El escritor: tratando de establecer el contacto…

Candela Arias se personó como una inspiración en el estudio de Cambrils de Augusto Lemprier. Le sorprendió por la espalda mientras él tejía la trama de un asesinato en Piedras Negras. Jirones del alma, decía la última línea que se leía en el moleskine escrito con pluma de tinta verde, siempre verde… Candela Arias acercándose a su oído de alcohólico empedernido le susurró:

– Yo no he vivido tanto pero por equivocación llegué hasta unas escaleras de caracol y me quedé a vivir transitoriamente en ellas… un día, lo que era previsible, alcancé el infierno. Pero meses después, lo increíble, rocé la plenitud. He viajado desiertos, y cumbres y selvas y Usumacintas por mi mundo interior. ¿Me dejas que lea el resto de lo que has escrito esta madrugada?

Augusto Lemprier entonces cerró su único ojo y le tendió el cuaderno. Candela Arias se tumbó en el diván y leyó:

Encontré a “Morcillo” en Acanceh, me regaló un guiño desde su equina presencia de piedra y supe que el proceso había comenzado … algún día yo mismo sentiría la tentación de ser un dios más para compartir esparcimiento en el Olimpo de los caballos. Lo incluí en una novela.

Cuando entregué mi segunda novela al editor, en una reunión de trabajo con el autor (que no era yo, yo solamente la escribí), asesores comerciales y gentes por el estilo, acordaron suprimir el fragmento dedicado a “Morcillo”.

Más tarde, en un aparte, un alto responsable de la editorial me ofreció una suma absolutamente indecente por una tercera novela, con mi nombre, y con permiso previo para incluir a mi deidad caballuna. Cada uno de los ceros, sin embargo, tenía una contrapartida en forma de condición, cláusula o pacto contractual aún más indecente que la cifra en sí misma
“Claro” -le dije yo- “… el día que decida probar algo nuevo me compro vaselina y me voy a buscar a un tal Robert, el Redford, quiero decir” -al menos que la culada sea de órdago, me dije a mi mismo.

La tercera la entregué con mis condiciones, que no pudiera ser presentada a ningún premio, concurso o certamen literario … cosa que, por supuesto, algún advenedizo chupatintas con poderes de representación se arriesgó a firmar junto con el miserable cheque que, igualmente, se me ofreció.

Tampoco conseguí que el autor sintiese la misma pasión que yo mismo ya empezaba a sentir por mi bien querido “Morcillo”, que no bienamado.

En fin, me digo a mi mismo, aún quedan muchos caballos por deificar, muchos autores por suplantar y muchas líneas que escribir. Algún día encumbraremos a “Morcillo” a los altares de la literatura.

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