(24) Etapa vigesimocuarta: VILLAFRANCA DEL BIERZO – O CEBREIRO (Camino Francés a Santiago)

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* llegando a O Cebreiro de la galería de JUANI

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La última jornada por tierras del Bierzo, una de las más bellas y duras, transcurre por el estrecho valle del río Valcarce, antes de acometer la ascensión de O Cebreiro, situado entre los Ancares y la sierra do Courel, y que, sin ser la cota más alta del Camino, supone en pocos kilómetros un gran desnivel.

‘Guía práctica del peregrino’

JOSE MARÍA ANGUITA JAÉN

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Villafranca del Bierzo es atravesada por la calle del Agua, que desemboca en el puente sobre el río Burbia. A partir de aquí se presentan dos opciones alternativas:

A) Por la empinada calle Pradela se inicia el ascenso del Cerro Real, acompañados por una vegetación de castaños, algunas coníferas y encinas, robles, retama, brezo, helechos… Durante el recorrido siempre está presente el fondo del valle, por el que discurre el río Valcarce, la carretera N-VI y el nuevo trazado de la autovía A-6. Tras cerca de unos 3 km, se faldea por el monte entre el matorral hasta que se comienza a descender entre los hermosos castaños, con Trabadelo ya en nuestro horizonte, Pereje, que se ha dejando en el valle, a la izquierda, y Pradela a la derecha. Surge una primera bifurcación, en la que se desecha el sendero que conduce a Pradela. En una nueva disyuntiva, aunque las dos alternativas llevan a la pista por la que se descenderá, el sendero de la izquierda, casi sin trazar, es más directo. Una vez alcanzada la pista se desciende por ella, abandonándola en ocasiones para evitar sus curvas. Tras 10 km, se entra en Trabadelo.

B) Por la calle Concepción se va a dar a la carretera N-VI, que directamente nos conduce hasta Trabadelo, pasando por Pereje. Su trayecto discurre por el fondo del estrecho y profundo valle del río Valcarce y siguiendo el curso de éste. Si antes era peligrosa la calzada, debido al intenso tráfico, ahora, gracias a la autovía, es un itinerario más tranquilo.

De Trabadelo se parte por la antigua N-VI, que en ocasiones distintas cruza el Valcarce y pasa bajo la autovía. Tras Portela, la calzada continúa a la vera del río, junto al bosque riberal.

Ambasmestas aparece en una curva. Y poco después junto al antiguo trazado de la carretera, se encuentra Vega de Valcarce. Tras Ruitelán y Herrerías (y el barrio del Hospital Inglés) se inicia el temido ascenso por pista asfaltada, aunque poco después se desciende de nuevo para cruzar el cauce del Valcarce. Por un camino enlosado se reinicia el ascenso, entre robles castaños y helechos. Pasada La Faba, el Camino continúa subiendo y antes de alcanzar Laguna de Castilla (última población de León) se atraviesan unas laderas de pasto, brezo y otros matorrales. A la salida de este pueblo, se toma el camino a la izquierda. A 1 km se encuentra el límite entre León y Galicia, donde un mojón nos informa de que quedan 152 km hasta Santiago. Poco más adelante, se alcanza el Cebreiro.

*NOTA PARA CICLISTAS

Para los ciclistas es mejor la opción de seguir la N-VI desde Villafranca, tomando su antiguo trazado en el km 418. Y desde Herrerías continuar por la pista de asfalto, en un durísimo ascenso hasta el Cebreiro.

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EXPERIENCIAS PEREGRINAS

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26.03.04.Viernes. Villafranca-O Cebreiro (736):

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O Cebreiro

*enlace: Camino de Escapadas

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Para mí, esta es la verdadera etapa reina. Muchos kilómetros y mucho monte, mucha cuesta. Así que tras un buen y energético desayuno, en vez de tomar el camino que va por el arcén de la carretera, me he enfrentado con la primera subida, aquella que reza: “Camino muy duro solo para buenos caminantes”.

