(22) Etapa vigesimosegunda: RABANAL DEL CAMINO – PONFERRADA (Camino Francés a Santiago)

EN PREPARACIÓN

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EXPERIENCIAS PEREGRINAS

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24.03.04. Miercoles. Rabanal del Camino-Ponferrada (675):

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Esta noche ha hecho muchísimo frío. Con mantas he resuelto el problema, pero fuera debe haber una helada impresionante. El desayuno estaba servido a las 7 de la mañana y a las 7.05 allí me tenían los hospitaleros estrenando café, tostadas y margarinas. Una gozada. Mientras, amanece y la tenue luz va dejando entrever los copos cayendo lentamente. Otro café me anima a mirar y ver cómo todo está bajo un manto de nieve. Hoy va a ser un día bonito, caminando por tan maravillosos y mágicos lugares con todo en blanco.

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Mientras los lobos no bajen a los valles, todo va a ser fantástico.

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Subir a la Cruz do ferro si la ventisca arrecia promete emociones. Así que tras prepararme mentalmente, que abrigado ya iba, me he echado al monte. A pesar de la nieve se puede caminar bastante bien, todavía no hay demasiada. Está inmaculada, debo ser el primer peregrino que ha salido, al menos por la senda, que se puede elegir la pequeña carretera. Es un pequeño placer extra saberse solo en este mundo exigente y hermoso. La paz de la mañana y de la montaña me acogen y hacen que mi caminar sea un disfrute de todos los sentidos. Desde el sonido que producen las botas al pisar la nieve, hasta el susurro del viento en los pocos árboles que a esta altura crecen, todo acompaña al recogimiento interior, a un goce puro y sencillo desarrollado por tantos días al aire libre. Ni el sabañon de la oreja ni los problemas con los dedos pueden empañar este sentimiento de libertad, de profunda serenidad que en mi espíritu se sitúa.

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Cruz de Ferro

*enlace: un Camino

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Perdido en mis ensoñaciones, admirado por la belleza del entorno paso el fantasmal Foncebadón en donde música clásica, el Requiem de Mozart, me llega desde alguna casa habitada. Marco los caminos sobre la nieve para los que vengan detrás pues recuerdo el sendero de las otras veces que por aquí he pasado. Según asciendo por el monte la niebla va cayendo y me aisla. En un mundo irreal y blanco se me aparece la Cruz do Ferro subitamente, produciendome un profundo efecto. Subo al cúmulo de piedras y deposito la mía. Trato de ver las montañas en el horizonte, de comprender la magnitud del momento y la niebla me devuelve a mi realidad interior.

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Tomás

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De bajada hacia el Acebo paso por maravillosos rincones hasta que una campana resuena en el vacío. Es Tomás, el hospitalero de Manjarín, que me ha visto y me guía hasta su refugio para invitarme a un café. Lo encuentro más triste que otras veces, afectado por el atentado de Atocha. Hablamos un rato e intercambiamos lágrimas. El café puede ser malo, pero el instante es profundo, intenso. Al salir, la pareja de ocas me ataca. Me da la risa y esto rompe el embrujo del momento, pero no me dejo pillar, que son peligrosas. Tras varios intentos yo de pasar y ellas de no dejarme hacerlo, se retiran muy dignas, anadeando con la cabeza muy alta. Me estoy muriendo de la risa, pero disimulo para que no se sientan ofendidas y la liemos.

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Sigo bajando y la nieve y la niebla van desvaneciendose. Finalmente queda un día de luz radiante y frío aire que completa el bienestar interior en el que me encuentro. Las cuestas abajo deben destrozar las rodillas de los que de ellas sufran. Yo, libre de tal penalidad, doy gracias porque sean para abajo y no al revés, porque son muy pronunciadas y se prolongan por muchos kilómetros. Llegando al maravilloso pueblo del Acebo me doy cuenta que el esfuerzo me ha abierto el apetito. Entro en el mesón, pido un revuelto de la casa y me sirven un extraordinario y exquisito plato. La camarera, amable y coqueta, me sonríe desde la barra. La vida es bella cuando fluye en paz. Doy gracias y me tiro hacia Molinaseca tras desear paz eterna ante el monumento del ciclista alemán que aquí murió.

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Monumento ciclista

*imagen: un Camino

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Esta es una etapa larga pero quizá una de las más bellas, emocionantes y mágicas de esta parte del Camino. La tormenta está enganchada en las cumbres y parece que avanza muy lentamente. El campo, lejos de las nieves está lleno de lavanda y otras plantas aromáticas. Es un placer bajar por estos senderos aún naturales, en el silencio de una tarde primaveral.

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*enlace: un Camino

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Molinaseca es un maravilloso lugar. Todas las casas aportan algún concepto arquitectónico, estético o soluciones ingeniosas ante las dificultades. Un paseo por ella relaja la mente y deja que el cuerpo se tonifique para el último tramo que es bastante aburrido.

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Castillo de los templarios

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Una acera junto a la carretera te lleva directamente a Ponferrada salvo que elijas la variante que te lleva por los polígonos industriales y que tras dar una enorme vuelta te sitúa ante la puerta del espectacular castillo de los Templarios.

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Pero una vez alcanzado el albergue se te olvidan las penas ante tan buen lugar.

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Dicen, y parece ser que es verdad, que pasó no hace muchos años un peregrino suizo y albergandose en el antiguo refugio, humilde y sencillo, decidió enviar el dinero necesario para construir el que hoy nos alberga. Impresionante, posiblemente el mejor de todo el Camino. Intimo y moderno, completo y agradable. Desde aquí mi agradecimiento a aquél peregrino y a los hospitaleros que tan bien me reciben.

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Gracias, porque gracias a todos ellos este día ha sido perfecto. Incluyendo la deliciosa cena que me han dado en un restaurante de la ciudad por 6¤, con una amabilidad y cariño que hacía tiempo no había sentido. Gracias Ponferrada.

Diario de ALFONSO BIESCAS, Marzo/ 04

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10.

Rabanal del CaminoMolinaseca

Me desperté a las 5,45 de la mañana. Como me encontraba bastante despejado, no tuve pereza para levantarme, asearme y disponer mi equipaje. La dificultad apareció al recoger la ropa lavada la tarde anterior.

