– Nestor Bocaracá – i –

Pintor.

Me destrozo el pie. Es Noche Buena. Digo que no a cenas familiares. Pero acepto cenar y transcurrir por una velada con amigos buenos. Me dirijo al encuentro de esos amigos y de su fiesta judía, y es cuando me destrozo el pie. Todo el peso del cuerpo sobre el empeine. He pisado el oscuro exabrupto de un perro anónimo pero lo hago justo en el mismo lugar en el que a Candela Arias por primera vez le volaron las mariposas por Nestor Bocaracá. Trágico augurio sentido con años de retraso en lo biológico del reloj. Le recuerdo… y presiento que la cuerda del milenio se ha roto. Es el fin.

Media hora más tarde. Cojeo, me trago las lágrimas y camino: Él. Agacho la cabeza. No quiero verle; no más de lo necesario, un tercio de segundo, el necesario para soslayarle. Salvo así la colisión del aliento cósmico de sus Ojos hipnóticos. Pero el hombre silba a su paso en mi oído la melodía de la paulatina muerte del colibrí. No desea no ser visto. No todavía. Un mero apunte ignorado. El apunte de un desliz. El fantasma agrio de su boca hiede silencios de féretros y polvorienta mugre de reproches.

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