La última noche en Burgos: la fiesta…

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Entre ayer y hoy han sucedido cosas malas, momentos muy malos. No sé cuántas o cuántos por culpa mía. Creo que Blanca se sintió relegada y por eso tomó esa actitud tan negativa hacia mí. Más que estar a la defensiva hizo que me sintiera agredida. Ellos me ven llorar inconteniblemente y no dicen nada. Sólo me miran y entienden. Es increíble, todos entienden. Saben que me siento uno de ellos, que no pertenezco al mundo de la supuesta normalidad. No sé que síndrome tengo pero creo que existen cerca de 700 distintos, alguno será el mío. Me escondo tras ellos y las lágrimas se me resbalan por la cara. Yo me calmo y las dejo transcurrir tranquilas. Sé que hay que llorar en paz. Ya se detendrán.

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A Bruno le dije que nunca me quedo cuando no me siento cómoda, y por lo que sea, sé que me tomó en serio. Cuando se sienta a mi lado… ¿pero por qué demonios tiene que sentarse en todos los trayectos conmigo? Tiene que entender que a  Blanca eso puede dolerle. Algunas posturas suyas no me han ayudado precisamente con ella. Pero como decía: Cuando Bruno se sienta a mi lado y me pregunta: ¿Qué te sucede? Yo le contesto: ‘Nada, que estoy cansada’.

– Pues entonces no vayas a la fiesta -me dice

– ¿Es que no hace falta que vaya? -le pregunto más desafiante

– No, no hace falta. Si estás cansada puedes quedarte

– Vale, pues entonces no voy.

– ¿No vas a ir?

– No, si no hace falta no.

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Pero bueno, ¿qué se pensaba que iba a castigarme con esa amenaza como si fuera una niña? He cometido errores importantes en estas últimas horas pero nadie nace sabiendo. Tampoco me merezco que Blanca me llame ignorante durante la cena cada diez segundos pero, ya que he tenido el valor de humillarme hace media hora en la habitación, lo aguanto estoicamente. Me da la sensación de que la crueldad que le he visto esgrimir a su hija para con los más débiles es algo heredado de ella o aprendido.

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¿Por qué digo que he tenido el valor de humillarme con Blanca? Porque eso fue lo que hice, pedir perdón por haber cometido equivocaciones que desconozco. Es que no sé que pudo molestarle tanto de mí,  yo no le hice nada, ¿quizás que todos me tomaran pronto cariño y me aceptaran como uno más, y que me solicitaran para todo? Bueno, pues si sólo era eso, era algo simple de solucionar.

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Media hora de delegar en ella todos los llamados personales y supongo que las buenas noticias que le dio su hija, le restituyeron el buen humor. Y allí me encontraba yo, aguantándole a aquella mujer lo que no le he aguantado a nadie. No podía levantarme sin más e irme. Y no porque no pudiera hacerlo que claro que podía sino porque mi sentido de la responsabilidad no me lo permitió. Creo que es un sentido nuevo que se me está desarrollando. Era hora. Quizás después de todo estoy madurando.

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Creo que  adopté la postura más inteligente, la única posible. No sé que hubiera sucedido con la presidenta de no ir a la fiesta… pero me hubiera visto en la necesidad (que no obligación) de tener que explicarle un montón de cosas desagradables de difícil justificación. Yo estaba allí por  la presidenta. Me hubiera sentido fatal complicando las cosas.

Con Bruno sin embargo, no siento que me humillo. Le digo:

– Tenemos que hablar

Y él me escucha

– Cuando antes me preguntaste qué me sucedía… no debí decirte que me encontraba cansada sino disgustada. Esa era la verdad.

– Ya sé que no estabas cansada

Ese fue el inicio de nuestra conversación… y antes de llegar a la fiesta le di un beso de corazón en la mejilla. El chico es un auténtico encanto. Sería un buen político.

Y la fiesta fue fantástica. ¡Qué gran estupidez sería habérsela perdido!

Es perfecta la sensación de completud. Ya sé que esa palabra no existe pero con ella quiero expresar un matiz inexpresable. Todos estos días no hubieran sido posibles sin la existencia de Stanislaw; es él quien me regaló este lleno interior. Y allí estaba aquel hombre… Si yo hubiera conocido un hombre como ese, que era aquel, en otras circunstancias difícilmente habría dejado que pasase por mi vida como un susurro, sin detenerlo para averiguarlo. Pero no hice nada, absolutamente nada… quizás en otra vida…

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Antes de irnos y cuándo él me miraba, uno de los guardaespaldas que custodiaban las escaleras vino a preguntarme si todo estaba a mi entera satisfacción, si la temperatura era la adecuada o si quería que se abriesen las ventanas del Casino. A veces me pregunto cómo mi aspecto físico puede engañar tanto.. Los hombres deberían tener más sentido del ridículo o confiar menos en los estereotipos. Bruno dice que las mujeres a veces somos tontas pero yo no le he dicho que no debería ser tan corporativista para con los de su sexo porque las mujeres de los hombres solemos pensar más o menos lo mismo. Digamos que creo que hay cosas que son incomprensibles para el sexo contrario, que hay que nacer mujer u hombre, para entenderlas.

Yo ladeé mi cabeza y escuché a aquel tipo mientras él no apartaba sus ojos de los míos en esos momentos. Supongo que se sentía intrigado y entonces le dije al gorila señalándole.

– Pregúntele mejor a él qué es quién manda

El guardaespaldas que, me temo, sólo pretendía darme una importancia que yo no tenía se sintió pillado contra las cuerdas y vaciló. Avanzó unos pasos hacia él y otros hacia su sitio y por fin  decidió repetirle al hombre que yo le había señalado la misma pregunta. Y él ladeo la cabeza, y comenzó a escucharlo con a misma seriedad con que yo lo hice pero a medio camino comprendió la situación y cuando a mí me dio la risa, a él también le dio la risa… Esa fue la única complicidad real que existió entre nosotros.

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