(12) Etapa duodécima: SAN JUAN DE ORTEGA – BURGOS (Camino Francés a Santiago)

EN PREPARACIÓN

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EXPERIENCIAS PEREGRINAS

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Alfonso Biescas

14.03.04. Domingo. Atapuerca-Burgos (348):

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Hemos dormido bien aunque la noche ha sido muy muy fría. Envueltos en mantas, con cuatro encima y dentro del saco, el mundo se ve más calentito. La helada ha sido impresionante. Con el alba ya nos habíamos levantado y teníamos todo recogido. Hemos esperado hasta las 8.30h en que abrían la Casa Rural de al lado para poder desayunar. Y hemos preferido pasear y ver la salida del sol que quedarnos en el refugio en donde hacía muchísimo más frio. El campo estaba blanco cual nevado, por la escarcha. Las ovejas, cubiertas de lana, callaban. Les hubiera salido demasiado temblón el balido, el “beee”… Nos hemos comido un montón de tostadas y hemos pedido más. Parecíamos lobos. Da gusto sentirse bien y tener hambre.

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Placeres sencillos que la forma física produce. Parece que casi todos vamos superando los males y sólo quedan pequeñas secuelas. Mis tobillos empiezan a responder y el catarro ya casi no me molesta. El Camino es un magnífico chequeo, ya que si algún mal te ronda, te acaba mandando para casa. O se te cura.

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El cielo tiene un azul que sólo es posible encontrar en Castilla. Maravilloso. El campo está verde cuando no blanco. El camino es bonito. Es un placer sentirse bien y libre, avanzando poco a poco hacia nuestras ilusiones, descubriendo día a día un mundo en nuestro interior, equilibrando todo aquello que desconocíamos, compartiendo con otros la belleza de la vida, de la luz.

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La mañana va templando y empieza el calor, especialmente al llegar a una pista nueva que recorre lo que antes era un maravilloso sendero. La tierra está blanda, el barro fresco y es imposible andar. Se pega a las botas y hace muy dificil el caminar. Parecemos “Drag Queens” con plataformas en los pies. El peso dificulta los movimientos hasta llegar a la carreterita comarcal que nos llevará hasta Burgos.

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Llegar al refugio una vez que se ha pasado la primera casa de la ciudad lleva un buen rato. Hay nueve (9) kilómetros desde la entrada hasta el albergue. Eso significa unas dos horas de caminar por polígonos, áreas suburbiales y centro urbano. Hay quien prefiere coger un autobús en el principio y evitarse este trago. Pero la mayoría preferimos seguir caminando.

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Dado que es domingo, en muchas iglesias hay Misa y ello permite visitarlas. Maravillosas todas ellas, cada una en su estilo. Los feligreses nos ven entrar, sucios y morenos, cojeando, y expresan sus sentimientos con una sonrisa. Es agradable ver que te acogen con cariño.

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Al llegar al río un pato pasa haciendo rafting. Esto suena raro, pero es la pura verdad. Desde el puente me he parado a ver las aguas pasar. Siempre lo hago, me atraen. Y cual no ha sido mi sorpresa cuando entre los pequeños rápidos que allí se producían ha pasado un pato dejandose llevar por la corriente, pero controlando la situación. Y daba la impresión de que iba encantado, disfrutando. Luego me preguntaba cómo volvería al origen, pero los patos tienen muchas posibilidades y además son muy listos. Este es capaz de coger el bús.

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Finalmente la Catedral aparece en todo su explendor. Restaurada es de una belleza sublime, extraordinaria. Es inevitable entrar un momento antes de continuar. Tanta maravilla atrae poderosamente. Al refugio todavía no ha llegado nadie. O han llegado y prefieren seguir. Pero esta ciudad merece muchas horas para admirar todo el arte que posee. Así que tras elegir litera, de vuelta a la Catedral para visitarla con tranquilidad. No tengo palabras. La última vez que estuve aquí estaba vieja y sucia y ahora está inmaculada en una extraordinaria restauración. Se me va la tarde admirando tanta piedra labrada, me falta tiempo. Cierran y he de salir. Y finalmente puedo cerrar la boca.

