– De cuando él dijo: ‘Tienes una pediculosis. Una infestación parasitaria’ –

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Y yo un día más no aguanto. Y al mediodía decido que tengo que ir al médico como sea, y es cuando me arrepiento de haberme apuntado en ese Centro de Salud en concreto y no en el otro… omito esta parte para no extenderme. Así que me ducho otra vez con todos mis reparos y cuando me seco. Por ahí, más bien hago como que me seco y rebusco pero con tan poca intención que no encuentro nada, así que tiro de un pelo del centro y al primer intento ha habido mala suerte y compruebo que unos milímetros antes del final… pues tiene como una especie de depósito negro que sobresale y es semi-transparente, que bien podría ser una cesta de huevos.

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Total que agarro el pelo y con cuidado lo deposito en el el salvaslip de las bragas, que menos mal que eran mis bragas más bonitas y eso da mucha confianza… unas de color ciclamen; y antes he olido el salvaslip y huele a mi sexo pero rico (a mí me gusta), y lo que si parece es que el flujo tiene un tono amarillo pero como nunca lo observo tan de cerca… bien podría ser como el de todos los días y me visto de marrón porque yo creo que el marrón es un color que le va mucho a la enfermedad, marrón oscuro.

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Y con algunos y otros preocupados deambulares mentales llego al Centro de Salud, y antes de entrar se me ocurre pensar, ¿y si por un casual está él de médico? Y yo misma me digo: ‘No seas gilipollas, que esoiba a ser mucha casualidad’. Y primer alivio, cuando cruzo las puertas no veo que esté ninguna de esas arpías de recepción, sino un chico nuevo al que esas gafas y el pelo largo le dan un aire muy despistado y sexy, y me dirijo hacia el extremo del mostrador que ocupa y … ¿Os habéis fijado cómo se posiciona la gente en los lugares de trabajo? Sí, ¿en la posición espacial? Éste había elegido el mismo lugar que sin duda habría elegido yo para sentarme, y le digo que tengo que ver al médico, y cuando le estoy dando la cartilla y él ya la sujeta entre sus dedos, le pregunto el nombre del facultativo que me atenderá y me dice: ‘Fulanito’. Y yo que me mareo. Pero le digo que sí, que me apunte, creyendo que es lo que me merezco y asintiendo con la cabeza, que continúe tomando datos y preguntándome los años y el nombre y … esperando que no se le ocurra hacerme esa pregunta que yo no quiero contestar; porque algunas veces te la hacen y yo sé que algunas veces soy tan sincera, que seguro que si me la hace se la voy a contestar. Voy a poner cara de póker pero se la voy a contestar.

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Bueno, allá vamos. Total, ¿no le he entregado a ese hombre hasta la última de mis miserias? ¿Qué importa una más? Una que sea real por fin y no tan virtual, no algo escrito, no algo indoloro, e incoloro, e insípido, e incomprensible. Yo ya le he hablado miles de veces de que había cosas que no eran nada poéticas… porque yo creo que los parásitos no debieron de haberle gustado ni a San Francisco de Asís. ¿O los tildaría también de criaturitas de Dios? Pero no me río, no me hace ninguna gracia estar allí sentada, y por la escalera de subida de médicos se escuchan ruidos pero él no aparece, creo que las sube y las baja por lo menos un par de veces. ¿Qué se habrá creído? Porque seguro que ya sabe que soy yo quién estoy allí, y encima no se me ve con ninguna pinta de enferma; y le imagino asustado, creyendo que voy a buscarle problemas, que es una treta para que estemos solos y que he ido allí sólo con el fin de comprometerle porque estoy desesperada. Pero él no se imagina desde luego la forma que está tomando mi desesperación…