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Naturalmente iba con mi mochila. No he caido en la tentación de mandarla en coche hasta O Cebreiro como otros han hecho. Mis pecados vienen conmigo. El primer repecho es realmente duro. Como llevo muchos días caminando estoy en buena forma y si no la he superado con facilidad, si la he culminado con buen humor. Subiendo y subiendo, la vista del valle se hace más y más espectacular, más amplia. Después los bosques de castaños centenarios, casi milenarios, el rumor de las hojas en el sendero, el silencio del campo, premian a aquellos que puedan elegir esta ruta. Desde esa paz se ve a otros abajo, cual hormigas, caminando por la gris serpiente de la carretera.

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Bajada O Cebreiro

*enlace: Camino Dr. Yuri

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Y si la subida es dura, la bajada no lo es menos, no decepciona. Pobres de aquellos que pesen mucho y hayan de soportar su masa en estas pendiente, pobres de sus rodillas. Mucho corazón han de tener para meterse en estas aventuras.

Mientras dominaba el vertigo me he encontrado un guante izquierdo solitario y abandonado. Lo he recogido y por ser de gran calidad y hacer frio me lo he puesto en la mano que llevaba el bastón, pues soy zurdo de natural, derecho por hábito y educación. Que como los futbolistas buenos que chutan y meten goles con ambas piernas, yo defiendo la idea de que para ser un individuo completo hay que ser ambidiestro.

Y así he llegado a la carretera, más tranquila desde que se ha inaugurado la autopista, colosal obra de ingeniería que me admira. El arcen pintado en amarillo y protegido por una valla hace algo más agradable y mucho más seguro los kilómetros que por ella transcurre el Camino. Al abandonarla y entrar en las comarcales uno se enfrenta a la realidad de otro mundo. Esto es Galicia aunque la burocracia no lo diga. El paisaje y el paisanaje, la arquitectura, el campo y los hábitos así lo atestiguan. Poco a poco van llegando las primeras rampas, todavía suaves de lo que todos temen. Mientras, una nueva molestia en mis pies reclama mi atención, hay algo que no va bien en mis talones. Me dejo de tonterías y tras hablar un rato con un hombre que tiene a las vacas pastando y que no me deja ir, me meto en el sendero, en el barro, en la verdad de este día. Y así, resollando, poco a poco, pasito a pasito, voy subiendo entre vacas y campos verdes, cada vez más arriba, cada vez más alto, cada vez con mayor horizonte.

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Y es aquí, cuando más cansado voy, cuando el sudor empapa mi cuerpo en esta fría tarde, cuando más perdido estoy en las profundidades de mi mente, cuando un perro me ataca justo desde encima de mi cabeza. Agotado, pego un bote que me lleva al otro lado de la “correidora” desde donde todavía con el corazon en la boca veo al animal. El muy canalla es albino, mil leches y cascarrabias. Está atado y vigila su territorio desde lo alto de la valla por la que corre el Camino. Le llamo tontolaba, gilipollas e hideputa y pienso en agacharme para coger una piedra, algo que todos los perros temen porque saben que les puede hacer daño. Pero recapacito y le sonrío. Está haciendo su trabajo, lo hace bien y es la única diversión que tiene en este perdido y maravilloso rincón del mundo. Y pienso en lo que se reirá cuando recuerde el susto que me ha dado y el bote que he pegado incluso cargando con mochila. Así que acabo sintiéndome como Francisco de Asis y mientras me alejo con el corazón todavía alborotado y una buena sonrisa en mis labios, le digo: “Agur hermano perro, que austes mucho y bien”.

