– El grito del lemur urbano cuando avisa de la boa – vii –

‘… brota del fondo del silencio / otro silencio, aguda torre, espada, / y sube y crece y nos suspende / y mientras sube caen/ recuerdos, esperanzas, / las pequeñas mentiras y las grandes, / y queremos gritar y en la garganta / se desvanece el grito: / desembocamos al silencio / en donde los silencios enmudecen.’

– OCTAVIO PAZ –

 

hembra

El miedo a las reacciones de la mujer acorralaba a Pésimo Malasaña. Siempre lo hacía. Ahora contaba con la certeza, conocía su página en Internet, la había leído, intuía cuales eran las intenciones de ella, y quería que se mantuviera alejada de su hija… No quería su ayuda, quería que su pequeña fuera normal, sólo normal… Ya se lo dijo. Pero esa mujer le había deseado suerte. ‘Suerte porque la vas a necesitar. ‘¿Tal mal lo ves?’ -le había preguntado él aquella tarde del pasado. La respuesta de ‘la mística’ sólo había sido otra de esas miradas desde el desdén más profundo. Una de esas como las que tantas veces le dirigía su mujer. ¿Pero cómo se atrevía ella a despreciarlo? ¿quién era ella para despreciarlo? Él la conocía bien… no era nadie, nadha… pero también sus distancias…

En la tarde de ayer la espera. Ella podía presentarse en cualquier momento, incluso ya podía haber llegado. Su comportamiento no era predecible, sólo itinerante, como la agricultura que aún se practica en los lugares donde la selva se lo traga todo. Y él era un hombre sedentario. Así que cuando se levantó, para coger otro periódico, aprovechando para pedirse otra copa de lo mismo, -a Pésimo Malasaña le gustaba aflojar pero para beber socialmente necesitaba del ritual del café o del te o de la manzanilla- y la vio llegar, ya no regresó a su mesa, decidió quedarse en la barra, cerca de la puerta. La seguiría.

Candela Arias, por otra parte, caminaba ensimismada. Había leído esa misma mañana un sueño olvidado en su diario. Le resultaba curioso cómo había sucedido todo. Primero el sueño, meses atrás, y ahora ella, masticando el sueño… la coincidencia. Otra vez ¿la casual coincidencia?

Pésimo Malasaña observó como ‘la mística’ se sumía de nuevo en su letargo. Arrebujada en el chal, en el banco, evitaba mirar en su dirección. Eso le dolía. Pero también por eso observó desde su posición privilegiada como aquel hombre se acercaba a ella. Quiso advertirla. A él también le asqueaba ese individuo. Siguiendo el impulso se asomó a la puerta del bar y fue cuando el Alarido le taladró surcos que no creía que existieran en su cerebro. ¡MECAGON TU PUTA MADRE HIJO DE PUTA!

Candela Arias experimentó el avance de una sombra, giró la cabeza y dirigiéndose a ella, a escasos metros, el acosador del parque. La reacción volcánica de la mujer fue inmediata. Se levantó agarrando su bolso en actitud de ataque, y gritó lo que le salió de dentro pero con todas sus fuerzas. Las palabras para dar Miedo, aprendidas en propia carne en la infancia. El acosador se quedó lívido, se dio media vuelta para abandonar el escenario del crimen, y se fue con el rabo entre las piernas; caminando como si los calzoncillos se le hubieran llenado de mierda. Tenía sentido del ridículo, si lo tenía ella estaba salvada; aunque supo que no lo estaba, ya lo había comprobado en aquel juicio, que pasarían otra vez algunos meses, como desde la última vez… y que la obsesión de ese enfermo mental le llevaría a ella una vez y otra, hasta que a Candela Arias no le quedase ningún otro recurso que no fuera el del enfrentamiento físico; y por el volumen de violencia y cólera presintió que iba a destrozarlo. Pero tal como de intempestiva se había levantado se sentó digna, y volvió a encogerse y a ensimismarse en su tranquilidad, como si no hubiera sucedido nada. Siendo consciente de que todo aquel que estuviera dentro del perímetro del parque y sus alrededores la había escuchado. Un sudor frío recorrió el cuerpo del doctor Malasaña. No podía arriesgarse. ¿Y si ella actuaba del mismo modo con él? No era la primera vez que sucedía. En una ocasión…

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