EL BORDÓN (importancia, utilidad y significados)

(EN PREPARACIÓN)

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Esta es una cuestión emblemática… así que habrá que abordarla desde distintos puntos de vista… simbólico, histórico, y por supuesto del peregrino… De momento sólo se está recogiendo información hasta que el material esté listo y se pueda construir el artículo… Habrá, imagino, varios enlaces…

La información la recojo en los comentarios… así si llegas hasta aquí algo encontrarás ahí…

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6 Respuestas a “EL BORDÓN (importancia, utilidad y significados)

  1. Un poco más adelante iba otro peregrino en el que se apreciaban su cansancio y dificultad para andar. Iba despacio y pisando con mucho cuidado. Me aproximé a él y me interesé por su problema. Efectivamente, tenía los pies lacerados y, como la pista, en ese trayecto, era muy irregular y el descenso se hacía entre piedras, debía bajar mirando bien dónde pisar. Le ofrecí mi bordón para que se apoyara y me dijo que no sabía cómo usarlo y le supondría un estorbo más. Insistí y aceptó. Yo le iba indicando cómo debía cogerlo, según los desniveles a salvar, y poco a poco se fue familiarizando, hasta reconocer que era de bastante utilidad. Le dije que se quedara con él y que yo buscaría otro. Se negó en redondo a aceptar mi oferta. Me lo devolvió y me aseguró que él buscaría, más adelante, uno acorde con su estatura. Dijo que iba a hacer una parada, para cambiarse de vendas y descansar un rato; que, por favor, yo siguiera mi camino. Así lo hice.

    JUANJO ALONSO… AÑO/ 1997

    (HAY QUE BUSCAR EL ENCUENTRO DE SU BORDÓN EN LA ETAPA EN QUE COMIENZA, CREO QUE CASTROJERIZ)

    Como un intruso
    Allí quedé solo con mi mochila y un grupo de gente desconocida. Traté de dialogar con los de la entrada. Me recibió el Hospitalero, Restituto Rodríguez, Resti para los amigos. Me asignaron la cama 10, donde deposité mi mochila. Resti me ayudó a buscar un Bordón; el elegido por mí fue todo un acierto. Después subí a la calle principal, donde compré un sombrero de paja, tipo flexible, que me dio un servicio inestimable.

  2. EL ENCUENTRO DE GUADALUPE, MIRADA DE AGUA Y SU BORDÓN EN LA QUINTA ETAPA:

    Me cuesta andar sin bordón, llevo desde que comenzé a caminar intentando conseguirme uno. Uno de vara de almendro, mira que pasé por bosques de almendros que hay a un lado y al otro del camino, pero nada. Pensé en comprarlos en una tienda de deportes en Pamplona, pero al final decidí esperar. Tendría paciencia, en otro momento encontraría el bordón que necesitaba. Cristina me ve tan mal que me deja el suyo. No tengo dolores musculares, es por culpa de las ampollas en los pies, no sirvió de nada el método que me indicaron, al contrario, se han desarrollado más en extensión no en cantidad.

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    Pasábamos entonces por un pueblo, Azqueta, al camino salió un señor de pelo blanco y bigote, con una sonrisa de oreja a oreja, me dijo:
    – “Guapa.. ¿no será mejor que uses un bordón para caminar?”
    – “Si, espero encontrar uno pronto”- le contesté
    – “Venid, os invito a un café y os digo dónde hay”

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    Y allí nos fuimos, Cristina recelosa, pero yo ya había aprendido que era muy importante atender a las experiencias que se cruzaban en tu camino diario.

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    Pablito Sanz, es un amante del camino, lo hizo en el año 1954 en bicicleta con otros tres compañeros, eso nos contó en su casa mientras nos servía un café y una amena charla contándonos cantidad de experiencias de todas las personas que recibía en su casa y que peregrinaban a Santiago.

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    Después de hora y media charlando, nos llevó al patio de su casa y me dijo -“Llévate el bordón que quieras”. Le dije que seguramente el sabría escogerme el más adecuado. Y así lo hizo, me escogió una vara que era por lo menos veinte centimetros más alta que yo y me enseñó como caminar con ella para aprovechar mejor el paso. Pulió la zona dónde iba a agarrarla, sonrió “para que no se te estropeen tus bellas manos” – todo galán.