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Y poco a poco, cada vez más suavemente porque las rampas son más asequibles, porque el cansancio deja mis piernas escayoladas, rígidas, voy llegando a lo alto, desde donde vislumbro un paisaje maravilloso del valle y las montañas. Somos unos afortunados los que hoy llegamos aquí por recibirnos Galicia con un tiempo tan bueno, tan luminoso, tan claro, tan frío, en el que la visibilidad es extraordinaria.
Pero este sentimiento de paz y felicidad se desvanece al entrar en este primer albergue de la Xunta, en donde aparece un problema que los peregrinos tememos, que nos indigna: El refugio está completo porque hay dos colegios. Yo que he ido por el camino largo y difícil, con mochila, he llegado el último y por poco me quedo en la calle porque quedaban sólo dos camas libres en el albergue. Y no me he podido duchar, habiendo llegado empapado de sudor, porque los niños habían gastado el agua caliente cuando han venido tan ricamente en buses, fresquitos.

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No creo que sea justo que alguien pueda reservar 50 plazas y nosotros no podamos hacerlo para una persona, que además viene andando. No pido privilegios sino que se cumplan las normas. Que no se acepten reservas de nadie, que tengan preferencia los que vienen andando y que los que van en autobús o vehículos motorizados se vayan a los hoteles, que para eso están.

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Así que de un humor de todos los diablos, descentrado por el bullicio del refugio tan ajeno al mundo del peregrino, me he ido a tomar un riveiro y un queso del lugar.

Y allí, con otros peregrinos he recuperado la serenidad. Y el buen humor al pedirme un compañero el guante que todavía llevaba puesto y que él había perdido. Y contarme la anécdota de que su compañero se había dejado los suyos en el refugio de Villafranca y otro peregrino se los había subido. Y ya metidos en historias me ha contado una alemana que había perdido su móvil y un compatriota lo había encontrado subiendo y se lo había dado.

Qué pena no haber perdido hoy un amor…

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Tras cenar nos vamos corriendo al albergue porque el frío es glaciar y hasta los de Burgos se espantan de la temperatura. Preparado ya para dormir, sereno, me miro los talones y veo que tengo dos hermosísimas ampollas de sangre. Quien lo entiende, con más de 700 kilometros en mis pies y ahora empiezan con estas tonterías. Así que castigados por imbéciles los he mandado callar y a la cama, que no son horas para hacer el sinsorgo, que para eso ya tenemos a los colegios, que no callan y ya son las 23h.

Diario de ALFONSO BIESCAS, Marzo/ 04

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Vega de ValcarceO CebreiroAlto do Poio

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Castillo de Sarrac�n

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Creo que esa noche soñé con alguna de las leyendas medievales del Castro Sarracín y, sobre todo, con la dureza de la etapa que debía realizar al día siguiente. Me desperté, como siempre, a las 5,45 h. Sin pereza me duché, aseé y acondicioné bien mi mochila. Me esperaban 10 kilómetros de dura ascensión. A las seis y media cruzaba el puente sobre el Valcarce. Me detuve para echar un último vistazo sobre el pueblo. Aún no había amanecido y el cierzo se empezaba a despegar de la superficie del río. Al contemplar tanta belleza mi alma estalló en una acción de gracias al Creador. ¡Todas su obras son maravillosas!

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Hacía frío y al observar que la cafetería-pastelería de la carretera estaba abierta, me dirigí hacia ella y dejando mi mochila en el exterior, me introduje en el establecimiento. Como me extrañó encontrar a una hora tan temprana un servicio de hostelería abierto, lo comenté con la dueña. Ella me aclaró que, siempre que ve peregrinos en el Albergue o por el pueblo, procura abrir pronto, porque sabe que madrugamos mucho. Pedí chocolate con ensaimada y un vaso de leche fría. Compré dos botellitas de agua y, agradeciéndole su gentileza, me dispuse a emprender mi ascensión con brío y coraje. Al salir saludé a cuatro peregrinos que también habían venido a cargar sus pilas. ¡Buen Camino!

