(23) Etapa vigesimotercera: PONFERRADA – VILLAFRANCA DEL BIERZO (Camino Francés a Santiago)

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* de camino a Villafranca, en la galería de TONI

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La comarca del Bierzo, situada en un circo de montañas y formando una depresión, es una tierra fértil, gracias a su clima favorable, cultivada con viñedos, frutales y huertas.

‘Guía práctica del peregrino’

JOSE MARÍA ANGUITA JAÉN

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Desde el paseo de Huertas del Sacramento se toma la carretera y, avanzando por la acera, se pasa junto a las instalaciones de Endesa. Después se recorren las avenidas del poblado de Compostilla, y al salir se cruza un túnel. Caminando entre vides, se alcanza Columbrianos, por donde se salva la carretera de Villablino. Se recorren las calles de la iglesia y Real, dejando a un lado la ermita de San Blas y San Roque y se parte de la población caminando entre campos de regadío y canales de riego. Se toma una pista y se entra por la carretera a Fuentes Nuevas. Poco después se encuentra Camponaraya, que se atraviesa por la carretera, y, a su salida, se toma un alto. Tras el puente sobre la autovía aparece el vallecillo del arroyo Magaz. Y se atraviesan grandes extensiones de viñedos y numerosos chopos antes de acceder a Cacabelos por la Calle de los Peregrinos. De allí se sale tras cruzar el río Cuá y pasando junto a la capilla de Nuestra Señora de las Angustias, marchando primero por la acera de la carretera LE-713 y después por el mismo asfalto, en un paisaje de viñedos y bodegas. Se alcanza Pieros (a su izquierda se localiza Castrum Bergidum). Y tras él, la carretera discurre por el vale ondulado, en el que se dispersan las construcciones. Al pasar por el arroyo de los Valtuilles, se toma un camino hacia la derecha por el que se tiene que continuar entre viñedos, frutales y algún roble, pasando junto a pequeños promontorios reforestados con coníferas. A la izquierda se ve la vega del río Burbia. Por el Camino de la virgen, y tras más de 2 km, el albergue municipal de Villafranca del Bierzo sale a nuestro paso y poco después se alcanza la iglesia de Santiago, a la entrada de la villa.

*NOTA PARA CICLISTAS

No hay muchas dificultades y además se puede seguir el trazado de la carretera N-VI

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EXPERIENCIAS PEREGRINAS

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25.03.04. Jueves. Ponferrada-Villafranca del Bierzo (713):

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He encontrado al salir un café en el que había churros. Y allí me he tomado un buen desayuno para templar el frío que hace a primera hora. Y así ha empezado mi paseo diario hasta que llegue a otro refugio en el que decida quedarme. El sol poco a poco ha ido calentando y al final me he sentado en una tasca con terraza de no sé qué pueblo a tomarme un segundo desayuno y a ver pasar a los peregrinos más madrugadores. Tranquilo y sosegado he continuado por un camino que hoy no aporta grandes monumentos ni gran belleza en sus paisajes.

cigüeña

Las cigueñas ocupan las espadañas y campanarios de todas las iglesias, las chimeneas de algunas casonas y las de todas las fábricas en desuso. Las golondrinas ya han aparecido en este cielo tan azul. Son señal de bonanza, así que pocos temporales más nos van a caer.

Pero en llegando a este punto, ya da todo igual. He pasado por nieve, lluvia, cieno, viento, frío, calor, heladas. Salvo alguna buena granizada creo que he vivido todos los fenómenos climáticos. Bueno, me faltan un par de tornados, para rematar. En Prada me han invitado a una copa de vino y a una empanada de carne con patatas que animaba a cualquiera. Desde allí y superando repechos hasta llegar a un agradable sendero que poco a poco, por pequeños barros, me han llevado a Villafranca del Bierzo.

