a la Cruz, el 14 de septiembre. AUTOBUSES: Una línea de autobuses comunica con Logroño y Pamplona.
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. LORCA
Otra información de interés IGLESIA PARROQUIAL: Esta villa fue, desde el siglo XIII, sede de la encomienda de San Salvador, dependiente de Santa María de Roncesvalles. La Parroquia de estilo románico rural tardío (siglo XII), está dedicada a San Salvador. PUENTE: La villa posee un puente de dos arcos del siglo XII sobre el río . FIESTAS: Día de la Ascensión en mayo. AUTOBUSES: Autobuses de línea a Pamplona y Logroño.
Alojamientos
ALBERGUE DE PEREGRINOS DE VILLATUERTA
Dónde comer
CAFETERIA-PASTELERIA MARTA
Servicios de salud CENTRO DE SALUD OSASUN ETXEA. Junto al puente románico. FARMACIA. Tlf. 948 541 105.
Otra información de interés PUENTE: La entrada es por un puente románico de dos ojos sobre el río Iranzu. IGLESIA DE LA ASUNCIÓN: Edificación de estilo tardo-románico, del siglo XII, que impresiona por su soberbia torre-campanario. El templo fue reformado en el siglo XIV. FIESTAS: La Virgen de agosto y el 8 de marzo San Veremundo. AYUNTAMIENTO: Tlf. 948 541 175.
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ESTELLA
Alojamientos
ALBERGUE DE PEREGRINOS DE ESTELLA
ALBERGUE JUVENIL DE ONCINEDA
HOTEL RESTAURANTE YERRI**
HOTEL IRACHE*
HOSTAL BAR RESTAURANTE EL VOLANTE***
Dónde comer
BAR RESTAURANTE “KIROL”
RESTAURANTE CHE
LA ALJANA “CASA DE COMIDAS”
Servicios de salud CENTRO DE SALUD DE ESTELLA: Pº de la Inmaculada, 35. FARMACIA: Plaza de San Francisco de Asís.
Otra información de interés IGLESIA SAN MIGUEL: Parece estar vinculada en su origen a la creación del barrio de San Miguel, en torno a 1187 alrededor de un antiguo mercado, de acuerdo con un documento firmado por el rey Sancho el Sabio de Navarra, debido al crecimiento de la ciudad al ser un importante hito en el Camino de Santiago. CONVENTO DE SANTO DOMINGO PUENTE IGLESIA DE SAN PEDRO DE LA RÚA: La parte más importante es el lado norte, en el cual destacan las escenas figuradas de los capiteles, de las cuales la más notable es la que representa el santo entierro . PALACIO DE LOS REYES DE NAVARRA: Levantado sobre la Rúa de los Peregrinos, destaca por la belleza de las esculturas realizadas en los capiteles de las columnas que enmarcan las fachadas. Realizado a principios del S. XIII. FIESTAS: Viernes anterior al primer domingo de agosto. AYUNTAMIENTO: Tlf. 948 548 200. OFICINA DE TURISMO: C/ San Nicolás, 1. Tlf. 948 556 301.
El Camino sigue cerca, pero escondido de la carretera, pasa por un pequeño puente gótico sobre el río Salado, que viene del embalse de Alloz y atraviesa Lorca, con su bella iglesia de ábside románico. Después continúa hasta Villatuerta donde encontramos otro puente sobre el río Irantzu y admiramos la bella estampa de la mole gótica de la iglesia con su torre románica. Pasando junto a la ermita de San Miguel, iglesia de un antiguo monasterio desaparecido, llegamos a Estella.
Pablito Sanz, «el hombre que se ha hecho famoso por dar palos» -como dicen en el pueblo-, lleva veinticinco años regalando varas a los peregrinos. Calcula que entrega entre ochocientas y mil al año. En total, unas 20.000 desde que empezó con esta costumbre a principios de los años ochenta: «Yo veía que los peregrinos pasaban con unos palos muy malos, recogidos en cualquier sitio. Un día en la zona de Belate corté unas setenta u ochenta varas de avellano, que es resistente y ligero, y me las traje hasta casa en mi Seat 127. Y las empecé a repartir».
Pablito espera en la orilla del camino, en lo alto del repechón por el que llegan jadeando los caminantes. Le gusta charlar con ellos. «Hoy en día a muchas personas no les gusta hablar con los demás», dice. «No hay costumbre, no hay confianza. La gente ya no cuenta cosas. Y eso es importante». A los que llegan sin bordones o con bastones malos les ofrece uno de las suyos. Les invita a la parte trasera de su casa, donde almacena haces de varas, calabazas que él mismo cultiva para regalar a los peregrinos y conchas que le envían desde Galicia porque éstas no, éstas no puede sembrarlas. También tiene un montoncito de raíces leñosas de consuelda, una hierba con la que se preparan emplastos, cataplasmas y compresas para cicatrizar heridas y reducir inflamaciones, ideal para las rozaduras, los esguinces y las tendinitis, incluso para aliviar la artritis que el propio Pablito padece. Y en un jardincito de esa parte trasera se levanta un tesoro: una estela de hace ochocientos años, en la que aún se aprecian, borrosas, una Cruz de Santiago y una Cruz de los Caballeros de Malta. «La sacó una pala del campo y me la traje. El destino ya está hecho», dice Pablito.
A los peregrinos que el destino le trae no sólo les regala una vara sino que les enseña a usarla. «Es que hay mucha ignorancia en el Camino, algunos no saben ni llevar la mochila. Y muchos vienen con bastones cortos. ¿Cómo aparece Santiago en las imágenes? ¿Con una vara larga, más alta que su cabeza! Una vara no es un bastón. Tiene que ser un palmo más alta que el peregrino. Y hay que saber agarrarlas. En el llano, hay que coger la vara a la altura del hombro. En las subidas, más abajo, a la altura del pecho. Y en las bajadas, más arriba, a la altura de la cabeza. También es importante acompasarla al andar. Mira cómo lo hago». Y Pablito arranca con la coreografía jacobea que ha repetido miles de veces. «Empiezo con la vara apoyada en el suelo, luego la muevo hacia adelante y doy un paso, dos, tres, y al cuarto vuelvo a apoyarla. Un, dos, tres y pum; un dos, tres y pum. Y mira cómo llevo la columna vertebral: siempre recta. Muchos van encorvados y acaban con dolores de espalda, de rodillas, de todo».
«¿Es Pablito, no Pablo!»
Para quien camina cientos de kilómetros, cualquier mala posición o cualquier roce pueden derivar en un suplicio. Por eso Pablito mima hasta el último detalle: no sólo se fija en la altura del peregrino para decidir el tamaño de la vara, sino que le mira la mano para calcular el grosor adecuado. Y lija la parte que el peregrino va a agarrar para que el tacto sea suave.
Pablito también prepara café para los caminantes. Les da fruta y agua fresca. Les sella las credenciales con un cuño propio. Y solía acoger a los que llegaban tarde, lesionados o agotados. «Pero se corrió la voz y empezó a venir cada vez más gente a pedir varas y café y hasta sitio para dormir. Hombre, yo puedo hacer café para cuatro o cinco, pero no para cincuenta. Y regalo varas, pero no me gusta que vengan a pedírmelas para llevárselas a otras personas: que vengan al Camino, que para eso son. Hasta llegaron a llamarme por teléfono para reservar noches en mi casa. Y ahí ya tuvimos que cortar, porque algunos abusan. Pero yo sigo saliendo todos los días a esperar a los peregrinos».
Cuando llegan a Ázqueta, muchos preguntan por las varas que regala Pablo. «Y yo no me llamo Pablo, ¿yo me llamo Pablito!». Lo confirma su carné de identidad y el santoral: junto a las docenas de santos que llevan el nombre de Pablo, figuran no uno sino dos Pablitos. San Pablito niño mártir: 13 de noviembre. San Pablito mártir: 19 de diciembre.
Pablito siempre tiene una provisión de varas, aunque cada vez le pesan más los esfuerzos para traerlas: «Es que tengo 73 años. Y artrosis. Hay que entrar al monte por los caminos, que no es fácil, buscar los avellanos, cortar las ramas, cargarlas hasta el coche En cada viaje me traigo unas 150. Ahora me ayudan unos primos y unos amigos porque yo ya no puedo andar como antes».
Cartas de todo el mundo
Hay una recompensa que alivia todos los pesares: el recuerdo y el agradecimiento. El ciento por uno. A Pablito le gusta que los peregrinos se acuerden de él cuando abrazan a Santiago. Y no para de recibir cartas y paquetes de todo el mundo (a menudo con tres palabras como toda seña: Pablito. Ázqueta. Navarra). «Me han regalado cristos, rosarios, medallas, navajas, banderas, hasta piedras preciosas Podría montar un museo». Le citan en documentales, reportajes, libros, guías, blogs: «Estoy muy escrito en Brasil, porque vienen a buscarme un montón de brasileños. Me han regalado banderas de su país y una camiseta con la que jugó Ronaldo en la selección». La historia del hombre de Ázqueta se difunde entre los peregrinos, de albergue en albergue, desde Roncesvalles hasta Santiago, de un país a otro. Basta con buscar a Pablito en la ‘blogosfera’ para darse cuenta de que el encuentro con él es uno de los recuerdos que más emociona a muchos peregrinos. Algunos relatan cómo acabaron tocando el piano en su salón y cómo la música atrajo a un montón de peregrinos, mientras Pablito preparaba café para todos. Otros tomaron con recelo la invitación para entrar en su casa y se encontraron con algo que primero extraña -porque no estamos acostumbrados- y luego conmueve: la bondad, el desinterés, la hospitalidad con el forastero, que no es más que un café, charla y una vara.
«Si la vida no es más que eso», dice Pablito, «lo demás son complicaciones. Como el dinero. Yo no quiero que me domine el dinero. Esta mañana estaba desayunando y justo han llegado unos peregrinos, pues he dejado de desayunar y he salido a atenderles. Ya está, eso es todo. De lo que más gozo es del bien. Al mal no le saco ningún lucro».
Dice un poema colgado en su casa: «Peregrino, estás en Ázqueta. / Haz un alto en este hito / que fuerte bordón de avellano / aquí te ofrece Pablito / para llevar en tu mano. / Santiago está muy lejos / para quien va caminando. / Será lanza para tu valentía, / defensa ante los miedos, / ayuda en las subidas, / sostén en el descenso / apoyo en las fatigas. / ¿Bordón, amigo / de avellano!».
La instalación recién estrenada cuenta con dos habitaciones de dormitorios con literas dentro de los 155 m2 de la planta, más dos servicios de duchas y lavapies, lavandería, una recepción, microondas, cafetera, etc.
El servicio de posadero lo ejerce el asturiano Manuel Rodríguez Viña, de 55 años y que pertenece a la Federación de Alberguistas Voluntarios. Rodríguez tiene la intención de atender el local unos quince días, hasta que llegue el siguiente voluntario. “Es una decisión que afrontamos generalmente peregrinos que sentimos esta vocación” señaló este caminante.
Amigos de los caminantes
Manuel Rodríguez se encontraba junto a otros amigos de este tipo de peregrinos como Ángel Luquin, que atiende el albergue de Villamayor de Monjardín; Pablito Sanz, que lleva más de 30 años atendiendo al peregrino en Azqueta; y el estellés Paco Ciordia, también hospitalero en albergues del Camino.