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Es una dificultad que he tenido casi siempre. La causa principal estaba en que por más que escurriera la ropa, siempre quedaba un elevado porcentaje de humedad y, por otra parte, eran pocas las horas de secado. Para colmo la noche pasada había sido húmeda y fría. No obstante, el peregrino pone pocas pegas a las contrariedades de cada jornada, así que me puse las prendas lavadas, como si tal cosa y bien fresquito me dispuse a salir del Refugio. Cuál no sería mi sorpresa al ver que el comedor se hallaba ya dispuesto para los desayunos. Me acomodé en una mesa y gocé de un espléndido café con leche y tostadas de pan de pueblo con mantequilla y miel del Bierzo. Bendito sea Dios que así protege a quienes confían en Él. Con el saludo de rigor me despedí del encargado y subí calle arriba, para meterme en el Camino. Por mi izquierda se incorporó una familia completa, bien equipada y acompañada de perro. Nos saludamos y caminamos juntos un buen trayecto. Antes del cruce con la carretera se detuvieron para descansar y comer unos bocadillos; les deseé Buen Camino y, al poco, salí a la carretera en el PK 24. El panorama era maravilloso. Soplaba el Cierzo y hacía frío; los rayos del sol aún no habían superado la altura. Me encontraba por encima de los 1.300 m y durante seis kilómetros seguí ascendiendo. En esta ascensión el peregrino se encuentra en un plano de igualdad con las cimas de las montañas que esconden Galicia.

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Las vistas sobre Astorga son magníficas. El frío de la mañana ayudaba en la ascensión del monte Irago. En el Km 27 llegué a Foncebadón. ¡Qué tristeza me dio ver convertido en un montón de ruinas y deshabitado un pueblo que, en el medievo, tuvo tanta importancia que se celebró en él un Concilio (s.X), cien años antes de que el eremita Guacelmo fundase un Albergue y Hospital!. El Camino lo atraviesa; me paré a beber y comer una de las barritas energéticas, que me regaló mi hijo Juanjo.

Sentado en una de las piedras, que pudieron pertenecer al portalón del Albergue medieval, cerré los ojos con la ilusión de sentir la caricia del pasado, de lo desconocido, de lo misterioso y, quizás, de lo sublime. ¡Cuántas gestas, cuánta misericordia y amor se habrían dado en aquellos siglos tan alejados del nuestro!

Rompiendo el encanto de ese momento, me incorporé para continuar la ascensión, metido en una auténtica vereda de montaña. A cada paso la pendiente se pronunciaba más y más, hasta desembocar, nuevamente, en la carretera. En este punto ya se divisaba la Cruz de Ferro; aún faltaban unos 800 metros. Busqué afanoso una piedra, no una cualquiera sino una, la mía; ni grande ni pequeña. De pedernal, redondeada por las lluvias y los vientos. Una que, entre todas, fuera la mejor, para unirla a los miles de piedras buscadas, como la mía, y dejadas en el cerro que sirve de peana a la gran Cruz. Al llegar y cumplir con el rito de arrojar mi piedra, me despojé de la mochila y me acerqué a la Ermita de Santiago, erigida en este lugar en el Año Santo Compostelano de 1982. En torno a la ermita hay una bancada de piedra sobre la que descansaban varios peregrinos, que llegaron antes que yo. Nos saludamos y gozamos, medio en silencio, de la belleza que nos ofrecían el Teleno y los montes Aquilanos, que descienden sobre Ponferrada. La verdad es que nadie deseaba apartarse de este balcón sobre El Bierzo. Nos encontrábamos a 1.504 m de altitud.

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Saturados de la belleza contemplada, reemprendimos la marcha. Al poco de caminar por la carretera, me pareció oír el tañido de una campana. Se me abrió el corazón, pensando que era toque de Misa de alguna Iglesia o Ermita cercana. La sorpresa fue mayúscula al descubrir que se trataba de una campanilla agitada por Félix, un Hospitalero que, con su túnica de Cruzado, hace guardia en un rincón de la montaña, junto a Manjarín, para dar hospedaje y frugal alimento a los peregrinos. Vive como un Robinsón, acompañado de perros. Son muy escasas las condiciones de alojamiento, pero es el único Albergue que se encuentra desde Rabanal. Nos acercamos todos y cogimos lo que pudimos para servirnos leche caliente. Allí nos sellaron las credenciales y, dejando un donativo, continuamos nuestra marcha. Media hora más adelante tuve que sentarme en la barrera de protección de una curva para poder culminar la cota más alta de este recorrido. A partir de ahí, todo era descenso.

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Si la subida del Irago había mermado mis fuerzas, ahora la bajada machacaba, literalmente, todos los músculos de mis piernas. A través de cerros de escasa vegetación, en pronunciado descenso, salvando matojos e insectos, con un sol implacable sobre las espaldas, se hacía interminable el recorrido. Al cruzar el Camino por uno de estos cerros, cuajado de tomillo, espliego y romero, pensé no poder contarlo, ya que la senda pasaba justamente a través de innumerables enjambres de abejas. Atravesar por medio de ellas, sin ser atacado, sólo podía ser fruto de la casualidad o de un milagro. Sinceramente, creí que caería víctima de las abejas. A pesar de ello y encomendándome al señor Santiago, me introduje en el camino. Miles, cientos de miles, millones de abejas, volaban al rededor de mi cara, manos y piernas, acompañando su presencia con el abrumador zumbido de sus alas, como alertándome de que eran las propietarias del terreno y yo un incómodo intruso, que destrozaba el ritmo de su intenso trabajo.

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Hubo un momento en que empecé a hablar con ellas, invitándolas a que siguieran tranquilas en su labor, que yo seguiría mi camino y no deseaba crearlas ningún problema. Ahora que lo recuerdo, me río y me encuentro ridículo; sin embargo, puedo asegurar que la situación no era para menos, sobre todo por la tremenda extensión de su territorio. Creo que tardé unos veinte minutos en atravesarlo. La miel del Bierzo debe ser excelente a juzgar por la copiosidad, tanto de flores de intenso aroma como de los enjambres allí instalados. Por suerte, al seguir bajando, su territorio quedó arriba y así me libré de su compañía. De un salto gané la calle principal de El Acebo, justo al lado de una fresquísima fuente. En ella volví a encontrarme con los peregrinos de la Cruz de Ferro.