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Cuando vuelvo al refugio se me ha hecho tarde. Estoy en el límite. Se ha llenado de peregrinos. Un grupo de ciclistas ha completado el cupo. Hace calor y hay buenos roncadores. Va a ser una noche completa.

– Diario de ALFONSO BIESCAS, Marzo/ 04 –

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10. Rabia en el interior

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Diario de mirada de agua

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San Juan de OrtegaBurgos
30 de septiembre de 2004

Se cumplen once días caminando y he llegado a Burgos. Anímicamente muy bien, con vitalidad y fuerza interior. Fuerza física también, el gran inconveniente son los pies, concretamente las ampollas, están muy infectadas, me encuentro mal.

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Desde Roncesvalles a Burgos hay aproximadamente 236 kilómetros, sale una media aceptable. Lo que me produce mucha rabia es que tenga los pies en este estado tan lamentable, y más circunstancias que no me quiero reconocer a mi misma.

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Al llegar a Burgos se despiden los Albertos de Miranda de Ebro, José de Salamanca y Cristina. Cristina que comenzó conmigo en Roncesvalles cumplía sus etapas previstas llegando a Burgos, tenía que viajar a Bilbao pues se incorporaba a trabajar.

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Sentimos una emoción muy grande al llegar a la plaza de la catedral de Burgos, es preciosa, magnífica. La había visitado varias veces y todos los recuerdos que tenía guardados vinieron a mi cabeza cuando llegué a ella. Una mezcla de sensaciones tremendas, recordaba un viaje que hicimos con mis padres, eramos mis hermanos y yo muy pequeños, otro con mis abuelos. Me emocioné al pensar en mi abuelo, cuánto lo extrañaba.

Creo que cuando el cuerpo está cansado, y al pasar por etapas tan sacrificadas, admiras la belleza de otra manera, reconoces la belleza en las pequeñas cosas de una manera mucho más fácil. Una mezcla de alegría, tristeza, melancolía, amor, gratitud.

Tan emocionada me encontraba que no veía a Angel en la plaza. Angel venía desde Guadalajara para este fin de semana, sábado y domingo, quería caminar conmigo. Nada más me vio, me dijo “¡qué hecha polvo se te ve!”. Este es Angel.

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Nos tomamos un helado en la terraza de la plaza, eran las cinco de la tarde. Había que llegar al albergue, ducharse, hacer las curas a las ampollas y descansar. La verdad, no tenía ganas de seguir caminando. Fue ver a Angel y darme cuenta de dónde estaba.

Recordar por qué había terminado con la relación que teníamos, y de repente me sentía cabreada conmigo misma pues no era capaz de decirle que quería estar sola, se habían ido mi familia del camino hasta estos días, no me sentía juzgada por ellas ni por ellos, simplemente nos apoyabamos incondicionalmente.

Y ahí estaba Angel, protegiéndome, dirigiéndome, eso sí, con toda la buena intención del mundo, pero me sacaba de mis casillas, me sacaba de mis casillas otra vez. Angel es una persona extraordinaria, muy generoso y con un enorme corazón, creí estar enamorada de él, pero me di cuenta de que no era así, de que había algo que me sacaba de mis casillas, una sensación similar a la que me producía mi padre. Adoro a mi padre pero a veces me pone muy nerviosa determinadas actitudes.

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Nos dirigimos al albergue, me duché y me acompañó al centro de salud, me esperaba una decisión difícil de tomar. Debía de dejar de caminar por unos días, las ampollas estaban muy infectadas. Me daba mucha rabia. A regañadientes decidí no seguir caminando por unos días.
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Noche del viernes 30 de septiembre de 2004


“Tengo a mis pies el río y la arboleda, la piedra cincelada -agujas y crucero- frente a frente. En el encanto de la tarde leda la ciudad desposada -novia de ensueño- con el sol poniente”

(Bonifacio Zamora. Temas y paisajes, Burgos 1950)

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Al llegar al albergue después de venir del centro de salud, malhumorada, lo pagaba con Angel ¿por qué? ahora en este Camino, venía a mí parte de mi pasado, tenía que aprender una nueva lección.