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Puerta del perdón

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He intentado visitar la iglesia de la Puerta del Perdón, y para variar estaba cerrada. Me he conformado con verla desde fuera y disfrutar después de todas las obras que en la villa hay, que son muchas y muy variadas. La verdad es que no sé a qué debe su grandeza este lugar. Reconozco mi ignorancia. Y me sorprende que sea en un lugar con tantos desniveles y un urbanismo tan complejo.
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Como mis pies están todavía quejandose de tanto caminar, no se me ha ocurrido mejor cosa que ir a una zapatería y comprarme unas zapatillas de paño de andar por casa. Si, las de los abuelos. Ha sido una idea genial que a todos recomiendo. Mis pies, sin el sufrimiento de estar encerrados en las botas me lo han agradecido profundamente. Todavía veo a los pequeñines de la casa, los dedos pequeños de los pies, sonriendome desde mis recién estrenadas chancletas. Y jugando a sus anchas con los de al lado. Qué contentos están, qué felices son ahora. Y qué pinta tengo, sucio, barbado y con espectacular calzado. Sin comentarios…

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Albergue de la familia Jato

*enlace a un Camino: Albergue de la familia Jato

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En la villa los dos refugios estaban abiertos, el municipal y el privado de la familia Jato. Pero me he buscado la vida y he dormido en la paz de la soledad.

Diario de ALFONSO BIESCAS, Marzo/ 04

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MolinasecaPonferradaCacabelos

Estaban dando las 6 en el reloj de la Iglesia, que estaba frente a la casa. Di gracias a Dios por el nuevo día y encomendándome a Jesús, a la Virgen y a mi Ángel custodio, me levanté para asearme y consultar en la Guía la etapa, que me proponía comenzar. A Ponferrada hay más de 5 kilómetros, si bien la ruta es bastante confusa. Al final decidí hacerlo por carretera. Al pasar por delante del Albergue, me detuve y me ofrecieron café con leche y sobados. Con mucho gusto lo acepté, y tras dialogar con los más jóvenes y dejar mi donativo, seguí camino. La mañana era clara y a esas horas fresquita; sin embargo el recorrido resulta un tanto anodino y ni motiva para la oración ni para gozar del contacto con la naturaleza. Además, conviene ir atentos porque la circulación es intensa, la carretera estrecha y sin cuneta. Todo esto hace que, principalmente en las curvas, se vea uno obligado a detenerse para no ser arrollado por los conductores de coches y motos. Por fin, en una última curva, atravesé el río Boeza, de poco caudal y muy maltratado; hasta olía a cloaca. Aparecieron enseguida unas naves industriales. Inicié mi entrada en la ciudad, cuesta arriba y por la parte moderna del ensanche. Su aspecto me producía sensación de tristeza y fracaso. Las típicas aglomeraciones urbanas de casas-colmena, avenidas y semáforos. Tenía a mi favor el que todavía era temprano y la ciudad aún dormitaba.

Estaba desorientado, ya que mis notas me hablaban de auténticas joyas arquitectónicas de los siglos XII, XV, XVI y XVII, así que busqué a alguien que me pudiera informar. Puesto en buen camino, no tardé en fundirme con todo lo que venía buscando. ¡Qué maravilla! La Puerta y Torre del Reloj, el Ayuntamiento, el Hospital de la Reina -fundado en 1498 por Isabel la Católica-, la Basílica de la Virgen de la Encina -Patrona de la Ciudad y de todo El Bierzo- en la que se conserva la preciada cruz románica de Santo Tomás de las Ollas, la Iglesia de San Andrés en la que se venera el Cristo de las Maravillas o de los Templarios (s.XIII), y cómo no, el Castillo-Convento del Temple… A continuación me dirigí hasta el Albergue, muy próximo al castillo.

En él me atendieron dos Hospitaleras, que se interesaron mucho por mi opinión e ideas sobre el espíritu peregrino. Una de ellas se emocionó tanto que apenas podía pronunciar palabra. Me pidieron que me quedara más tiempo y me invitaron a pastas y leche. Fue muy difícil separarme de ellas. Me rogaron que las escribiera, que las tuviera presente ante el Apóstol y, así, me acompañaron hasta la basílica de la Virgen de la Encina.
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BASÍLICA

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Entraron conmigo a la Iglesia y juntos rezamos, dando gracias a Dios por habernos puesto en su Camino y habernos regalado esta Fe, por la que gozamos de su presencia notoria y gratificante. Estos momentos de goce espiritual muy pronto se iban a desvanecer ante el calvario que supone atravesar esta ciudad. Al otro lado del casco antiguo hay un Parque muy bonito y apacible por el que me adentré para, a escasos metros, encontrarme otra vez en medio de la calle. Fui bajando hasta llegar a una plaza, donde tenía que dirigirme hacia la N-VI. Una señora, desde la acera de enfrente, me gritó: ¡Peregrino! Yo me detuve y me acerqué a ella. Muy cariñosa, viendo mi medalla de Santiago en el pecho, me puso su mano sobre ella y me dijo: podía haberte dejado continuar por donde ibas y, también hubieras llegado a Santiago, pero es mucho mejor que vayas por la antigua ruta jacobea. Tú eres un auténtico peregrino y me creo en la obligación de indicarte el mejor camino. Yo le di las gracias y le comenté que Dios siempre ayuda a quienes se dejan aconsejar. Crucé la calle en la dirección que me había indicado y al volverme para despedirme de ella, no vi a nadie. Miré a derecha e izquierda y nada. Alcé los ojos al cielo y sonreí. Recordé que aún no había hecho la jaculatoria a mi Ángel de la Guarda. Fuertemente motivado, me disculpé y le pedí que no se apartara de mí.