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Conversamos mientras degustábamos la fresquísima agua y frutos secos, que ellos llevaban. Me recomendaron llevar siempre almendras, avellanas, higos secos o algún preparado energético, ya que en trayectos difíciles, como el que estábamos realizando hoy, ayudaban a recuperarse rápidamente. El Acebo es el único pueblo de estos parajes montañosos que aún conserva vida. Me llamó poderosamente la atención un rótulo en la entrada de una casa en el que se leía: Campañas de Publicidad, Prensa, Radio, Anuncios TV. No pude por menos de sonreír y admirarme o, más bien, envidiar a quien era capaz de sacar partido de mi profesión en tan apartado lugar.

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Al comentar esta anécdota, me informaron que los habitantes de El Acebo estaban exentos de impuestos a cambio de mantener plantadas, durante el invierno, quinientas estacas señalizadoras del itinerario hasta el Puerto. ¿Podría explicar este privilegio tan osada pretensión de mi colega? El Camino desciende entre las balconadas de madera de las casas. A la salida del pueblo se encuentra la rústica Ermita del Cementerio. Frente a ella se contempla un sencillo monumento de hierro forjado figurando una bicicleta, adosada a un bordón con su calabaza y venera. Se ha erigido en memoria de un alemán que se despeñó por estos abismos cuando descendía en bicicleta. Por la carretera, como a unos 3,5 km hay un desvío en el que un cartel anuncia: Por aquí no ofrece dudas de la dirección a seguir. En diez minutos me encontré en Riego de Ambrós. Es esta una pequeña población, que por su situación y belleza paisajística, se la ve crecer. La reconstrucción de casas antiguas, así como la edificación de chalet, evidencia su atractivo para quienes vivimos tan alejados de la naturaleza y, a no mucho tardar, se convertirá en un lugar de veraneo y descanso. Desde su entrada hasta la salida hay aproximadamente un Km. A partir de ahí comienza un atajo de tres kilómetros en fuerte descenso hacia un valle. Con gran trabajo, y apoyándome en el bordón, fui bajando sobre un terreno desigual, entre cantos, riachuelos y desniveles. Según me adentraba en el valle, la humedad hacía más insoportable el calor. En una de las curvas, abajo y al fondo vi a un señor, sentado a la sombra, en actitud de observador. Al pasar junto a él, le saludé, y quitándome el peso de la mochila, me tumbé a descansar a su lado. Mantuvimos una larga charla.
Me dijo que se llamaba Félix. Me contó que todos los días bajaba a este punto y, desde ahí, saludaba a los peregrinos, les animaba y hacía amistades. Para confirmar cuanto me decía, sacó de su faja unos cuantos sobres que abrió y me enseñó su contenido
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Eran cartas de peregrinos, que se habían fotografiado con él y que le mandaban una copia recordando el momento. Me preguntó si yo llevaba cámara. Le dije que no la había traído por no aumentar el peso de la mochila. Lo comprendió, pero me di cuenta de que se puso triste. Le hubiera gustado tener una foto conmigo, me dijo, porque él conocía a las personas y sabía que yo no era uno más. Saltaba a la vista que yo no iba de turismo sino que me asomaban otras intenciones. Le di las gracias y un abrazo. Se echó a llorar y me pidió: cuando vea usted a Santiago, le pida por Félix. Se lo prometí. Me ayudó a cargarme la mochila y se quedó de pie, despidiéndome con la mano, hasta que un recodo del camino ocultó nuestras figuras. Este encuentro me ha dejado bastante tocado. ¡Cuánta gente buena está en el Camino, esperando que alguien le hable de Dios! Un poco más adelante hay una casa hexagonal, a la izquierda de la carretera, que, en este punto, cruza el Camino. Seguí por la senda de la pradería. Ésta sube y baja con frecuencia y, cada vez presenta más dificultades. De aquí a Molinaseca, se hace axioma aquello de que si mala fue la subida, peor, mucho peor, será la bajada. El extremo de los dedos de los pies golpea constantemente con la puntera de las botas. La fuerte pendiente obliga a una tensión máxima de los músculos de las pantorrillas. Este ir frenando por entre piedras y desniveles, saltando de un lado a otro para evitar las grietas del terreno, por espacio de hora y media, puede agotar al montañero más avezado. El camino se hacía eterno. En cada curva esperaba ver el final, pero sólo era el arranque de un nuevo trazado. Al cabo de un rato, me pareció que la pista se terminaba en el fondo del valle al cual descendía en pronunciada pendiente. Lo presumible no era lo que yo pensaba; desde el fondo arrancaba un nuevo ascenso hacia la cumbre del cerro, es decir, una nueva prueba para el maltrecho peregrino. Cuando ya había dejado de pensar y de calcular, alcancé a ver la Cruz, que la Guía sitúa cerca de Molinaseca. Su imagen borró mi aturdimiento anterior y recuperada la confianza, mi paso se hizo más firme y ligero. Estaba a punto de culminar la hazaña de este día. Abajo se oía el ruido de una corriente de agua. Cuando llegué a la última curva del Camino, vi a gente bañándose en el río Meruelo. ¡Qué envidia! Aún estaba lejos, a más de 20 minutos de la entrada a la población. Seguí bajando, sin control, hasta la carretera; a mi derecha estaba la ermita de Nuestra Señora de las Angustias.

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Puente y Santuario cerca de Molinaseca

Puente y Santuario

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Me acerqué tambaleante y, desde la reja, traté de darle gracias y pedirle que me acompañase.
Crucé el río Meruelo por el puente de los Peregrinos; es de origen románico. Desde el centro del puente, Molinaseca presenta una panorámica espléndida, si bien yo no me sentía con ánimos para saborear su belleza
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Calle Real