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Sabía que Angel no tenía la culpa de mis males, ni la culpa de mi fracaso amoroso. Cuando decidí salir con Angel fue porque sentía que podía amar, que podía amarlo, que por fin había cerrado definitivamente la puerta de aquel amor frustado, aquel amor que me hizo sentirme una mujer abandonada, una mujer rota pero que con mucha calma y tesón había conseguido recomponer.

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Después de unos pocos meses supé que de Angel no podía enamorarme. Entonces lo hablamos. El tiempo se alía con nosotros para promover amistad. Decide que es buena idea venir a hacer el camino conmigo, un fin de semana y yo no era quién de negarme. Ahora estaba cabreada conmigo misma porque sólo miraba mi ombligo, porque no soportaba que en estos momentos él quisiera decidir por mí, me dirigiese de alguna manera y la verdad aprendí que todas las personas que nos rodean están para hacernos sentir mejor, aunque nosotras o nosotros nos empeñemos en lo contrario. Todas las personas con las que nos interrelacionamos sirven para hacernos la vida más fácil, para hacernos felices. Están aquí y aparecen para nosotros. Esta manera de plantear la vida por supuesto no hay que hacerlo desde una manera egoista, sino que más altruista.

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Tenía un fin de semana para aprender de mi relación de amistad con Angel, construiría en positivo. Así haría. Todo esto me lo planteaba camino del albergue. Al llegar ya todo lo veía de diferente manera, además me encontré en el albergue con Stalisnao, un italiano muy amigo, que había conocido y coincidido en algunas etapas y hacía muchos días que no sabía nada de él. Nos abrazabamos, me miró, sonrió y me dijo ” bela… me quedaré contigo… el lunes adiamo…”. Pobre, tenía un dedo muy mal, con una uña cayéndosele, pero con un espíritu enriquecedor que transmitía con su sonrisa.

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Y otra sorpresa, Leticia, también se quedaría el sábado porque de Burgos iría en autobús hasta cerca de Sarria y de allí andando a Santiago, quería seguir bailándole al sol y a la tierra pero más cerca de Santiago, y ya no disponía de días. Me encontré también con Jose Fernando, un barcelonés muy bueno que caminaba muy rápido, siempre llegaba el primero a los albergues y salía casi el último de ellos -a veces pensé que cogía taxis en algunos tramos, se lo dije, y no hacía más que reirse con la anécdota, pero sé que hizo todo el camino andando-.

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Nos fuimos todos a cenar para celebrar que algunos nos quedábamos convalecientes un fin de semana en Burgos “de vacaciones”, y otros como despedida porque continuaban. Dentro de mí estaba contenta, satisfecha, porque mi decisión era la correcta. Es necesario no apurar el camino. Es muy importante pararse el tiempo que se necesite para aprender. La armonía en uno mismo, armonía de cuerpo, mente y espíritu.
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2 de octubre de 2004

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Es sábado en Burgos, me despierto temprano como todos los peregrinos a las siete de la mañana. La luz de los días cada vez se va reduciendo más y por tanto también cambia la hora de levantarse, en los primeros días había algunos que se levantaban a las cinco -la mayoría a las seis- y ahora casi todos nos quedamos hasta las siete, me sigue pareciendo demasiado temprano, todavía no salió el sol. Me aseo y me visto con la sensación de pérdida, me corresponde despedirme de otras compañeras: las italianas, Sonia, y con lágrimas en los ojos me encuentro a la salida del albergue, ya en el camino a seguir, a más compañeras y compañeros que continúan. Me dicen: “seguro nos encontramos más adelante o te esperamos en Santiago, haces bien quedándote a recuperar”.