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Ruitelán

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Como a unos veinte minutos pasé por Ruitelán, que conserva una modesta pero encantadora Iglesia románica de ábside rectangular, de gran tradición hispánica, que debe pertenecer a finales del siglo XI o principio del XII. Se encuentra nada más cruzar el río.

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Herrer�as

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Entrando en Herrerías volví a encontrarme con una familia francesa, padres y una hija de unos quince años. Los tres gozaban de una vigorosa salud, y de bastante humanidad. Iban muy fatigados y, al saludarles, me pidieron que no retrasara mi ritmo, que ellos debían tener presente su condición y que irían haciendo paradas según se lo pidiera el cuerpo. Eran muy simpáticos y les animé con la tan manida frase de lo importante es llegar y añadí: Santiago está sentado y no tiene prisa; hace 20 siglos que nos espera. Les hizo mucha gracia y tomaron el cuaderno para apuntar la frase.

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Al final de Herrerías, en las últimas casas, se dice que estuvo el Hospital de Ingleses. A unos trescientos metros volví a cruzar el río e iniciar, todavía por la comarcal, una pendiente que dudo mucho fuera capaz de superar un coche en primera. A mis espaldas oí el resuello de un peregrino joven, que me dio alcance. Me volví para saludarle y poco más pudimos decir, porque necesitábamos toda la ventilación de nuestros pulmones para respirar. Como a un kilómetro apareció a la izquierda un sendero, que bajaba al vallecillo.

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Cruzamos de nuevo el río y empezamos el colosal ascenso por la montaña. Le dije al joven peregrino que él fuera a su paso, porque yo no era muy buen escalador. Me lo agradeció y se puso delante. A pesar de que todos los días y, de forma especial éste, me rociaba con el spray ahuyenta-insectos, todos los tábanos, moscas y mosquitos de los Ancares arremetían contra mi piel y nada podía hacer para evitarlo. Esto suponía que, además de hincar el bordón en el sitio adecuado, agarrarme con fuerza a los matorrales y buscar el punto de apoyo para no resbalar, debía espantar, constantemente, con la mano que tuviera libre a los enemigos matutinos de cada etapa peregrina. El camino, vereda o pista, como se quiera llamar, es más bien una pendiente que, para superarla, hay que escalar.

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Procuraba no mirar hacia arriba, pues tan solo encontraba un camino cerrado por el bosque; en cada recodo esperaba ver alguna claridad, indicadora de haber superado la prueba, pero esto no sucedió hasta bien pasadas dos horas de continua ascensión.

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La faba

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A la entrada de la Faba, sentado en una roca y vaciando botella tras botella de agua, estaba mi predecesor. Me dijo que tan sólo hacia un cuarto de hora que había llegado. Le pregunté si eso me lo decía para consolarme y, sonriente, me dijo que era la pura verdad. También él había sentido la tentación de pararse y no continuar. Despojándome de la mochila, empapada de sudor y no digamos nada de mi camisa y pantalón, saqué mi botellita de agua y empecé a vaciarla. Enfrente de donde estábamos había una fuente de fresquísima agua y unos paisanos de la Faba nos indicaron que bebiéramos sin miedo de ella, porque era muy sana y recuperadora. Llené mis botellitas y creo que metí dentro de mi estómago algo así como dos litros. Recuperado pude integrarme en la sorprendente belleza del paraje.

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La Faba es un pueblo, casi como una aldea, cuesta arriba, cuesta abajo, muy de montaña y rodeado de frondosa y verde vegetación. Alguna casa guarda el empaque de mansión-palacio o casa solariega. Precioso; no me importaría vivir en él.

Cuenta la historia que el Obispo de León, San Froilán, se estableció como eremita por estas tierras. La Faba y el Cebrero separan León de Galicia, donde se une el cielo y la tierra.