*enlace

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Al enfocar la Calle Real vi el letrero de un Hostal. A él me encaminé, preguntando por posada y fonda. Me dijeron que la habitación valía 4.000 pts y la comida aparte. Dije que me parecía cara, pero que si tenía ducha o baño, aceptaba. Me dijeron que la ducha era compartida para cuatro habitaciones. Me pareció un abuso y me retiré, buscando un sitio donde sentarme y descansar un rato. Un señor, que había oído la conversación, me dijo que no lo tomara en cuenta, que esa gente era así. Me llevó a un banco y pidió que me esperase. Al poco oí la voz de una mujer que discutía con este señor y le venía diciendo que no se podía uno fiar de los peregrinos; que casi todos eran unos vividores. El señor argumentaba que yo parecía distinto y que rara vez se equivocaba. Aparecieron por la esquina de la casa donde me encontraba sentado. La señora me pidió que la siguiera y me condujo a una casa antigua restaurada, con tres habitaciones, salón, cocina, baño, etc. Me dijo que eligiera la cama, que más me gustase, para hacérmela y me dio las llaves. Le pregunté si no iba a venir nadie más a dormir. Me dijo que no, que toda la casa era para mí. Me enseñó el armario del cuarto de baño donde había toallas, jabón, colonia, etc. Me pidió que, cuando me marchara, le dejara las llaves en el montante de la puerta de entrada. Le pregunté que cuánto debía pagarle y me dijo que lo que quisiera, ya que, aunque me pidiera mucho, no le iba a compensar del alquiler que cobraba por día para seis personas. No era muy simpática, pero no cabe la menor duda de que su comportamiento no pudo ser más honesto y cristiano. Relajado por una buena ducha y recuperado de mi cansancio, salí en busca de algún sitio donde pudiera comer. Entré en el Mesón Casa Marcos, que conserva su arquitectura de casa solariega y, junto a la chimenea, en la mesa 1, me sirvieron el menú. Creo que, entre la espera y durante la comida, consumí más de dos litros de agua. En la barra tomé un café exprés, bastante bueno y volví a casa para echarme la siesta. Dormí como dos horas y me levanté totalmente nuevo. En el salón me senté para ver algo de televisión, pero fui incapaz de aguantar ni un cuarto de hora. A eso de las siete bajé al Albergue, que se encuentra a la salida de Molinaseca. En él pude conectar con mis amigos peregrinos; me sellaron la credencial y compré un bocadillo de chorizo y una cerveza. Al poco vinieron a buscar al hospitalero para atender a unos peregrinos que se encontraban muy mal y con fiebre. El comentario de todos fue: otro más. Con éste ya van siete. Pedí que me informaran sobre lo que estaba pasando y se extrañaron de que a mí no me sucediera lo mismo. Me preguntaron si yo había bebido de la fuente de Manjarín. Al decirles que estuve a punto, pero que lo evité, porque había una vaca bebiendo y no me apeteció ponerme junto a ella; me dijeron: pues eso te ha librado. Nosotros lo hicimos y todos estamos que damos pena. A continuación, busqué una cabina desde donde llamar a mis hijos. Luego recorrí las calles y, realmente, Molinaseca es como un oasis.

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Su conjunto da la impresión de Villa medieval, de gran señorío y riqueza. La piedra y la pizarra de sus tejados, unidas a la madera de las solanas genera paz y seguridad. El río esta canalizado de forma que los habitantes pueden gozar bañándose en sus límpidas aguas, como en pocas partes puede lograrse. Existen Fondas y Bares, que mantienen ese aire de antigüedad.

En fin que, a pesar de la dureza de esta etapa, paseé hasta casi las once de la noche, disfrutando de sus casonas barrocas, del Hospital de Peregrinos, de su historia y de su belleza.

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Diario de JUANJO ALONSO, Agosto/ 1997

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8 Respuestas a “(22) Etapa vigesimosegunda: RABANAL DEL CAMINO – PONFERRADA (Camino Francés a Santiago)

  1. Desde hace catorce años, está al frente del albergue
    de peregrinos de Manjarín, una aldea leonesa abandonada en la falda del monte Irago que el Camino devolvió a la vida

    Fue en el último Jacobeo. Aquella tarde de julio Tomás y los suyos andaban molestos porque alguien había adulterado el agua de la fuente de Manjarín. Una aldea muerta, desdentada y sin vida que el Camino francés seguía cruzando mil años después. Y los peregrinos sabían que allí, en Manjarín, dejando atrás Foncebadón, la emblemática Cruz del Ferro y lamiendo senderos del monte Irago, se toparían con un viejo cementerio, una fuente y un refugio apuntalado en las ruinas de Manjarín… siempre está abierto. La única techumbre en pie. El refugio y su débil armazón es todo un palacio en un entorno de muros caídos. «Durante ese año Jacobeo pasaron muchos peregrinos que agradecían el agua y nuestra presencia», dice Tomás, ‘El Templario’, un madrileño que hace catorce años abandonó su pequeña empresa y, tras hacer el Camino, cambio su vida.

    Aquella tarde…
    Aquella tarde –prosigue el hospitalero de Manjarín–, «nos vino la noche sin quitársenos la amargura por lo del agua. Eran las doce y vimos la silueta de un peregrino a una hora inusual, pues se recogen mucho antes del atardecer. A pesar de la luz mortecina –no había luz eléctrica– comprobamos que era una mujer. La acomodamos».

    A la mañana siguiente, Tomás y los suyos cuentan que se respiraba un ambiente especial en el refugio y en el ambiente. La sorpresa llegó cuando la peregrina presentó su credencial. Venía de Jerusalén. Llevaba seis meses andando. Habló lo justo y, al despedirse, les dijo: «permaneced siempre aquí». La vieron perderse por la carretera que baja a El Acebo. Esa misma mañana, y en el momento de la oración, la página de la Biblia que se abrió al azar coincidió un pasaje de la llegada de los ángeles peregrinos a la casa de Lot. Tomás continúa su relato… Pasaron varias semanas y llegó a Manjarín un peregrino que les mostró un reportaje sobre apariciones. «Alucinamos al comprobar que la cara de una de las vírgenes de aquel libro era la misma que la de la peregrina que llegó aquella noche del mes de julio».

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    – JAVIER PEREZ ANDRÉS –

  2. INTERESANTE FRAGMENTO DE IACOBUS DE MATILDE ASENSI QUE NOS TRASLADA HASTA LAS CERCANAS MÉDULAS…

    Jonás lanzó un gruñido desde su rincón y Sara decidió que era el momento de irse con el muchacho. Yo no despegué los labios.
    -Debo pediros perdón por lo de Castrojeriz, doña Sara -declaró dirigiéndose a ella-. Por si os consuela, sabed que he sido duramente castigado por mi falta contra vos.
    -Me da igual, sire. No tengo el menor interés por vuestras cosas -respondió la judía con la voz cargada de dignidad.