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Las despedidas no son lo mío y creo que tampoco lo de nadie ¿verdad? Decido que de camino que voy al centro de salud, a que me hagan las curas, también iré a la peluquería. Se me ocurrió que, ya que iba a descansar y ocuparme de mi cuerpo, me ocuparía de mi pelo. Una de los grandes inconvenientes tantos días fuera de casa porque al no usar todos los días suavizante -excesivo peso en la mochila- el pelo se vuelve insoportable.

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Les causó mucha gracia a las peluqueras atenderme, una gallega en la peluquería del barrio contándoles que venía de Roncesvalles caminando y que lo único que quería era que le lavasen el pelo y que le peinasen. Me preguntaron por el hospitalero que se hacía cargo del albergue: “¿está bueno, eh?”. Unas risas se echaron conmigo. El hospitalero estaba muy bien, si, pero mi pelo necesitaba un arreglo y no era para ligarmelo. Salí con una estima muy elevada, me sentía guapa la verdad, ya no me dolían tanto los pies. Hasta a Angel le sorprendió el cambio, pero el cambio no estaba sólo en mi pelo sino que ya me sentía bien. Todo volvía a colocarse en el sitio adecuado.

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Burgos es una ciudad muy bonita, y como dicen allí, sólo tiene dos estaciones la del tren y la de invierno. Se equivocan hacía una calor horrible para la fecha en la que nos encontrábamos. El fin de semana transcurrió muy bien entre charlas amenas, helados en las terrazas, visita al museo, recorrido turístico por la ciudad y casi no caminaba porque usábamos para movernos el coche de Angel. Con él todo se resolvió muy bien, somos amigos y nos comprendemos. Cenamos con Leticia, ella marchaba el domingo para Sarria.

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3 de octubre de 2004

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El domingo después de venir del centro de salud, decidí que el lunes saldría de nuevo a caminar, los pies no estaban recuperados del todo, pero algo mejor estaban, y necesitaba ponerme a caminar aunque hiciera pocos kilómetros. Me despedí de Leticia, seguiríamos en contacto a través de correos electrónicos. Y por la tarde, Angel marchó para su casa. Le agradecí que hubiese estado justo ese fin de semana, él no caminó pero fue una bendición para mí, resolví cuestiones que quedaban pendientes con él y además me hizo mucha compañía.

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Cuando todas y todos los que conocía del camino se fueron, volvía de nuevo a comenzar un camino sola. Y con todo lo que representaba, debería utilizar lo mucho que había aprendido hasta el día de hoy. La experiencia es un grado sabiéndola aplicar.

– Diario de GUADALUPE, Mirada de agua, Octubre/ 04 –

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5 Respuestas a “(12) Etapa duodécima: SAN JUAN DE ORTEGA – BURGOS (Camino Francés a Santiago)

  1. FRAGMENTO DEL IACOBUS DE MATILDE ASENSI…

    A mediodía, con el sol luciendo en lo alto, entramos en la magnífica y soberbia ciudad de Burgos, capital del reino de Cas­tilla. Ya desde la distancia, por el ajetreo de carros, gentes y animales, y por la cantidad de peregrinos que iban y venían a nues­tro alrededor, reparamos en que nos estábamos acercando a la más grandiosa de las poblaciones principales del Camino. A em­pujones tuvimos que abrirnos paso para cruzar el puentecillo que, junto a la iglesia de San Juan Evangelista, salvaba el foso y daba paso a la puerta de la muralla. Aunque el control era escaso por ser hora de comercio, los guardias nos pidieron los salvoconduc­tos y sólo después de examinarlos atentamente nos dejaron paso libre. La larga vía empedrada que cruza la ciudad de lado a lado, y que forma parte del propio Camino del Apóstol, estaba flan­queada por ruidosos mesones y bulliciosas posadas, por innume­rables tiendas en las que se vendían toda clase de mercancías y por pequeños obrajes de artesanos cristianos, judíos y moriscos. El olor a orines y excrementos era fuerte y penetrante, y flotaba sobre la ciudad como una emanación densa cargada de insalubres pestilencias. A buen seguro, los físicos de la ciudad no darían abasto para curar dolencias de pecho e intestinos.