Ahora, juntos, reemprendimos la subida a Laguna de Castilla. El paisaje se abre ante la ausencia de vegetación. Caminamos por una pista de arena y piedra, muy propia de alta montaña. Al llegar a Laguna, coincidimos con la salida de vacas de un establo y que se encaminaron por la misma pista en dirección hacia nosotros. Era evidente que no cabríamos todos, así que nos apartamos como pudimos para dejarlas pasar, pero ni así lo logramos.

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Diario de Mario Calvo

*enlace: Camino de Mario Calvo

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El vaquero nos indicó que no las asustáramos, porque podían darnos una coz. ¡Lo que nos faltaba! Por fin, y con un potente olor a vaca en nuestra ropa, logramos continuar camino arriba. A unos seiscientos metros, en una bifurcación, se toma la ruta de la derecha, que se convierte en pista y, enseguida, se encuentra un mojón indicador del kilómetro 152,5, que son los que faltan para Santiago. Muy próxima se halla una gran piedra con el escudo gallego, que señala la entrada en la comunidad a través de la provincia de Lugo.

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Pallozas

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Santa Mar�a

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El sol ya estaba en pleno cenit y el calor dificultaba más el ascenso; no obstante, como todo esfuerzo tiene su premio, de pronto me encontré en el asfalto de la carretera que circunda O Cebreiro. La emoción embargó todo mi ser. Allí estaban las pallozas soñadas; allí estaba la iglesia de Santa María la Real; allí se encontraba el Relicario del Santo Milagro del Cebrero. Aún no me lo creía y, sin embargo, ya me encontraba en el interior de la Iglesia, avanzando hacia el Relicario en el que se venera el Cuerpo y la Sangre de Cristo, encerrados en unas ampollas de cristal de roca.

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relicario

*Mérida – Fisterra

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Caí de rodillas ante el Santo Milagro. No puedo relatar el cruce de sentimientos que embargó mi alma. Lloré y lloré con incontenibles lágrimas de emoción. A sus pies estaba este peregrino, bañado en sudor, aferrado a su bordón, mientras el peso de su mochila le hundía, cada vez más, en el reclinatorio. No sé cuánto tiempo estuve mirando, con los ojos empañados por las lágrimas, el Sagrado Misterio. Quise acercarme pero, con gran cariño, un franciscano me pidió que no lo hiciera; podía servir de ejemplo y los demás también lo harían y podía dañarse el relicario. Me dijo que le siguiera hasta la sacristía, para sellarme la Credencial y para que me explicaran el Milagro.

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Tau

*enlace: Historia y significado de la Tau

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En la Sacristía estaban dos frailes más; mi acompañante me dejó con ellos. Se interesaron mucho por mi peregrinación. Al verme tan emocionado, uno de ellos me miró al pecho y dijo que había algo en mi persona que le evocaba la imagen de los peregrinos históricos. En mi camisa, junto al corazón, llevaba una medalla de Santiago y al cuello la Tau, que me había regalado Luigi en Castrojeriz. Le pedí al franciscano que me aclarara el significado de esta cruz.

Me dijo que en el Antiguo Testamento fue la señal que los israelitas llevaban en la frente para que el Ángel exterminador no los matara. Luego el otro me explicó el Milagro del Grial.

Les pedí su bendición y ellos, a su vez, me pidieron que les tuviera presentes en el abrazo al Apóstol. La Iglesia del Milagro es románica del s. XI sobre fundamentos de otra del s. IX. Tiene planta basilical de tres naves con bóvedas de cañón. La imagen de la Virgen titular es una talla del s. XII. En la nave de la derecha se encuentra el Relicario. El franciscano me contó el relato del milagro de la siguiente manera:

Por el año 1300, en una mañana de violenta ventisca, llegó a oír Misa un pastor del vecino pueblo de Marxa Major. El monje, que celebraba la Misa, pensó para sus adentros: ¡Será burro, hacer este camino con este tiempo, sólo por un poco de pan y vino! Instantáneamente, las especies eucarísticas se convirtieron en carne y sangre. El hecho fue difundido por todo Europa y, hasta Wagner parece que se inspiró en él para su Parsifal.