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    Un hombre encantador, jubilado, que vive feliz regalando los bondones a todo aquel que lo necesita. Pero no sólo eso, nos regaló también una vieira, ibamos sin ella, fruta y agua fresca. Ya nos despedíamos, dándole nuestros abrazos, cuando nos indicó que todavía quedaba una sorpresa, era una calabaza para colgar de mi bordón… ya tenía el equipo completo. Le dije que le enviaría, cuando llegase, una caja llena de conchas de vieiras, allí no las puede plantar.

  3. ARTÍCULO DE ANDER IZAGUIRRE SOBRE PABLITO SANZ

    Algunos peregrinos aguantan las primeras etapas sin bordón. A falta de ese apoyo, las caminatas son más incómodas, el esfuerzo se lleva peor, las rodillas y la espalda se resienten. Les tienta la posibilidad de comprarlo en alguna tienda de Pamplona o Estella, pero aguantan. Prefieren aguantar. Porque saben -la noticia corre por todo el Camino- que en Ázqueta les espera Pablito: el hombre que regala varas. Hay incluso peregrinos que llegan con modernos bastones telescópicos, con sus puños ergonómicos antideslizantes, tres tramos plegables de aluminio y cinta de ajuste a la muñeca. Pero cuando alcanzan Ázqueta, siete kilómetros después de Estella, los cambian por una simple vara de avellano.

    Pablito Sanz, «el hombre que se ha hecho famoso por dar palos» -como dicen en el pueblo-, lleva veinticinco años regalando varas a los peregrinos. Calcula que entrega entre ochocientas y mil al año. En total, unas 20.000 desde que empezó con esta costumbre a principios de los años ochenta: «Yo veía que los peregrinos pasaban con unos palos muy malos, recogidos en cualquier sitio. Un día en la zona de Belate corté unas setenta u ochenta varas de avellano, que es resistente y ligero, y me las traje hasta casa en mi Seat 127. Y las empecé a repartir».

    Pablito espera en la orilla del camino, en lo alto del repechón por el que llegan jadeando los caminantes. Le gusta charlar con ellos. «Hoy en día a muchas personas no les gusta hablar con los demás», dice. «No hay costumbre, no hay confianza. La gente ya no cuenta cosas. Y eso es importante». A los que llegan sin bordones o con bastones malos les ofrece uno de las suyos. Les invita a la parte trasera de su casa, donde almacena haces de varas, calabazas que él mismo cultiva para regalar a los peregrinos y conchas que le envían desde Galicia porque éstas no, éstas no puede sembrarlas. También tiene un montoncito de raíces leñosas de consuelda, una hierba con la que se preparan emplastos, cataplasmas y compresas para cicatrizar heridas y reducir inflamaciones, ideal para las rozaduras, los esguinces y las tendinitis, incluso para aliviar la artritis que el propio Pablito padece. Y en un jardincito de esa parte trasera se levanta un tesoro: una estela de hace ochocientos años, en la que aún se aprecian, borrosas, una Cruz de Santiago y una Cruz de los Caballeros de Malta. «La sacó una pala del campo y me la traje. El destino ya está hecho», dice Pablito.

    A los peregrinos que el destino le trae no sólo les regala una vara sino que les enseña a usarla. «Es que hay mucha ignorancia en el Camino, algunos no saben ni llevar la mochila. Y muchos vienen con bastones cortos. ¿Cómo aparece Santiago en las imágenes? ¿Con una vara larga, más alta que su cabeza! Una vara no es un bastón. Tiene que ser un palmo más alta que el peregrino. Y hay que saber agarrarlas. En el llano, hay que coger la vara a la altura del hombro. En las subidas, más abajo, a la altura del pecho. Y en las bajadas, más arriba, a la altura de la cabeza. También es importante acompasarla al andar. Mira cómo lo hago». Y Pablito arranca con la coreografía jacobea que ha repetido miles de veces. «Empiezo con la vara apoyada en el suelo, luego la muevo hacia adelante y doy un paso, dos, tres, y al cuarto vuelvo a apoyarla. Un, dos, tres y pum; un dos, tres y pum. Y mira cómo llevo la columna vertebral: siempre recta. Muchos van encorvados y acaban con dolores de espalda, de rodillas, de todo».

    «¿Es Pablito, no Pablo!»

