El gambito de Muzio…

Ayer… son cerca de las seis y media y me siento en un banco del parque, el más próximo a la cafetería. Hace frío, rondamos los cinco o seis grados, y aún así, ‘el acosador’ permanece en las mesas de afuera del bareto de la esquina, con su americana gris marengo y su bufanda. Bueno -pienso- tendrá claustrofobia y detestará los interiores; además quizás el jersey sea de pura lana de oveja y eso abriga mucho. Es por ser positiva. Abro el libro. Yo llevo un anorak térmico y guantes. Me quito uno. Es ese libro que Max quiso que me llevara aquella tarde… Y ahora es inevitable que lo lea con ojos más ácidos. Sí, ahora que se han evanescido las emociones más dulces parezco hecha de limón y self, pura objetividad, y a mí también me está costando entender como el autor logró hacerse con el premio planeta de aquel año. Me he tomado muy en serio mi papel de juez y crítico literario. ‘Da igual’, me digo a los dos pasos: la ingenuidad es hermosa allá dónde no nos la encontremos adulterada.

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La novela es autobiográfica y el personaje principal lo es. Y yo me niego a desprenderme del todo de este puto Kistch, que es eso, por si tú no lo sabes, que nos aprenden, por ejemplo, las monjas en el colegio: ‘ese ideal estético que niega la realidad material, universal, de la mierda’. Es que intuyo que tras la muerte defitiva del ‘kistch’ aguarda la amargura y me niego a enfrentar ese oscuro y abstruso destino. ¿Cuántas hojas habré pasado? ¿tres?

Laura, esa caracola por dónde yo escucho el rugido del mar, corre hacia mí.

Un abrazo de calor, olas y vida. Me ha visto por la cristalera del bar y ha salido sin su ropa de abrigo. ‘Si quieres estar aquí vete adentro a ponerte algo. Vas a enfriarte’.

Laura hace tintinerar, sin remedio, los eslabones de la leve cadena de plata de mi perdido instinto maternal.

Aunque yo creo que no me gasto demasiado de eso, y que tengo más de niña mítica que de madre mítica. Una pena, oiga. Y no, no quiere. Así que la estrecho contra mí y la cobijo entre mis brazos, y le pongo sobre las piernas un jersey que llevo en la bolsa por si las moscas. Y Laura lleva falda, leotardos y unas botas. ¿Te gustan? Me las han traído los reyes. Sí que me gustan pero los reyes -y enarco las cejas… ¿Ya sabes quién son? Hace unos meses Laura no estaba tan segura y levantó la mano como yo misma, cuando ocurrió aquella discusión entre Lucía de 13 años y Cora de siete, la tarde fatal… pero parece haber asimilado bastante bien que los adultos a veces se inventan grandes mentiras en aras de las ilusiones. Es por el Negocio. El Mundo está montado así. Es un negocio para sacar provecho de la inocencia y de la desgracia de los seres humanos. Y lo más hilarante es que ‘ellos’, la sociedad, no lo saben. Perdón, me estaba excluyendo, ¡qué soberbia! No, nos queremos enterar. Pensamos que eso son las tradiciones, cuando es sólo la manera en la que entramos por la vereda del consumismo. Un condicionamiento operante hecho de turrones y regalos y cómo no, de caretas y carbón de juguete, que al que menos o al que más le interesa. Las cosas siguen estando en venta. No todo está perdido. Si puedes permitirte el lujo de comprar… Eso es la esperanza a veces. Un valor equivocado.

– ¿Dónde has estado? ¿en Australia?

– No cariño, aquí. No he salido la ciudad.

– Pues mi padre me dijo que estabas en Australia.

– ¿Cómo? Dijo que estabas en Australia.

– Yo le preguntaba que dónde estarías y él me decía que en Australia.

Sí, había un abismo con el hombre que yo imaginaba. Es cierto, ahora que las emociones se han evanescido soy pura objetividad, y creo que son aquellos que abusan de nuestra ingenuidad, los más cercanos, a quienes creemos por derecho propio, quienes nos la hieren con sus mentiras: ‘Mírame, soy tu padre y si yo te digo…’ Sí ella me hubiera preguntado a mí por mi paradero le habría contestado sólo con un ‘No lo sé’ o tal vez no, porque yo con Laura, desde un principio, he procurado ahondar en el matiz para ser capaz de explicarle las diferencias que existen entre lo que se desconoce y lo que sólo se ignora. Pero esas son las respuestas que él elige. Las que siempre eligen los hombres que quieren hacerse pasar por dioses delante de los ojos de sus familias. Pero ‘¡ah! sorpresa’, secuencia lógica de esta niña de diez años:

– Mis padres o los padres de Cora te prohibieron que vinieras al parque, ¿verdad?

Claro, su padre le afirma que estoy en Australia, se queda tan ancho él, en su papel de dios omnipotente, y ella, vaya, ha elaborado, a sus espaldas, una teoría personal acerca del asunto y de eso tan relativo que son los espacios. Así que él, en el suyo, sigue pensando que Laura es tonta (a pesar de que para todo lo demás y orgullo personal sea tan despierta) y no se entera de la fiesta, ‘como todas’, como todas las demás mujeres, incluso la cretina de su mujer (así la llama él, o algo similar); y sus amigas y amantes, y las enfermeras que enferman de amor, y sus colegas con coño, y ya no te quiero contar la santa de la madre que le parió; porque la madre de uno siempre es santa, ¿o no? Pues no, la mía por lo menos no pero que a nadie se le ocurra tratármela de lo contrario. Es por la ley de Newton, las manzanas caen por su propio peso, y uno de su familia dice y piensa lo que quiere, pero que osen los demás atreverse a expresar lo mismo… Y eso, que para Pésimo, tan listo él y tan enfundado en su bata de diosecillo, porque la inmensa mayoría de los enfermos, siguen mirando, considerando y tratando a los médicos como dioses, por aquello de consecuencias tan desastrosas que es la ignorancia, el asegurado es tonto además de ser un asco. Y de alguien así se me ocurrió enamorarme a mí. Quería creer que porque había preferido la medicina a unas notarías… era humano; así que yo, la más tonta, le supuse el más humano de los hombres y le convertí en mi dios. Pero eso no es lo que me duele, la equivocación que más me duele. Lo que me dolió de verdad y destrozó mi fe en él, como persona, fue el que se avergonzara de esa niña única que es Laura y entre dientes másticara las palabras: ‘Está loca’ por ser incapaz de comprender su ”furia”. Y eso fue lo que me resultó imperdonable, que se atreviera a ser tan inexorablemente sincero.

