Del trayecto en tren a las calles

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El paso que se da es el del pensamiento. La memoria de un instante. La mirada de la miope. En esa mirada se mezclan más colores de lo normal. Añil, azul turquesa, casi cielo, un campo de dalias y crisantemos. El trigo…

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Plaza del Obradoiro

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Ellos en aquel trayecto en tren más que nada hablan del Camino de Santiago, próximo acontecimiento deportivo y cultural en el que se darían cita. Yo me encierro en mi misma, aunque les escucho y les contesto. Es como si al conocerme me hubieran dado por incluida pero ilusiones no me hago y recuerdo…

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Plaza del Obradoiro

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Echo de menos las voces de las piedras. Me sobrecogen. No sé si será como la Música para ti pero aquello fue… Mira, llegué a la Plaza del Obradoiro, tengo 23 años, y la vi llena de peregrinos. Yo iba como desbordada. Por la belleza. Imagínate la Catedral de Santiago, de repente. Tú no has visto algo así en tu vida. Me he emocioné mucho. No quería meter la mano donde decían que tenía que ponerla porque me daba miedo, que me fuera a pasar algo. Yo era una pecadora. Me sentí pecadora de repente, ¿sabes? Y luego entre allí dentro, y de verdad que sentí lo que era la fe, de ellos, de todos ellos, en su Dios o en su Apóstol, qué más dará, y me pareció grandioso. Grandioso, que existiera ese archivo de voces allí. No recuerdo lo que me decía todo, todo, el momento. Yo miraba a mi abuela y no podía hablar. Mi abuela luego me dijo que no sintió lo mismo. Pero yo estaba inmersa en aquel Mundo. La concentración del Amor. Tanta gente que ha llevado hasta allí su espíritu, que han llegado hasta allí peregrinando a solas, aprendiendo el rigor, pasando los rigores del Camino, con él. Siempre me suceden cosas en Santiago. Aquel día fue el día que rompí con mi prima. No la he vuelto a ver desde entonces. Tengo que llamarla. Pero la piedra… tengo 23 años y no creo en Dios, no tengo ningún tipo creencias, nací sin ellas pero siento algo grande, algo que es el Amor. Te hace sentir compasiva. Te vuelves más sensible, a las injusticias. Tú tienes un código de honor. Eso es la decencia humana.

Y hemos llegado a Burgos. Nos recoge un autobús que nos conduce al Hotel. Es dejar las maletas en un comedor y volver a salir a la calle. Vamos en grupo pero en fila india de a dos o tres, y no nos perdemos porque Burgos en pleno está en la calle, volcado, y se dirige al mismo lugar. Hace un frío imperdonable. Sobre todo para algunos de ellos, que van sin guantes. Agarro manos, hombros, arrebujo. Y la antorcha paralímpica va delante…

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antorcha

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