– El terror a ser enterrado vivo de LEONARDO SCIASCIA –

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<<¡Permanezcan estos cantos en la tumba de mi padre!>>

GIOVANNI PASCOLI

Prefacio a Myricae, 1894

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El maestro de Regalpetra

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Parece que Sciascia espera pacientemente a que todo acabe. Es verdad que todo tiene un final. La oscuridad de la muerte y ya está, no existe la más mínima probabilidad de un imposible error: <<Tenedme junto a vosotros el máximo posible, hasta que estéis seguros de que mi muerte es definitiva>>, había pedido a su mujer y a sus hijas, a las que dejó tres cartas idénticas, su testamento. Le aterrorizaba la idea de sufrir una catalepsia y ser enterrado vivo. Por ello suplicó a sus seres queridos que esperaran, que esperaran incluso a costa de vilipendiar el cadáver -había dicho literalmente-. El entierro prematuro de Edgar Allan Poe: <<Ser sepultado vivo es sin duda el más terrible de los horrores que pueden vivir los mortales. El hecho de que haya ocurrido con frecuencia, con demasiada frecuencia, es algo que no se puede negar>>. Es un terror que Sciascia sentía desde aquella lectura, el mismo pánico que había llevado a Carolina Invernizio -que escribió ‘La sepultada viva’– a pedir a su marido que le disparase un tiro en la sien antes de que la enterrasen.

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Ya no hay que temer que ese espanto tenga lugar. Ha muerto, y como sucede a veces con los muertos que han sufrido en los últimos días de su vida, Sciascia no tiene rictus de dolor, no tiene el color de la muerte. María le acaricia los dedos de las manos, los toca con una expresión difícil de describir, mientras llora silenciosamente. Su último encargo lo ha llevado a cabo con gran celo: Leonardo puede reposar tranquilo, no habrá posibilidad de error cuando la tapa oscurezca la caja. María no parece desesperada, más bien recuerda a una enamorada que ha perdido a su hombre, pero que no cree haberlo perdido de verdad. Pocas mujeres han amado a su marido como María Sciascia

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Murió en paz. Sus últimas palabras fueron: <<Ha amanecido>>. Y tal vez quería decir que había pasado una noche más, llena de miedo, y que se preparaba otra jornada de sufrimiento. Despunta el día y con él un presentimiento que había tenido treinta y siete años antes, cuando en una de sus escasas poesías escribió:

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Ahora, en esta luz de amanecer, que tienen las casas,
el pueblo es un navío que zarpa;
en su nítida arboladura
para mí se enciende una vela de muerte.

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Amanece y llega la luz.

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‘SCIASCIA’ (El maestro de Regalpetra)

– Matteo Collura –

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Leonardo Sciascia

Leonardo Sciascia, 1964 © Ferdinando Scianna

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Mi abuela lo escondía. Probablemente para que yo no lo viera. Fue un regalo de su hermana mayor. Esa que es casi centenaria y a la que yo siempre he visto, desde que mis ojos tienen recuerdos, con un libro en las manos. Esa que desde que la pienso, en su frase más inmortal, siempre era aquella de ‘Y ahora me toca a mí. La próxima soy yo’. En todos los entierros de rigor pero que es la que nos sobrevivirá a todos. Esa que tiene y tuvo aquella historia de amor, historia de luto y guerra, exiliada en Francia. Huída de tiempos franquistas donde se perdieron muchos hombres buenos… con valores, con principios o al menos el suyo… La que luego se casó sin amor porque a amar nunca más volvió… y con alguien simpatizante del Régimen. Había que sacar un hijo adelante… esa excusa o no…

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Mi abuela lo escondía porque tenía que leerlo antes otra hermana… Pero yo lo vi antes. En aquellas semanas hablaba con alguien que decía estar obsesionado por la Muerte… Reconozco que yo también lo estuve; pero sólo unas semanas… Creo que aquel apremio tenía que ver con que de repente sentí que tenía demasiadas cosas por acabar, y quería poder terminarlas, y sentía que no podría y sobre todo porque no me sentía en Paz… Afortunadamente fueron solo unas semanas. Detesto las obsesiones. Pero ésta del terror a ser enterrado vivo… me hizo saltar resortes antiguos. Porque este terror era el terror más preocupante de toda mi niñez; hasta que conseguí, ya con 17 años… que mi madre accediera a contratarme un seguro de vida para la Muerte. Porque aquí crematorio no había. Y yo lo único que quería era que me quemaran, sólo que me incineraran, eso me aseguraba mi tranquilidad. Ahora es distinto. Adoro los cementerios y comprendo la Muerte de otra manera; sin embargo, en la póliza dice que se me quemará. Ahora que no me preocupa. Sciascia reconocía sentir una curiosidad intelectual por su muerte. Pero no son esos los fragmentos de su obra que he seleccionado. Algunos aquí. Casi al azar.

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<<… Había una sala circular en la que resonaba una música victoriosa, se sentía la música en las vísceras, tenía la sensación de que estaba dentro de la caja de un violín inmenso; llegaba el frío de las iglesias desiertas, una luz subterránea y lejana. Stalin estaba en el ataúd de cristal. Calogero veía las manos, que parecían de madera, secas y duras. Acercó su cara al vidrio para mirar mejor aquel hilo negro que rodeaba las muñecas de Stalin y se alzó pensando: ”Cómo son las mujeres, mi mujer, sin que me diera cuenta, le ha puesto un rosario”, no lo sabía con exactitud, pero tenía la sensación de que Stalin se le había muerto en su casa.>>

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<<Volviendo a los años de la guerra y la posguerra en los que mil cuatrocientas páginas de las Obras de Ortega fueron para mí una explicación y simplificación del presente (y, por tanto, también del pasado), de cada aspecto de la realidad que padecía y gozaba, tengo que decir que aquellas páginas no las leí y releí como las de un filósofo. La afirmación puede parecer extravagante y paradójica; pero las Obras de Ortega fueron para mí un gran libro de viajes, un viaje extraordinario, venturoso, rico de imprevistos y de revelaciones en las regiones de la inteligencia. Hemingway decía que hubiera dado un millón de dolares por encontrarse de nuevo en el momento de leer por primera vez ciertos libros (y pensaba principalmente en los libros de Stendhal). Yo también daría el millón de dolares que no tengo por encontrarme de nuevo leyendo por primera vez a ciertos autores, por revivir ese sentimiento de venturosa felicidad, de feliz descubrimiento: Diderot, Stendhal, Tolstoi. Y Ortega y Gasset.>>

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<<La familia es la única institución verdaderamente viva en la conciencia del siciliano; pero viva más como dramático nudo contractual, jurídico, que como agregación natural y sentimental. La familia es el Estado del siciliano.>>

Leonardo Sciascia

‘El día de la lechuza’

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2 Respuestas a “– El terror a ser enterrado vivo de LEONARDO SCIASCIA –

  1. Pingback: Del maestro de Regalpetra… « Ella tenía un útero imaginario

  2. A estas alturas nadie puede sostener que la mafia no existe. Pero cuando Sciascia publicó en 1962 este libro valiente la cosa no era así. Los diálogos son buenísimos, las elipsis inteligentes y todo está contado con intensidad y pulcritud. ¿La justicia es un espejismo?

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