.Y Laura y yo nos ponemos a hablar de Max. Quiere saber porqué no he querido ser su novia; y yo me quito el anorak y se lo pongo a ella por encima de los hombros, y en cuclillas y en camiseta de verano ( iba vestida para hacer deporte y el mío es un ejercicio con el que se suda en minutos aunque sea invierno), me acomodo a sus pies. Cualquiera que me viese pensaría que eso era también una locura, otra más, ¿no? Malditos conceptos trillados, que son lo único que sabemos barajar pero es que me tengo que agachar si quiero que a ella las cosas duras y complejas que voy a explicarle le resulten comprensibles…

Mira Laura, ya sé que a ti no te lo parezco pero yo ya estoy muy vieja para casarme con nadie. Me casé una vez, ya lo sabes. Pero además sabes que eso no funcionó y por qué; y ahora también sabes que ya no me gusta engañarme y que es ‘el corazón’ quién decide; aunque también sabes que ‘mi corazón’ se encuentra en mi cerebro, como el tuyo, y por eso piensa…

– Pero lo de Max era Amor.

– No cariño, no lo era. Nunca lo hubiera sido. Era paja. Se derrumbó como la paja al primer soplido del lobo.

Y yo le pregunto por Sego, y ella me cuenta con los ojos contagiados por ese brillo impetuoso que algunos etiquetarán de locura y que no es más que un alud de entusiasmo.

.Le vio y se miraron durante un segundo, y quiere saber cuándo la besará, y entonces yo le hablo de *Caloma, de lo guapísimo que es y me levanto de un salto, y elevo las manos sobre mi cabeza como si fuera una bailarina de Degas que ejecuta un demi-plié; para que se haga una idea de lo alto que es y del hermoso sentimiento que me provoca. ‘Es igual que un pirata. Mi pirata -enfatizo… pero es más joven que yo’,…

… y entonces sonrío con cierta pena, con una sonrisa de barro, de esas que se ven en los documentales de África donde aparecen las mujeres viejas de la tribu. Las exóticas mujeres himba de Namibia, el lugar de nadie, el lugar que no tiene dueño, con sus pechos como colgajos de carne, y le hablo como si yo misma hablara el lenguaje nama, de los años que hace que le conocí… y le explico que las historias y las cosas ocurren cuando sopla el viento propicio, y que por eso uno no debe desfallecer nunca pero aún así es mejor no empeñarse sólo en alguien que ha desaparecido de nuestro panorama de madera o de metal y de que hay que abrirse a conocer y averiguar los mares azules que existen en el globo terraqueo… o los desiertos ocres y rojos de arena…

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Y esa mujer, Carmen, ha salido del bar cogida de la manita pequeña de la niña de su amiga, Patricia de dos años, y cuando llega a nuestra altura (por una vez no obligo a Laura a que vaya a su encuentro si no que acepto mansa el acercamiento, con esa mansedumbre que proporciona el saber de antemano lo que va a ocurrir), esa mujer le dice a la niña que repita con ella lo que ‘el papá de Laura’ les ha mandado que le digan a Laura:

Carmen: Dile a Laura, que dice su papá…

Laura: ¡Ay mi chiquita! -y dicho con boquita de piñón de esta Laurita que a veces es tan perversa como increiblemente tierna.- ¿Qué me quiere decir ella? – y con carantoñas.

Patri: aha papá -dedito a la boca

Carmen: … que dice su papá… a ver Patri dile lo que te dijo.

Laura: que vaya a dentro a ponerme el chaquetón.

Yo: No cariño. No es eso lo que te están diciendo

Carmen: … dile a Laura que su papá dice que haga el favor de entrar ahora mismo dentro del bar.

Yo: Venga Laura, levántate y dame un beso que tienes que irte.

Laura: Bueno pero no te marches que me lo pongo y vuelvo en seguida.

Yo: No tesoro. No podrás. Tenemos que despedirnos.

Carmen: ¡Venga Laura! Vamos, que lo que tu padre quiere es que no estés aquí.

Laura: Voy pero prométeme que me esperarás -a mí.

Yo: Vete tranquila que te lo prometo. Yo no me iré.

Y sí, que resultó que me había preparado a conciencia porque conseguí que la congoja no me golpease a traición. Había que mantener la sangre muy fría en esos momentos. Era vital convertirse en camaleón, que es el único animal de sangre fría que sueña. Desde luego él sabía lo que se hacía al elegir al emisario que le haría el trabajo sucio, y con mucho gusto pero aunque soy yo quién se ha escrito y se ha analizado… y no esconde ningún secreto para ese hombre…  es curioso porque con ello lo que logré fue desentrañarle a él. Lo había previsto. Había previsto esto que estaba sucediendo y yo misma, incluso, lo había provocado. Lo sabía. Intuía que sucedería como estaba sucediendo. Los gambitos de Muzio se juegan exactamente así.

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~El evangelio de Sabbat de Amathus ~

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