RED NOSES & COLD

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‘Érase un hombre a una nariz pegado, / érase una nariz superlativa,…//’

FRANCISCO DE QUEVEDO

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CLARK GABLE

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Estaba aterida. Y tenía los pies congelados. Como si no llevara botas. Me dolían. Y caminábamos y había cierta magia. Yo buscaba la Catedral. Burgos me había parecido precioso, (aquel parque, la gente corriendo por él, cruzar el río…) Entonces la mujer que iba a mi lado me detuvo, creo. Y hubo muchos gritos. Todos se alegraron mucho de verla. Y allí ella me gustó. Me causó buena impresión pero a su lado estaba él. Mirándome. Me sentí pequeña y mujer. Me gustó a rabiar.

Ellos eran amantes. Lo supe inmediatamente. Y ella era mi jefa. Acababa de conocerla. Darme la vuelta y eso fue. Yo no dejé de mirarle. Pero procuraba mirarla a ella. Sabía que sus ojos estaban puestos con atención en mi cara. En cómo me expresaba. Ella era mi jefa. Acababan de presentármela. Supe que le parecí demasiado guapa.

Ahora no lo soy pero entonces todavía sí. Tampoco te digo que tenga ningún complejo. Quiero hacer el Camino para salvarlos. Sé que para mí va a ser una prueba de fuego. Porque tú no te imaginas como de privada soy. Y en el Camino eso es imposible. Lo mucho que me gusta despertarme y levantarme sola. Y él fue el motivo por el que hice el Camino la primera vez. Porque él estaba esperándome en el Camino. La diferencia es que esta vez no hay nadie esperándome. Y voy todo por el Camino. No existe otro motivo. No es ningún hombre. Es la experiencia del Camino misma. Puedo decepcionarme, por supuesto. Es fácil que suceda, como que suceda que no. El asunto es la ilusión que ponemos en las cosas y por qué la ponemos. Entonces yo a ti, querida mía, te veo muy perdida. Si no encuentras una ilusión como la que yo encontré. Mira, toda esta gente… que se hace el Camino… luego no deja de hacérselo. Vuelven con el Camino en la cabeza. Yo te dije que no creía en Dios pero hubo una vez, en el Camino, que te lo juro que pensé que me había salvado, que aquello era un milagro. Es el último… No quiero decir una mentira pero juraría que es la única vez que yo le recé a Dios. Y sentí que me ayudaba porque de verdad que si aquel niño se me llega a morir allí, no sé que hubiera sido de mi vida. Bueno, un niño de 32 años. Un síndrome de down. Tengo que llegar por lo menos hasta aquel punto.

Yo iba todas las etapas pensando en él. En que al final de cada etapa me esperaba él. Y me esperaba. Fue apasionante. Hacíamos cualquier cosa por vernos, esos minutos. Y ella trataba de impedirlos como fuera. A pesar de eso tanto ella como yo nos gustábamos mucho, como personas. O eso sentía yo. Pero Burgos…

(creo que eso no fue así pero no importa…)

Burgos me robó la voz por primera vez. Me dejó sin voz. Ese hombre. El deseo…

Seguimos caminando. Nos detenemos ante el teatro Principal; escuchamos un discurso del alcalde. Regresamos al hotel. Subimos a dejar los abrigos (no fue a eso, fue a lavarnos las manos). Ni siquiera las maletas, porque las maletas estaban todas ordenadas por zonas, en un comedor. Allí estaban otra vez. Él tenía las narices completamente rojas, rojas… Y ella le había puesto su boa (una bufanda escandalosa, de plumas o brillos) por el cuello. Estaba absolutamente ridículo. Con aquel traje y aquella boa. Las narices congeladas por el frío. ¡Pobre! Ella era como una arpía. Lo manipulaba a su antojo. Pero él sabía burlar el bloqueo como Reth Buttler. Se parecía a Clark Gable (en nada, no he conocido a otro al que comparar con él pero Reth nos sirve; en vez de orejas de soplillo, narices de borracho). No lo pude evitar. Cuando lo vi con aquella pinta me dio la risa. Ella me pidió unos calcetines. Fui a la habitación y se los puse en la mano. Me dio las gracias. Se fueron con la mujer a tomar algo. Al bar. Y nosotros al comedor. Su hijo, yo y todos ellos. En el comedor hileras de mesas llenas de fiesta. La nuestra estaba según entrabas a mano derecha. Él y yo nos pusimos a repartir las pastillas. La medicación. Éramos los últimos. La delegación de una ciudad del Norte. Subimos a las habitaciones pero antes miré hacia el bar. Y lo vi en la barra. Era el hombre del que habían estado hablando tanto en el tren, el que odiaba a los curas. De verdad, cómo me gustaría conseguir su teléfono…

Ese fue el hombre que tuvo el precio más alto. El que he pagado. Muchas cosas Nandara, muchas cosas. Muchas cosas…

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