    En lugar de buscar acomodo, como la mayoría de peregrinos, en alguna de las muchas alberguerías que se aglomeraban en torno a San Juan Evangelista, Jonás y yo pensábamos pedir asilo en el suntuoso Hospital del Rey, un opulento albergue regido por las dueñas bernardas del cercano Real Monasterio de Las Huel­gas. Sara, que apenas había abierto la boca desde San Juan de Or­tega, se despediría de nosotros en la grande y próspera judería de Burgos, donde pensaba alojarse en casa de un pariente lejano, un tal don Samuel, rabino de la aljama, que había sido almojarife mayor del fallecido rey don Fernando IV.

    Pasamos por delante de las muchas y ricas iglesias que jalo­naban la calzada, pero sólo ante la perfección y la monumenta­lidad de la catedral, sin parangón con ninguna otra edificación sagrada del Camino, enmudecimos y quedamos maravillados como si hubiésemos sido agasajados con una visión celeste y glo­riosa. Los siglos, quizá, conocerán Burgos por sus héroes, como el caballero Ruy Díaz de Vivar, de quien ya hablan las crónicas y los juglares, pero no dudo que la conocerán mucho más por su catedral, ejemplo de la belleza en piedra que puede crear el hom­bre con la inteligencia de su mente y la habilidad de sus manos.

    Por desgracia, sólo unos pocos pasos más adelante tropeza­mos ya con la aljama. Allí, en la puerta, nos despedíamos de Sara quizá para siempre, y era un momento que, sepultado por los re­cientes acontecimientos en Ortega y por los que se avecinaban con los Mendoza, había carecido de importancia hasta práctica­mente ese mismo instante, como si nunca hubiese de llegar, como sí no fuera posible.
    -No quiero que nos digamos adiós con tristeza -musitó Sara echándose su escarcela a la espalda con: resolución-. La vida nos ha unido dos veces y puede volver a juntarnos algún día. ¿Quién sabe?
    -¿Y si no es así? -preguntó Jonás, inquieto-. La vida tam­bién puede decidir que no nos encontremos nunca.
    -Eso no ocurrirá, guapo Jonás -prometió la judía pasán­dole la mano por el bozo de la quijada-. Las personas impor­tantes siempre vuelven. Todo gira en el universo, todo da vueltas, y en alguna de esas trayectorias nos encontraremos de nuevo. Os deseo lo mejor, sire Galcerán -dijo volviéndose hacia mí-. A vos es muy posible que no vuelva a veros.
    -Será difícil, sí -convine, rechazando en mi interior la ver­dad de sus palabras-, porque cuando todo esto termine regresa­ré a mi casa en Rodas. Pero si vais por aquella isla algún día, bus­cadme en el hospital de mi Orden.
    -No, sire…, no creo que vaya nunca Rodas. Aceptar ese consuelo sería absurdo. Sed feliz. Que Yahvé guíe vuestros pasos.
    -Que el cielo guíe los vuestros -murmuré entristecido, gi­rando sobre mí mismo. Sentía cómo se desgarraba mi corazón, cómo mis nervios se tensaban-. Vámonos, Jonás.
    -Adiós, Jonás -oí que decía Sara, alejándose.
    -Adiós, Sara.

    A poco de pasar la puerta de San Martín, descendiendo hacia el Hospital del Emperador -situado a escasa distancia del Hos­pital del Rey-, Jonás escupió lo que rumiaba:
    -¿Por qué tenemos qué separarnos de ella?
    -Porque ella ama a un hombre que se encuentra en esta ciu­dad y no podemos inmiscuimos en su vida -hubiera querido ser libre para gritar el dolor que sentía en mi pecho-. Si prefiere quedarse en Burgos, es cosa suya, ¿no te parece…? -la voz se me quebraba en la garganta-, es imposible llevarla a rastras hasta Compostela. Además, tú y yo tenemos nuestro propio asunto en Burgos, así que date prisa.
    -¿Qué asunto? -preguntó curioso.
    -Algo demasiado importante para ponerte al tanto en mitad de estos parajes -caminábamos ya dentro del recinto amuralla­do del Hospital del Rey, por una senda amplia entre altísimos ár­boles que nos conducía hacia una construcción con aspecto de fortaleza más que de santo cenobio de dueñas.