Manuel Rodríguez, ha recorrido el Camino a Santiago en ocho ocasiones. “Soy caminante espiritual y sé qué representa ser peregrino. Si el Camino te da algo, ayudar como hospitalero te da mucho más”, comentaba. El propio Paco Ciordia, estellés de 70 años, lo corroboraba: “Esto es muy bonito porque haces una labor de entrega a los demás y efectivamente haces amistades”.
Ángel Luquin sigue a sus 78 años recibiendo a los caminantes de Santiago cuando alcanzan Villamayor de Monjardín. “Tengo la inmensa suerte y la dicha de enseñarles la Cruz de Villamayor. Este año han dormido en nuestro albergue 3. 500 peregrinos de 72 países diferentes”, comentó.
Por su parte, Pablito Sanz, de 75 años, también veterano en estas lides, dijo: “A mí me toca hacerles de todo. He curado muchas ampollas y he dado sobre todo conversación. Por eso estamos aquí, porque todos somos caminantes en esta vida”.
Al igual que los compañeros, el albergue tiene una decoracion, un ambiente, un trato de los conserjes, sumamente excelente. La cocina muy bien, y el desayuno completo. 5.50 E (alojamiento + desayuno) A los altos, quizas las literas les pareceran un poco cortas (tienes que dormir un poco en diagonal o encogido, pero es el precio que hay que pagar).
Siguiendo el Camino, a la salida de Estella, se encuentra otra posibilidad de alojamiento: el polideportivo de Ayegui, un pueblo contiguo a Estella que más bien parece su barrio residencial. Cuesta 6 euros (abril 2007) y las literas están en una gran sala de un sótano, con los tubos de los desagües decorando el techo. Hay ventanas para ventilar. Se usan los baños del polideportivo (amplios y limpios)? compartidos con la gente que va a jugar al frontón, por lo que hasta las diez se escuchan los pelotazos. Se puede cenar en la cafetería. Yo estuve estupendamente porque, una vez que se fueron los deportistas, tenía todo el polideportivo para mí.
Demasiada gente, demasiadas normas, demasiado control. Delante nuestro echaron a unas alemanas que habian entrado a mirar por si podian pararse a comer. “¿No dormis aqui?, pues fuera”. ¿Es que no es atencion al peregrino permitirle usar el comedor por ejemplo? Duchas y lavabos comunes y pequeños. El desayuno una muy buena idea y el precio francamente bueno (5.5 euros desayuno incluido). No se os ocurra comer el menu del peregrino en el restaurante de la misma calle unos metros mas arriba: un timo.
[...] (6) Etapa sexta: ESTELLA – LOS ARCOS (Camino Francés a Santiago) « – AMANECER – (CATALINA DE SOMOZA): Poema ‘YO MISMA FUI MI RUTA’ (Julia de Burgos) Del campanario va a volar el día… (CASTRILLO DE LOS POLVAZARES) » [...]
Pasado el río, ascendimos una colina y, por buen camino, nos internamos en Lorca. Desde allí, cruzando un soberbio puente de piedra, alcanzamos Villatuerta, a la salida de la cual el Camino se bifurcaba hacia Montejurra e Irache, por la izquierda, y hacia Estella, por la derecha, dirección que tomamos sin frenar nuestras cabalgaduras.
Estella era una ciudad monumental y grandiosa, abastecida de todo tipo de bienes. Por su centro discurrían las aguas dulces, sanas y extraordinarias del río Ega, superado por tres puentes que unían sus riberas al principio, en el centro y al final de la población. Dentro de ella, las iglesias, los palacios y los conventos se sucedían uno tras otro, rivalizando en belleza y suntuosidad. No se podía pedir más a una urbe del Camino, desde luego.
Nos hospedamos en la alberguería monástica de San Lázaro, y allí nos sorprendimos al descubrir que la lengua oficial de Estella era el provenzal, que los monjes de la alberguería eran franceses y que la mayoría de la población estaba constituida por descendientes de francos que llegaron desde su país para establecerse como comerciantes. Unos pocos navarros y los judíos de la aljama integraban el resto de la vecindad.
Aprovechando una breve ausencia de Nadie durante la cena, interrogué a los cluniacenses galos de nuestra alberguería. Me tranquilizó mucho la conciencia saber que nada templario me había dejado en el tranco de aquel día, pues los milites del Temple apenas habían hecho acto de presencia por aquellos pagos, como no fuera para luchar en alguna célebre batalla contra los sarracenos. Tampoco en Estella había habido emplazamientos templarios, lo que mucho celebré en mi fuero interno, pues me liberaba de cualquier investigación por el momento. Cuando vi volver a Nadie con paso alegre hacia la mesa, mudé el cariz de mis preguntas y me interesé por un grupo de judíos franceses que viajaban hacia León y que debían haber pasado por allí el día anterior, o dos días antes, a lo sumo.
-Si queréis saber algo de judíos -me contestó el monje con un brusco cambio de actitud, que pasó de la simpatía al menosprecio más evidente-, preguntad en la aljama de Olgacena. Debéis saber que ningún asesino de Cristo se atrevería a cruzar la santa puerta de nuestra casa.
Jonás, que desde el incidente de aquella tarde en Puente la Reina se mostraba más amable, cortés y educado que nunca, me miró sorprendido.
-¿Qué le pasa?
-Los judíos no son bien vistos en todas partes.
-Eso ya lo sé -protestó con una voz blanda como el algodón-. Lo que quiero saber es por qué se ha puesto tan agresivo.
-La intensidad del odio hacia los judíos, García, varia notoriamente de un sitio a otro. Aquí, por alguna razón que desconocemos, debe revestir una especial virulencia.
-Quiero acompañaros a la aljama.
-Yo me apunto también a esa correría -declaró rápidamente Nadie.
-Y yo digo que iré solo -anuncié con un tono de voz que no admitía réplica, mirando a Jonás para que no se le ocurriera añadir nada al respecto. No estaba dispuesto a admitir a Nadie a mi lado en nada de lo que llevara a cabo y si llevaba a Jonás conmigo tendría que llevar también al viejo. Creo que el muchacho lo entendió (y si no lo entendió, al menos pareció aceptar mi orden con mansedumbre). Así pues, acabada la cena, ellos dos se encaminaron al dormitorio y yo salí de nuevo a la calle en busca de la aljama.
La encontré cerca del convento de Santo Domingo, en la ladera sobre la iglesia de Santa Maria de Jus del Castillo. Las puertas de la madinat al yahud estaban a punto de ser cerradas y tuve que suplicarle al bedin que me dejara pasar.
-¿Qué buscáis aquí a estas horas, señor?
-Busco información sobre un grupo de peregrinos hebreos que debieron atravesar Estella recientemente y que se dirigían a León.
-¿Venían de Francia? -quiso saber, pensativo.
-¡En efecto! ¿Los visteis?
-¡Oh, sí! Pasaron ayer por la mañana. Eran las distinguidas familias Ha-Leví y Efraín, de la ciudad francesa de Périgueux -me informó-. No permanecieron aquí mucho tiempo. Comieron con los muccadim y se marcharon. Con ellos viajaba una mujer que se ha quedado entre nosotros hasta hoy. Pero partió al alba, ella sola. Una verdadera berrieh -murmuro.
-¿Se llamaba Sara por casualidad, Sara de Paris?
-En efecto.
-Tenéis mucha razón, bedin, se trata, sin duda, de una mujer de carácter. Y es a ella precisamente a quien busco. ¿Qué podríais decirme?
-¡Oh, pues no mucho! Al parecer tuvo algún problema con los Ha-Leví y decidió separarse del grupo. Ayer por la tarde compró un caballo en Estella y hoy, a primera hora, se ha marchado. Creo que iba a Burgos.
-La mujer de quien habláis… -quise saber para no cometer ningún error-, ¿tenía el cabello blanco?
-¡Y lunares, muchos lunares! La verdad es que es raro que una judía tenga manchas en la piel como las que ella tiene. Al menos aquí, en Navarra, no lo habíamos visto antes.
-Gracias, bedin. Ya no necesito entrar en la aljama. Me habéis dicho todo lo que necesitaba saber.
-Señor, si puedo preguntaros… -exclamó cuando me encontraba ya a cierta distancia de las puertas.
-Decid.
-¿Por qué la buscáis?
-Eso quisiera saber yo, bedin -respondí sacudiendo la cabeza-. Eso quisiera saber yo…
‘EL CAMINO DE SANTIAGO: Arte y Misterio’
Mª Emilia González Sevilla
A ocho kilómetros de Eunate se entra en Puente la Reina por la antigua Ponte Arga o Ponte Regina en memoria del puente que mandó construir en el siglo XI doña Mayor, esposa del rey Sanch el Mayor, según unos historiadores o su nuera doña Estefanía, según otros.
En 1090 ya consta la ubicación de una colonia de franceses, pero fueron Alfonso I el Batallador y García IV quienes impulsaron el asentamiento en torno al puente. Don García la puso en manos de los templarios en 1142 otorgándoles ciertos privilegios. El Temple, cuyo primer comendador en el lugar fue fray Grisón, dejó allí su huella y se comprometió a acoger gratuitamente a los peregrinos ‘proptem amoren Dei’.
La historia cuenta la instalación del Temple pero no desvela el misterio que envuelve a la iglesia del Crucifijo ni de su extraño Cristo crucificado en inexplicable postura sobre un tronco de árbol sin devastar con forma de pata de oca, es de cir de Y con un madero en medio del ángulo superior a modo de tridente. El Cristo está clavado con los brazos hacia arriba y no en ángulo recto con el cuerpo, postura habitual de los crucificados. Nadie sabe la razón de esta talla del siglo XIV de estilo germánico en una época en la que el arte religioso no estaba hermanado con la imaginación y en la que, muy al contrario, cualquier interpretación libre de lo sagrado era motivo de excomunión y muerte en la hoguera.
Hay que recordar que la pata de oca y la Y con un tercer brazo en medio eran el símbolo de las hermandades de canteros creadas por el Temple en la Baja Edad Media. Pero los canteros trabajaban la piedra, no tallaban imágenes de madera ni se sometían al estilo renano. ¿Qué misterio, pues, guarda esta imagen? ¿O qué mensaje quisieron dejar los ‘freires’ templarios con una imagen tan desconcertante?
Extinguido el Temple, los escasos bienes que se rescataron de la Orden pasaron a los caballeros de San Juan de Jerusalén. Su prior Jean de Beaumont inició las obras del nuevo Hospital de Peregrinos junto a la iglesia del Crucifijo en 1469. Del antiguo hospital nada queda, porque el actual edificio unido por un arco al templo es del siglo XVIII y está destinado a seminario menor.
