(4) Etapa cuarta: PAMPLONA – PUENTE LA REINA (Camino Francés a Santiago)

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Paisaje entre Cizur Menor y Uterga

*enlace: Paisaje entre Cizur Menor y Uterga (al fondo)

* Al dejar atrás Pamplona, también se abandona la Navarra atlántica. A partir de ahora la vegetación compañera del caminante consiste en cereal, encina y matorral mediterráneo. La Cuenca de Pamplona se abandona al salvar el Alto del Perdón.

‘Guía práctica del peregrino’

JOSE MARÍA ANGUITA JAÉN

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Desde la Ciudadela y por la calle Fuente del Hierro, se desemboca en el Campus Universitario. Se cruza el río Sadar por un puente peatonal desde el que se toma la carretera de Campanas, avanzando entre tierras de labor hacia un puente de piedra sobre el río Elorz. Después de cruzarlo, se abandona la calzada por un desvío a la derecha, hacia unas fincas particulares. Este ramal también se deja para salvar la vía del tren, tras la cual se toma un camino de gravilla paralelo a la carretera y que termina confluyendo en ella. Por la acera, sombreada por unos chopos, se sube a Cizur Menor y se atraviesa pasando junto a la iglesia de San Miguel Arcángel, y el frontón. La salida se realiza por una urbanización aún en construcción. La ruta prosigue entre los sembrados y unas casas, dejando a un lado la nueva urbanización a la derecha. Cuando la carretera dobla hacia la derecha, el camino continúa de frente, hacia el Alto del Perdón, y se atraviesa la carretera de Galar. Después se avanza entre una chopera, y se cruza un pequeño puente sobre un arroyo, dejando el arbolado y un embalse a la izquierda, mientras a la derecha se ve elseñorío de Guendulaín. Un kilómetro más tarde, se pasa junto al cementerio para subir a Zariquiegui, en las primeras estribaciones del Alto, y dejar atrás la Cuenca de Pamplona. Al abandonar la localidad se inicia una dura ascensión entre matorrales de boj y aulaga. Antes de alcanzar la cima por el último repecho, aparece la fuente de Reniega. Una vez arriba, donde alguna vez existió un Hospital y una basílica, se divisa el valle de Valdizarbe, mientras Pamplona y los Pirineos quedan a nuestra espalda. Después de cruzar una carretera de servicio, se desciende por un terreno muy pedregoso, entre chaparros. Continuando por él, se salva un arroyo por un pequeño puente, entre chopos. El arroyo Tejería discurre a la derecha, junto a las tierras de labor. Y unas encinas preceden a Uterga, de la que se sale por una pista de tierra que se abandona por la derecha por un camino rural, con el que se entra directamente en Muruzábal. De allí se parte por la carretera de la que hay que desviarse a la derecha para desembocar en una pista. Con ella se atraviesa el arroyo Tejería y se sigue entre viñedos, hasta la cuesta de Obanos. Una vez allí, hay que descender a la carretera NA-601, por la que llega el Camino Aragonés, cruzarla a la izquierda, avanzar entre huertas y regresar a la carretera N-111 a la entrada de Puente la Reina.

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De: pinoromero

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*NOTA PARA CICLISTAS

La gran dificultad de esta jornada es el Alto del Perdón, con una subida impracticable, y un descenso imposible debido al pedregal. Queda la opción de discurrir por la carretera N-111 y en el km 15 tomar el desvío a Uterga, desde donde ya se se puede seguir la ruta del Camino.

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PAMPLONA - PUENTE LA REINA

*enlace web: CAFÉ COKE, donde puedes estudiar esta etapa y sus correlaciones con las casillas del Juego de la Oca.

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EXPERIENCIAS PEREGRINAS

1. Eunate

Cizur Menor Puente la Reina
23 de septiembre de 2004

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Diario de mirada de agua

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Cada una de nosotras va encontrando su ritmo. Me siento mejor así. Hoy es un día para reflexionar, es mi tercer día, me duelen muchísimo los pies, sigo no sé por qué razón…

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Bueno, si lo sé, me gusta la sensación de libertad que me produce andar por estos caminos, la sensación de temeridad, y hasta de aventura porque no sabes con lo que te vas a encontrar en la curva siguiente. Pensé que estaría sola y no lo estoy, tan solo por momentos durante el día, cuando nadie camina a mi lado. Pero siempre coincido con alguien, acabo de conocer a Alberto padre y Alberto hijo -de Miranda de Ebro- . No hacemos más que reirnos todos con sus chistes. La subida al Alto del Perdón es tremenda, pero mejor, prefiero subir que bajar, me duelen menos los pies.