    Viendo que sus humildades y mansedumbres le valían de bien poco, el hermano Rodrigo decidió ir directamente al grano:
    -He sido enviado para informaros de vuestra situación. Os encontráis a mucha profundidad por debajo de la superficie de la tierra, al fondo de una galería ciega que forma parte de los cien­tos de galerías que horadan esta vertiente de los Montes Aquilanos. Este lugar, llamado Las Médulas, a doce millas de Ponferra­da, es, por desgracia, el último reducto libre de mi Orden por estos y otros muchos reinos. Antes teníamos una verdadera red de castillos y fortalezas en esta zona del Bierzo: Pieros, Cornatel, Corullón, la misma Ponferrada, Balboa, Tremor, Antares, Sarra­cín… y casas en Bembibre, Rabanal, Cacabelos y Villafranca. Ahora, por desgracia, sólo nos quedan estos túneles.

    El silencio en torno a Nadie se espeso.
    -Presumo que vos, don Galcerán -continuó, demostrando una actitud realmente voluntariosa-, ya habréis observado lo endeble de vuestra prisión y, sin embargo, dejadme que os diga que escapar de Las Médulas es imposible y si habéis leído a Pli­nio sabréis de qué os estoy hablando.

    La mención a Plinio despertó mi memoria. En su grandiosa Historia Natural, el sabio romano hablaba de la descomunal ex­plotación minera llevada a cabo por el emperador Augusto en la Hispania Citerior allá por los albores de nuestra era. Un lugar en concreto de esa Hispania romana merecía toda la atención del erudito: Las Médulas, de donde los romanos obtenían veinte mil libras de oro puro al año. El sistema empleado para arrancar el metal a la tierra era el llamado ruina montium, que consistía en soltar de golpe grandes cantidades de agua desde formidables embalses situados en los puntos más altos de los Montes Aquilanos. El agua liberada descendía furiosamente a través de siete acueductos y, al llegar a Las Médulas, encallejonada en una red de galerías excavadas previamente por esclavos, provocaba grandes desprendimientos y perforaba la tierra. Los restos auríferos eran arrastrados hasta las agogas, o enormes lagos que actuaban como lavaderos, donde se recogía y limpiaba el dorado metal. Toda esta actividad se estuvo realizando ininterrumpidamente durante doscientos años.

    Esa era la explicación de los picachos rojos y las agujas na­ranjas: restos de montañas devastadas por furiosas corrientes. Y era también la explicación de la tremenda seguridad de nuestro encierro: ni con el hilo de Ariadna -el que utilizó leseo para sa­lir del laberinto-, hubiéramos podido escapar de aquella endia­blada maraña de túneles. Estábamos más atrapados que si nos hubieran cargado de cadenas.
    -Veo, por vuestra cara, don Galcerán, que habéis compren­dido lo inútil de cualquier intento de fuga. Siendo así, no tendre­mos problemas. Y ya sólo me resta una cosa -Nadie se puso en pie y se encaminó hacia la salida-. Se me ha ordenado comuni­caros que próximamente seréis trasladados, para siempre, a un lugar mucho más seguro que éste, y éste, don Galcerán, es de los más seguros de la tierra, os lo puedo garantizar.

  3. OTRO INTERESANTÍSIMO FRAGMENTO DE IACOBUS DE MATILDE ASENSI.

    -También podría significar muchas cosas. En nuestro caso, por ejemplo, «desvío», «atajo», «refugio» o «capilla», si es que deseáis rezar antes de salir.
    -¿Y una sola muesca?
    -¡Nunca sigas las galerías marcadas con una sola muesca, Jonás! -exclamó Sara muy seria y con voz grave-. No regresa­rías jamás.
    -Pero ¿qué significa?
    -Una muesca puede significar, por ejemplo, «trampa», «ca­mino sin salida» o… «muerte». Si tuviésemos que separarnos por alguna razón, seguid siempre las galerías que muestren la triple marca y, si no la hubiera, las que muestren la marca doble. Jamás, ¡jamás!, ¿me oís bien?, las que sólo tienen una. Si todos los pasa­dizos estuvieran marcados por una sola muesca, retroceded hasta la intersección anterior y elegid de nuevo la menos mala de las restantes direcciones.
    Al final de aquel inmenso corredor nos esperaba una vasta explanada vacía que sólo tenía una salida a la diestra. Cohibidos por la grandiosidad de aquellos lugares y por las tinieblas que nos rodeaban, avanzamos sigilosamente hacia allí. Por fortuna, la marca era de nuevo triple. La catacumba dibujaba una pequeña curva a la siniestra antes de lanzarse hacia adelante. A la diestra fuimos dejando una serie de siete bocas de túnel marcadas con la señal sencilla, la de una única muesca, así que nos abstuvimos de entrar. Cuando llegamos al final, encontramos otra explanada, aunque un poco más pequeña que la anterior. Nos quedamos he­lados cuando descubrimos que no tenía salida alguna.
    -¿Y ahora qué? ¿No decíais que íbamos por buen camino? -preguntó Jonás a la hechicera.
    -Y por buen camino íbamos, te lo aseguro. Esto también es incomprensible para mí.

    Me quitó la antorcha con un gesto rápido y comenzó a exa­minar las curvadas paredes, a tantearías con la palma de la mano, a remover la tierra con los pies.
    -¡Aquí hay algo! -exclamó alborozada al cabo de un tiem­po-. ¡Mirad!

