Los pasos del extranjero y tu rostro mañana, baile y sueño, ese libro de Javier Marías…

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… aún en el año pasado.

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¿Recuerdas? Aquella tarde estaba con Nora y luego regresamos a la peluquería a recoger a su hija adolescente, a la que con el corte de pelo le habían caído por lo menos cuatro años encima. La verdad era que estaba muy linda y aparentaba tener entre dieciséis y dieciocho. Y nosotras la halagamos merecidamente pero al final de la calle yo ya había desistido de acompañarlas ante el aluvión de tonos quejumbrosos de Tara (un cóctel insoportable: aspecto de Lolita y comportamiento de niña de teta), y con la primera excusa que se me ocurrió me di media vuelta, que supongo que sería algo que Nora me agradeció.

Una vez conocí a ‘alguien’ que decía que algunas personas nos llueven encima como escupitajos.

Y me llegué hasta el parque, para encontrarme con que ‘el acosador’ seguía injertado en el mismo banco. Entonces no habría recibido aún la notificación del juzgado; esa que tenía que llegarle avisándole de la celebración del Juicio de Faltas, seguido por falta de coacciones o vejaciones en calidad de demandado. O al menos eso es lo que figura en esta cédula de citación como denunciante que yo tengo delante de mí, y que me entregaron en mano el 28 de diciembre. Menuda broma que le parecería al tipo entonces.

Pero aquella tarde tampoco logré ver a Laura, aunque no me importó demasiado, y creo que no he vuelto a verla desde el 14 de diciembre. Me siento preparada para perderla. Este mes de transición que discurrió entre la cómoda ternura y el amparo de los brazos de el hombre del salón que era como un cuadro de Matisse, me ha habilitado para ello.

Y minutos antes había pasado por delante del escaparate de una librería dónde un nombre propio reclamo mi atención: Javier Marías, el autor de ‘Tu rostro mañana’. En unas horas tanto mi amiga Nora como Cecilia lo habían citado, y después de saludar a las gemelas, que se encontraban con las niñas andaluzas… decidí encaminarme a la librería del hombre con la risa absurda. Y sí, tenía el libro en cuestión pero me dijo que éste formaba parte de una trilogía y que lo que no tenía en existencias era el primer volumen. Pero me dio exactamente lo mismo después de leer la contraportada:

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baile y sueño

‘Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera… Ojalá nadie se nos acercara a decirnos ‘Por favor’, u ‘Oye, ¿tú sabes?’, ‘Oye, ¿tú podrías decirme?, ‘Oye, es que quiero pedirte: una recomendación, un dato, un parecer, una mano, dinero, una intercesión, o consuelo, una gracia, que me guardes un secreto o que cambies por mí y seas otro, o que por mí traiciones, y mientas o me calles y así me salves’.

Después de leer eso, le dije que para mí tenía cierto sentido y se me hizo imposible no llevármelo; aunque no sabía todavía muy bien para que lo quería; porque comprar también compré una postal (un poco particular) del mismo lugar que metros más abajo ocupaban los rumanos tocando el acordeón. Y esa era para Stanislaw O’Toño, por su cumpleaños. Tal vez como el libro.

En esos instantes me sentía como la aguja de una brújula que ha enloquecido y busca desesperadamente señalar al Norte sin encontrarlo.

Así que torcí en la primera calle a la izquierda, rodeé la manzana y en cuestión de un intervalo de cosa de una semana escasa, volví a dejarme ver por el lugar que había evitado recorrer durante todo este último año, con la diferencia de que quién ocupaba su puesto tras la barra era aquella camarera, Faunia; que trabajaba para él y que se suponía que tenía un tumor. Eso es lo que ella me contó. Y entonces al comprobar que todo seguía exactamente como yo lo había abandonado… es cuando comprendí que cometería un error grave si golpeaba las contraventanas del pasado suplicando que me dejaran entrar a un lugar que no era el mío sólo para refugiarme; y también que ni yo iba a romperme por culpa del hombre de ese salón… ni Stanislaw estaba capacitado para sostener ni una sola de mis lágrimas en el caso de que así fuera.

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Y llego a la plaza del ayuntamiento y es, mientras la cruzo, cuando aunque no sé de dónde ha salido tan imprevistamente le veo caminando delante de mí, es ‘el extranjero’. Debía de hacer un par de meses que no le veía. Desde que pasadas las seis se hace de noche en el parque y yo ya no voy tanto por allí. Él solía rodearlo y era cuando nos notábamos. Hubo un día en que le vi por primera vez y luego le veía siempre; y en ocasiones nos hemos mirado pero él no entiende mi relación con Laura, y por qué motivo las dos nos giramos como un resorte para mirarlo. La sangre me late acelerada por las venas. Digo yo que se me habrán disparado los niveles de adrenalina o noradrenalina, o vete tú a saber que cosa química, aunque lo que ignoro es por qué diablos me sucede eso. A veces veo una ”presa” que deseo cazar y me ocurre. Y ya no recuerdo cuándo fue la última vez, años quizá, que seguí a alguien espiando sus pasos; y eso era lo que solía hacer con Pésimo.

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Y ‘el extranjero’ lleva una chaqueta amplia, barba y bigote y el pelo de color claro, recogido en una especie de coletilla que le da un aspecto muy peculiar. Es muy atractivo, bastante alto y atlético, muy ‘celta’, y su andar es muy similar al de Pésimo; sobre todo en aquella época en que yo le seguía galopando detrás de él como una loca, llevara tacones o por suerte no. Y este hombre también tiene una zancada que me quita el resuello; y cuando ha doblado la segunda esquina hasta he tenido que echar a correr para no perderlo; y eso que yo soy rápida, muy rápida y es cuando le he visto entrar en esa tasca en la que tengo esa foto con Nora y que era la misma a la que yo presentía que él se dirigía al haber tomado esa dirección. Y me he asomado por los ventanucos pensando en atreverme a traspasar las puertas pero he visto que no había ni un sólo hueco en la barra y que las mesas estaban a rebosar de grupos mixtos y de mujeres mucho más jóvenes que yo; y entonces creo que opté por la decisión que más me convenía, la de irme. Porque si quería hacer por coincidir ya tenía una referencia y de esta otra forma él podría sospechar que yo sólo había entrado buscándole. Y tú te preguntarás, ¿y eso supone para ti un impedimento ahora? Pues sí, porque cuando durante meses soportas el acoso de un individuo… también comienzas a replantearte muchos patrones de tu actuación y de tu conducta con respecto a los demás. Y no me apetece de ninguna manera poder producirle a otro ser humano la mezcla de agobio, malas vibraciones y repugnancia que yo he venido experimentado desde el invierno pasado. Ahora me siento en paz conmigo misma y quiero continuar así.

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~ De los secretos y lazos de lo invisible: Laura o el Amor ~

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