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Alto del Perdón

*enlace: Camino y Monumentos

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“Dónde se cruza el camino del viento con el de las estrellas” reza este escrito en el monumento al peregrino en el Alto del Perdón. La vista que se divisa es impresionante.

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Camino entre Uterga y Muruzabal

*enlace: Camino entre Uterga y Muruzabal

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En ese lugar nos encontramos con personas publicitando un albergue privado en Puente de la Reina, hay un negocio montado en torno al peregrino increible y la verdad tienes que saber muy bien dónde albergarte, porque no es lo mismo un albergue privado que uno municipal, un refugio de peregrinos o un hospital. Nosotras ya teníamos albergue reservado, se encargó muy bien la hospitalera del albergue de Cizur Menor para recomendarnos uno en Puente de la Reina, a cambio nos subiría la mochila sin ningún coste. Lo hicimos, alivia bastante restar peso para caminar, pero en realidad es un engaño al cuerpo, me quedan por lo menos 700 kilómetros para llegar a Santiago y es mejor acostumbrarlo al peso constante que va a soportar.

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Santa Mar�a de Eunate

*enlace: Santa María mirada por Rodrigo

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La iglesia de Santa María de Eunate, está situada a las afueras de Muruzabal, tenemos que desviarnos de nuestro camino para llegar a ella, pero merece la pena andar 4 o 5 kilómetros más
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Santa Mar�a de Eunate - Detalle

*enlace: Rodrigo, nos ofrece este detalle de Santa María de Eunate

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Santa Mar�a

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Es una construcción de planta octogonal, para mí de lo más bello que he visto en arquitectura románica.
En ese lugar tuve una experiencia preciosa
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Interior de Santa Mar�a de Eunate

*enlace: Interior de Santa María de Eunate y de su Vigen

La Virgen de Eunate

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Existe un rito que consiste en dar tres vueltas con los pies descalzos y colocarse en el centro de la cúpula. En ese momento de concentración, sentí una fuerza de energía, como si me imantasen en ese punto, queda en frente entonces una figura de la virgen con una sonrisa y unos ojos muy negros, dicen que una vez realizado el rito y al llegar a ese momento sentirás lo que has anhelado.

Sentí una tranquilidad increíble y una sensación de seguridad en que se está haciendo lo correcto que no sé muy bien explicar. Belleza pura.

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Camino a Obanos

*enlace: Camino que llega a Obanos

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Al salir de Eunate encuentras el camino aragonés, el que transcurre desde Somport y que se une al navarro en Puente de la Reina. Nosotras ese día queríamos llegar a Puente de la Reina. Helena no continua. Hoy se despide, nos hemos hecho amigas, y con pena, nos despedimos después de celebrarlo con vinos, un gusto vinícola exquisito.

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Burrita

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El albergue privado es pésimo en atención. Pero allí estamos, también se hospedan allí otros compañeros de etapas anteriores, como la señora que viene desde Suiza con su burrita caminando, son entrañables. Y después mis amigos en Coruña creyéndome toda una heroína por la hazaña que estoy realizando, lo que yo hago no es nada, estoy cada día más sorprendida de todas las personas tan increíbles que me encuentro. Tantas historias de vida.

– Diario de GUADALUPE, Mirada de Agua, Septiembre/ 2004 –

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2.

Alfonso Biescas

06.03.04 Sábado.

CizurPuente la Reina (089):

No he podido desayunar pues los dos bares del lugar están cerrados tan temprano. Así que he enfilado hacia el chocolate, el barro que uno se encuentra subiendo el Alto del Perdón. Había tanto lodo que los salpicones me han llegado a la cara. Con el trancazo que llevo, la nariz irritada de tanto sonarme, las orejas rojas por el frío y manchado por todas partes he llegado a la fuente del Reniego en donde he vuelto a encontrar otra vez nieve. Se podía pasar y me ha permitido limpiar un poco mis botas en su blancura. Da pena ensuciarla, tan bonita a esta hora y en estos paisajes. Al llegar a la cumbre, me han saludado los gigantes con sus zumbidos al viento y he admirado el arco iris que abarcaba todo el horizonte. Las nubes más que perseguirme me acompañan y de momento me perdonan. Buena rasca pegaba aquí arriba, así que el tiempo justo de hacer un par de fotos y me he tirado cuesta abajo por el pedregal hacia el valle, que hoy lucía verde, iluminado, maravilloso. Pena lo que mis tobillos han sufrido, pero “no hay nada gratuito” según dicen los sufíes.