    Desde que iniciamos el viaje, no habíamos descansado en re­cinto más lujoso que el Hospital del Rey, donde los salvocon­ductos falsos nos abrieron las puertas de par en par. Dejamos de sentirnos pobres peregrinos para considerarnos cortesanos de la más rancia nobleza: regios aposentos gratamente caldeados por buenos fuegos, blandas camas con dosel, tapices en las paredes, telas finas, pieles de oso y zorro para los asientos, y abundantes raciones de bien preparada comida suficientes para alimentar a los ejércitos castellanos de Alfonso IX. Los legos que atendían a peregrinos como nosotros, es decir, a gente de linaje venida de toda Europa, eran limpios, esmerados y serviciales como no los habíamos visto antes, y lo más asombroso de todo era que aquel meritorio conjunto de fastuosa caridad y oración representaba sólo una pequeña parte de la abadía de Las Huelgas Reales, inte­grada, además, por numerosos conventos, iglesias, cenobios, er­mitas, aldeas, bosques y dehesas gobernadas por la férrea mano de una sola mujer: la todopoderosa abadesa de Las Huelgas, se­ñora, superiora y prelada con jurisdicción omnímoda y cuasi episcopal.

    Después de la comida, sintiendo un sudor frío por todo el cuerpo, arreglé mi aspecto lo mejor que pude (incluso recorté mi larga barba con ayuda de la daga de Le Mans) y dejé a Jonás dor­mitando en el albergue para dirigirme a la portería del monaste­rio, expresión pura del arte castrense del Cister. Era el recibidor una nave larga en cuyos encumbrados frisos podían verse cene­fas de clarión labrado, atauriques y, pintado sobre el yeso, un lar­go texto latino recitando estrofas de los salmos. Una lega de baja condición vino a recibirme entre aspavientos y con grandes muestras de respeto:
    -Pax Vobiscum.
    -Et cum spiritu tuo.
    -¿Qué buscáis en la casa de Dios, sire?
    -Quiero ver a la dueña Isabel de Mendoza.

    La monja, una vieja a quien debí despertar de algún sopor, me miró sorprendida desde debajo de su toca negra.
    -Las dueñas de este monasterio no reciben visitas que no hayan sido autorizadas por la Alta Señora -dijo refiriéndose a la abadesa.
    -Decidle, pues, a la Alta Señora, que don Galcerán de Born, enviado papal de su santidad Juan XXII, con autorización firma­da por el propio Santo Padre para entrar en este cenobio de due­ñas y ser recibido en cualquier momento por doña Isabel de Mendoza, quiere hacerle llegar sus respetos y sus mejores deseos.

    La lega se alarmó. Luego de echarme una larga mirada recelo­sa desapareció tras una puerta de roble labrado que se movió con dificultad bajo el cansino empuje de sus manos. Poco después rea­pareció acompañada por otra reverenda de refinado porte señorial. Ambas debían estar, por sus funciones, exentas de la reclusión.
    -Soy doña Maria de Almenar. ¿Qué deseáis?

    Hinqué rodilla en tierra y besé ceremoniosamente el rico cru­cifijo del rosario que colgaba de su cíngulo.
    -Mi nombre es don Galcerán de Born, mi dueña, y traigo una autorización del papa Juan XXII para violentar la clau­sura de este monasterio y entrevistarme con doña Isabel de Mendoza.
    -Dejadme ver esos papeles -pidió con cortesía. Fuera cual fuera el origen de aquella monja, se trataba, sin duda, de una mu­jer principal. Por sus modales se adivinaba que debía haber pasa­do la mayor parte de su vida en la corte.

