El coche patrulla y el procedimiento de la identificación del obseso…

Tardan unos diez minutos en llegar y cuando lo hacen asoman doblando la esquina por la que yo les espero. Me levanto y corro hacia el coche, y sé que mi movimiento es sólo un afán por detener el mundo y el tiempo. Soy una persona de movimientos veloces.

Y antes, incluso, cuando corría por la playa parecía una gacela de esas Thompson, cuando atraviesan la Sabana perseguidas por el guepardo del Serengueti; aunque una loca y solitaria. Lo mío no son las manadas. ¡Qué contraste luego, con esta desidia de la que vive en esta casa! Doy alcance al coche y lo persigo durante unos metros, y golpeo con los nudillos el cristal de la ventanilla contraria al asiento del conductor; antes de que termine por detenerse. Se acaba la carretera.

– ¿Vienen ustedes por mí?

Y debo de tener el susto inscrito en el rostro como un matasellos, porque él me sonríe como si le hiciera gracia mi expresión y supongo que para tranquilizarme.

– No, por usted no venimos. En todo caso a saber qué le ocurre.

– Hay un individuo que me acosa. Lleva meses haciéndolo. Ya le expliqué por teléfono a su compañero…

– Y dígame, dónde está en este momento. ¿Se encuentra aquí ahora?

Entonces giro mi cabeza y le digo con alivio:

– Sí. Allí, en aquel banco.

– ¿Y le ha hecho algo?

– No, hoy no. Me dijeron que les avisara en cuanto llegase al parque y me cerciorase de que se encontraba aquí para que ustedes procedieran a la identificación.

Y es cuando se hacen un gesto entre ellos y salen del coche. El que conduce el vehículo no habla. Creo reconocerle de vista. Es un tipo calvo, serio pero porque parece tímido y callado. En absoluto amenazante. Digo para mí. Y con el que me comunico desde el principio me dice:

– Vamos. Acompáñenos.

Y yo le voy contando por el camino que esto ya comenzó en febrero o en marzo. De eso no estoy segura pero podría estarlo porque yo llevo un diario donde lo registro todo, absolutamente todo y qué fue lo que sucedió la primera vez; y luego, otro día, cuando trató de abordarme en el banco mientras leía, y yo me levanto enfadada porque recuerdo que los bancos del parque no son míos y, en todo caso, si me molesta soy yo quién debe irse: y aquella vez que trató de hacerme llegar un regalo por mediación de un escolar que pasaba por allí con sus libros bajo el brazo: y ahí es dónde le amenazo, usando el mismo correo, con la policía:

‘No quiero nada de ese hombre. Y dile que si no me deja en paz llamaré a la policía’

Esa es la primera vez que le aviso y eso sería en marzo o tal vez como muy tarde abril, y como luego logro mantenerlo a raya durante los saldos del verano y los restos de la primavera, hasta que empieza a envalentonarse y asusta a las niñas con la vigilancia de su mirada constante sobre mí; y luego ya viene eso de que trata de pararme por la calle; o el día en que me grita que me quiere: ‘Te quiero. Te quiero. María te quiero’, cuando paso cerca suyo. Y así hasta la tarde anterior, sintiendo aumentar, cada día que se desocupa, como un cubo de basura, el agobio creciente y el asco. ¡Qué pestilencia!

Y llegamos caminando a la altura de su banco y yo le señalo con el dedo:

– ‘Este es el individuo’.

– A ver -le dice el policía con el que me comunico todo el rato. ¿Qué problema tiene con esta mujer?

Y el hijo de madre, que se ha quedado tan tranquilo sentado con los brazos cruzados, dice que ninguno. Y entonces el funcionario uniformado me pregunta algo a mí, y creo que yo contesto que no le conozco de nada y que me está molestando, que lleva meses molestándome, y que lo que quiero es que me deje en paz, y que nunca en la vida vuelva a acercarse a mí. Y él permanece en silencio con su cara de simio repugnante mientras me escucha, sólo que ahora no se ríe; no es él quién está disfrutando con mi apuro, aunque yo tampoco lo hago. Estoy demasiado implicada para disfrutar de ello aún. Es más no creo que sea capaz, no logro disfrutar con el malestar de otros desde que extravié el odio por los seres humanos. Y en este momento sigo sintiendo repulsión pero no odio: ‘Te lo tienes merecido capullo’, y ni siquiera demasiada rabia.

Será porque no tengo ningún problema con la ira. La manifiesto cuando se presenta y no la echo a faltar cuando se desvanece. Yo no soy ninguna reprimida emocional.

