– EN BUSCA DE ANANDA – ix – Al encuentro del poema –

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‘Si las palabras salen del corazón/ entrarán en el corazón./ Pero si salen de la lengua / No pasarán más allá de los oídos’

– Al Sugrawandi-

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hombre mirando

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La mística mira el libro. Lo vio al principio de la semana en aquel escaparate cuando iba en busca del de Huston Smith; ya sabía que había llegado. La librera le ofrece otro. Mismo tipo. Más caro. Escrito por una mujer. La mística dice no. Me llevo éste. ‘La Alquimia de la Voz’ (transforma y enriquece tu vida mediante el poder de tu voz). La mística sonríe y se despide sin muchas palabras y se deja otro allí: ‘Los símbolos del Alma’. Así -dice- tendré otro motivo para volver pronto, además del de Klimt…

La mística coge el libro y se lo guarda en el bolso. También su cuaderno mágico. Uno de esos cuadernos que ya sólo el Amor de una vida podría leer.

En los que hay Signos abruptos como breves acantilados

Y leves paisajes dulces donde gimen hadas de arritmias sigmoideas.

Escriben las dos manos. Como dos hermanas de paz.

La mística viste de verde. Lleva el pelo recogido con un irregulares mechones sueltos y no se olvida del echarpe marfil.

La mística no sigue instrucciones al pie de la letra. Yo diría que las mejora sobre la marcha. Elude encontrarse con la vulgar incomodidad. Elige, a cambio, o se decanta por pasos prudentes y por la estima del al trasluz. Busca un lugar específico, en un parquecillo americano, como si fuera un medicamento. Le traza el baricentro al espacio abierto y se asegura de que nadie tenga un motivo para acercársele a más de ocho metros del celestial olor.

Es el día que celebrará una boda y conocerá a un niño malayo. El niño besará a su madre como niño por útima vez. Y de la voz de la madre nacerán los deseos del alma: ‘Cuídate mucho. Y regresa sano y salvo a tu hogar’. Cruzará el umbral de la casa de y con su padre. Y lo hará a su lado antes de que se desperece el sol. El padre le enseñará como cazar un lagarto asesino con garras. Luego el lagarto huirá por un tronco. El niño trepará a por él y montará un búfalo solemne. Aprenderá a dirigir los pasos de un elefante que nunca perderá ni el barrito… ni el impredecible instinto salvaje del macho territorial. Y por fin, apresará a una serpiente en una jungla de vírgenes lianas y bambú. Habrá cumplido de esa ancestral y atávica forma con el ritual de su iniciación.

La mística habrá absorbido el regocijo de los árboles y de ellos sus goznes. Y en silencio, siempre en silencio se dirigirá por un sendero hacia el foso dócil que se dejará saltar. Dejará el murmullo de las pequeñas cascadas y la nutria atrás. Y con ello evocará sin mirarlas las flores mimadas del jardín. Mientras, la boca aún no rezuma el golpeo débil del pulso de la mariposa.

Cruzará las calles por los lugares más seguros. Invadirá los céspedes porque también lo son. Se detendrá si la acústica no es buena. Hasta que sea la propicia.Y no dudará siquiera en no levantar la cabeza para no poder Ver como la ven. Si la mística Siente se sentirá perdida. Llorará y nadie comprenderá sus lágrimas-dolor… Ignorará a las viejas y a las ancianas, que caminan sobre esqueletos ingratos, con piernas retorcidas por el paso del tiempo y obscenas muestras de inflamación. Evitará compadecerse y sobre todo tocarlas. Al menos antes de que ellas soliciten, con los ojos, su compasión. Entonces no dudará en prestarles apoyo y en ayudarlas a alcanzar sus moradas. Aunque la desvíen de su trayecto a unos minutos del de la Soledad…

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