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Durante un par de kilómetros la calle transcurrió entre montones de escoria y carbón, lo que no era grato a la vista, pero fue apareciendo una urbanización de chales preciosos en cuyo centro estaba la Iglesia de Santa María del Camino y unos indicadores de la Ruta Jacobea. Perfectamente señalizada, continué por ella hasta llegar a Cuatro Vientos.

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El Camino sigue por detrás de la zona industrial. No se puede decir que este trayecto sea agradable y, menos cuando el sol de mediodía aprieta lo suyo. Estaba deseando encontrarme en plena naturaleza y aún debía atravesar un larguísimo pueblo, con aceras muy estrechas, que obligaban a mirar constantemente hacia atrás, para evitar que algún coche te llevara por delante.

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CAMPONARAYA

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Se llama Camponaraya y tiene mucha industria vinícola. Antes de entrar en él, un paisano se quedó mirándome y dijo: ¡hala, hala! Al camino de los tontos. Sin querer dar demasiada importancia al insulto, le contesté: ¿de los que van o de los que se quedan?, y añadí: Gracias a los millones de peregrinos, que por aquí han pasado, se ha hecho grande su tierra. Se han necesitado más de mil años y el paso de millones de tontos para que a Ud. se le abriera la mente y el corazón. Pero no hay peor ceguera que la del alma.

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Grandes carteles, vallas y anuncios invitan a detenerse en la Cooperativa X en la que ofrecen vino para comer tu bocadillo. Al cabo de 1.600 m dejé la carretera tomando una pista, que arranca a la izquierda y pasa junto a la Cooperativa Viñas del Bierzo; no me detuve porque era tarde y me quedaba más de hora y media de camino a Cacabelos. A lo largo del recorrido había viñedos, dos o tres ríos que no sé cómo se llaman, quizás no fueran tres y a lo mejor se trataba del mismo; no era importante. Cuando ya pensaba que nunca llegaría el momento de poder descansar, al final de una amplia curva apareció Cacabelos.

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BODEGA DE CACABELOS

*enlace: un Camino más

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En la Gasolinera de la entrada pregunté por Prada A. Tope, famoso industrial, que atiende divinamente a los peregrinos. Me indicaron el camino, si bien no acerté en la elección del más correcto. Una funcionaria de Correos, que repartía en Vespa las cartas, me dijo que iba mal, pero que si pasaba entre los huertos, saldría frente al Hostal de Prada. Así lo hice y, nada más empezar, todos los perros de los diversos huertos comenzaron a ladrar y a perseguirme, lo que me obligó a portarme como un delincuente acosado, que corre salvando alocadamente las dificultades del terreno, por encima de acequias y sembrados, hasta alcanzar un lugar seguro donde protegerse. Sudoroso y polvoriento me presenté a Prada, quien me acogió como si me conociera de toda la vida.

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Me hizo dejar la mochila en la entrada de la tienda/almacén/bodega, que de todo tiene y muy bueno por cierto, y me invitó a lomo, jamón, chorizo, queso, pan, agua y vino. Me dijo que lo tomara tranquilo y que luego me enseñaría el resto de su Palloza-Restaurante. Desde luego merece la pena visitarse y poder hablar con tan noble personaje.

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Villafranca del Bierzo aún distaba unos siete kilómetros y yo no me encontraba en condiciones de continuar, sobre todo por el enorme calor que hacía, así que busqué un sitio donde alojarme y acerté al elegir el Hostal Santa María. Bien es verdad que me atrajo el nombre. En una habitación abuhardillada, pero muy bien acondicionada, pude examinar cómodamente mi situación. Traía bastante ropa sucia y necesitaba renovar mi ajuar, así que lo primero sería lavar todo lo aprovechable, ducharme y salir a comprar lo que fuera preciso. Dicho y hecho.