El peregrino también debe visitar en Puente la Reina la iglesia de Santiago que conserva su portada del siglo XII aunque su interior fue reformado en el XV. Es la primera iglesia en la que se talló un pórtico polilobulado de influjo islámico, poco antes que el de San Pedro de la Rúa en Estella. Guarda una hermosa talla en madera de Santiago Peregrino y, en un altar lateral, la imagen en piedra policromada de la Virgen del Puy o del pájaro-chori. Según una vieja leyenda, esta imagen estaba colocada en una hornacina sobre el centro del puente. En las festividades marianas, llegaba volando hasta la imagen un chori, pájaro vascuence, que limpiaba la estatua con su pico ante el asombro de propios y extraños. En 1834, durante las primeras guerras carlistas, el conde Viamanuel ocupó la villa con sus tropas y, al conocer la leyenda, se burló de ella. Mandó encarcelar a todos los notables de la ciudad pero, sorprendentemente, dos semanas después su numeroso ejército fue derrotado por los tradicionalistas y el conde ajusticiado en público. Los habitantes de la Villa consideraron este hecho como castigo divino. En 1843 la imagen, deteriorada por la intemperie, fue trasladada al interior del templo de Santiago donde hoy continúa. Desde entonces, nadie volvió a ver al pájaro-chori ni a escuchar su canto.
El peregrino puede reponer fuerzas antes de emprender el Camino, con una merluza al estilo de la ribera de Navarra rebozada en harina y huevo y cocida lentamente en cazuela de barro con ajos, guindilla, pimientos del pico, vinagre, guisantes y espárragos.
El Camino jacobeo cruza el Puente de los Peregrinos, construido en el siglo XI con seis arcos, que conserva el antiguo empedrado medieval abrillantado por el sudor y las lágrimas de romeros a través de los siglos.
El itinerario continúa por Mañeru donde la vieja calzada romana que ladea las ruinas del hospital de Bargota apenas es visible entre la maleza. El sendero serpentea un barranco hasta Cirauqui, poblado medieval instalado sobre una colina y corazón de la Navarra vinícola. Aquí el peregrino puede llenar su cantimplora sin hacer caso del Codex Calixtinus que aconsejaba ‘no parar aquí porque el sitio al que llaman Lorca tiene un río que llaman Salado, donde has de procurar no beber ni tú ni tu caballo porque es agua mortal’. La guía medieval del peregrino habla del río Salado como de la peste. Es un río de corto recorrido que nace en la sierra de Andía, de claras referencias literarias, y desemboca en el Arge pasado Puente la Reina. El Camino lo cruzaba entre Cirauqui y Lorca, la antigua Lorra medieval.
La advertencia del viejo códice la comentaremos después. Porque antes recordaremos una anécdota relacionada con Mañeru y con su vecina Cirauqui para diversión de los lectores. En medio del camino se levanta un crucero de piedra que marca las lindes de separación entre ambos pueblos. Es el lugar de un antiguo duelo ocurrido cuando las dos poblaciones rivalizaban por fijar sus límites en puntos diferentes. Para resolver el contencioso mantenido durante años, dos ancianas (una de cada pueblo) se retaron en duelo a beber todo el vino que pudieran. La que más bebiera fijaría los lindes en el lugar establecido por su pueblo. Los cántaros de vino debían de ser llenados por los rivales del pueblo contrario y, así los de Mañeru ladinamente introdujeron una rata muerta en el cántaro de la anciana de Cirauqui. La de Mañeru bebió su cántaro dejando sólo los posos en el fondo y la de Cirauqui bebió el suyo, apurando el vino y posos hasta la última gota. Ganó la apuesta esta última y se fijó el linde donde su pueblo quiso, marcándolo con el crucifijo de piedra. Después del duelo la ganadora confesó, ingenua o cínicamente, que ‘estuvo a punto de perder la apuesta cuando se le atravesó algo como un moscón en la garganta’. El saque de los navarros es, pues, digno de consideración hasta en su ancianidad.
Cruzando el río Salado se llega a Lorca, la antigua Al-aurque morisca cuyo nombre significa ‘batalla’. El agua fluvial efectivamente tiene un ligero sabor salado pero no es mortal ten absoluto. Aymeric Picaud la calificó de tal porque los bandidos se apostaban a la orilla del río junto al puente y envenenaban las cabalgaduras de peregrinos y transeúntes, asegurando que era el agua del río lo que causaba su muerte. Los viajeros abandonaban sus monturas y los bandoleros las descuartizaban para vender su carne. El cluniacense francés debió quedarse sin caballo en este etapa del Camino y creyó a pies juntillas la historia de los bandidos.
Los facinerosos, sin embargo, no eran navarros como tan alegremente escribió el francés. En el Registro de Comptos del reino de Navarra se advierte, en 1319, que los que merodeaban estas tierras cercanas a Lorca ‘eran engleses e otras malas gentes que robaban et facían muitos males a los peregrinos. Barruntados por los barruntes, fueron trobados et pressos et enforcados en Vilaba’. La fama de los navarros está a salvo o a pesar del cluniacense franco.
El siguiente punto en el itinerario es Villatuerta, donde se yergue un curioso crucero cuya columna central contiene veintidós piedras en forma de media luna encajadas de tal modo que logran una perfecta columna rectangular sosteniendo la cruz de piedra. Tuvo un Hospital de Peregrinos del que hoy no queda nada pero del que consta la donación que, en 1175, hace don Gascón de Murel a la orden de San Juan de Jerusalén.
Siete kilómetros más adelante el peregrino llega a Estella, la Lizarra plena de simbología estelar y de leyendas.
Esta es la estrella
que bajó del Cielo a Estella
para reparo d’ella…
Así reza el frontispicio de la capilla que mandó levantar el rey García Ramírez para la Virgen del Puy, su patrona, de claras similitudes con su homónima francesa. Si se superpone el plano de la ciudad sobre el de Le-Puy, se verá la coincidencia de los monumentos, meandros del río y trazado de ambas ciudades. Como si hubieran sido copiadas mediante un espejo. De nuevo se da la dualidad en el Camino de Santiago. En el interior de la ermita, una placa recuerda a los generales carlistas fusilados en 1839 por orden ‘del nefasto Maroto’.
Lizarra, el nombre vascuence de la villa, significa ‘estrella’, como Astraín, y recuerda la lluvia sideral que sobre uno de los cerros cercanos descubrió el escondite de la imagen del Puy. Nadie logró moverla de allí a pesar de los denodados esfuerzos para bajarla hasta el burgo. Allí mismo hubo de levantarse la ermita que cobija desde entonces la imagen aparecida entre resplandores. El escudo de la ciudad, donado por Sancho Ramírez, luce en el centro la legendaria estrella.
El códice de Picaud dice de esta ciudad que ‘es fértil en buen pan y excelente vino, así como en carne y pescado y abastezida de todo tipo de bienes’. Después añade que ‘por ella pasa el Ega de agua dulce, sana y extraordinaria’.
Aquí el viajero puede almorzar unas perdices con chocolate, guiso que ya se elaboraba en 1900 originado, al parecer, por el capricho de un virrey estellense llegado de Méjico. Es plato exclusivo y tradicional de esta ciudad que el peregrino no puede dejar de probar. También son recetas tradicionales de Estella el gorrín asado y el ajoarriero. Las perdices se embridan y se rehogan, luego se cuecen con vinagre, apio, cebolletas, y especias. Mientras tanto se deslíe el chocolate aparte con un poco de caldo de la cocción y, sin dejarlo espesar demasiado, se vierte sobre las perdices dejando que todo el conjunto acabe de hervir bien ligado.
Antes o después de comer conviene recorrer la Rúa Maior, itinerario jacobeo que cruza la ciudad de este a oeste. A un lado se levanta el Palacio de los Reyes de Navarra, hoy convertido en museo de pintura moderna y ‘tapizado’ de maderas y conglomerados modernistas por dentro del que hablaremos más adelante. Frente a él comienza la magnífica escalinata de piedra que asciende hasta la iglesia de San Pedro de la Rúa, levantada sobre una piedra plana y con un claustro románico donde, al igual que en Silos, puede encontrarse en medio de la hilera de dobles columnas coronadas por capiteles tallados con motivos diferentes, una triple columna retorcida que rompe la uniformidad del recinto. Hay otra misteriosa columna en su ábside formada por tres serpientes entrelazadas en eterna ascensión inacabada. Vuelve a surgir, en el Camino de Santiago, el ofidiario pétreo que marca misteriosamente la ruta.
En su interior hay dos tumbas, una de ellas recuerda un hecho dramático: la del infante Teobaldico que murió al caer de los brazos de su nodriza por las almenas del castillo de La Atalaya. Sobrino de Teobaldo II, muerto en Sicilia al regreso de la cruzada contra el Gran Turco, e hijo de Enrique I, el último rey de los Champaña, la dinastía se extinguió al morir el infante con nueve meses de edad cuando se había acordado ya su boda con Violante, la hija de Alfonso X el Sabio. Dice la leyenda que la niñera se arrojó tras él para alcanzarlo, aunque la voz popular asegura que más bien se suicidó sabiendo el real castigo que le esperaba por su torpeza.
La otra tumba es la del obispo griego de Patrás, portador de la reliquia del omóplato de san Andrés, que originó un gran misterio y el cambio de patrocinio de la ciudad.
En el barrio de la Rúa, antiguo asentamiento de francos judíos, se levanta la iglesia de San Miguel gótica con portada románica del siglo XII, donde hay que descifrar las setenta esculturas talladas en la piedra de su fachada principal. En su portada norte aparece el escudo de San Miguel Arcángel y el escudo de Navarra anterior a las Navas de Tolosa. Hasta 1212 el emblema heráldico de Navarra no presentaba cadenas sino carbunclos o rubíes, la piedra emblemática de los Champaña que representaba, también, los ojos del basilisco, animal mítico que personificaba a san Miguel y el arte de la alquimia. Los rubíes del escudo se mantuvieron en el blasón foral hasta el siglo XVII en que se sustituyeron por las cadenas de Tolosa.
Sorprendente, también, el templo del Santo Sepulcro, románico-gótico, con abocinado pórtico polilobulado sobre trece columnas de piedra que le dan una majestuosa profundidad. Las tallas de piedra de la fachada, a ambos lados del pórtico, están distribuidas en hornacinas y con una ingenua belleza tallada en sus rostros.
En Estella vuelve a presentarse la imagen negra de la Virgen de Rocamador, de brusca y tosca talla, que trae a la memoria del peregrino francés el tenebroso valle del Quercy y la misteriosa campanita que suena cuando se produce un milagro.
El Palacio de los Reyes de Navarra, el edificio más significativo de Estella, queda hoy relegado a segundo plano por su tosca rehabilitación que ha cubierto sus techos con chapas de conglomerado y su piso con tarimas de madera nueva. El interior ha perdido su magia y su arte tras un modernista decorado que enmarca pintura actual. No obstante, nadie ha podido tapar los capiteles de su patio, tallados en el siglo XII, que siguen mostrando curiosas historias: el ‘asno mítico’, el ‘castigo del avaro’, el ‘combate entre Roldán y el gigante Ferragut’, relacionado con el el Fierabrás de los libros de caballería.
