La redacción de la denuncia en la comisaría de policía…

Y la denuncia la pongo dos horas más tarde. Cuando me doy cuenta de que no soy capaz de meter una pelota dentro de la pista, aunque apunte a las mismas líneas de siempre, y de que si lo dejo para mañana, lo más probable es que encuentre cualquier excusa válida para terminar por no ir. En ese sentido me gusta lo que me cuenta Luis Muiño, eso de que algunas veces ha pensado que el miedo nos hace sentirnos culpables. Y también dice:

‘No entiendo mucho la relación, pero es como, si para escapar con fuerza de algo que nos atemoriza, debiéramos sentirnos puros e inmaculados. Y claro: eso nunca ocurre. Alguna culpabilidad arrastramos todos…’

Y entonces cuando me marcho caminando con mi compañero, que también se llama Luis, Luis Mariñano, y que es un jubilado entrañable de más de 70 años se lo voy contando, y él me dice algo increíble. Me dice:

– Le has hecho un gran favor a ese hombre, que te agradecerá.

– ¿Favor, Luis?, pero si estamos hablando de pasar un muy mal trago.

– Da igual, -me contesta. Ahora todavía no ha sucedido nada irreparable, y si tú no le detienes tal vez termine por hacer daño a alguien.

Aunque Luis no se imagina que yo haya podido encontrarme en un peligro serio porque dice que corro demasiado para eso. Habla de mi forma física y no se detiene a tener en cuenta el miedo.

Así que cruzo el paso de cebra. Hay dos hombres en la garita. Uno de ellos, con las manos en los bolsillos, abre la puerta y me pregunta qué es lo que quiero. ‘Poner una denuncia’, y su postura delata que no me toma demasiado en serio. No me ofendo. Puede que algo así ya me esperase pero ahora la culpa se ha volatilizado y no sé cómo, he logrado sentirme lo suficiente pura e inmaculada. No huelo a pólvora quemada y por eso ya no soy moralmente débil. Mis muertos y crímenes están a salvo y me es indiferente lo que ese otro hombre desconocido y uniformado esté elucubrando acerca de mí. Quizás él mismo sea un acosador en su vida privada, tal vez un maltratador. Está reaccionando con desconfianza o a la defensiva pero es su problema; yo no soy quién tengo que decirle: ‘Eh, tú, no me mires así, que yo soy la víctima’, que lo recuerde él cuando lo crea necesario. Yo me limito a pasar al despacho y contestar a sus preguntas mientras él toma notas apresuradas con una caligrafía tan filiforme, que hasta parece mentira que él mismo vaya a ser capaz luego de descifrarla. Y tampoco yo puedo evitar que el que escriba precisamente de esa determinada manera me haga enfocarlo con un poco más de simpatía: su letra se asemeja a mi letra.

Es un hombre de complexión fuerte y de estatura media. Pensaba que se pedía como mínimo el 1′80 para ser esa clase de funcionario. Yo no podría haberlo sido. Me habría faltado un centímetro y medio. Y es moreno, también con una buena mata de pelo como su compañero, el del coche patrulla;  pero éste usa barba y bigote. Otro punto a su favor. Los hombres con barba me agradan desde que soy muy niña, y me cuesta mucho menos mirarle a los ojos, que se asientan bajo el alféizar de una frente de tamaño estándar, y mostrarle mi flaqueza: ‘No lo sé. No puedo recordar cómo iba vestido. Yo procuraba no mirarle’. Y ya sé que nació en el 59. No puedo mentirle. Se lo escuché decir a su compañero en el coche patrulla. ¿Pero qué edad le suponía antes de saberlo? Pues sí, entre esa que usted me sugiere pero menos de cincuenta, seguro, y mayor que yo; y yo tengo 36, ¿sabe?; eso seguro, también, pero no sé cuántos más años. Y su pelo es moreno, corto pero ondulado y cuando digo esto me llevo las manos a la cabeza, gesticulo mientras declaro, y no, no es que tenga ningún rasgo físico que le haga diferente a nosotros; pero si yo le digo que es un individuo repugnante, no se lo digo porque haya alguna tara específica en él que le marque sino por su manera asquerosa de tratar de acercarse a mí; y entonces sí, entonces definitivamente sé que he convencido a este hombre de que soy una mujer acosada, y se muestra preocupado y amable, y escribe por completo concentrado en la pantalla, y yo miro las fotografías de la pared que son las mismas que se pueden ver en las consultas de los hospitales y de los centros de salud: calendarios de nuestra tierra, vistas aéreas de las playas del Oriente, y perfiles de los picos y prados muy verdes, de un verde extraordinario, que regalaban con el suplemento del periódico; y comienza a sonar el teléfono del despacho: ‘Arriba hay dos detenidos pero no sé si son extranjeros. Lo consulto y luego te llamo’. Y me pide disculpas por la interrupción y entra entonces, un hombre más joven, con perilla más que barba, y es guapo. y parece dulce, como un poco perdido, aunque tal vez sea porque es un tipo sensible y detesta el rechazo y el temor que nos produce a algunas personas su uniforme o su arma. Sobre todo su arma; y yo lamento haberme puesto de nuevo el anorak. Hacía frío con la puerta abierta, y observo que he dejado la raqueta encima de la mesa aunque ahora ya no la retiro, y supongo que por eso él también la mira, porque tal vez practica el mismo deporte y se debe estar preguntando que hago yo allí.

Un día, un policía me puso en las manos su arma para que le disparase pero eso es ya otra historia…

Y yo leo la declaración que el policía me tiende para que la repase y la firme si estoy de acuerdo; y a pesar de las abreviaturas que desconozco, y de que desde luego no le van a dar el pulitzer por la brillante redacción de la misma, es fiel hasta que deja de serlo, y entonces él se pone manos a la obra con agrado, y de una forma mucho más cálida; la corregimos juntos, como si de repente nos hubiéramos trasladado con la mente a uno de esos cafés antiguos donde antes se vivían las tertulias de intelectuales, y estuviéramos escribiendo juntos el guión de un corto de cine. Y después de que termina, sí, la firmo. y lo peor que me ha dicho es que debería de haberle denunciado mucho antes, y me ha dado la mano que yo primero le he tendido, y sonriéndome me desea que el problema se solucione pronto.

Entonces luego un tanto desorientada camino hasta la casa de mi madre y es ella quien le pide a Coga que vaya a por mí. Y más tarde conozco a un *mirlo blanco.

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~ De los secretos y lazos de lo invisible: Laura o el Amor ~

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