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Por la calle de los peregrinos bajé hasta la Parroquia de Nuestra Señora de la Plaza. Entré y pude ver a la derecha un ábside románico, que debió pertenecer a la primitiva iglesia y a la que, sin duda, también correspondería una pequeña imagen románica del s.XIII de la Virgen sedente, situada en el centro del óculo de su portada meridional. Me enteré de la hora de la Eucaristía y salí a comprar una camisa. En la Plaza hay una mercería y lencería. Pregunté si tenían camisas de hombre. Una señora muy amable me dijo que sí y, entre los dos, buscamos la que mejor me iba. Entablamos una amena conversación sobre el tema religioso, las peregrinaciones y la tristeza que daba ver como, hoy en día, todo esto suena a raro. Recordaba que, no hacía tanto tiempo, Cacabelos era un lugar de acogida y de un gran espíritu religioso. Me despedí asegurándola que pediría por ella ante el Apóstol Santiago.

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Fui a la Parroquia y me uní al rezo del Rosario. A continuación se celebró la santa Misa; la seguí con gran devoción. Me quedé un buen rato dando gracias, hasta que el sacerdote me invitó a salir, porque iba a cerrar.
En la puerta hablamos de todo un poco y le pedí su bendición para la nueva etapa de mañana
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cACABELOS

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CacabelosVillafranca del BierzoVega de Valcarce

Son las 6 de la mañana; la atmósfera se presenta transparente y luminosa. La ropa, tendida en el alféizar de la ventana, aún está húmeda. No había dormido más de cinco horas, pero después de la ducha, me encontré sin pizca de sueño. A veces pienso que es un milagro que ni siquiera se me hayan hecho ampollas en los pies. Mi estado físico era de lo mejor; me sentía joven y optimista. Con la mochila a cuestas, bajé la escalera. En el vestíbulo se encontraba un muchacho joven, que me atendió con respeto y cariño. Le pedí la cuenta y me preguntó si iba a desayunar. Me quedé un poco extrañado, ya que normalmente antes de las siete me ha sido difícil encontrar a alguien que me ayude. Acepté y me dijo: siéntese en la Cafetería, y desayune tranquilo; eso es lo importante. Para pagar siempre hay tiempo. Me sirvió un desayuno completo, zumo de naranja incluido.

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Cuando salí a la calle de los Peregrinos, pasada la Parroquia de Nuestra Señora de la Plaza, a quien saludé quitándome el sombrero y haciendo una comunión espiritual, enseguida me topé con el puente que cruza el río Cua. Prada me había hablado muy bien de este paraje junto al puente y, a la vista de él, yo diría que se quedó corto. El Camino sigue por la carretera, por lo que crucé a la cuneta de la izquierda. A las 7,40 pasaba por delante de Pieros y, no viendo nada que me pudiera interesar, continué andando. A unos 2 km ya se divisa Villafranca, encaramada en una ladera montañosa y, enseguida, aparece un mojón indicando: A Villafranca 2,5 kilómetros. Seguí la pista que conduce al alto del Burgo medieval, entre nuevas edificaciones, que el asentamiento de nuevas familias ha realizado.

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cASTILLO PALACIO

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A la izquierda queda el Castillo-Palacio, que presenta enormes cubos ovalados en sus esquinas y que, según me dijeron, pertenece a la familia Álvarez de Toledo. Mi deseo era llegar cuanto antes a la Puerta del Perdón. Esto suponía algo así como alcanzar una Gracia especialísima, reservada a los peregrinos de todos los tiempos. Levantando la mirada del suelo, a mi derecha estaba la corta pero empinada subida a la Iglesia de Santiago.

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iGLESIA DE SANTIAGO

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Antes de pensarlo ya estaba en la Puerta, pero se encontraba cerrada. Estaba yo solo. Di una vuelta alrededor de la Iglesia; es maravillosa. Pequeña joya románica del s.XII, erigida por D. Fernando, Obispo de Astorga, en el 1186. Se encuentra en muy buen estado y su reconstrucción ha seguido fielmente las pautas histórico-artísticas de este monumento. Su mayor interés reside en la portada septentrional, que se conoce como la Puerta del Perdón.

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Puerta del perdón

*enlace: un Camino

Por ella entraban los peregrinos, imposibilitados de continuar hasta Compostela, y en este Santuario podían beneficiarse de las mismas gracias, mediante la Confesión de sus culpas y la recepción de la Eucaristía.