La repetida leyenda de Roldán y Ferragut nace en los orígenes de la dinastía carolingia, carente de sangre real, que suplantó a la merovingia, considerada descendiente de la última rama del árbol de Jesé, guardiana del Misterio de Cristo y origen de la dinastía de David. Carlomagno, empeñado en ser investido con la corona de los reyes lombardos protectores de Roma y en poner en el pomo de su espada -La Gaudiosa o Joyosa- la pica de Longinos que atravesó el costado de Cristo, tuvo que demostrar que estaba bendecido por la gracia divina; de ahí los numerosos milagros en torno a su persona y a sus pares, entre ellos Roldán, no podían luchar contra cualquier guerrero sino contra feroces adalides gigantescos, descendientes del linaje de Goliat. A éste pertenecía Ferragut, de origen sirio, que vivía en Nájera y había vencido en duelo a algunos pares de Francia como Ogier y Reinaldo de Montalbán. Roldán, sabedor de la derrota de los notables francos, fue en busca de Ferragut con quien luchó denodadamente varios días en noble duelo. En una de las treguas establecidas para recobrar fuerzas, el gigantesco sirio reveló que su punto flaco era el ombligo. Roldán, entonces, provocó una feroz discusión con su rival sobre la autenticidad de las dos religiones, la cristiana y la islámica, lo que les llevó a suspender el duelo y a someterse a un juicio de Dios como era perceptivo. Se dispuso que se enfrentaran en justa lid con lanza, y Roldán aprovechó para clavar la suya en la barriga del gigante en lugar de apuntar al corazón como era habitual entre caballeros. Ferragut cayó desplomado y Roldán volvió vencedor a su pagos. El importante asentamiento franco que hubo en este ciudad ha conservado la leyenda roldanesca a lo largo de muchos siglos, a la vista de que en el siglo XIV casi todos los ciudadanos de la villa hablaban el provenzal.
La leyenda sideral de Estella no sólo está relacionada con la Virgen del Puy, sino también san Andrés. El primer patrono de la ciudad fue san Pedro, pero los vecinos decidieron cambiarlo después de la aparición de un misterioso omóplato entre los restos del obispo de Patras, muerto en 1270 en el antiguo Hospital de Peregrinos de San Pedro de la Rúa donde fue enterrado. Pasados los años, una noche apareció una misteriosa luz sobre el enterramiento del prelado despertando la curiosidad de los habitantes. Entre los ropajes del santo apareció el misterioso hueso, que nadie supo a quién pertenecía, ya que el esqueleto del griego estaba completo. La tradición oral atribuyó la reliquia a san Andrés, dado el origen griego del prelado. En agosto de 1626 cuentan las crónicas que, para aclarar el origen del misterioso hueso, apareció sobre la torre de la iglesia de San Andrés una aspa luminosa con la cruz de su martirio. Desde entonces, Estella decidió cambiar a san Pedro por san Andrés en el patronazgo de la ciudad.
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La villa de Puente la Reina es hija del puente. Surgió en el siglo XI para acoger en sus hospitales o albergues a los peregrinos que por allí pasaban. La rúa Mayor no es otra cosa que el Camino de Santiago, a ambos lados del cual se edificaron las casas de la ciudad. Al final de la calle está el puente, precedido por una torre, reconstruida recientemente, que era donde se cobraba el puentazgo o canon de los viandantes. Falta otra torre que había a la salida del puente y que debía tener funciones defensivas. Y ha desaparecido igualmente una capilla de la Virgen que se levantaba sobre el pretil, en la que se sitúa la leyenda del chori. Esta palabra, que significa pájaro en vascuence, hoy se escribiría txori, evoca un ave que tenía por costumbre mojar sus alas en el río y limpiar el rostro de la virgen del puente. Sucedió esto en algunas ocasiones en el tiempo de las guerras carlistas. La gente del pueblo celebraba la llegada del pájaro con grandes fiestas, no sólo religiosas sino con corridas de toros. A pesar del griterío, el chori continuaba con sus abluciones.
Un día, según cuentan las crónicas, el general cristino conde de Viamanuel, que estaba con sus tropas en el pueblo en agosto de 1834, se burló de los puentesinos por creer en tales cosas. Se empeñó en demostrar que aquello no era ningún prodigio del cielo; mandó apresar un pájaro y lo llevó al puente esperando que hiciera lo mismo que el chori. Pero el pájaro voló y el chori continuó con sus cortesías a la Virgen. Viamanuel se enfureció y fingió tener noticias de un ataque de Zumalacárregui al pueblo. Así mandó detener a varios sacerdotes y personas a las que creía cómplices del general carlista. Al poco tiempo llegó una tropa de don Carlos y derrotó al cristiano, que fue hecho prisionero y pasado por las armas. Los carlistas del pueblo no necesitaron más que decir que eso había sido ”un castigo de Dios por haberse burlado del chori”.
Visto desde el puente de hierro por el que pasa la carretera, el de doña Mayor (o doña Estefanía) es de una extremada elegancia. Por él han pasado, y siguen pasando, los peregrinos de Santiago. La Virgen fue trasladada a la vecina iglesia de San Pedro, quizá con el buen criterio de evitar las guerras civiles, y del chori no volvió a hablarse. La Villa celebra sus fiestas, no podía ser por menos, el día de Santiago, llevando su imagen, una magnífica talla del siglo XIV que se conserva en su iglesia, en procesión por las calles.
Y Puente la Reina mantiene una antigua tradición que, aunque hoy se haya echo innecesaria, demuestra hasta qué punto se respeta y acoge al peregrino: al anochecer se tocan cuarenta campanadas para avisar a los que vienen desde Pamplona por el Camino que la ciudad va a cerrar sus puertas.
En uno de los capítulos del Liber Peregrinationis titulado Ríos malos y buenos en el Camino de Santiago, Aymerich Picaud menciona el río Salado y hace el siguiente comentario: ”¡Cuidado con beber en él, ni tú ni tu caballo, pues es un río mortífero!”.
De nuevo aflora aquí su antinavarrismo, que ya resulta pintoresco y hasta cómico. Dice: ”Sentados a su orilla, encontramos a dos navarros afilando los cuchillos con los que solían desollar las caballerías de los peregrinos que bebían de aquel agua y morían. Les preguntamos y nos respondieron, mintiendo, que aquel agua era potable, por lo que dimos de beber a nuestros caballos, de los que al punto murieron dos, que los navarros desollaron allí mismo”.
Un escritor, creo que Walter Starkie, que fue director del British Council en Madrid en los años cuarenta, decía, seguramente con razón, que fue la gente del país la que inventó la leyenda de que ese río era venenoso, para conseguir así que los peregrinos bebieran vino y no agua.
El río Salado se cruza entre Cirauqui y Lorca en la etapa que va desde Puente la Reina a Estella.
Cirauqui es un precioso pueblo de casas blasonadas y soberbias iglesias, como la de San Román. Luego, los peregrinos siguen, por breve espacio, por una calzada romana y pasan un minúsculo puente de un solo arco.
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Pronto estaremos en Estella, Lizarra en vasco. Esta ciudad, que en el siglo XIX fue capital del carlismo, la ciudad santa, no era lugar de paso para los peregrinos. El Camino pasaba por el monasterio de Irache, en la falda de Montejurra. A finales del siglo XI, Sancho Ramírez construyó un castillo y asentó colonias de francos en la vieja Lizarra. Los peregrinos prefirieron tomar el camino que entraba en la ciudad porque se establecieron allí hospitales y albergues; evitaban al mismo tiempo a los bandidos que infestaban la montaña.
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Irache es un medio Escorial, con una iglesia románica y el monasterio de estilo herreriano con un claustro renacentista. Allí fundó don García el de Nájera, a mediados del siglo XI, uno de los más antiguos hospitales de peregrinos de todo el Camino.
La abadía de Irache fue el teatro de las virtudes de san Veremundo, a quien hace algún tiempo se proclamó como patrono del tramo navarro de la Vía Jacobea.
En Estella disfrutan de lo lindo los esoteristas y esoterólogos del Camino. Tanto como usted o yo podamos disfrutar con la belleza de su palacio de los Reyes de Navarra, el pórtico de la iglesia de San Miguel, el claustro de San Pedro de la Rúa o el extraordinario friso escultórico del Santo Sepulcro que podemos visitar en la ciudad. Y es porque su mismo nombre, no sólo en castellano sino en euskera, recuerda que estamos en el Camino de las Estrellas.
Izarra, en efecto, significa lo mismo que stella. Y existen además, a lo largo del Camino, muchos otros pueblos y lugares que llevan nombres tales como Aster o Astray y confirman la misma idea. Según algunos esoteristas, la Vía Jacobea trascurre entre dos líneas paralelas que corresponden a las latitudes 42º 30′ y 42º 50′ siguiendo dos regueros de estrellas de la Vía Láctea. Y si en algún lugar se desvía de la franja comprendida entre los dos paralelos es porque se hicieron cambios en la ruta más antigua.
De ello coligen que, antes de que comenzaran las peregrinaciones a Santiago, a raíz del descubrimiento del cuerpo del Apóstol, existía ya un camino iniciático que conducía al mar de los Muertos. Esto significa que hubo, hace milenios -al decir de estos autores-, una civilización que sabía de geografía y de astronomía mucho más de lo que revelan los estudios pre o protohistóricos. Los conocedores de esta ciencia fueron los contructores de dólmenes y pretogliflos que dejaron una serie de misteriosos signos, reproducidos más tarde en las iglesias por sus herederos, los canteros y escultores del Camino de Santiago.
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MI VIAJE era mucho más a ras de tierra. Después de visitar algunos de los monumentos estellenses -mi experiencia viajera me dice que no hay que pretender verlo todo de una sola vez y conviene dejar algo para una próxima ocasión- me dediqué a pasear por la ciudad. Una ciudad agradabilísima, con un cierto sabor antiguo en los barrios del centro y con pequeñas tiendas de cierta prosapia comercial, confiterías que elaboran reputadas especialidades, talleres de carpintería o de cordelería que buscaría uno en vano en el centro de una gran ciudad; o almacenes de coloniales en cuyo escaparate podía verse una torre de latas de conserva que un envasador bromista había mandado rotular con la inscripción ‘Esparragos cojonudos’.
Me detuve un rato en la tienda de un artesano cordelero, de apellido Zufiaurre, un hombre muy simpático que me mostró los trabajos que tenía expuestos. Compré alguna cosa, aunque no era lo que más necesitaba, sólo por el gusto de tener un recuerdo suyo: un araña-gatos y un frotaespaldas. La primera pieza es muy útil para los que tienen gato porque se cuelga de la pared a la altura de sus ojos y el animal se afila allí las uñas. El frotaespaldas es para uno de las personas. La banda rematada por dos asas sirve para llegar al lugar del dorso donde no llegan las manos y se queda siempre sin enjabonar. Zufiaurre decía que se vendía mucho.
Comí una menestra de verdura como la hacen los navarros, que sería redundancia decir que estaba buena, y unos pimientos de Lodosa rellenos de bacalao en un restaurante de una callecita que da a la plaza de Santiago. Por allí no falta nunca buen vino de la tierra. Luego tomé café en un quiosco de la avenida de Sancho el Fuerte, a orillas del río Ega. Hay en aquel lugar un monumento al auroro, con la blusa de campo y el farol en la mano. Reciben este nombre porque cantan las auroras, con música y letras de mucha antigüedad. El patrón de Estella es san Andrés Apóstol, gracias a la peregrinación que, en el siglo XIII, hizo un obispo griego trayendo consigo la reliquia del santo. La patrona es la Virgen del Puy, lo que tiene mucho de jacobeo porque relaciona la ciudad con Le Puy, una de las cabeceras del Camino de Santiago en Francia.