    El muchacho y yo nos inclinamos hacia el claro que Sara ha­bía despejado en el suelo con las sandalias. Un grabado pequeño, de apenas el tamaño de la palma de mí mano, y muy bien ejecu­tado, representaba la figura de un gallo con el cuello estirado y el pico abierto en actitud de cantar. De inmediato me resultó fami­liar y recordé enseguida dónde había visto recientemente una imagen idéntica.
    -¿Qué puede significar? -me preguntó Jonás, arqueando las cejas. -La simbología del gallo es múltiple -expliqué mientras dejaba caer al suelo mi escarcela y sacaba apresuradamente de su interior la talega de los remedios, la que había dispuesto por si nos hacían falta medicinas durante el viaje y que, de momento, sólo me había servido para preparar el purgante con el que, en Nájera, me había deshecho del viejo Nadie-. Por su relación con el amanecer -continué hablando-, simboliza la victoria de la luz sobre las tinieblas. Entre los antiguos griegos y romanos, y todavía en algunos pueblos de Oriente, el gallo representa la combatividad, la lucha y el valor. Para los cristianos, sin embar­go, es un símbolo de la Resurrección y el retorno de Cristo.
    Mientras hablaba, extraía a puñados de la talega los saquitos que contenían las hierbas curativas y, cuando estuvieron todos fuera, sobre el suelo, empecé a desatar los cordoncillos que los aseguraban y a arrojar al aire, sin miramientos, el contenido. Sara y Jonás me miraban boquiabiertos.
    -¿Se puede saber qué estáis haciendo, micer? -consiguió preguntar finalmente la hechicera.
    -¿Recuerdas, Jonás, que en la cripta de San Juan de Ortega encontramos un rollo de cuero lacrado con el sello templario?
    -Sí. Lo cogisteis mientras escapábamos.
    -Pues bien, el día que permanecí solo en el Hospital del Rey, en Burgos, esperando noticias tuyas, recordé que no lo había exa­minado, así que rompí el lacre y lo abrí. Era una pieza de cuero como de media vara de largo por otra media de ancho, y estaba llena de dibujos herméticos acompañados por breves textos lati­nos escritos en letras visigóticas. El encabezado era un versículo del Evangelio de Mateo: Nihil enim est opertum quod non revela­bitur, aut occultum quod non scietur, «Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, ni secreto que no venga a conocerse»… En aquel momento, naturalmente, me resultó incomprensible, pero no albergaba dudas de que se trataba de algo importante que de­bía conservar y, como no me fiaba de Joffroi de Le Mans, me puse a pensar en alguna forma segura de ocultarlo, alguna que no des­pertara sospechas, así que dividí el cuero en pedazos, más o menos de igual tamaño y forma que los utilizados para guardar las hierbas, y sustituí los viejos saquitos por los nuevos.
    -¿Y..? -me urgió Sara al ver que me detenía para tomar re­suello.
    -¿Y…? ¿Es que no está claro? Pues mirad bien, hechicera, y decidme si no es ese gallo del suelo idéntico al gallo dibujado en este pedazo de badana.

    Le alargué uno de los recortes y ella lo cogió de mis manos y lo iluminó con la antorcha para contemplarlo detenidamente.
    -¡Es el mismo signo! -exclamó mostrándoselo a Jonás que, como la superaba en estatura más de una cabeza, se asomaba cómodamente por encima de su hombro.
    -Aquí hay algo -dijo el muchacho tomando el fragmento de las manos de Sara-. ¿No lo veis? Lleva una estampación. Está muy desdibujada pero no hay duda de que va unida al símbolo del gallo.

    Ahora era mi turno de arrebatar el cuero. El chico tenía ra­zón, allí había algo más: podía distinguirse la imagen de un árbol esbelto, que surgía de una figura yacente, coronado por un esfé­rico Crismón. Estaba claro que era una representación abreviada del Árbol de Jesé, con el profeta Isaías durmiendo en la base y Je­sucristo en lo alto.
    -Et egredietur virga de radice Iesse…‘ -recitó Jonás, que había llegado, al parecer, a la misma conclusión que yo.
    -Veo que no has olvidado tus años de puer oblatus -le dije complacido.

    Enrojeció hasta las orejas y los labios le dibujaron una sonri­sa de satisfacción que trató inútilmente de disimular.
    -Como tengo muy buena memoria, en el cenobio me ele­gían siempre para ayudar en los Oficios y me los aprendí todos de principio a fin -dijo orgulloso-. Ahora ya no me acuerdo muy bien, pero antes podía recitarlos completos, sin equivocarme en nada. La parte que más me gustaba era el Dies Irae.
    -Entonces no te será difícil explicar este aenigma.
    -Sólo sé que ese árbol es el Árbol de Jesé, que describe la ge­nealogía de Jesucristo, los cuarenta y dos reyes de Judá, basán­dose en la profecía de Isaías cuyo primer versículo he recitado.
    -Puesto que conoces a fondo los Oficios Divinos, dime: ¿en cuál de ellos se recitan los nombres de los cuarenta y dos reyes de Judá?

    Jonás hizo memoria.
    -En Nochebuena, en el primer Oficio después de la me­dianoche, el que se celebra para conmemorar el nacimiento de Jesús.
    -¿Aún no caes…? -pregunté viendo su cara de extrañeza-. Bueno, pues dime cómo se conoce popularmente esa primera misa que se celebra después del nacimiento de Jesús.

    Su rostro se iluminó con una gran sonrisa.
    -¡Ah, ya! ¡Misa del gallo!
    -¿Del gallo? -inquirió Sara mirando alternativamente al animalito dibujado en el suelo y al dibujado en el cuero.
    -Ya vais comprendiendo.
    -Pues no -dejó escapar ella con un bufido-. No com­prendo nada.
    -¿No…? Pues mirad. Me coloqué en el centro de la cámara y levanté la cabeza hacia la oscuridad que reinaba sobre mi, estirando el cuello como hacía el gallo de los dibujos.
    -Liber generationis Iesu Christi, filii David, filii Abraham -comencé a recitar con voz vigorosa. En mi fuero interno ro­gaba para que no se me olvidara ningún nombre, pues hacia muchos años que no recitaba la genealogía de Jesús, uno de los ejercicios de memoria habituales en los estudios de los mucha­chos-. Abraham genuit Isaac, Isaac autem genuit Jacob, Jacob autem genuit Iudam et fratres eius, Judas autem genuit Phares et Zara de Thamar, Phares autem genuit Esrom, Esrom autem ge­nuit Aram, Aram autem genuit Aminadab, Aminadab autem genuit Naasson, Naasson autem genuit Salmon, Salmon autem ge­nuit Booz de Rachab, Booz autem genuit Obed ex Ruth, Obed autem genuit Iesse, Iesse autem genuit David regem…

    Acababa de terminar el primer grupo de catorce reyes -la genealogía de Cristo siempre se enumera en tres grupos de ca­torce, tal como la refiere san Mateo en su Evangelio-y me de­tuve para serenar mi pulso y mi respiración. Nada singular ocu­rría de momento.
    -¿Habéis acabado ya? -quiso saber Sara con tonillo de ironía.
    -Aún le quedan dos grupos de reyes -le explicó Jonás.