Mientras venían a abrir la iglesia me dediqué a examinar detenidamente sus cuatro arquivoltas y su profusa decoración escultórica. Me acerqué al Cementerio, anejo a la Iglesia; recé por mis familiares, amigos y principalmente por Merche, que en ese día se cumplían los 42 meses de su muerte. Entré en el Albergue, improvisado albergue de peregrinos por iniciativa de la familia Jato, que lo atiende gratuitamente. Lo han acondicionado con plásticos y maderas en un antiguo invernadero de su propiedad. Me ofrecieron café, un tomate ecológico y agua fresca. Me sellaron la Credencial y me despidieron con el saludo de Buen Camino. Mientras ya había venido la joven que cuida de la Iglesia. En la Puerta del Perdón, en ese momento, estaríamos unas diez personas, de las cuales el único peregrino, con pinta de peregrino, era yo. Los demás habían llegado en coche y en plan turístico. Es triste que la joven encargada no diera ninguna explicación a los visitantes; tan solo se acomodó delante de una mesa sobre la que se ofrecían tarjetas postales, libros y recuerdos de Villafranca. Recé ante el Cristo bizantino y el Apóstol Santiago y, encomendándome a mi Ángel de la Guarda, bajé al centro de la población para admirar sus palacios y casas blasonadas mientras recorría la calle del Agua -vía de los Concheiros-. Merece destacarse la Colegiata de Santa María del s.XVI de la escuela de Gil de Hontañón; la Iglesia de la Anunciada del 1606, en la que se encuentra el Panteón de Los Osorio; y el hospital de Santiago, único superviviente de los cinco que se tiene noticia.

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Cruzado el puente sobre el río Burbia llegué al final de la calle. A la derecha sube un camino muy empinado, que dice ser el de los francos, y va por la serranía. Siguiendo por la calzada, ésta me conduciría a la N-VI. En la Guía no se aclaraba cuál de las dos rutas era la mejor, y decidí seguir por la carretera.

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Llegado que hube al cruce con la N-VI, la mayor dificultad que encontré fue el intenso tráfico de camiones y turismos; principalmente por ser de doble sentido y que, inmediato al cruce se encuentra la salida de un túnel. Esto me dificultó y obligó a circular por la cuneta de la derecha con el peligro de ser arrollado. Al existir múltiples curvas, debía esperar una recta que coincidiera con menos tráfico y me permitiera cruzar al otro lado sin grave riesgo. Creo que esta operación me llevó cerca de una hora. Logrado esto, ya podía empezar a recrearme en el paisaje, muy bello, mientras a mi izquierda sentía el armonioso murmullo del río Valcarce. Durante 11 kilómetros fue mi inseparable compañero de viaje.
Un cartel anunciaba Pereje; consultada la Guía y ver que no ofrecía otra cosa que ser coto truchero, recuperé mi ritmo y continué adelante. En Trabadelo, me acerqué a un Hostal en el que pedí un bote de Aquarius; me indicaron que lo sacara en la máquina de la entrada. Dejando la mochila, adquirí un bote
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Estaba helado; me senté en una mesa para degustarlo despacio y relajarme de la tensión del camino. Este descanso me compensó un poco del agotamiento que traía. Hasta ese momento llevaba recorridos más de 8 Km por una de las carreteras de mayor densidad de tráfico. Consumí un segundo bote y me puse de nuevo en camino. En unos cincuenta minutos llegué a Portela, enclavado en este paraje de gran vegetación y arbolado; por mitad de la población pasa el río Valcarce. Todos estos pueblos son muy idóneos para disfrutar de unas vacaciones y fines de semana. En cinco minutos más, recuperé la serenidad al torcer el Camino por una comarcal a la izquierda, en dirección a Vega de Valcarce. Fue como entrar en el Paraíso; sin coches, escuchando el acompasado ruido de mis pasos y el acariciante murmullo del río. Todo esto acontece en el PK 419 de la N-VI, que sigue por el moderno y gran Viaducto, construido para salvar el valle.

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AMBASMESTAS

*imagen

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Al pasar por Ambasmestas, justo al lado de la fuente del Peregrino, donde invitaban a sellar la Credencial y ofrecían bordones, me encontré con Fernando Guerrero. Le costó un poco reconocerme. No era de extrañar por la pinta que traía. Nos parecía increíble que en un punto tan apartado de las vías principales de comunicación, en un valle escondido y, de forma tan imprevista, fuéramos a encontrarnos.