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Y nada, allí esperando delante de su puerta, y por supuesto que yo no me voy a bajar los pantalones para enseñarle el pubis mal depilado y menos delante de su enfermera, que busque los indicios que quiera por el microscopio que para eso le llevo las bragas, y si no me dolían las cervicales comenzaron a dolerme por la tensión. Y llegó una chica gitana, guapa y ”desdentada”, con un niño sucísimo y precioso que se llamaba César. Y pensé que la ausencia de esos dientes en la boca de ella debía de tener algo que ver con los golpes. Y el niño podía no ser capaz de mover el cuello y decía que le dolía pero no paraba. Menudo trasto. Era imposible no sonreír. Ella me preguntó a mí que si también lo mío era un problema de cuello, como me veía agarrarme y yo le dije que no pero no me apetecía hablar mucho porque tenía en el estómago como un enjambre de avispas, y sentía pequeños mordiscos y carreras por entre la maraña de pelos de mi sexo y me imaginaba una vagina anidada por las larvas y sus ninfas, ¿o es al revés? Es igual, la imaginación para existir no precisa de la exactitud de la mente calculadora.

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Y a continuación una mujer de unos cincuenta años que se sentó a mi lado y con la que no hablé. Era morena y es su rostro había huellas que delataban un sufrimiento emocional, y se llevaba los dedos al entrecejo como si le doliera. Y llegó otra pareja de gitanos. Dos hombres de tez oscura y piel manchada por los tiznes de vete tú a saber qué basuras, que se quedaron en la balaustrada; y luego llegó el padre de César, un gitano chocolate a la taza que costaba creer que fuera el causante de los espacios vacíos en la boca de la joven mujer, y una niña; tal vez un par de años mayor que César, que era la cosa más bonita del mundo, por lo menos allí dentro. Y Esmeralda tan pintarrajeada de tiznes como su hermanito traía en las manos unas acuarelas que acababa de comprarle su padre, seguramente en la tienda del euro que hay por allí cerca pero un poco más abajo y … Entonces sí, entonces sí que apareció él por la escalera, después de unos 20 o 30 minutos de estar esperándole, y me miró con el mayor de los desprecios; si no era odio, claro. Y yo pensé: ‘pues no sé de qué te quejas, chico, porque por lo menos yo aquí soy de las pocas que se ha lavado’. ¿O resulta que eres de esos que ni siquiera ven los colores? No, sólo que existen varias clases de racismo… Bueno, el problema me parece que es que él cree que en realidad deberían existir ‘las clases’.

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Después de esa mirada abre la puerta, entra adentro, y se supone que consulta mi nombre en la pantalla del ordenador, y sale a decirlo en voz alta a la puerta. Creo que eso lo decide todo. Podría haber optado por tranquilizarme y ser amable, como le he visto hacer con la mayoría de sus pacientes pero yo sólo soy una molesta asegurada. Así me hace sentir. Aunque sé que es mentira. Lo que soy es una amenaza. Así le hago sentir. Y me levanto casi con ganas de darme media vuelta y largarme por las escaleras. Ni siquiera sé si el mío es un motivo para acudir al médico de urgencias. Cuando estaba en el otro centro siempre me atendía el mismo. Un hombre estupendo que era mucho mejor que el de por las mañanas, y por eso mismo alguna vez preferí ir a verle a él, en vez de al otro, y jamás me echó nada en cara. Bueno, hubo un día que un sabañón se me hinchó tanto que un aro estuvo a punto de cortarme la circulación y él lo arregló con unas tenazas en un instante. Aquí al lado lo tengo guardado, en el cajón para acordarme algún otro día de devolvérselo a mi madre. Me lo compró ella misma una mañana que le seguíamos, a Pésimo. Fue después del último eclipse del siglo … Yo quería que él supiera que estaba casada para que se tranquilizara con respecto a eso… No es lo mismo una mujer que busca una aventura, que otro tipo de mujer… y aquella mañana creí que el anillo me daría suerte. Nunca antes tuve intención de llevar algo así.

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Y ahora viene lo curioso. No soy capaz de recordar nuestras conversaciones tal como se producen. Altero cosas, cambio unas palabras por otras, existen las lagunas… así que no sé como comienza el diálogo pero mientras él rodea la mesa para sentarse tras ella, yo veo una primera imagen en la que deposito el bolso y el chaquetón en la silla que hay al lado de la que elijo para sentarme yo, la que está más pegada a la puerta y mientras me escucho diciendo que me lleva allí un asunto algo bochornoso. Así que la pregunta debe haber sido: ‘¿Y bien qué te trae por aquí?’