    Yo continué.
    -David autem rex gen uit Salomonem ex ea quaefuit Uriae, Salomon autem genuit Roboam, Roboam autem genuit Abiam, Abias autem genuit Asa, Asa autem genuit Iosaphat, Josaphat autem genuit Ioram, Joram autem genuit Oziam, Ozias autem genuit Joathas, Joathas autem genuit Achaz, Achaz autem genuit Ezechiam, Ezechias autem genuit Manassem, Manasses autem genuit Amon, Amon autem genuit Iosiam, Josias autem genuit Iechoniam et fratres eius in transmigratione Babylonis.

    Volví a detenerme después de terminar el segundo grupo, en­tre las generaciones nacidas antes y después de la deportación a Babilonia. Pero seguía sin ocurrir nada especial.
    -Et post transmigrationem Babylonis -continué, un poco desanimado-, Jechonias genuit Salathihel, Salathihel autem ge­nuit Zorobabel, Zorobabel autem genuit Abiud, Abiud autem gen uit Eliachim, Eliachim autem gen uit Azor, Azor autem genuit Saddoc, Saddoc autem genuit Achim, Achim autem genuit Eliud, Eliud autem genuit Eleazar, Eleazar autem genuit Matt han, Matthan autem genuit Jacob, Jacob autem genuit Joseph, virum Mariae, de qua natus est Jesus qui vocatur Christus.

    Un ruido sordo, como el de un mecanismo que se pone len­tamente en marcha, se empezó a escuchar sobre nuestras cabezas en cuanto pronuncié el nombre de Maria. Por más que alcé la an­torcha, la luz que ésta irradiaba no llegaba hasta el techo, así que no pudimos ver qué estaba sucediendo allá arriba hasta que una cadena de hierro, gruesa como el brazo de un hombre, entró en el reducido círculo de claridad. Descendía lentamente, desenros­cándose con pereza en alguna parte alta de la bóveda. Cuando es­tuvo al alcance de mi mano la sujeté con vehemencia y, una vez que se hubo detenido, tiré de ella con fuerza. Otro ruido extra­ño, como de ruedas dentadas que colisionan entre sí, se escuchó en alguna parte tras la pared de roca que teníamos enfrente. Sara dio un paso atrás, cohibida, y se pegó a mi costado.
    -¿Cómo pueden las palabras poner en marcha un ingenio mecánico? -preguntó sobrecogida.
    -Sólo puedo deciros que existen ciertos lugares en el mun­do en los que losas gigantescas y piedras descomunales, mis­teriosamente transportadas por el hombre en el pasado más remoto y colocadas en equilibrio sobre zócalos a veces inverosí­miles, vibran y braman ante determinados sonidos, o cuando se pronuncian ante ellas unas palabras concretas. Nadie sabe cómo, quién o por qué, pero el caso es que ahí están. En vuestro país se las llama rouleurs y aquí piedras oscilantes. He oído hablar de dos lugares en los que pueden encontrarse, uno en Rennes-les-Bains, en el Languedoc, y otro en Galicia, en Cabio.
    La pared de roca se deslizaba suavemente hacia abajo, sin otro ruido que el chasquear de las piezas del artilugio que la mo­vía. El paso quedó al fin libre. Al otro lado vimos una cámara idéntica a la que nos encontrábamos con la única diferencia de presentar unas escaleras que ascendían a un nivel superior.
    -Jonás, ¿recuerdas la segunda escena del capitel de Eunate? -dije de pronto evocando el remate de aquella columna navarra.
    -¿Esa en la que el ciego Bartimeo llamaba a gritos a Jesús?
    -Exacto. ¿Recuerdas el mensaje de la cartela, que reprodu­cía las palabras de Bartimeo?
    -¡Huum!… Filii David miserere mei.
    -¡Filii David miserere mei! «Hijo de David, ten misericor­dia de mí», ¿te das cuenta?
    -¿De qué? -preguntó sorprendido.
    -Filii David, Filii David… -exclamé-. Bartimeo grita «Hijo de David», que es la expresión utilizada para afirmar la as­cendencia real del Mesías, su genealogía. Y el versículo del Evan­gelio de Mateo comienza Liber generationis Jesu Christi, filii David… ¿No lo ves? Todavía no sé cómo enlazarlo con la pues­ta en marcha del mecanismo que ha abierto esta pared de roca, pero no dudo que dicha relación existe.

    De nuevo comenzó la andadura a través de interminables ga­lerías e interminables pasadizos. Nuestras sandalias habían ad­quirido el tono rojizo de la tierra y nuestros ojos habían aguza­do sus capacidades hasta permitirnos ver en la oscuridad. Ya no necesitábamos inclinarnos para distinguir las marcas en las bocas de los túneles; una ojeada al pasar nos bastaba para apreciarlas con nitidez.

    Comenzaba a preocuparme gravemente el hecho de no hallar patrullas de templarios por ningún lado. Había partido de la maz­morra convencido de que antes o después tendríamos que ocul­tarnos o enfrentarnos a los freires, y el hecho de llevar más de una hora de escapada sin tropezar con un alma viviente empezaba a ponerme nervioso. Ni pasos, ni sombras, m ruidos humanos…
    -¿Qué es eso que se escucha al fondo? -preguntó de re­pente Sara.
    -Yo no oigo nada -afirmé.
    -Yo tampoco.
    -Pues es un murmullo, como un mosconeo.