    Le alargué los documentos y, tras examinarlos un momento, desapareció por la misma puerta por la que había entrado. Esta vez el regreso se aplazó más de lo debido. Sospechaba que una turbulenta discusión tenía lugar tras aquellos muros y que la Alta Señora debía estar pidiendo pareceres a diestro y siniestro, te­miendo un engaño o una falsificación. Sin embargo, en este caso concreto, y a pesar de ser la mentira mi gran especialidad, la au­torización que había entregado era estrictamente auténtica, fir­mada y sellada por el propio Juan XXII la noche en que me en­comendó la desagradable misión que para él y para mi Orden estaba llevando a cabo a lo largo del Camino de Santiago.
    Doña María de Almenar volvió con un gesto adusto en la cara.
    -Seguidme, don Galcerán.

    Salimos a un bello claustro de grandes proporciones que abandonamos al momento, girando dos veces hacia la siniestra por un carrejo que nos dejó en otro claustro más pequeño y de aspecto mucho más antiguo.
    -Esperad aquí -dijo-. Doña Isabel vendrá pronto. Os ha­lláis en la parte del monasterio que llamamos «las Claustrillas». Era el jardín de la antigua mansión de recreo que los reyes de Castilla utilizaban para holgar lejos de los problemas del reino. Es por ello que este cenobio se llama Las Huelgas.

  2. FRAGMENTO DE ‘PEREGRINATIO’ DE MATILDE ASENSI

    Tendréis que atravesar una nueva zona de boscaje antes de entrar en la magnífica y soberbia capital del reino de Castilla. Burgos es deslumbrante y avasalladora para el jacobípeta que, después de múltiples penalidades, avanza con paso cansado por la larga vía empedrada que cruza la ciudad de un lado a otro y que forma parte del propio Camino del Apóstol. A diestra y siniestra la rúa está flanqueada por numerosas tiendas en las que se venden todo tipo de mercaderías, así como por cuantiosos obradores de artesanos cristianos, judíos y moriscos, sin hablar de las bullangueras posadas y de los ruidosos mesones. También esta vez te alojarás en el opulento albergue del Hospital del Rey, regido, como sabes, por las dueñas bernardas del Real Monasterio de las Huelgas, donde vive tu madre.

    Tienes muchas visitas que hacer durante tus pocos días de estancia en Burgos. No olvides presentar tus respetos a Don Samuel, el pariente de Sara, que se alegrará mucho de volver a verte. Don Samuel sigue siendo el rabino principal de la grande y próspera aljama de la ciudad, aunque nos han dicho que últimamente su fuerte salud se ha deteriorado. Recuerda que fue almojarife mayor del rey don Fernando IV, así que, para satisfacerle a él y traerme información a mí, pregúntale por la situación de la hacienda de Castilla. También deberás saludar a tu tío Manrique y a su esposa, Leonor de Ojeda, y así conocerás a tu primo que, aunque sólo tiene un par de años más que Saura, vendrá pronto a servir como paje en la corte del rey Don Dinis de Portugal, pues ése es el deseo de su padre, y tú tendrás que hacerte cargo aquí de él como tus primos De Born se hicieron cargo de ti en la corte de Barcelona. Frey Esteváo tiene asuntos que tratar con tu tío, de modo que, mientras ellos permanezcan reunidos, tú puedes, si así lo deseas, visitar el Monasterio de las Huelgas para conocer a tu madre. Obra en poder de frey Esteváo una dispensa especial que te permitirá acceder a la clausura. Debo admitir que tu tío Manrique lo desaconseja vivamente, pero yo respetaré tu decisión cualquiera que ésta sea. Creo que, al menos, debes tener la oportunidad de verla y hablar con ella pero, si no quieres, aprovecha el tiempo visitando la monumental catedral de Burgos, paradigma de la inmensa belleza que puede crear el hombre con su inteligencia y sus manos.

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