El relicario, consistente en dos ampollas de cristal de roca, y dos estuches de plata para su protección fueron regalados por los Reyes Católicos, durante su peregrinación de 1486. Me costaba trabajo apartarme de este acogedor lugar. A la salida de la Iglesia vi a un señor que vendía fruta, hortalizas, huevos y miel. Compré unos higos de hermoso aspecto y, sentándome junto a la carretera, los comí. Luego, continué el Camino. Aún cuando los lugareños te animan, diciendo que lo peor ya ha pasado y que, a partir de ahora, se marcha por suaves pendientes, la verdad es que cada suave descenso supone una nueva cima a coronar y esto sobre un cuerpo que ya lleva más de 5 horas de penoso ascenso, termina agotando al más joven y fuerte de los peregrinos.

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aLTO DE SAN ROQUE

*enlace

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Al poco de coronar el Alto de San Roque, a la izquierda del camino existe un monumento en bronce del Apóstol Santiago de muy buena factura. Es imponente, y raro es el peregrino que no posa ante él para su álbum de fotos.

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Hospital de la Condesa

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A mi no me fue posible por no disponer de cámara ni de acompañante. No llevaría más de hora y media andando cuando por Hospital de la Condesa me encontré con el joven peregrino, Javier creo que se llamaba, y que me dijo si sabía bien por dónde íbamos. Estaba desfallecido y prefirió continuar conmigo hasta donde se pudiera recuperar. Comentamos la dureza de esta etapa, y procurando hablar lo menos posible para no perder el aliento, continuamos en fila de uno.

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Desde el Camino veíamos muy por encima de nuestras cabezas la carretera LU-634 y el transitar veloz de los vehículos. Por nuestro desfiladero se hacía sentir con fuerza el calor, principalmente por la humedad del valle.

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En Padornelo hicimos una parada, sentados en el brocal de una fuente. Allí repusimos fuerzas para atacar el último obstáculo de la mañana: la subida al Alto do Poio: trescientos metros de desnivel semejante al que habíamos acometido en la subida a La Faba. Creí morir.

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Arriba está el Albergue; a la puerta había unas sillas y mesas con toldo. No hizo falta ningún comentario. Allí dejamos nuestras mochilas y sentamos nuestros cuerpos. Pedí un bote de Aquarius y luego otro. Fueron llegando peregrinos a pie y en bicicleta. Hicieron lo mismo que nosotros, si bien con otro aire más mundano y de superioridad. Los de las bicicletas hicieron gala de su vocabulario soez y blasfemo, mientras denostaban las condiciones del Albergue. Yo me acerqué para ver las posibilidades de alojamiento que ofrecía y, en verdad tan solo consistía en un almacén en el que se podían poner unas colchonetas con la garantía de que la bomba del agua la apagaban durante la noche para que no molestara (?).