Y ahora sí, ahora ya ha quedado clarísima mi postura, la de que yo no mentía. Le había amenazado en tres ocasiones con la policía, y ahora el policía que habla conmigo le pide la documentación, y cuando él se la extiende, y me fijo en que la mano no le tiembla, nosotros nos retiramos hacia el coche de patrulla. Lo mejor es que lo denuncie usted’, me dice. ‘Porque esto va a ser una obsesión y si no, por mucho que le nosotros le pidamos el carné y le idenfiquemos ahora y le digamos que no la moleste, no logrará quitárselo de encima’.

– Muy bien. Usted dígame exactamente lo que tengo que hacer porque yo voy a seguir el procedimiento.

– Primero vamos a comprobar al coche si tiene antecedentes. Porque si fuera así…

Y yo voy vestida de negro. Con anorak, zapatillas y pantalón deportivo.  Y este policía es un hombre curtido. Andará cerca de los cincuenta años, y lleva gafas y me llama la atención que tenga tanto pelo: bien cuidado pero espeso. Y es de frente ancha, como la mía. Y Laura no está, aunque por una parte me alegro pero por otra sé que le habría encantado vivir la excitación de esta situación. Desde hace un mes me viene preguntando con insistencia si ya le he denunciado.

– No. Todo a su debido tiempo.

– ¿Pero por qué?Yo quiero que lo hagas ya y volvamos a ser libres de jugar cuando queramos.

Eso me dice y con razón, porque aunque me parezca imposible hace meses que he perdido mi libertad. Zonas prohibidas, sitios prohibidos, lugares a dónde dirigir la mirada prohibidos. Ella no tenía por qué haber vivido esto, y supongo que de algún modo la marcará. ¡Cabrón! Y la culpa es mía por mi manía de solventar todo lo mío yo, mis problemas, sin ayuda de nadie. Ha sido así desde que tengo uso de razón. Y además… estaba lo de mi conciencia culpable, el que yo también sé lo que es una obsesión. He sido absurda olvidando mis derechos.

Se llama Antonio no sé cuantos. No presto tanta atención y ha nacido en el 59. La fecha no quiero ni saberla. Hace años que sólo me gusta conocer, algunas veces, las fechas de aquellos que me gustan especialmente pero hasta eludo eso, a ser posible. Me restaba demasiada espontaneidad. Me condicionaba demasiado. Por ejemplo: Ulises Lima nace un seis de enero como Alma y como la mujer de Pésimo.

Es curioso en qué detalles nimios, casuales, busca uno refugiarse cuando algo le interesa de forma única, y que grandes coincidencias pueden llegar a desestimarse cuando a ese mismo algo le desagrada.

Entonces le restamos importancia a lo que sea y Antonio no se cuantos no tiene antecedentes. ‘Está limpio’, me dice el policía después de que un compañero suyo le habla por la radio, y yo escucho decir no sé qué de un código. Y hay otro aviso. Tiene que personarse en otro punto de la ciudad pero éste le dice al de la comisaría que todavía no han acabado aquí, y ha llegado otro coche patrulla y el nuevo policía pregunta por el compañero del que está conmigo.

– ¿Está dentro del bar?

– No. Lo tienes en aquel banco.

Y yo ya puedo irme cuando quiera pero ahora lo importante es que denuncie, cuando quiera porque ellos tienen abierto las 24 horas del día y esto, me dice, es tan corriente que los ciudadanos no nos lo podemos ni imaginar. A todas horas, tipos y más tipos que se obsesionan con mujeres, como en la canción. Así me lo dice:

‘La habrá visto a usted en cualquier parte. Le habrá gustado y desde entonces la persigue pero si no lo denuncia le aseguro que será peor y nosotros no podremos evitarlo’.

Y le prometo hacerlo. Mañana mismo, por la mañana, y le doy la mano y me despido de él. El dueño del bar que frecuenta Pésimo ha salido a la calle y ha visto la escena. Pero como soy yo se habrá tragado su curiosidad y se ha vuelto adentro. Y luego, al irme. me cruzo con esa mujer que viene de recoger a su hijo de la clase de inglés en la escuela de ‘Artes y Oficios’ pero yo no la miro, aunque percibo como ella se pone tensa y me mira y tontea con el tono de voz al hijo. Son las siete de la tarde.
.

coche patrulla

.

.

~ De los secretos y lazos de lo invisible: Laura o el Amor ~

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s