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Cuántas batallas libramos juntos, impulsados por nuestra fe con cuánto ardor y entrega, tanto en la Campaña del 60º Aniversario de la Consagración de España al Sagrado Corazón como en la defensa de la Familia, de la Vida, etc. Le encontré bastante más mayor, y supongo que a él le pasaría igual conmigo, ya que debía hacer del orden de unos doce años que no nos veíamos. Estaba de vacaciones con su hija y nietos, que no dejaban de tirarle del pantalón para irse a comer. Nos dimos un fuerte abrazo y le prometí tenerle presente ante el Apóstol. Antes de llegar al final de mi etapa encontré un Albergue que tenían el menú del Peregrino. Como ya eran las 14,30 h. entré a comer. La verdad es que el servicio deja mucho que desear y es una pena, porque el sitio es bonito y no se come mal, pero se presta más atención a los jóvenes del pueblo, que vienen en plan de alterne, que al cansado peregrino. Al entrar en Vega de Valcarce enseguida vi, en el mismo puente, un cartel que decía: Pensión Fernández y decidí hospedarme en ella. Llamé y, por la ventana, una señora me preguntó qué quería. Al ver que era peregrino, me abrió la puerta y me pidió que subiera por la escalera. Arriba me esperaba y me enseñó la habitación y el cuarto de baño, que estaba enfrente. Me pareció bien y le dije que primero me iba a duchar y luego descansaría un rato. Me comentó que más tarde la encontraría sentada en el banco de la entrada, tomando el fresco y ya hablaríamos.

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Vega de Valcarce

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Vega de Valcarce es la capital del Valle, en plenos Ancares leoneses. Estas son tierras prehistóricas comunicadas por calzada romana. Vega de Valcarce surgió a la vera de dos castillos: a la derecha del río, el de Castro Sarracín, de los siglos XIV-XV, si bien su origen se remonta a fines del X; al otro lado, se encuentran los vestigios del de Castro de Veiga. Ambos castillos se recuerdan cargados de misteriosas leyendas, entroncadas con la tradición celta. Es Vega mercado en los Ancares, especialmente cuando se aíslan las aldeas y se hace difícil la supervivencia en las pallozas.

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Bajé sobre las seis de la tarde. La encontré, tal y como había dicho, sentada en el banco de la entrada. Me hizo muchas preguntas y al enterarse de que enviudé, hacía poco, se mostró muy compasiva y dio rienda suelta a sus problemas. Acababa de salir de una depresión y aún no se encontraba curada del todo. Vino una hija suya, acompañada del yerno. Me presentó y amenizamos la conversación. Su hija trabaja en una Funeraria y el yerno la ayudaba. Parecía que les iba bastante bien. Yo les dejé en animada charla y subí al Albergue a saludar a los peregrinos. Esa tarde me encontraba optimista y como a los del Albergue les encontré un tanto tristones, me dediqué a contar anécdotas e historias, que les hicieron reír a carcajadas. Me decían que lo que más admiraban en mí era verme siempre alegre y como si acabara de empezar el Camino, por dura que fuera la etapa y en el punto en que me encontraran. Desde donde estábamos se divisaba, sobre un altozano, el Castillo. Me puse en pie y dije que, para hacer tiempo, iba a visitar los castillos. La carcajada fue general. Con esa alegría les dejé y me fui a la Parroquia, que queda muy cerca del Albergue. Allí había un corrillo de señoras dialogando con el Párroco. Saludé y pregunté a qué hora había Misa. El Párroco, un tanto sorprendido, dijo que no iba a estar diciendo Misa a todas horas. Me disculpé y entré a hacer un poco de oración. Entró luego él y trató de justificarse diciendo que, si en lugar de ser yo sólo hubiera habido más personas, entonces no le hubiera importado celebrar una Misa. Yo le dije que no se preocupara y que me encomendara en la primera Misa que celebrase. Salí y me fui hacia la Pensión. La señora me había avisado que ella, antes, daba también comidas, pero que desde que se quedó sola y ver que sus hijos no querían saber nada de la Pensión, tan solo ofrecía alojamiento. Por esta razón me dirigí a un bar de la Plaza y allí consumí un poco de cecina con pan y vino. Todavía estuve un largo rato, sentado en la puerta de la Fonda, contemplando cómo la espesura de los bosques iba cerrándose con la obscuridad de la noche; mientras recé el Rosario.