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En Uterga tocaba café de desayuno, aproximadamente de litro y medio con no sé cuantos sobaos. Llevaba un hambre feroz. Tanto caminar pide un buen yantar que será el único del día, hasta que llegue la cena. Todavía no me acostumbro a tanta austeridad. Pero todo llegará.

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Llamador en Obanos

*enlace: Llamador de Obanos (un_mar_en_calma)

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Un paseo hasta casi Obanos en donde me he desviado para ir a visitar Eunate. La verdad es que he dado una buena vuelta por imbécil. Podía haber cogido la desviación en Muruzabal, pero no sé por qué he seguido y me he metido encima unos 4 kilómetros extras. Para rematar un poco. Porque quien no tiene cabeza ha de tener pies. Así aprendo.

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Obanos Puerta de entrada

*enlace: imágenes de Obanos, tomadas por Patricia de un_mar_en_calma

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Desde la maravillosa y mágica capilla octogonal en donde hemos coincidido cuatro peregrinos meditando, hemos ido casi paseando hasta Obanos y después a Puente la Reina, al refugio. Estaba bastante lleno. Es fin de semana y hay muchos que lo aprovechan para ir haciendo por etapas el Camino. Se echa de menos la paz y el silencio que nos han acompañado hasta aquí.

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Iglesia de Santiago (Retablo)

*enlace: La iglesia de Santiago en un Camino…

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Ducha hirviendo y paseo por la villa. En la iglesia, al ir a admirar la imagen de Santiago peregrino, muertos de frío, nos ha envuelto el calor de la calefacción del recinto que tiene su salida justo frente a la imagen. Ha sido como un maravilloso regalo que nos ha hecho el Santo a unos pobres caminantes que desean abrazarlo.

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Puente la Reina, Cristo en la cruz con el s�mbolo de la Oca

* enlace: Iglesia de la Cruz (Crucifijo gótico)

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Visita al Cristo del crucifijo, y paseo hasta el esbelto puente que da nombre a la ciudad en espera de la hora de la cena.

Diario de ALFONSO BIESCAS, Marzo/ 04 –

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7. j – Trinidad de Arre a Cirauqui (34 km)

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Diario de un peregrino descalzo

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Llegando a Pamplona, Guillermo quiere mandar algo de su considerable equipaje a su familia en Alicante, donde irá cuando termina el Camino.

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Pamplona escultura urbana

* enlace: Pamplona en Camino en imágenes

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Su mochila pesa demasiado y le está dando problemas. Preguntamos por la oficina de correos en información turística, y la chica que nos atiende pregunta si queremos ver la plaza de toros. Nos miramos el uno al otro y contestamos no en coro, dejandola perpleja.

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La Catedral de Pamplona 1

*enlace: Catedral de Pamplona, por Rodrigo

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Como si no hay otras cosas que ver en Pamplona

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Puente la Reina

*enlace: imágenes del Camino, Puente la Reina

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En Puente la Reina, el refugio se acaba de llenar con una manada de italianos ruidosos, y la plaza en frente es un cacareo de peregrinos de todos los confines del mundo.

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Peregrinos a la Puerta

*enlace: imágenes del Camino, peregrinos esperando en Puente la Reina

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Puerta en Puente la Reina

* imagenes de Puente de la Reina, de un_mar_de_calma

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Nos informan que hay un refugio municipal cerca del puente. Cuando nos quitamos las mochilas y nos sentamos en las cochonetas de dicho lugar, nos miramos el uno al otro, y sin decir palabra, recojemos las cosas y nos vamos. Había un aire deprimente ahi. Otros dos que se van – comenta apáticamente el hospitalero a su compinche cuando salimos.

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A la altura de Yesos Pamplona, Guillermo ya no puede con el tendón del pie izquierdo. Esta hinchado, y le es visiblemente doloroso.

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Cirauqui a lo lejos visto por Rodrigo

*enlace: Cirauqui a lo lejos, visto por Rodrigo

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Decidimos seguir sólo hasta Cirauqui, en la esperanza de encontrar algun tipo de hospedaje. No hay, pero la señora de la farmacia nos manda a ver el cura, que con paciente resignación nos da las llaves de la sala parroquial al lado de la iglesia. Sorprendentemente, tiene ducha, pero eso sí, con agua fría.