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También le explico que por la mañana no me había sido posible acudir al médico de cabecera porque ya tenía concertada una cita previa, y que ni puedo pasarme una hora más con esa preocupación con la que acudo a él ( y menos resistir una noche más), ni sabría tampoco qué pedir en una farmacia. Entonces le cuento que cuando me bajo la noche anterior las bragas veo un algo que me asusta mucho en el salvaslip porque está vivo y se mueve. ¿Dirías que era un insecto? Sí, claro y se lo describo, y le digo que desde ese momento tal vez por los efectos de la sugestión me abraso de picores y que me parece tener en el sexo de todo, hasta unas olimpiadas… ‘Tienes que quitarme esto como sea’. Me refiero a la molestia y a continuación le digo:

– ¿Me arranqué un pelo? ¿Te lo enseño? Yo creo que tiene algo a unos milímetros de la raíz.

– Sí, claro.

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Y él se levanta y en la consulta parece aún más alto, y se dirige a a la superficie de trabajo dónde están los útiles clínicos y dónde se encuentra el armario en el que guardaba los más de mil folios que se me ocurrió manuscribir y fotocopiarle (ya dije que escribía para él y aquel era un diario en el que yo nunca ocultaba nada); y mientras se pone los guantes quirúrgicos yo desdoblo con sumo cuidado la braga que he guardado con curiosidad en una bolsita de plástico de esas que te dan en los quioscos cuando te compras el euro de caramelos solano y le comento lo del flujo, que me parece distinto al de siempre. ‘Es como más amarillo’

– ¿Amarillo tirando a verde?

– No, a verde no. A amarillo – le digo mirando muy concentrada el salvaslip

Y la siguiente fotografía es de su mano extendida , pero no de su mano, de sus dedos dentro de los asépticos guantes. Y esa es la imagen que sustituye a la imagen de sus dedos que yo tenía mentalmente archivada.

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El doctor y la paciente. Horacio Altuna

horacio altuna

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Los dos allí dentro hace un par o tres de años, de pie, junto a la ventana, a pleno sol, tras las cortinas que servían de ‘biombo’, y sus dedos acarician con dulzura mis sienes mientras él me llama por el nombre para hacerme regresar. Acabamos de besarnos y es como si tuviera que despertarme de un trance hipnótico. Nunca me había sucedido algo así… y yo sigo escuchando esa música de Myers, ‘La Cavatina’ de El Cazador’.

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Me pregunta: ‘¿Alguna relación sexual sospechosa? Y aquel fue casi el último día que hablamos, y también casi el primero en que me apeteció dejar de escribirle y comenzar a destriparle las cosas cara a cara.

– No con penetración. La última fue… aquella (creo que le dije como diciendo tú ya sabes…) y después de eso me hice unos análisis y estaba limpia (los análisis de los que habíamos estado hablando, los que su amigo el A.T.S le informó que me había hecho aquella mañana).

He mezclado las dos vidas. He sido yo. He mezclado su vida privada con su vida oficial.

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Cuando yo le cuento lo del conductor de autobús, estamos en un parque y es una tarde de agosto en la que parece que acabará lloviendo en breve pero nadie se esperaba que de aquella manera. Y me está reprendiendo. Me llama inconsciente y me dice que da igual que estuviera borracha que no lo estuviera, que ya debería de tener grabado en la cabeza que siempre hay que utilizar preservativo, a no ser que estuviéramos hablando de una relación de mucha confianza.

– No, confianza ninguna. Acababa de conocerlo y no pensaba verle más después de aquello.

Abre los ojos de esa manera en que él lo hace y dice que le sorprendo.