En el año 1270 el obispo de la iglesia de Patrás, en la Acaya de Grecia, decidió peregrinar a Compostela para visitar el sepulcro del Apóstol Santiago. No se sabe cómo se llamaba; lo que sí se sabe es que, antes de partir para España, tomó la reliquia de la espalda de san Andrés, hermano de san Pedro, que había muerto mártir en aquella ciudad. El propósito del buen obispo era regalar el hueso del discípulo de Cristo, que murió en una cruz en forma de aspa, a la catedral de Santiago, a fin de que los huesos de los apóstoles que se conocieron en vida reposaran juntos en la misma iglesia.
Quiso el Cielo, sin embargo, que cuando el piadoso obispo llegó a la ciudad de Estella cayese gravemente enfermo y fuese acogido en el hospital de San Nicolás; murió al poco sin manifestar que llevaba escondida en la vestidura, sobre el pecho, la reliquia de San Andrés. Fue enterrado en el cementerio de San Pedro de la Rúa pero he aquí que en la noche siguiente se advirtió sobre su sepultura una claridad resplandeciente. El sacristán de la iglesia creyó que era una ilusión de su fantasía pero a la noche siguiente observó las mismas luces sobrenaturales en la tumba. Avisado el clero y las autoridades de la ciudad, acudieron todos a testimoniar el milagro. Cavaron la sepultura del peregrino y desnudando su cadáver, hallaron sobre su pecho la Santa Espalda con los testimonios de su autenticidad.
El hallazgo del omóplato del Apóstol llenó de alegría a toda la ciudad que se veía distinguida por este singular favor del Cielo. Se decidió proclamar a san Andrés patrono de la ciudad y aunque su fiesta se celebra el 30 de noviembre, el Consistorio decidió trasladarla al primer domingo de agosto. Se hizo la traslación en 1625, según dicen las actas de la sesión ‘para que con mayor solemnidad y fiestas públicas de toros y concurso de todo el reino se celebrase la fiesta de san Andrés, haciéndose procesión general con su reliquia’.
Un milagro sucedido un año más tarde, en 1626, vino a dar cuenta de que la traslación de la fiesta era bien vista por el Altísimo. Sobre la iglesia de San Pedro de la Rúa, donde estaba la Santa Espalda, apareció en la noche del 2 de agosto un aspa como la cruz donde murió el Apóstol con ochenta pies de longitud cada brazo y de los colores del arco iris.
El carlismo, cuya capital fue Estella, tenía en su bandera la cruz de san Andrés.
Hoy es Estella una ciudad industrial que ha sabido mantener su antiguo sabor. Hay que imaginarse la época en que el general Espoz y Mina reclutaba allí las partidas de guerrilleros contra Napoleón. O el tiempo en que, hacia los años setenta del pasado siglo, era capital del pretendiente carlista, Carlos VII. Me acordé de los requetés, versión del siglo XX de los viejos carlistones, a los que aún alcancé a conocer en los años de la infancia. De ellos se decía que, cuando estabna recién comulgados, eran especialmente bravos.
Los vi por última vez, a ellos o lo que quedaba de ellos, en las campas de Montejurra, muy cerca de Estella, el día en que el último pretendiente, Carlos Hugo, sobrevoló en avioneta a sus huestes de boina roja que le aclamaban. Se habían vuelto de izquierdas por entonces; los periodistas de Madrid decíamos que eran ‘carlistas-leninistas’.
Una de las cosas que más me han impresionado en mi viaje jacobeo ha sido encontrar en todos los pueblos por los que pasan los peregrinos a muchas personas que trabajan desinteresadamente para atenderles y ayudarles a alcanzar su objetivo. En ciudades como Estella hay asociaciones de amigos del Camino de Santiago que o bien mantienen albergues a su costa o bien se ocupan de cuidar los que han establecido los Ayuntamientos. Pero también en pueblos y aldeas donde no hay albergue ni refugio existen personas que dedican su tiempo a los peregrinos.
El porvenir es tan irrevocable como el rígido ayer. No hay una cosa Que no sea una letra silenciosa De la eterna escritura indescifrable Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida Es la senda futura y recorrida. El rigor ha tejido la madeja. No te arredres. La ergástula es oscura, la firme trama es de incesante hierro, Pero en algún recodo de tu encierro Puede haber una luz, una hendidura. El camino es fatal como la flecha. Pero en las grietas está Dios, que acecha. – JORGE LUIS BORGES -
El Espacio y el Tiempo son modos mediante los que pensamos, no condiciones bajo las que existimos. El Tiempo que percibimos a través de los relojes y los calendarios es una invención que sólo concierne al hombre y a su interpretación del mundo. – ALBERT EINSTEIN -
PARA LAS PERSONAS DISCAPACITADAS TAMBIÉN SE EDITAN CAMINOS.
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PUENTE LA REINA – MAÑERU Dificultad alta 4,5km
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CIRAUQUI – LORCA Dificultad alta 5,5km
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LORCA – VILLATUERTA Dificultad media 4,5km
Dificultad media VILLATUERTA ESTELLA 4km
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MAÑERU
IGLESIA PARROQUIAL: La actual parroquia data del siglo XVIII, está bajo la advocación de San Pedro Apóstol.
Tlf. 948 760 012 / 948 790 438.
FIESTAS: En honor a las Santas reliquias el primer domingo de
septiembre.
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CIRAUQUI
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LORCA
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VILLATUERTA
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ESTELLA
ESPACIO RESERVADO PARA LA GUÍA DEL PEREGRINO DE JOSE MARÍA ANGUITA.
HALLAZGO DEL DÍA DE HOY. El CAMINO DE MANOGANARA 2007
*Fotografía del sello y del albergue de Estella.
ARTÍCULO DE ANDER IZAGUIRRE SOBRE PABLITO SANZ
Algunos peregrinos aguantan las primeras etapas sin bordón. A falta de ese apoyo, las caminatas son más incómodas, el esfuerzo se lleva peor, las rodillas y la espalda se resienten. Les tienta la posibilidad de comprarlo en alguna tienda de Pamplona o Estella, pero aguantan. Prefieren aguantar. Porque saben -la noticia corre por todo el Camino- que en Ázqueta les espera Pablito: el hombre que regala varas. Hay incluso peregrinos que llegan con modernos bastones telescópicos, con sus puños ergonómicos antideslizantes, tres tramos plegables de aluminio y cinta de ajuste a la muñeca. Pero cuando alcanzan Ázqueta, siete kilómetros después de Estella, los cambian por una simple vara de avellano.
Pablito Sanz, «el hombre que se ha hecho famoso por dar palos» -como dicen en el pueblo-, lleva veinticinco años regalando varas a los peregrinos. Calcula que entrega entre ochocientas y mil al año. En total, unas 20.000 desde que empezó con esta costumbre a principios de los años ochenta: «Yo veía que los peregrinos pasaban con unos palos muy malos, recogidos en cualquier sitio. Un día en la zona de Belate corté unas setenta u ochenta varas de avellano, que es resistente y ligero, y me las traje hasta casa en mi Seat 127. Y las empecé a repartir».
Pablito espera en la orilla del camino, en lo alto del repechón por el que llegan jadeando los caminantes. Le gusta charlar con ellos. «Hoy en día a muchas personas no les gusta hablar con los demás», dice. «No hay costumbre, no hay confianza. La gente ya no cuenta cosas. Y eso es importante». A los que llegan sin bordones o con bastones malos les ofrece uno de las suyos. Les invita a la parte trasera de su casa, donde almacena haces de varas, calabazas que él mismo cultiva para regalar a los peregrinos y conchas que le envían desde Galicia porque éstas no, éstas no puede sembrarlas. También tiene un montoncito de raíces leñosas de consuelda, una hierba con la que se preparan emplastos, cataplasmas y compresas para cicatrizar heridas y reducir inflamaciones, ideal para las rozaduras, los esguinces y las tendinitis, incluso para aliviar la artritis que el propio Pablito padece. Y en un jardincito de esa parte trasera se levanta un tesoro: una estela de hace ochocientos años, en la que aún se aprecian, borrosas, una Cruz de Santiago y una Cruz de los Caballeros de Malta. «La sacó una pala del campo y me la traje. El destino ya está hecho», dice Pablito.
A los peregrinos que el destino le trae no sólo les regala una vara sino que les enseña a usarla. «Es que hay mucha ignorancia en el Camino, algunos no saben ni llevar la mochila. Y muchos vienen con bastones cortos. ¿Cómo aparece Santiago en las imágenes? ¿Con una vara larga, más alta que su cabeza! Una vara no es un bastón. Tiene que ser un palmo más alta que el peregrino. Y hay que saber agarrarlas. En el llano, hay que coger la vara a la altura del hombro. En las subidas, más abajo, a la altura del pecho. Y en las bajadas, más arriba, a la altura de la cabeza. También es importante acompasarla al andar. Mira cómo lo hago». Y Pablito arranca con la coreografía jacobea que ha repetido miles de veces. «Empiezo con la vara apoyada en el suelo, luego la muevo hacia adelante y doy un paso, dos, tres, y al cuarto vuelvo a apoyarla. Un, dos, tres y pum; un dos, tres y pum. Y mira cómo llevo la columna vertebral: siempre recta. Muchos van encorvados y acaban con dolores de espalda, de rodillas, de todo».
«¿Es Pablito, no Pablo!»
Para quien camina cientos de kilómetros, cualquier mala posición o cualquier roce pueden derivar en un suplicio. Por eso Pablito mima hasta el último detalle: no sólo se fija en la altura del peregrino para decidir el tamaño de la vara, sino que le mira la mano para calcular el grosor adecuado. Y lija la parte que el peregrino va a agarrar para que el tacto sea suave.
Pablito también prepara café para los caminantes. Les da fruta y agua fresca. Les sella las credenciales con un cuño propio. Y solía acoger a los que llegaban tarde, lesionados o agotados. «Pero se corrió la voz y empezó a venir cada vez más gente a pedir varas y café y hasta sitio para dormir. Hombre, yo puedo hacer café para cuatro o cinco, pero no para cincuenta. Y regalo varas, pero no me gusta que vengan a pedírmelas para llevárselas a otras personas: que vengan al Camino, que para eso son. Hasta llegaron a llamarme por teléfono para reservar noches en mi casa. Y ahí ya tuvimos que cortar, porque algunos abusan. Pero yo sigo saliendo todos los días a esperar a los peregrinos».
Cuando llegan a Ázqueta, muchos preguntan por las varas que regala Pablo. «Y yo no me llamo Pablo, ¿yo me llamo Pablito!». Lo confirma su carné de identidad y el santoral: junto a las docenas de santos que llevan el nombre de Pablo, figuran no uno sino dos Pablitos. San Pablito niño mártir: 13 de noviembre. San Pablito mártir: 19 de diciembre.
Pablito siempre tiene una provisión de varas, aunque cada vez le pesan más los esfuerzos para traerlas: «Es que tengo 73 años. Y artrosis. Hay que entrar al monte por los caminos, que no es fácil, buscar los avellanos, cortar las ramas, cargarlas hasta el coche En cada viaje me traigo unas 150. Ahora me ayudan unos primos y unos amigos porque yo ya no puedo andar como antes».