    Jonás y yo prestamos mucha atención, pero sin éxito. Lo úni­co que se escuchaba era el leve crepitar de la antorcha y el eco de nuestros pasos. Sara, sin embargo, volvió a insistir al cabo de poco:
    -Pero ¿de verdad no lo oís?
    -No, de verdad que no.
    -Pues cada vez es más fuerte, como si nos fuéramos acer­cando a algo que emite un zumbido.
    -¡Yo si lo oigo! -anunció Jonás con alegría.
    -¡Bueno, menos mal!
    -¡Es un canto! -explicó el chico-. Una salmodia, una suerte de canturreo. ¿No lo escucháis, sire?
    -No -gruñí. Seguimos avanzando y, al pasar por delante de una bocamina marcada con la señal triple, percibí por fin el sonido. Era, efecti­vamente, un canto llano monocorde, un De profundis entonado por un formidable coro de voces masculinas. Ésa era la razón, me dije, de no haber encontrado ni un solo templario desde que es­capamos del calabozo: se hallaban todos reunidos al final de aquel pasadizo que acabábamos de emprender, celebrando un Oficio Divino. Nunca, en toda mi larga vida, había tenido oca­sión de escuchar a tan nutrido grupo de hombres cantando al unísono y el sentimiento que ello me despertaba era de profun­da exaltación, de intenso arrebato, como si la melopea pulsara mis nervios a modo de cuerdas de salterio. El sonido se volvía más y más fuerte conforme nos íbamos acercando, y, al doblar un recodo de la galería, atisbamos también un brillante resplandor. Jonás hizo el gesto de taparse los oídos con las manos, ensorde­cido por el estruendo del canto -considerablemente acentuado por la acústica de las bóvedas-, pero en ese momento, al finali­zar una leve subida en el tono, las voces guardaron silencio de pronto. Un leve retumbo quedó flotando en el aire húmedo y ca­liente.

  4. FRAGMENTO DE ‘PEREGRINATIO’ DE MATILDE ASENSI

    Cuando, después de ascender angostas sendas al borde de temibles precipicios, lleguéis a la misma cumbre del monte Irago, veréis, en mitad de un lugar inhóspito como pocos, un alto báculo de madera con una cruz de hierro que, desde lejos, indica el lugar a los peregrinos para que no se pierdan por esos montes en tiempos de nevadas y a cuyos pies es costumbre depositar una piedra. Por fortuna, hallaréis en tan extraño lugar una alberguería y un hospital para peregrinos, fundados hace siglos por un anacoreta llamado Gaucelmo que los puso bajo la advocación de san Juan de Irago. Desde aquí el camino es de bajada, así que disfrutad de los montes, del aire frío y del silencio que auspicia el recogimiento mientras descendéis y os internáis en El Bierzo, una zona en otro tiempo templarla por sus cuatro costados y ahora en manos de la Corona de Castilla, que no sabe, ni sabrá, lo que tiene en su poder. Te encuentras ya muy cerca de Las Médulas, Jonás, el lugar donde fuimos tan afortunados que pudimos ver con nuestros propios ojos el Arca de la Alianza.

    Pero no adelantemos etapas. Lanzaos al galope hacia Manjarín y El Acebo, pueblos de gentes acogedoras y de buenas comidas calientes, y haced un alto en Compludo, a pocas millas de distancia, para estudiar con celo el armazón de una antigua herrería que, incluso después de muchos siglos, funciona a la perfección gracias a un ingenioso sistema que obtiene del caudal de agua la fuerza necesaria para mover el poderoso mazo que golpea el metal. Desde allí, partid hacia Riego de Ambrós y Molinaseca y, sin más tardanza, allegaos hasta Ponferrada, la antigua Ponsferrata, nombre que le vino del puente con balaustradas de hierro que mandó construir el obispo Osmundo sobre el río Sil para facilitar el paso de los numerosos peregrinos jacobípetas.
    ID CON PRUDENCIA. SED PRECAVIDOS Y RESERVADOS EN PONFERRADA. AUNQUE LOS TEMPLARIOS FUERON DECLARADOS INOCENTES EN EL CONCILIO DE SALAMANCA DESPUÉS DE LA DISOLUCIÓN de la Orden hace diez años, eso no impidió su expulsión de estas tierras, tierras que antes fueron suyas por donación de los reyes leoneses en 1178. El gran castillo templario de Ponferrada, que ya habrás vislumbrado sobre la colina que domina el río, era el centro de una red de fortalezas y casas que se extendían por todo El Bierzo: Pieros, Cornatel, Comilón, Balboa, Tremor, Antares, Sarracín, Bembibre, Rabanal, Cacabelos, Villafranca… Y, por supuesto, Las Médulas. Todo este gran poder defensivo era necesario, declaraban los freyres templarios, para proteger a los peregrinos que iban y volvían de Compostela, pero esto no era cierto, pues los mismos peregrinos pasaban por otros lugares donde no había ninguna presencia templaria. El origen del interés de la disuelta Orden por estas tierras, y te lo puedo confirmar porque lo he leído en sus propios legajos, era doble: por un lado, el oro que siempre se halló abundantemente en El Bierzo y, por otro, la salvaguarda de los objetos sagrados más importantes de la cristiandad: el Arca de la Alianza y las Tablas de la Ley, que ellos trajeron desde Jerusalén durante las Cruzadas, y que escondieron, como bien sabes, en las profundidades de las galerías de Las Médulas, extraordinario paraje situado a doce escasas millas de Ponferrada.

    No podréis entrar en el castillo, y supongo que frey Estevao lo lamentará de veras, aunque desconozco si visitó alguna vez la fortaleza antes de la expulsión. Junto a mí trabajan algunos caballeros de Cristo que todavía suspiran por sus estancias y celdas situadas a los lados del patio de armas, aunque se consuelan unos a otros asegurando que sus escudos jamás desaparecerán de los muros del castillo. Hablan de divisas, cruces, estrellas, rosas, cuadrados trabados… No creo que puedas ver nada de todo esto porque, hasta que el rey de Castilla done la propiedad a algún noble, cosa que hará a no mucho tardar, con certeza permanecerá cerrado y con protección de soldados.

    Sin embargo, quizá os sea posible acercaros hasta la entrada por el puente levadizo que cruza el foso. Lo dejo en manos de vuestra prudencia. Sin embargo, en las cercanías de Ponferrada podréis visitar sin problemas la iglesia de Santa María de Vizbayo y la de Santo Tomás de las Ollas —ubicada en un lugar llamado Entrambasaguas por hallarse entre los ríos Sil y Boeza—, un hermoso templo mozárabe que te sorprenderá por su original traza y cuyo nombre le viene de las vasijas que se elaboran en unos hornos que allí hay. No pierdas detalle de Santo Tomás de las Ollas, Jonás, y pregunta a frey Esteváo todo cuanto despierte tu curiosidad sobre el lugar, aunque verás que él mismo te contará muchas cosas interesantes sin que se lo pidas, pues fue un lugar muy importante para los milites Templi.

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