Diario de JUANJO ALONSO, Agosto/ 1997

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6 Respuestas a “(23) Etapa vigesimotercera: PONFERRADA – VILLAFRANCA DEL BIERZO (Camino Francés a Santiago)

  1. FRAGMENTO DE IACOBUS DE MATILDE ASENSI

    Tardamos dos días con sus noches en llegar a Villafranca del Bier­zo, la primera localidad donde hallamos, por fin, presencia hos­pitalaria. El trecho resultó incómodo y fatigoso porque, amén de viajar desde la caída del sol hasta el amanecer (durmiendo de día en improvisados escondites), el frío y la humedad nocturna pro­vocaron una dolorosa afección de oídos a Jonás, que se retorcía de sufrimiento como un penado en el tormento. Intentando evi­tar el flujo de purulencia, le apliqué con rapidez compresas muy calientes que le aliviaron un poco, sabiendo que hubiesen hecho mucho más efecto si el chico hubiera podido descansar en un cómodo jergón de paja en lugar de caminar bajo el relente de la noche a la luz de una fría luna de principios de octubre.

    Un freire capellán -o freixo, como él prefería ser llamado ­nos recibió al alba en la puerta de la iglesia de San Juan de Zíz, si­tuada al sur de Villafranca, en cuyos muros ondeaba el gallarde­te de mi Orden. Esta localidad, rica en vides desde que los «mon­jes negros» de Cluny trajeron las cepas de Francia, era famosa por una extraordinaria peculiaridad: en su iglesia de Santiago los peregrinos enfermos, incapaces de llegar hasta Compostela, po­dían obtener la Gran Perdonanza como si realmente hubiesen al­canzado la tumba del Apóstol. Es por ello que gran cantidad de gentes de todas las nacionalidades, clases y procedencias se arra­cimaban junto a sus muros sintiéndose allí un poco más cerca del final del Camino.

    El freixo hospitalario, un hombre robusto y torpe de escasa cabellera y ningún diente, se puso a mi disposición en cuanto le di mi nombre y mi cargo en nuestra común Orden. Rápidamen­te me ofreció su casa, una humilde vivienda de techo de paja pe­gada a los recios muros de la iglesia de San Juan, en la que desde hacía muchos años habitaban en hermandad un freixo lego de pocas luces y él. Ambos formaban una especie de destacamento o avanzadilla religiosa del Hospital en las puertas orientales de Galicia, reino este en el que mi Orden disponía, al parecer, de abundantes encomiendas, castillos y prioratos que, desde la de­saparición de os bruxos templarios, no hacían más que progresar e incrementarse. La casa principal, una hermosa fortaleza levan­tada en Portomarín y dedicada a san Nicolás, se hallaba a unas sesenta millas de distancia en dirección a Santiago. Con buenos caballos, dijo, no se tardaba más allá de dos días en realizar cómodamente el viaje. Sin ofrecerle demasiados detalles le hice saber que no estábamos en situación de comprar ni buenos ni malos caballos y que esperaba de su generosidad y compasiva disposición ese pequeño regalo. Cuando le vi titubear y balbucir unas tímidas excusas, tuve que ejercer todo el poder que mi rango de caballero hospitalario me otorgaba para borrar cualquier duda de su mente: necesitábamos esos animales y no había pre­texto posible. No le dije que nuestras vidas corrían peligro y que sólo en San Nicolás, el chico, Sara y yo podríamos estar a salvo. Además, tenía que quedarme en alguna parte a la espera de órde­nes de Juan XXII y de frey Robert d‘Arthus-Bertrand, gran co­mendador de Francia, que a no dudar estarían ansiosos por conocer los enclaves del oro templario, y la fortaleza de Porto­marín parecía el lugar adecuado para ello.

    Abandonamos Villafranca esa misma tarde a lomos de tres buenos jamelgos pardos y atravesamos…