Cartas de todo el mundo
Hay una recompensa que alivia todos los pesares: el recuerdo y el agradecimiento. El ciento por uno. A Pablito le gusta que los peregrinos se acuerden de él cuando abrazan a Santiago. Y no para de recibir cartas y paquetes de todo el mundo (a menudo con tres palabras como toda seña: Pablito. Ázqueta. Navarra). «Me han regalado cristos, rosarios, medallas, navajas, banderas, hasta piedras preciosas Podría montar un museo». Le citan en documentales, reportajes, libros, guías, blogs: «Estoy muy escrito en Brasil, porque vienen a buscarme un montón de brasileños. Me han regalado banderas de su país y una camiseta con la que jugó Ronaldo en la selección». La historia del hombre de Ázqueta se difunde entre los peregrinos, de albergue en albergue, desde Roncesvalles hasta Santiago, de un país a otro. Basta con buscar a Pablito en la ‘blogosfera’ para darse cuenta de que el encuentro con él es uno de los recuerdos que más emociona a muchos peregrinos. Algunos relatan cómo acabaron tocando el piano en su salón y cómo la música atrajo a un montón de peregrinos, mientras Pablito preparaba café para todos. Otros tomaron con recelo la invitación para entrar en su casa y se encontraron con algo que primero extraña -porque no estamos acostumbrados- y luego conmueve: la bondad, el desinterés, la hospitalidad con el forastero, que no es más que un café, charla y una vara.
«Si la vida no es más que eso», dice Pablito, «lo demás son complicaciones. Como el dinero. Yo no quiero que me domine el dinero. Esta mañana estaba desayunando y justo han llegado unos peregrinos, pues he dejado de desayunar y he salido a atenderles. Ya está, eso es todo. De lo que más gozo es del bien. Al mal no le saco ningún lucro».
Dice un poema colgado en su casa: «Peregrino, estás en Ázqueta. / Haz un alto en este hito / que fuerte bordón de avellano / aquí te ofrece Pablito / para llevar en tu mano. / Santiago está muy lejos / para quien va caminando. / Será lanza para tu valentía, / defensa ante los miedos, / ayuda en las subidas, / sostén en el descenso / apoyo en las fatigas. / ¿Bordón, amigo / de avellano!».
ARTÍCULO EN EL PERIÓDICO
La instalación recién estrenada cuenta con dos habitaciones de dormitorios con literas dentro de los 155 m2 de la planta, más dos servicios de duchas y lavapies, lavandería, una recepción, microondas, cafetera, etc.
El servicio de posadero lo ejerce el asturiano Manuel Rodríguez Viña, de 55 años y que pertenece a la Federación de Alberguistas Voluntarios. Rodríguez tiene la intención de atender el local unos quince días, hasta que llegue el siguiente voluntario. “Es una decisión que afrontamos generalmente peregrinos que sentimos esta vocación” señaló este caminante.
Amigos de los caminantes
Manuel Rodríguez se encontraba junto a otros amigos de este tipo de peregrinos como Ángel Luquin, que atiende el albergue de Villamayor de Monjardín; Pablito Sanz, que lleva más de 30 años atendiendo al peregrino en Azqueta; y el estellés Paco Ciordia, también hospitalero en albergues del Camino.
Manuel Rodríguez, ha recorrido el Camino a Santiago en ocho ocasiones. “Soy caminante espiritual y sé qué representa ser peregrino. Si el Camino te da algo, ayudar como hospitalero te da mucho más”, comentaba. El propio Paco Ciordia, estellés de 70 años, lo corroboraba: “Esto es muy bonito porque haces una labor de entrega a los demás y efectivamente haces amistades”.
Ángel Luquin sigue a sus 78 años recibiendo a los caminantes de Santiago cuando alcanzan Villamayor de Monjardín. “Tengo la inmensa suerte y la dicha de enseñarles la Cruz de Villamayor. Este año han dormido en nuestro albergue 3. 500 peregrinos de 72 países diferentes”, comentó.
Por su parte, Pablito Sanz, de 75 años, también veterano en estas lides, dijo: “A mí me toca hacerles de todo. He curado muchas ampollas y he dado sobre todo conversación. Por eso estamos aquí, porque todos somos caminantes en esta vida”.
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FRAGMENTO DE IACOBUS DE MATILDE ASENSI QUE COINCIDE CON ESTA ETAPA
PEREGRINATIO DE MATILDE ASENSI
A ocho kilómetros de Eunate se entra en Puente la Reina por la antigua Ponte Arga o Ponte Regina en memoria del puente que mandó construir en el siglo XI doña Mayor, esposa del rey Sanch el Mayor, según unos historiadores o su nuera doña Estefanía, según otros.
En 1090 ya consta la ubicación de una colonia de franceses, pero fueron Alfonso I el Batallador y García IV quienes impulsaron el asentamiento en torno al puente. Don García la puso en manos de los templarios en 1142 otorgándoles ciertos privilegios. El Temple, cuyo primer comendador en el lugar fue fray Grisón, dejó allí su huella y se comprometió a acoger gratuitamente a los peregrinos ‘proptem amoren Dei’.
La historia cuenta la instalación del Temple pero no desvela el misterio que envuelve a la iglesia del Crucifijo ni de su extraño Cristo crucificado en inexplicable postura sobre un tronco de árbol sin devastar con forma de pata de oca, es de cir de Y con un madero en medio del ángulo superior a modo de tridente. El Cristo está clavado con los brazos hacia arriba y no en ángulo recto con el cuerpo, postura habitual de los crucificados. Nadie sabe la razón de esta talla del siglo XIV de estilo germánico en una época en la que el arte religioso no estaba hermanado con la imaginación y en la que, muy al contrario, cualquier interpretación libre de lo sagrado era motivo de excomunión y muerte en la hoguera.
Hay que recordar que la pata de oca y la Y con un tercer brazo en medio eran el símbolo de las hermandades de canteros creadas por el Temple en la Baja Edad Media. Pero los canteros trabajaban la piedra, no tallaban imágenes de madera ni se sometían al estilo renano. ¿Qué misterio, pues, guarda esta imagen? ¿O qué mensaje quisieron dejar los ‘freires’ templarios con una imagen tan desconcertante?
Extinguido el Temple, los escasos bienes que se rescataron de la Orden pasaron a los caballeros de San Juan de Jerusalén. Su prior Jean de Beaumont inició las obras del nuevo Hospital de Peregrinos junto a la iglesia del Crucifijo en 1469. Del antiguo hospital nada queda, porque el actual edificio unido por un arco al templo es del siglo XVIII y está destinado a seminario menor.
El peregrino también debe visitar en Puente la Reina la iglesia de Santiago que conserva su portada del siglo XII aunque su interior fue reformado en el XV. Es la primera iglesia en la que se talló un pórtico polilobulado de influjo islámico, poco antes que el de San Pedro de la Rúa en Estella. Guarda una hermosa talla en madera de Santiago Peregrino y, en un altar lateral, la imagen en piedra policromada de la Virgen del Puy o del pájaro-chori. Según una vieja leyenda, esta imagen estaba colocada en una hornacina sobre el centro del puente. En las festividades marianas, llegaba volando hasta la imagen un chori, pájaro vascuence, que limpiaba la estatua con su pico ante el asombro de propios y extraños. En 1834, durante las primeras guerras carlistas, el conde Viamanuel ocupó la villa con sus tropas y, al conocer la leyenda, se burló de ella. Mandó encarcelar a todos los notables de la ciudad pero, sorprendentemente, dos semanas después su numeroso ejército fue derrotado por los tradicionalistas y el conde ajusticiado en público. Los habitantes de la Villa consideraron este hecho como castigo divino. En 1843 la imagen, deteriorada por la intemperie, fue trasladada al interior del templo de Santiago donde hoy continúa. Desde entonces, nadie volvió a ver al pájaro-chori ni a escuchar su canto.
El peregrino puede reponer fuerzas antes de emprender el Camino, con una merluza al estilo de la ribera de Navarra rebozada en harina y huevo y cocida lentamente en cazuela de barro con ajos, guindilla, pimientos del pico, vinagre, guisantes y espárragos.
El Camino jacobeo cruza el Puente de los Peregrinos, construido en el siglo XI con seis arcos, que conserva el antiguo empedrado medieval abrillantado por el sudor y las lágrimas de romeros a través de los siglos.
El itinerario continúa por Mañeru donde la vieja calzada romana que ladea las ruinas del hospital de Bargota apenas es visible entre la maleza. El sendero serpentea un barranco hasta Cirauqui, poblado medieval instalado sobre una colina y corazón de la Navarra vinícola. Aquí el peregrino puede llenar su cantimplora sin hacer caso del Codex Calixtinus que aconsejaba ‘no parar aquí porque el sitio al que llaman Lorca tiene un río que llaman Salado, donde has de procurar no beber ni tú ni tu caballo porque es agua mortal’. La guía medieval del peregrino habla del río Salado como de la peste. Es un río de corto recorrido que nace en la sierra de Andía, de claras referencias literarias, y desemboca en el Arge pasado Puente la Reina. El Camino lo cruzaba entre Cirauqui y Lorca, la antigua Lorra medieval.
La advertencia del viejo códice la comentaremos después. Porque antes recordaremos una anécdota relacionada con Mañeru y con su vecina Cirauqui para diversión de los lectores. En medio del camino se levanta un crucero de piedra que marca las lindes de separación entre ambos pueblos. Es el lugar de un antiguo duelo ocurrido cuando las dos poblaciones rivalizaban por fijar sus límites en puntos diferentes. Para resolver el contencioso mantenido durante años, dos ancianas (una de cada pueblo) se retaron en duelo a beber todo el vino que pudieran. La que más bebiera fijaría los lindes en el lugar establecido por su pueblo. Los cántaros de vino debían de ser llenados por los rivales del pueblo contrario y, así los de Mañeru ladinamente introdujeron una rata muerta en el cántaro de la anciana de Cirauqui. La de Mañeru bebió su cántaro dejando sólo los posos en el fondo y la de Cirauqui bebió el suyo, apurando el vino y posos hasta la última gota. Ganó la apuesta esta última y se fijó el linde donde su pueblo quiso, marcándolo con el crucifijo de piedra. Después del duelo la ganadora confesó, ingenua o cínicamente, que ‘estuvo a punto de perder la apuesta cuando se le atravesó algo como un moscón en la garganta’. El saque de los navarros es, pues, digno de consideración hasta en su ancianidad.
Cruzando el río Salado se llega a Lorca, la antigua Al-aurque morisca cuyo nombre significa ‘batalla’. El agua fluvial efectivamente tiene un ligero sabor salado pero no es mortal ten absoluto. Aymeric Picaud la calificó de tal porque los bandidos se apostaban a la orilla del río junto al puente y envenenaban las cabalgaduras de peregrinos y transeúntes, asegurando que era el agua del río lo que causaba su muerte. Los viajeros abandonaban sus monturas y los bandoleros las descuartizaban para vender su carne. El cluniacense francés debió quedarse sin caballo en este etapa del Camino y creyó a pies juntillas la historia de los bandidos.
Los facinerosos, sin embargo, no eran navarros como tan alegremente escribió el francés. En el Registro de Comptos del reino de Navarra se advierte, en 1319, que los que merodeaban estas tierras cercanas a Lorca ‘eran engleses e otras malas gentes que robaban et facían muitos males a los peregrinos. Barruntados por los barruntes, fueron trobados et pressos et enforcados en Vilaba’. La fama de los navarros está a salvo o a pesar del cluniacense franco.