– Pero bueno, una farmacia de 24 horas siempre la tienes abierta. No era tan difícil…

– No, no. Si no necesitaba ninguna farmacia. Si el preservativo lo llevaba yo misma en la cartera

Y hago amago de sacar la cartera para enseñárselo pero él me dice que no es necesario, que no se lo enseñe pero que tenga en cuenta que los preservativos también tienen fecha de caducidad. Y se ríe. Eso es que me ha leído y piensa que sabe de que preservativo estamos hablando y lo jodido es que es cierto, y su ironía ha dado en el clavo. Aún es ese pero porque no sé qué me ocurre, que aunque lo llevo en la cartera como una de estas chicas de hoy en día que tan preparadas están desde que tienen 13 o 14 años, a la hora de estar con alguien que no parece tener ninguna duda con respecto a mí, me da como no sé qué… pararme a preguntarle por sus antecedentes sexuales y decirle: ‘Oye tú, que te tienes que poner esto a la fuerza’. Mi madre dice que soy un poco boba pero también me cuesta horrores cobrar por mi trabajo. Y principalmente lo dice por eso. Es más, me he pasado la vida trabajando gratis porque es de la única forma que me siento satisfecha. Y es un problema, ¿eh? Pero los míos saben que no tengo remedio. Y también me cuesta aceptar regalos. Me encanta hacerlos. Soy feliz haciéndolos pero lo paso fatal si sucede al revés. Menos mal que no soy una mujer con ’suerte’ y eso no suele ocurrirme.

– ¿Pero entonces en qué estabas pensando?

– No estaba pensando en nada. Me estaba riendo mucho con él. Es que era un tipo muy divertido y además joven y muy guapo.

– Bueno, me dejas… ¿Y haces eso sólo porque era guapo y te hacía de reír?

– Pues sí. Es que de verdad que me lo estaba pasando muy bien. -le respondo yo con carita de ”niña” buena y con las manos detrás de la espalda mientras me apoyo en el pilar de piedra. Era muy romántico aquello. Los dos aislados bajo la construcción rústica y comenzaba a llover de forma torrencial y nosotros a lo nuestro, departiendo tan tranquilamente de mis intimidades.

– ¿Pero tan desesperada estás? Uno no tiene relaciones sexuales sólo porque se está riendo y porque el otro es guapo.

– ¿Ah no? ¿Y entonces cómo se tienen?

– Pues conoces a una persona y vas intimando y cuando tienes confianza con ella estableces una relación.

– Ah no, yo no quería ninguna relación con él. Sólo quería estar con él aquella noche y luego, a ser posible, no volver a verle.

Pero lo que ya no podré olvidar nunca fue la cara que se le puso cuando le dije aquello de: ‘no, si lo que más preocupada me tiene es lo de poder tener una gonococia en la garganta’. ¡Ay! Se me saltan hasta las lágrimas de risa cada vez que me acuerdo.

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Y ahora esto, pero aquí sentada frente a él mientras observa el pelo extra-largo, pues como que no me hace ninguna gracia pero sobre todo no me la hace por la largura del pelo porque es que es larguiiiiísimo. Si no parece que me lo estado dejando crecer desde la época de los neandertales. No, peor aún, lo que debe estarse pensando es que es un pelo de ‘Lucy’, esa australopithecus a la que llaman ‘la abuela de la humanidad’. Y lo tenía muy fácil. Sólo tenía que haberlo recortado un poco con las tijeras cuando lo pensé. Ahora, encima de haberle hecho ver esa foto mía dónde me clavo el consolador a petición de Guernika, ya tiene pruebas táctiles del asunto. Y a todo esto, con lo escrupuloso que resulta que es él. Pues voy lista. Este no me vuelve a mirar al rostro en ‘laputavida’.

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– ¿Dirías que es muy grave lo que tengo? -todavía estoy muy nerviosa.

Otra fotografía:

Mirándome a los ojos me dice: ‘Tienes una pediculosis. Una infestación parasitaria’

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Tengo que tener los ojos asustados porque a él le ha apetecido reírse en ese instante aunque se ha controlado. Pero la risa estaba ahí, queriendo asomarse entre las pestañas. Estoy segura. Nunca entendí muy bien de qué se reía siempre. Por ejemplo, caminábamos por una calle y llegaba un momento en que había que despedirse y a lo mejor él me decía algo que no me gustaba oír, como por ejemplo: ‘Vienes mucho por el centro y la gente es muy mala. Habla’.

