La primavera de Verona…

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‘Son pocos. / La primavera está muy prestigiada, pero es mejor el verano. / Y también esas grietas que el otoño / forma al interceder con los domingos / en algunas ciudades / ya de por sí amarillas como plátanos. / El invierno elimina muchos sitios: / quicios de puertas orientadas al norte, / orillas de los ríos, / bancos públicos.//’

– ÁNGEL GONZÁLEZ –

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Aquel hombre me había provocado verdaderos quicios en el alma, señor Nur… Tuvimos experiencias fascinantes pero en uno de esos quicios se presentó un joven…

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Verona

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Verona llegó un día. A partir de ese día me di la vuelta y dejé de mirar el cuadro de las gordas desnudas. Las cervezas perdieron su encanto y las patatas al jamón me resultaron el refugio perfecto. Era un jovencito no muy agradable, que me hacía sentir incómoda y aunque quisiera no podría recordar cuando le empecé a buscar de otra manera.

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Cuando Verona llegó yo todavía me fijaba en su hermano, el más atractivo de los dos mellizos. Tan diferentes ellos entre sí. No sé, éste tenía algo. Algo envidiable. Con la zurda lo comentaba a veces y ella hacía algo más que sólo estar de acuerdo. Yo pensaba que eran mayores que él y la zurda asentía pero no se dio cuenta. Verona me resultaba extraño. Como si fuera un ser alado que no quisiera estar en aquel submundo de humo y madera. Parecía ido y sin embargo era ágil como el mensajero alado de los dioses. ¿Ves Lisboa? lo he repetido dos veces. Sus alas le hacían compañía. Como a mí luego.

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El mismo me dijo aquella fatídica noche de meses más tarde, que por aquel entonces había una chica de pelo corto que iba a buscarle. Presumía que yo también tendría que haberme fijado en ella. No sé por qué. No lo hice. De aquella Verona no me interesaba. De aquella yo sólo tenía orgasmos para otro hombre y ese hombre que me provocaba verdaderos quicios en el alma no era ningún asunto leve…

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i) cerebro y cannabinoides o la vida cuando la droga antigua se sustituye por otras…

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