– El evangelio de Sabbat de Amathus – xi –

Grosularia

… recuerdo haber visto una grosularia, en cierta ocasión, que brillaba con fuego sañudo en un atardecer tórrido y húmedo; levantaba pasiones de codicias centrada como una reina en mitad de un tenderete de mercado variopinto en el que una pléyade de críos cakchiqueles, mocosos y ordenados por tamaños, rodeaban a la matriarca tonelera, una mujer oronda y tan achatada hacia abajo como ensanchada en su cintura le habían dejado unas dos docenas de partos; en un confuso y desordenado mar de gemas variadas extendidas, sin cuidados ni solemnidades, sobre la aspereza de un mantel viejo, sucio y ajedrezado en tonos demasiado anaranjados como para ser real, se erguía el pedrusco pulido en carbunclo sus orgullosas y buenas cuatro o cinco decenas de quilates de brillos y contrastes rojos en todos sus matices imaginables simulando una imaginaria y paradójica batalla entre violentas luces y atenuados chispazos de color; demasiado grande para ser un rubí, demasiado brillante para una espínela, demasiado fácil para un vidrio coloreado bañado en aceite hirviendo …
A. Lemprier

Grosularia

Los granates suceden en todos los colores menos en el azul. Lemprier aseguraba no tener sentimientos y también haber visto una vez una grosularia. Decía que la había visto sobre un mantel viejo y sucio, pulida en carbunclo y brillando en contrastes rojos de todos los matices inimaginables en un mercadillo de Ixinché (Guatemala) aunque el dato geográfico no me quedó muy claro. A lo largo de los meses me habló de tantos lugares relacionados con la civilización maya

Pero para entonces yo ya descreía cualquier cosa que procediera de él y pienso que eso fue lo mejor que me podría haber ocurrido. Tengo mis buenos motivos para creerlo pero para hablar de eso aún es pronto. Lo que importa es lo enfebrecida que me lancé a la búsqueda de información que confirmara los detalles de su historia; también esta vez, a pesar de todas las veces anteriores que me había encontrado con lagunas y errores. No quiero llamarlas mentiras, no de momento, no aposta.

Y lo que hallé fue que la naturaleza había elegido el color verde como predominante y desde el más oscuro hasta el más pálido para teñir a ese dios menor que es la grosularia; aunque a veces ésta podía ser amarillenta o marrón o roja o descolorida; rosa de forma excepcional y hasta blanca desvaída pero desde luego nunca pulida en carbunclo.

Al parecer fue Plinio el viejo quien denominó así al granate en alusión a su brillo similar al de un carbón encendido. Pero esa variedad nunca sería una grosularia sino un piropo, un almandino, una espesartina. Todos posiblemente rojos y relucientes, aunque puede que opacos y con el brillo vítreo de la grasa. No sé ya si del color anaranjado que imprime el fuego a sus brasas. Y podría decirse que es una piedra amoral o de moral dudosa (el granate) porque a lo largo de las épocas y las culturas se le han atribuido diversos poderes tanto protectores como destructores. Al parecer los cruzados engastaban granates en sus armaduras creyendo que esto les salvaría; es probable que alentados por el conocimiento de las sagradas escrituras, en las que se dice que fue un granate rojo y resplandeciente lo que señaló ‘el camino’ a Noe; pero yo esto personalmente no lo he comprobado (no me he leído la Biblia).

Por otra parte, es curioso que se le haya relacionado con la sinceridad verdadera (es un símbolismo antiguo) porque la sinceridad no es buena ni mala, sólo es… Lo que torna especialmente paradójico el uso que había destinado Lemprier para su pedrusco y ante eso podemos pensar que o bien donde dijo ‘Diego’ quería decir, en realidad, Almandino; o bien, deducir que por aquel entonces Lemprier era un individuo aquejado de daltonismo.

¿Seguirá siéndolo y por eso el día que nevó había visto los cielos de Barcelona teñirse de verde?. Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas… que diría el poeta, y verde grosularia.

La etimología relaciona a la grosularia con la grosella, porque el color de sus frutos son de ese verde; y es que en su origen se llamó así al hallazgo en Siberia del mineral, en concreto por su tonalidad. Así que ni todos los granates son chalchihuite (que es la forma empleada por los antiguos mejicanos para nombrar a todas las piedras verdes), ni tampoco es jade todo lo verde que reluce. ¡Qué verde era mi valle!. ¡ y que verde se torna entonces la hierba del huerto no conquistado!.

En México se asociaba el jade con el agua y por eso se introducía una piedra de ese material en la boca de los muertos para que no les faltara provisión durante el largo viaje por el inframundo.

Entonces de lo que casi podríamos estar seguros es de que aquella gitana del romance sonámbulo, que se mecía sobre el rostro del aljibe, era, sin duda, una mujer de la lluvia. Otra mujer de la lluvia….

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