  2. FRAGMENTO DE ‘PEREGRINATIO’ DE MATILDE ASENSI

    Cuando huimos de Las Médulas en aquella ocasión éramos presa fácil para nuestros perseguidores los templarios (un nombre muy alto, una judía de pelo blanco y un muchacho larguirucho), de modo que tuvimos que viajar de noche, durmiendo de día en improvisados escondites y pasando hambre y frío. Ahora no es necesario. Puedes continuar tu camino como un caballero peregrino que viaja acompañado por otro caballero de noble condición. De modo que dirigios tranquilamente hacia Camponaraya y Cacabelos y, desde allí, internaos en el valle donde confluyen los ríos Burbia y Valcarce hasta llegar a Villafranca del Bierzo, urbe que, como su nombre indica, está habitada por descendientes de peregrinos francos que decidieron quedarse en estas tierras a petición del rey Alfonso IV, aprovechando el núcleo formado por un cenobio cluniacense y dos hospitales. Eran tiempos en los que, tras la reconquista, las tierras ganadas estaban vacías y los campos abandonados. Villafranca es una ciudad rica que goza de inmejorables vinos, cuyas primeras cepas fueron traídas por los monjes de Cluny desde Francia. Pero, además, esta localidad es muy importante en el Camino por una destacada singularidad: en su iglesia de Santiago, los peregrinos que no están en condiciones de llegar hasta Compostela por hallarse enfermos pueden obtener igualmente la Gran Perdonanza cruzando el dintel de la Puerta del Perdón, la puerta norte del templo. En cualquier caso, no perdáis de vista que al sur de Villafranca se encuentra la iglesia de San Juan de Ziz, de la Orden del Hospital, así que procurad no acercaros demasiado, no sea cosa que el freixo que nos recibió entonces sea el mismo y te reconozca.

    Esta posición de los hospitalarios, San Juan de Ziz, es sólo una pequeña avanzadilla de lo que hay en tierras de Galicia, donde estáis a punto de internaros, pues allí tiene el Hospital abundantes encomiendas, castillos y prioratos. Frey Esteváo ha sido informado y estará siempre sobre aviso y ojo avizor.

  3. ‘LA FLECHA AMARILLA’ (1998)
    SUSO DE TORO

    Al pasar por Ponferrada, la del castillo templario, vemos personas de raza negra: trabajan en las minas. Hay humo en el aire y una juventud que gasta mucho dinero. Inspira desconfianza la prosperidad que viene del humo. Viene muy rápida, como la combustión, y a veces se desvanece de repente en el aire dejando dejando a la gente perpleja y silicótica.

    Estamos en El Bierzo y se nota Galicia cada vez más cerca, tan cerca que no sabríamos decir si ya no estamos en ella. Tampoco lo saben las gentes de aquí que ven la Televisión Gallega, que les habla en sus mismas palabras o en las de sus padres o de sus abuelos; no lo saben tampoco esas manos anónimas que pintan pequeñas banderas de El Bierzo con los colores de la bandera gallega en letreros y paredes. Nadie lo sabe con certeza. ”Bierzo celta ceive”, ha escrito alguien en ese muro, quizá tampoco él o ella lo sepa.

    Cacabelos es una villa próspera, hoy se celebra la fiesta de la Vendimia que organiza la Bodega Cooperativa todos los años antes de vendimiar. El escudo de la cooperativa es un racimo de uvas y una Cruz de Santiago. Hay pulpeiras, numerosas banderas gallegas entre los banderines y actúa la orquesta de una popular cantante de country -kitsch gallego. Abre la noche una cantante más joven, con buena voz, que se dirige a los asistentes en gallego.
    El sábado por la noche la calle por donde pasa el Camino estará animada, es la calle de copas.

    Hacia Vilafranca el sol se pone tras la cordillera, detrás de los montes llega el humo de un incendio. Una palloza, la vivienda llegada desde la edad del hierro, transformada en restaurante moderno. Barras americanas; no para los exhaustos y austeros peregrinos. El Camino, camín le llaman aquí, es bonito entre viñas. ”Camín = luz”, sobre un muro de cemento.

    El Camino entra en Vilafranca por lo alto, a un lado queda el moderno albergue municipal y al otro lado, allí subida, la iglesia de Santiago. Esta iglesia tiene una Puerta del Perdón que pueden atravesar con los mismos efectos de indulgencia plenaria los peregrinos que por enfermedad no alcanzasen la Puerta Santa en Santiago. Desde el valle suben campanadas, gente hablando a puro grito, asan sardinas, olor y humo de leña. Es de noche y Vilafranca es silenciosa, hermosa y triste.
    Por la mañana Isaías reemprende la andadura desde el albergue. Es un joven brasileño de Santa Catarina, en el sur de Brasil, que estudia ingeniería, y dice hacerlo por razones vagas de espiritualidad. Se apoya en un cayado que le ha dado un pastor subiendo los Pirineos desde Saint Jean Pied de Port, le ha sido muy útil. ¿Quién ha dicho que no existe el ángel del Camino?

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