El siguiente punto en el itinerario es Villatuerta, donde se yergue un curioso crucero cuya columna central contiene veintidós piedras en forma de media luna encajadas de tal modo que logran una perfecta columna rectangular sosteniendo la cruz de piedra. Tuvo un Hospital de Peregrinos del que hoy no queda nada pero del que consta la donación que, en 1175, hace don Gascón de Murel a la orden de San Juan de Jerusalén.
Siete kilómetros más adelante el peregrino llega a Estella, la Lizarra plena de simbología estelar y de leyendas.
Esta es la estrella
que bajó del Cielo a Estella
para reparo d’ella…
Así reza el frontispicio de la capilla que mandó levantar el rey García Ramírez para la Virgen del Puy, su patrona, de claras similitudes con su homónima francesa. Si se superpone el plano de la ciudad sobre el de Le-Puy, se verá la coincidencia de los monumentos, meandros del río y trazado de ambas ciudades. Como si hubieran sido copiadas mediante un espejo. De nuevo se da la dualidad en el Camino de Santiago. En el interior de la ermita, una placa recuerda a los generales carlistas fusilados en 1839 por orden ‘del nefasto Maroto’.
Lizarra, el nombre vascuence de la villa, significa ‘estrella’, como Astraín, y recuerda la lluvia sideral que sobre uno de los cerros cercanos descubrió el escondite de la imagen del Puy. Nadie logró moverla de allí a pesar de los denodados esfuerzos para bajarla hasta el burgo. Allí mismo hubo de levantarse la ermita que cobija desde entonces la imagen aparecida entre resplandores. El escudo de la ciudad, donado por Sancho Ramírez, luce en el centro la legendaria estrella.
El códice de Picaud dice de esta ciudad que ‘es fértil en buen pan y excelente vino, así como en carne y pescado y abastezida de todo tipo de bienes’. Después añade que ‘por ella pasa el Ega de agua dulce, sana y extraordinaria’.
Aquí el viajero puede almorzar unas perdices con chocolate, guiso que ya se elaboraba en 1900 originado, al parecer, por el capricho de un virrey estellense llegado de Méjico. Es plato exclusivo y tradicional de esta ciudad que el peregrino no puede dejar de probar. También son recetas tradicionales de Estella el gorrín asado y el ajoarriero. Las perdices se embridan y se rehogan, luego se cuecen con vinagre, apio, cebolletas, y especias. Mientras tanto se deslíe el chocolate aparte con un poco de caldo de la cocción y, sin dejarlo espesar demasiado, se vierte sobre las perdices dejando que todo el conjunto acabe de hervir bien ligado.
Antes o después de comer conviene recorrer la Rúa Maior, itinerario jacobeo que cruza la ciudad de este a oeste. A un lado se levanta el Palacio de los Reyes de Navarra, hoy convertido en museo de pintura moderna y ‘tapizado’ de maderas y conglomerados modernistas por dentro del que hablaremos más adelante. Frente a él comienza la magnífica escalinata de piedra que asciende hasta la iglesia de San Pedro de la Rúa, levantada sobre una piedra plana y con un claustro románico donde, al igual que en Silos, puede encontrarse en medio de la hilera de dobles columnas coronadas por capiteles tallados con motivos diferentes, una triple columna retorcida que rompe la uniformidad del recinto. Hay otra misteriosa columna en su ábside formada por tres serpientes entrelazadas en eterna ascensión inacabada. Vuelve a surgir, en el Camino de Santiago, el ofidiario pétreo que marca misteriosamente la ruta.
En su interior hay dos tumbas, una de ellas recuerda un hecho dramático: la del infante Teobaldico que murió al caer de los brazos de su nodriza por las almenas del castillo de La Atalaya. Sobrino de Teobaldo II, muerto en Sicilia al regreso de la cruzada contra el Gran Turco, e hijo de Enrique I, el último rey de los Champaña, la dinastía se extinguió al morir el infante con nueve meses de edad cuando se había acordado ya su boda con Violante, la hija de Alfonso X el Sabio. Dice la leyenda que la niñera se arrojó tras él para alcanzarlo, aunque la voz popular asegura que más bien se suicidó sabiendo el real castigo que le esperaba por su torpeza.
La otra tumba es la del obispo griego de Patrás, portador de la reliquia del omóplato de san Andrés, que originó un gran misterio y el cambio de patrocinio de la ciudad.
En el barrio de la Rúa, antiguo asentamiento de francos judíos, se levanta la iglesia de San Miguel gótica con portada románica del siglo XII, donde hay que descifrar las setenta esculturas talladas en la piedra de su fachada principal. En su portada norte aparece el escudo de San Miguel Arcángel y el escudo de Navarra anterior a las Navas de Tolosa. Hasta 1212 el emblema heráldico de Navarra no presentaba cadenas sino carbunclos o rubíes, la piedra emblemática de los Champaña que representaba, también, los ojos del basilisco, animal mítico que personificaba a san Miguel y el arte de la alquimia. Los rubíes del escudo se mantuvieron en el blasón foral hasta el siglo XVII en que se sustituyeron por las cadenas de Tolosa.
Sorprendente, también, el templo del Santo Sepulcro, románico-gótico, con abocinado pórtico polilobulado sobre trece columnas de piedra que le dan una majestuosa profundidad. Las tallas de piedra de la fachada, a ambos lados del pórtico, están distribuidas en hornacinas y con una ingenua belleza tallada en sus rostros.
En Estella vuelve a presentarse la imagen negra de la Virgen de Rocamador, de brusca y tosca talla, que trae a la memoria del peregrino francés el tenebroso valle del Quercy y la misteriosa campanita que suena cuando se produce un milagro.
El Palacio de los Reyes de Navarra, el edificio más significativo de Estella, queda hoy relegado a segundo plano por su tosca rehabilitación que ha cubierto sus techos con chapas de conglomerado y su piso con tarimas de madera nueva. El interior ha perdido su magia y su arte tras un modernista decorado que enmarca pintura actual. No obstante, nadie ha podido tapar los capiteles de su patio, tallados en el siglo XII, que siguen mostrando curiosas historias: el ‘asno mítico’, el ‘castigo del avaro’, el ‘combate entre Roldán y el gigante Ferragut’, relacionado con el el Fierabrás de los libros de caballería.
La repetida leyenda de Roldán y Ferragut nace en los orígenes de la dinastía carolingia, carente de sangre real, que suplantó a la merovingia, considerada descendiente de la última rama del árbol de Jesé, guardiana del Misterio de Cristo y origen de la dinastía de David. Carlomagno, empeñado en ser investido con la corona de los reyes lombardos protectores de Roma y en poner en el pomo de su espada -La Gaudiosa o Joyosa- la pica de Longinos que atravesó el costado de Cristo, tuvo que demostrar que estaba bendecido por la gracia divina; de ahí los numerosos milagros en torno a su persona y a sus pares, entre ellos Roldán, no podían luchar contra cualquier guerrero sino contra feroces adalides gigantescos, descendientes del linaje de Goliat. A éste pertenecía Ferragut, de origen sirio, que vivía en Nájera y había vencido en duelo a algunos pares de Francia como Ogier y Reinaldo de Montalbán. Roldán, sabedor de la derrota de los notables francos, fue en busca de Ferragut con quien luchó denodadamente varios días en noble duelo. En una de las treguas establecidas para recobrar fuerzas, el gigantesco sirio reveló que su punto flaco era el ombligo. Roldán, entonces, provocó una feroz discusión con su rival sobre la autenticidad de las dos religiones, la cristiana y la islámica, lo que les llevó a suspender el duelo y a someterse a un juicio de Dios como era perceptivo. Se dispuso que se enfrentaran en justa lid con lanza, y Roldán aprovechó para clavar la suya en la barriga del gigante en lugar de apuntar al corazón como era habitual entre caballeros. Ferragut cayó desplomado y Roldán volvió vencedor a su pagos. El importante asentamiento franco que hubo en este ciudad ha conservado la leyenda roldanesca a lo largo de muchos siglos, a la vista de que en el siglo XIV casi todos los ciudadanos de la villa hablaban el provenzal.
La leyenda sideral de Estella no sólo está relacionada con la Virgen del Puy, sino también san Andrés. El primer patrono de la ciudad fue san Pedro, pero los vecinos decidieron cambiarlo después de la aparición de un misterioso omóplato entre los restos del obispo de Patras, muerto en 1270 en el antiguo Hospital de Peregrinos de San Pedro de la Rúa donde fue enterrado. Pasados los años, una noche apareció una misteriosa luz sobre el enterramiento del prelado despertando la curiosidad de los habitantes. Entre los ropajes del santo apareció el misterioso hueso, que nadie supo a quién pertenecía, ya que el esqueleto del griego estaba completo. La tradición oral atribuyó la reliquia a san Andrés, dado el origen griego del prelado. En agosto de 1626 cuentan las crónicas que, para aclarar el origen del misterioso hueso, apareció sobre la torre de la iglesia de San Andrés una aspa luminosa con la cruz de su martirio. Desde entonces, Estella decidió cambiar a san Pedro por san Andrés en el patronazgo de la ciudad.
NO SE PONEN de acuerdo los autores respecto a qué reina de Navarra alude al nombre de Puente la Reina. Según unos, la constructora del precioso puente fue doña Mayor, esposa de Sancho III, el monarca que más se preocupó por fijar y acondicionar el itinerario jacobeo. Otros quieren que fuera la reina doña Estefanía, mujer de don García el de Nájera, quien ordenara levantar esta maravilla de la ingeniaría medieval. En cualquier caso, este puente de seis arcos que cruza el río Arga, precisamente en el punto donde se juntan los dos caminos, el de Somport y el de Roncesvalles, para convertirse en uno solo, ha llegado a ser un símbolo representativo de la Vía Jacobea.
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La villa de Puente la Reina es hija del puente. Surgió en el siglo XI para acoger en sus hospitales o albergues a los peregrinos que por allí pasaban. La rúa Mayor no es otra cosa que el Camino de Santiago, a ambos lados del cual se edificaron las casas de la ciudad. Al final de la calle está el puente, precedido por una torre, reconstruida recientemente, que era donde se cobraba el puentazgo o canon de los viandantes. Falta otra torre que había a la salida del puente y que debía tener funciones defensivas. Y ha desaparecido igualmente una capilla de la Virgen que se levantaba sobre el pretil, en la que se sitúa la leyenda del chori. Esta palabra, que significa pájaro en vascuence, hoy se escribiría txori, evoca un ave que tenía por costumbre mojar sus alas en el río y limpiar el rostro de la virgen del puente. Sucedió esto en algunas ocasiones en el tiempo de las guerras carlistas. La gente del pueblo celebraba la llegada del pájaro con grandes fiestas, no sólo religiosas sino con corridas de toros. A pesar del griterío, el chori continuaba con sus abluciones.