    Para quien camina cientos de kilómetros, cualquier mala posición o cualquier roce pueden derivar en un suplicio. Por eso Pablito mima hasta el último detalle: no sólo se fija en la altura del peregrino para decidir el tamaño de la vara, sino que le mira la mano para calcular el grosor adecuado. Y lija la parte que el peregrino va a agarrar para que el tacto sea suave.

    Pablito también prepara café para los caminantes. Les da fruta y agua fresca. Les sella las credenciales con un cuño propio. Y solía acoger a los que llegaban tarde, lesionados o agotados. «Pero se corrió la voz y empezó a venir cada vez más gente a pedir varas y café y hasta sitio para dormir. Hombre, yo puedo hacer café para cuatro o cinco, pero no para cincuenta. Y regalo varas, pero no me gusta que vengan a pedírmelas para llevárselas a otras personas: que vengan al Camino, que para eso son. Hasta llegaron a llamarme por teléfono para reservar noches en mi casa. Y ahí ya tuvimos que cortar, porque algunos abusan. Pero yo sigo saliendo todos los días a esperar a los peregrinos».

    Cuando llegan a Ázqueta, muchos preguntan por las varas que regala Pablo. «Y yo no me llamo Pablo, ¿yo me llamo Pablito!». Lo confirma su carné de identidad y el santoral: junto a las docenas de santos que llevan el nombre de Pablo, figuran no uno sino dos Pablitos. San Pablito niño mártir: 13 de noviembre. San Pablito mártir: 19 de diciembre.

    Pablito siempre tiene una provisión de varas, aunque cada vez le pesan más los esfuerzos para traerlas: «Es que tengo 73 años. Y artrosis. Hay que entrar al monte por los caminos, que no es fácil, buscar los avellanos, cortar las ramas, cargarlas hasta el coche En cada viaje me traigo unas 150. Ahora me ayudan unos primos y unos amigos porque yo ya no puedo andar como antes».

    Cartas de todo el mundo

    Hay una recompensa que alivia todos los pesares: el recuerdo y el agradecimiento. El ciento por uno. A Pablito le gusta que los peregrinos se acuerden de él cuando abrazan a Santiago. Y no para de recibir cartas y paquetes de todo el mundo (a menudo con tres palabras como toda seña: Pablito. Ázqueta. Navarra). «Me han regalado cristos, rosarios, medallas, navajas, banderas, hasta piedras preciosas Podría montar un museo». Le citan en documentales, reportajes, libros, guías, blogs: «Estoy muy escrito en Brasil, porque vienen a buscarme un montón de brasileños. Me han regalado banderas de su país y una camiseta con la que jugó Ronaldo en la selección». La historia del hombre de Ázqueta se difunde entre los peregrinos, de albergue en albergue, desde Roncesvalles hasta Santiago, de un país a otro. Basta con buscar a Pablito en la ‘blogosfera’ para darse cuenta de que el encuentro con él es uno de los recuerdos que más emociona a muchos peregrinos. Algunos relatan cómo acabaron tocando el piano en su salón y cómo la música atrajo a un montón de peregrinos, mientras Pablito preparaba café para todos. Otros tomaron con recelo la invitación para entrar en su casa y se encontraron con algo que primero extraña -porque no estamos acostumbrados- y luego conmueve: la bondad, el desinterés, la hospitalidad con el forastero, que no es más que un café, charla y una vara.

    «Si la vida no es más que eso», dice Pablito, «lo demás son complicaciones. Como el dinero. Yo no quiero que me domine el dinero. Esta mañana estaba desayunando y justo han llegado unos peregrinos, pues he dejado de desayunar y he salido a atenderles. Ya está, eso es todo. De lo que más gozo es del bien. Al mal no le saco ningún lucro».

    Dice un poema colgado en su casa: «Peregrino, estás en Ázqueta. / Haz un alto en este hito / que fuerte bordón de avellano / aquí te ofrece Pablito / para llevar en tu mano. / Santiago está muy lejos / para quien va caminando. / Será lanza para tu valentía, / defensa ante los miedos, / ayuda en las subidas, / sostén en el descenso / apoyo en las fatigas. / ¿Bordón, amigo / de avellano!».

    Será que hoy estoy muy emocionable porque ando en los días rojos del mes pero me ha entrado congoja de esa que te da cuando te emocionas y se te empañan los iris, porque todavía hay gente buena en el Mundo y encuentra la manera de llenar su vida de Valor.

  4. Pingback: A Santiago fui… « Los cuadernos de Yladah o el Zodiaco

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