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Cuando se marcharon los peregrinos, vino hacia mí la Hospitalera a preguntarme cómo había llegado hasta allí. Al contestarle que por la pista que sube de Padornelo me dijo que la estaba engañando, que yo no tenía aspecto de haber venido andando. Que me habrían traído o habría venido en coche. A pesar de asegurarle sobre mi condición de peregrino a pie, no se lo creyó. Entre que no veía espíritu de acogida ni ganas de servir, y para colmo no creía lo que le aseguraba, pagué y crucé al otro lado, donde estaba el Hostal de Santa María. Allí fui muy bien acogido y atendido. Decidí quedarme a comer y dormir. Subí a mi cuarto, me duché y cambié. En el comedor una familia, compuesta de padres, abuelos, hija y yerno, me miró y saludó muy cariñosa. Su mesa estaba contigua a la mía, así que conversamos durante toda la comida. (En este Hostal he comido las patatas guisadas con carne más ricas de mi vida). Al acabar, me invitaron a café y me pidieron que cuidara de sus hijos. Habían decidido hacer el Camino a pie y ellos creían que no estaban preparados para hacer tantos kilómetros hasta Santiago. Yo les dije que no era cuestión de hacer muchos kilómetros por día, sino de ir haciendo camino de acuerdo con sus fuerzas y que, por supuesto, si en algún momento necesitaban de mi ayuda, podían contar conmigo de mil amores. La hija me lo agradeció, pero pensaba que sus padres estaban equivocados y que ellos podían perfectamente hacer el camino andando. Si por el contrario, vieran que no podían continuar, decidirían lo más conveniente. Le dije que me parecía bien y me retiré a dormir un poco. A eso de las cinco y media, bajé a pasear por la carretera y rezar el Rosario. Un matrimonio subía despacito hacia el Hostal; al pasar les saludé y el marido me dijo algo que no entendí. Pedí que me lo repitiera y la mujer me hizo señal de que no se encontraba muy bien. Tenía dificultad para hablar. Había sufrido una hemiplejia y tardaría mucho tiempo en recuperarse. Me decía que yo era tan alto como su hijo y que él también había sido muy alto, como yo. Todo esto lo repetía con gran dificultad una y otra vez. Ella lloraba mientras se lamentaba de porqué les pasaba eso a ellos, que no hacían daño a nadie y que además eran religiosos. Yo traté de animarla y, enseñándole el rosario, le prometí pedir mucho a Dios por los dos. Como me pareció que tenían acento catalán les dije una frase en este idioma y la alegría fue tan grande que empezaron a hablarme todo en catalán. Yo les comenté que viví 23 años en Barcelona y que Merche, que había fallecido en Madrid, era de Barcelona, sobre todo se sentía española y que nuestros cinco hijos todos habían nacido en Barcelona. Terminamos nuestra charla dándonos un fuerte abrazo y prometiéndoles que les tendría presentes ante el Apóstol. Yo seguí paseando hasta la puesta del sol. La vista de estas montañas a esas horas de la tarde era maravillosa. Hablé con la Moreneta; con mi Ángel de la Guarda y con mi Señor y Creador. Así regresé al Hostal en el que empezaban a dar la cena.

Diario de JUANJO ALONSO, Agosto/ 1997

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8 Respuestas a “(24) Etapa vigesimocuarta: VILLAFRANCA DEL BIERZO – O CEBREIRO (Camino Francés a Santiago)

  1. OTRO CAMINO EN RED:

    En la que seguramente sea la etapa más dura del Camino, el peregrino abandona tierras castellanas y entra de pleno en Galicia. Los paisajes bastos y extensos que le acompañaban desde La Rioja se convierten en verdes praderas.

    El paso natural desde Villafranca a tierras gallegas es por el valle de Valcarce. A la salida de esta, al peregrino se le plantean dos opciones: seguir por todo el valle o hacer 13 kilómetros por la montaña subiendo a la aldea de Pradela. Esta última vía es desaconsejable debido a su elevado desnivel.

    Tras pasar Trabadelo, Portela y Ambasmestas, llegamos a Vega de Valcarce, el pueblo más grande de este valle que ofrece todo tipo de servicios al peregrino. Muchos peregrinos prefieren dormir aquí para afrontar el día siguiente la subida al O Cebreiro.

    La carretera va ganando altura y ya se intuye la cercanía de la ascensión. Hasta Las Herrerías es prácticamente llano, pero en esta localidad comienza la verdadera ascensión. 8 kilómetros que harán que la subida por uno u otro motivo sea inolvidable.

    Tras 3,5 kilómetros, que se hacen eternos, llegamos a La Faba donde la pendiente se suaviza.

    Todavía quedan otros 5 kilómetros de ascensión. A la mitad aproximadamente se encuentra Laguna de Castilla, última localidad leonesa. Un poco más adelante se encuentra el límite provincial y entramos en Galicia. Un mojón indica la distancia restante hasta Santiago: 152,5 kilómetros.