– ¿Y qué? -le decía yo. Pues no me hables tú y punto.

– No es eso -me contestaba él. ¡Hala!, que no te hable. Claro cómo a ti no te importa lo que piensen los demás…

Entonces yo me molestaba porque me sentía como si no me entendiera. No le había pedido nunca nada. Jamás, y no comprendía porque él, sin que ni siquiera nos uniese ningún tipo de compromiso, pretendía que yo acatara unos límites que eran los de su mundo y no los del mío. Yo ya había elegido vivir al margen de los ‘que dirán’ de los demás. ¿Qué les importaba si iba a visitarle mucho o poco? Él no tenía la culpa. No tenía que defenderse de nada. Era yo quién transgredía ‘la norma’. Y entonces es cuando ya no le decía más que ‘adiós’, y me quedaba quieta en cualquier portal con los ojos que hasta minutos antes eran felices, nublados, mientras él me miraba intensamente y se despedía de mí y luego se iba… pero bien sea porque se encontraba con alguien y tenía que detenerse, o porque se paraba en cualquier escaparate, o sencillamente porque se daba la vuelta para observarme, entonces matemáticamente, mientras me miraba, en sus ojos asomaba la risa. Y yo permanecía allí quieta, obstinada en mi silencio infantil: ‘Pues no me hables tú y punto’.

Repitiéndoselo calladamente, gritándoselo descorazonada con los mismos ojos de animalillo herido que va a echarse a llorar de un momento a otro. Y no sé por qué, entonces, esa risa suya era capaz de hacer volar miles de mariposas dentro de mí.

Es difícil, que hoy por hoy, yo tarde demasiado en tomar las riendas de mi propio control emocional.
Ahora miro aquellas bragas ciclamen y aún siguen aquí, sobre la mesa, esperando que termine con ellas.
Él va a recetarme una loción para tratar el problema: ‘Yacutín’. Y me dice que no lo receta la Seguridad Social; entonces le pregunto que si tiene idea de cuánto cuesta porque no sé si voy a tener suficiente dinero en la cartera…

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Aquel día llevaba sólo 30 euros y aunque tuviera saldo en alguna tarjeta, en la farmacia cercana no existe la posibilidad de pagar con tarjeta. Y no, el doctor Pésimo Malasaña no tiene ni idea de cuánto puede costar la loción pero no cree que demasiado.

– Además siempre puedes ir a casa a por dinero o al cajero electrónico a buscarlo. Hay farmacias de 24 horas.

Pero yo no le diría nunca eso. De verme en su caso y encontrarme ante un conocido… creo que se lo hubiera ofrecido por amabilidad a casi cualquiera: ‘¿Necesitas que te preste algo?’ Pero él no sólo no lo hace sino que me trata con soberbia y ahí es dónde se me cruzan los cables, y dónde se lanza por mí, al rescate, mi proverbial orgullo. Ya, la diferencia es que yo soy amable por naturaleza, y él sólo es alguien acomplejado por sus orígenes humildes de niño de barriada de inmigrantes andaluces: un pijo venido a más, como me recuerda mi madre.

– Y ahora vamos a tratar los hongos.

¿Hongos? ¿Dijo hongos?

– ¿Qué hongos?

– ¿Has tenido hongos alguna vez?

– Sí, hace unos 20 años -aunque no le digo dónde los pillo; sobre la moqueta de una fabrica de conservas de pescado por follar como una posesa con el vigilante de seguridad por las noches-

– Y para eso te voy a recetar un óvulo.

¿Pero hongos? -que yo sepa para tratar a alguien de hongos tiene que hacerse un cultivo… o por lo menos tienes que abrirte de piernas y dejar que te extraigan sobre una camilla parte de tus fluidos. Luego Nora me lo confirma, que ahí debo haberle puesto nervioso porque no ha seguido el procedimiento. Es más, yo creo que desea que tenga hongos y hasta cincuenta mil enfermedades venéreas si fuera posible… y yo aprieto las bragas entre mis manos.

– ¿Tú crees que tengo hongos?

– Bueno, a ver… descríbeme otra vez ese flujo.