Un día, según cuentan las crónicas, el general cristino conde de Viamanuel, que estaba con sus tropas en el pueblo en agosto de 1834, se burló de los puentesinos por creer en tales cosas. Se empeñó en demostrar que aquello no era ningún prodigio del cielo; mandó apresar un pájaro y lo llevó al puente esperando que hiciera lo mismo que el chori. Pero el pájaro voló y el chori continuó con sus cortesías a la Virgen. Viamanuel se enfureció y fingió tener noticias de un ataque de Zumalacárregui al pueblo. Así mandó detener a varios sacerdotes y personas a las que creía cómplices del general carlista. Al poco tiempo llegó una tropa de don Carlos y derrotó al cristiano, que fue hecho prisionero y pasado por las armas. Los carlistas del pueblo no necesitaron más que decir que eso había sido ”un castigo de Dios por haberse burlado del chori”.
Visto desde el puente de hierro por el que pasa la carretera, el de doña Mayor (o doña Estefanía) es de una extremada elegancia. Por él han pasado, y siguen pasando, los peregrinos de Santiago. La Virgen fue trasladada a la vecina iglesia de San Pedro, quizá con el buen criterio de evitar las guerras civiles, y del chori no volvió a hablarse. La Villa celebra sus fiestas, no podía ser por menos, el día de Santiago, llevando su imagen, una magnífica talla del siglo XIV que se conserva en su iglesia, en procesión por las calles.
Y Puente la Reina mantiene una antigua tradición que, aunque hoy se haya echo innecesaria, demuestra hasta qué punto se respeta y acoge al peregrino: al anochecer se tocan cuarenta campanadas para avisar a los que vienen desde Pamplona por el Camino que la ciudad va a cerrar sus puertas.
En uno de los capítulos del Liber Peregrinationis titulado Ríos malos y buenos en el Camino de Santiago, Aymerich Picaud menciona el río Salado y hace el siguiente comentario: ”¡Cuidado con beber en él, ni tú ni tu caballo, pues es un río mortífero!”.
De nuevo aflora aquí su antinavarrismo, que ya resulta pintoresco y hasta cómico. Dice: ”Sentados a su orilla, encontramos a dos navarros afilando los cuchillos con los que solían desollar las caballerías de los peregrinos que bebían de aquel agua y morían. Les preguntamos y nos respondieron, mintiendo, que aquel agua era potable, por lo que dimos de beber a nuestros caballos, de los que al punto murieron dos, que los navarros desollaron allí mismo”.
Un escritor, creo que Walter Starkie, que fue director del British Council en Madrid en los años cuarenta, decía, seguramente con razón, que fue la gente del país la que inventó la leyenda de que ese río era venenoso, para conseguir así que los peregrinos bebieran vino y no agua.
El río Salado se cruza entre Cirauqui y Lorca en la etapa que va desde Puente la Reina a Estella.
Cirauqui es un precioso pueblo de casas blasonadas y soberbias iglesias, como la de San Román. Luego, los peregrinos siguen, por breve espacio, por una calzada romana y pasan un minúsculo puente de un solo arco.
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Pronto estaremos en Estella, Lizarra en vasco. Esta ciudad, que en el siglo XIX fue capital del carlismo, la ciudad santa, no era lugar de paso para los peregrinos. El Camino pasaba por el monasterio de Irache, en la falda de Montejurra. A finales del siglo XI, Sancho Ramírez construyó un castillo y asentó colonias de francos en la vieja Lizarra. Los peregrinos prefirieron tomar el camino que entraba en la ciudad porque se establecieron allí hospitales y albergues; evitaban al mismo tiempo a los bandidos que infestaban la montaña.
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Irache es un medio Escorial, con una iglesia románica y el monasterio de estilo herreriano con un claustro renacentista. Allí fundó don García el de Nájera, a mediados del siglo XI, uno de los más antiguos hospitales de peregrinos de todo el Camino.
La abadía de Irache fue el teatro de las virtudes de san Veremundo, a quien hace algún tiempo se proclamó como patrono del tramo navarro de la Vía Jacobea.
En Estella disfrutan de lo lindo los esoteristas y esoterólogos del Camino. Tanto como usted o yo podamos disfrutar con la belleza de su palacio de los Reyes de Navarra, el pórtico de la iglesia de San Miguel, el claustro de San Pedro de la Rúa o el extraordinario friso escultórico del Santo Sepulcro que podemos visitar en la ciudad. Y es porque su mismo nombre, no sólo en castellano sino en euskera, recuerda que estamos en el Camino de las Estrellas.
Izarra, en efecto, significa lo mismo que stella. Y existen además, a lo largo del Camino, muchos otros pueblos y lugares que llevan nombres tales como Aster o Astray y confirman la misma idea. Según algunos esoteristas, la Vía Jacobea trascurre entre dos líneas paralelas que corresponden a las latitudes 42º 30′ y 42º 50′ siguiendo dos regueros de estrellas de la Vía Láctea. Y si en algún lugar se desvía de la franja comprendida entre los dos paralelos es porque se hicieron cambios en la ruta más antigua.
De ello coligen que, antes de que comenzaran las peregrinaciones a Santiago, a raíz del descubrimiento del cuerpo del Apóstol, existía ya un camino iniciático que conducía al mar de los Muertos. Esto significa que hubo, hace milenios -al decir de estos autores-, una civilización que sabía de geografía y de astronomía mucho más de lo que revelan los estudios pre o protohistóricos. Los conocedores de esta ciencia fueron los contructores de dólmenes y pretogliflos que dejaron una serie de misteriosos signos, reproducidos más tarde en las iglesias por sus herederos, los canteros y escultores del Camino de Santiago.
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MI VIAJE era mucho más a ras de tierra. Después de visitar algunos de los monumentos estellenses -mi experiencia viajera me dice que no hay que pretender verlo todo de una sola vez y conviene dejar algo para una próxima ocasión- me dediqué a pasear por la ciudad. Una ciudad agradabilísima, con un cierto sabor antiguo en los barrios del centro y con pequeñas tiendas de cierta prosapia comercial, confiterías que elaboran reputadas especialidades, talleres de carpintería o de cordelería que buscaría uno en vano en el centro de una gran ciudad; o almacenes de coloniales en cuyo escaparate podía verse una torre de latas de conserva que un envasador bromista había mandado rotular con la inscripción ‘Esparragos cojonudos’.
Me detuve un rato en la tienda de un artesano cordelero, de apellido Zufiaurre, un hombre muy simpático que me mostró los trabajos que tenía expuestos. Compré alguna cosa, aunque no era lo que más necesitaba, sólo por el gusto de tener un recuerdo suyo: un araña-gatos y un frotaespaldas. La primera pieza es muy útil para los que tienen gato porque se cuelga de la pared a la altura de sus ojos y el animal se afila allí las uñas. El frotaespaldas es para uno de las personas. La banda rematada por dos asas sirve para llegar al lugar del dorso donde no llegan las manos y se queda siempre sin enjabonar. Zufiaurre decía que se vendía mucho.
Comí una menestra de verdura como la hacen los navarros, que sería redundancia decir que estaba buena, y unos pimientos de Lodosa rellenos de bacalao en un restaurante de una callecita que da a la plaza de Santiago. Por allí no falta nunca buen vino de la tierra. Luego tomé café en un quiosco de la avenida de Sancho el Fuerte, a orillas del río Ega. Hay en aquel lugar un monumento al auroro, con la blusa de campo y el farol en la mano. Reciben este nombre porque cantan las auroras, con música y letras de mucha antigüedad. El patrón de Estella es san Andrés Apóstol, gracias a la peregrinación que, en el siglo XIII, hizo un obispo griego trayendo consigo la reliquia del santo. La patrona es la Virgen del Puy, lo que tiene mucho de jacobeo porque relaciona la ciudad con Le Puy, una de las cabeceras del Camino de Santiago en Francia.
En el año 1270 el obispo de la iglesia de Patrás, en la Acaya de Grecia, decidió peregrinar a Compostela para visitar el sepulcro del Apóstol Santiago. No se sabe cómo se llamaba; lo que sí se sabe es que, antes de partir para España, tomó la reliquia de la espalda de san Andrés, hermano de san Pedro, que había muerto mártir en aquella ciudad. El propósito del buen obispo era regalar el hueso del discípulo de Cristo, que murió en una cruz en forma de aspa, a la catedral de Santiago, a fin de que los huesos de los apóstoles que se conocieron en vida reposaran juntos en la misma iglesia.
Quiso el Cielo, sin embargo, que cuando el piadoso obispo llegó a la ciudad de Estella cayese gravemente enfermo y fuese acogido en el hospital de San Nicolás; murió al poco sin manifestar que llevaba escondida en la vestidura, sobre el pecho, la reliquia de San Andrés. Fue enterrado en el cementerio de San Pedro de la Rúa pero he aquí que en la noche siguiente se advirtió sobre su sepultura una claridad resplandeciente. El sacristán de la iglesia creyó que era una ilusión de su fantasía pero a la noche siguiente observó las mismas luces sobrenaturales en la tumba. Avisado el clero y las autoridades de la ciudad, acudieron todos a testimoniar el milagro. Cavaron la sepultura del peregrino y desnudando su cadáver, hallaron sobre su pecho la Santa Espalda con los testimonios de su autenticidad.
El hallazgo del omóplato del Apóstol llenó de alegría a toda la ciudad que se veía distinguida por este singular favor del Cielo. Se decidió proclamar a san Andrés patrono de la ciudad y aunque su fiesta se celebra el 30 de noviembre, el Consistorio decidió trasladarla al primer domingo de agosto. Se hizo la traslación en 1625, según dicen las actas de la sesión ‘para que con mayor solemnidad y fiestas públicas de toros y concurso de todo el reino se celebrase la fiesta de san Andrés, haciéndose procesión general con su reliquia’.
Un milagro sucedido un año más tarde, en 1626, vino a dar cuenta de que la traslación de la fiesta era bien vista por el Altísimo. Sobre la iglesia de San Pedro de la Rúa, donde estaba la Santa Espalda, apareció en la noche del 2 de agosto un aspa como la cruz donde murió el Apóstol con ochenta pies de longitud cada brazo y de los colores del arco iris.
El carlismo, cuya capital fue Estella, tenía en su bandera la cruz de san Andrés.
Hoy es Estella una ciudad industrial que ha sabido mantener su antiguo sabor. Hay que imaginarse la época en que el general Espoz y Mina reclutaba allí las partidas de guerrilleros contra Napoleón. O el tiempo en que, hacia los años setenta del pasado siglo, era capital del pretendiente carlista, Carlos VII. Me acordé de los requetés, versión del siglo XX de los viejos carlistones, a los que aún alcancé a conocer en los años de la infancia. De ellos se decía que, cuando estabna recién comulgados, eran especialmente bravos.
Los vi por última vez, a ellos o lo que quedaba de ellos, en las campas de Montejurra, muy cerca de Estella, el día en que el último pretendiente, Carlos Hugo, sobrevoló en avioneta a sus huestes de boina roja que le aclamaban. Se habían vuelto de izquierdas por entonces; los periodistas de Madrid decíamos que eran ‘carlistas-leninistas’.
Una de las cosas que más me han impresionado en mi viaje jacobeo ha sido encontrar en todos los pueblos por los que pasan los peregrinos a muchas personas que trabajan desinteresadamente para atenderles y ayudarles a alcanzar su objetivo. En ciudades como Estella hay asociaciones de amigos del Camino de Santiago que o bien mantienen albergues a su costa o bien se ocupan de cuidar los que han establecido los Ayuntamientos. Pero también en pueblos y aldeas donde no hay albergue ni refugio existen personas que dedican su tiempo a los peregrinos.