    La ascensión continúa y parece que nunca se va a terminar, pero las típicas pallozas y la aridez de las alturas nos indican que el Santuario y la culminación de la ascensión están cerca.

    Finalmente llegamos a O Cebreiro, un lugar mítico en el Camino. La ascensión, aunque dura, ha merecido la pena. De todas formas, es cosa del peregrino valorar la ascensión y disfrutar de ella.

  2. Pingback: AYMERICH PICAUD - xiv - (pasando el Cebrero) « Blog Archive « EXPERIENCIA PEREGRINA

  3. POR EL CAMINO DE LAS PEREGRINACIONES
    ÁLVARO CUNQUIERO

    El madrugón abrió el apetetito. Despertaba Piedrafita bajo el tibio sol otoñal cuando los viajeros llegaron a lo alto. Lo primero, retratar el letrero que en la carretera que viene de León y de Castilla -y pues el alma sueña el camino, de Roncesvalles y París, de Colonia y de Salzburgo, de Varsovia y de Tilsit…. -anuncia que estamos en Piedrafita, en la vecindad de Santa María del Cebrero. En una fuente lavan unas mozas, tempraneras, vinieron al agua con el alba.

    – Es que apenas hay agua, con la sequía -dice la rubia, apartando, con la mano mojada, un dorado mechón que le caía sobre los ojos.

    Casta germánica -me digo yo- y recuerdo a un amigo de Antonio Rosón en Lamas de Viduedo, a pocas leguas, en cuya mesa comí hará un par de años; y que se nos apareció en la puerta de casa, alto, rubio, claros los ojos, como si hubiera quedado en altas uceiras uno de los campeones de Gunderedo. Que hasta aquí llegaron los depredadores de largas lanzas, después de dejar muerto en Fornelos al Obispo de Iria, Sisnando. El normando de Lamas de Viduedo tenía un mirar noble y lejano, y estaba en la proa de tierra arenisca de su aldea sobre el mar de los oscuros montes como un verdadero vikingo en la osada nave en el ancho mar. Esta gente ama los dilatados horizontes.

    Antes de hacer el camino hacia el Cebrero buscamos en Piedrafita dónde comer unas magras de Jamón. Hay que entrar en cuatro o cinco bares y tabernas hasta dar con él. Una mujer joven, gruesa, colorada, que está sacándole brillo a una cafetera del último modelo, nos promete un buen jamón y deja en la mesa un anticipo de pan blanco, reseco pero sabroso, y una jarra de vino.

    – Es nuevo -anuncia.

    El berciano está ácido y crudo, pero tiene un lindo color. Viene el jamón con una punta de ahumado que le hace gracia, y hacemos en silencio el desayuno. El sol ha levantado la bruma. Preguntamos por el señor cura, que pretendemos suba con nosotros hasta el santuario del Cebrero.

    – Vai de viaxe.
    – ¿En Lugo?
    – ¡Non señor! ¡En Francia!

    Se oye aquí un gallego claro y reposado. El señor cura acaso se acerque a Aurillac, a saludar el sepulcro de San Giraldo, que fue a lo que parece, quien fundó en el alto Cebrero. No necesitamos llaves de iglesia, nos advierten, que están haciendo obras de restauración. Lamentamos no poder venerar las reliquias ni fotografiarlas. Echamos a andar hacia el Cebrero. Pasa un rapaz apurando un rebaño de ovejas blancas y una pasea, sola, la desierta carretera. El viento anda arremolinado y echa hacia el suelo el humo que sale de las chimeneas. Pronto, desde una vuelta del camino, le diremos adiós a Piedrafita, que se tiende, blanca, a ambos lados de la carretera.

  4. Pingback: A Santiago fui… « Los cuadernos de Yladah

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