Y entonces llega mi momento, otro de esos momentos increíbles dónde vas a cobrarle a alguien lo inadecuada que te ha hecho sentir en multitud de momentos como ese, en los que tú lo que menos te esperas era una traición o que te hiciesen daño sólo porque sí, porque tenían el poder de hacértelo:

– ¡Hombre! Yo no quiero incrementar tu asco por ‘el asegurado’ pero si quieres comprobarlo tú mismo… -y se lo digo como reptarían las víboras en un nido, al mismo tiempo que se las ofrezco.

Y entonces es cuando levanta la vista de los papeles y de los procedimientos entre los que se esconde y me mira a los ojos como si quisiera acribillarme con la mirada. ¡Touche!

¡Vaya doctor!, dime ahora, ¿qué se siente cuándo alguien a quién le hiciste o creías hacerle una confidencia… la utiliza para herirte?

Y entonces yo cínica, como lo es de habitual él conmigo, me lo tomo por un ‘no’, y bajo los ojos hacia mis bragas abiertas, acerco los ojos y el sentido del olfato a mis bragas abiertas y no me dejo intimidar ni un milímetro por su actitud.

– Bueno, ya te digo que lo encuentro un poco amarillo pero no estoy muy segura. Tal vez sea sólo sugestión.

Y me extiende la receta: ‘Gine-Canestén 500′ (que desde luego no he utilizado porque no me gusta auto medicarme, ni medicarme sin necesidad. Los hongos producen un picor insoportable a la entrada de la vagina y la micción termina por ser dolorosa). También me dice que eso si es por cuenta de la S.S. y que sólo tendré que pagar un pequeño porcentaje y es entonces cuándo se abre verdaderamente la veda y él cree, que después de todo, va a disfrutar de la consulta.

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Y poniendo una cara morbosa vuelve a preguntarme si tengo media idea de dónde puedo haberlos cogido.

– ¿Algún sitio sospechoso?

Menuda pregunta, ¿no?

– ¡Ah! Quizás sí. En un coche

– ¿En un coche? No entiendo

– Sí, en un coche dónde viaja un perro (lo digo por el perro de Guernika… aunque entonces él no cae porque desde hace un par de meses, por medio de Laura, cree que tengo una especie de relación formal con William Enol, y él los tiros tengo claro que me los lanzaba por ahí)

– Es que no veo la relación de tu problema con el perro.

– Pues, yo no sé cómo explicártela mejor. Yo subo a ese coche y ocurre (anda que no se lo habré explicado veces con detalle y por escrito).

Pero no, aún sigue en el guindo y me dice que si fuera cosa de un animal, lo mismo tendría el problema por el cuerpo o la cabeza, y entonces yo abro la boca para continuar detallándoselo pero me lo pienso mejor y la cierro. ¡Que se lo trabaje él con la imaginación!, si quiere. Y me levanto mientras ya sin mirarle agarro el bolso, el chaquetón y mis guantes y le digo con mi tono más frío y la mirada contraída en mí:

– Sólo una última pregunta

– ¿Sí? -dice él

– ¿Esta consulta va a ser de carácter privado?

– Sí, por supuesto. La relación médico – paciente es estrictamente confidencial

Y yo mientras ya me he girado para salir por la puerta e insistiendo en tratarlo con el mayor de los desprecios le digo arrastrando las palabras con rabia: ‘Eso espero’. Y le escucho decirme ‘hasta luego’. Como otras veces, de la misma forma. Él dice ‘hasta luego’ y yo no le contesto.

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Saludé a la joven gitana con una sonrisa y me fui a la farmacia, dónde recibí más calor y tranquilidad de una farmacéutica, que de ‘el que se supone que ha sido el hombre de mi vida, y es médico de profesión. Y yo que le llamaba ‘ mi doctor del alma’. ¡Ay que joderse!

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Me paso su código deontológico por el forro de los C., como diría Lucía.

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enlazado en: De los secretos y lazos de lo invisible…

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2 Respuestas a “– De cuando él dijo: ‘Tienes una pediculosis. Una infestación parasitaria’ –

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