– Diario de un PEREGRINO DESCALZO, Agosto/ 1996 –

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Enlace a todos los artículos de esta temática:

en: EL CAMINO DE SANTIAGO (itinerario que sigue la Vía Láctea)

¿Dónde encontrar más historias e información? Diarios de Peregrinos

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EL DISCAPACITADO Y EL CAMINO

*ENLACE WEB: EL CAMINO DE SANTIAGO PARA PERSONAS CON DISCAPACIDAD

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14 Respuestas a “(4) Etapa cuarta: PAMPLONA – PUENTE LA REINA (Camino Francés a Santiago)

  1. PARA PERSONAS CON DISCAPACIDAD TAMBIÉN EXISTEN CAMINOS
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    PAMPLONA – CIZUR 4 KM Dificultad media

    Tras pasar la huerta Villela, un cruce nos puede confundir: tomamos a la derecha. Pasamos el puente peatonal de La Magdalena y atravesamos la carretera, que encontramos al otro lado. Por un camino bajo la muralla, entramos en la ciudad por el Portal de Francia.
    Tomamos después por Navarrería, llegando así a la catedral. Cruzamos el casco viejo de la ciudad saliendo por la calle de la Curia, Mercaderes, Plaza del Ayuntamiento, San Saturnino, Calle Mayor y Plaza de Recoletas. Cruzamos el paseo de la Taconera, tomamos Bosquecillo, Avda/ Pío XII. Vuelta del Castillo, Fuente del Hierro y caminando por el Campus llegaremos al Puente de Acella, sobre el río Sadar, hasta encontrarnos otro panel. Cruzamos el puente sobre el río Elorz. Tomamos a la derecha por las casas Larraskuntza. Cruzamos las vías del tren. Atención, no se oye el tren cuando viene. Seguimos por una pista hasta un cruce de carreteras y seguimos de frente por la acera, hasta llegar a Cizur Menor.

    Valoración de la accesibilidad del subtramo

    :

    El recorrido por el Casco Urbano de Pamplona transcurre por algunas zonas empedradas, con aceras en mal estado y estrechas. Más adelante se entra en un parque con un buen firme a partir del cual las aceras son amplias hasta llegar al puente en dirección a Cizur.


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    CIZUR – GUENDULAIN 4,5km

    Seguimos por la carretera hasta el frontón, tomando entonces una senda a la derecha por una arboleda, para seguir después, descendiendo, hasta una pista agrícola conocida como Camino de Santiago.
    Cruzamos y seguimos de frente por la senda Galarbidea. Cruzamos y seguimos por la carretera.
    Dejamos la carretera y tomamos a la derecha una pista agrícola ascendiendo al Alto de la Morea. Siguiendo de frente, la población de Galar queda a la izquierda, en un alto. Finalizada la pista parcelaria cruzamos un campo ascendiendo, saliendo al poco rato a una pista, bajo Guendulain.

    Valoración de la accesibilidad del subtramo

    :

    El camino es un sendero estrecho con una pendiente ascendente pronunciada.

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    GUENDULAIN – ZARIQUIEGUI 2km

    Cruzamos la pista y seguimos por un ramal menos importante, pasando junto a una casa en ruinas. A la derecha quedan los restos de la iglesia y el castillo-palacio. Tras pasar un alto con un cementerio, Zariquiegui queda a la vista.

    Valoración de la accesibilidad del subtramo

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    El camino es de tierra compactada en su mayoría, con una pendiente ascendente severa.

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    ZARIQUIEGUI -ALTO DEL PERDÓN 2,2km

    Salimos del casco urbano por una pista agrícola y llegamos a una pequeña regata. Abandonamos la pista y ascendemos una fuerte cuesta hasta enlazar con una pista de tractores. Seguimos de frente, manteniendo la atención en casos de mal tiempo o niebla. Esta pista es el único acceso para cruzar el Perdón, por lo que no la perderemos bajo ningún concepto.

    Valoración de la accesibilidad del subtramo

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    A la salida del pueblo, el camino es una pista de cemento practicable, de unos 800 mts., al final de la cual se inicia una senda ascendente y en mal estado.


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    ALTO DEL PERDÓN – UTERGA 3,3km

    Dejamos la Fuente de la Teja a la izquierda y la pista asciende diagonalmente ofreciendo unas espléndidas perspectivas sobre la cuenca de Iruña-Pamplona.
    Llegamos al panel del Alto de Santa María de La Reniega, cruzamos la carretera y descendemos campo a través, llegando a otra pista inferior. Tomaremos un ramal secundario de la misma, descendente, pasamos un portillo y continuamos un fuerte descenso, se extiende ante nosotros un paisaje amplio y despejado.
    Atajamos la curva de la pista por la izquierda.
    Llegamos al cruce que dejamos a nuestra izquierda. La pista se transforma en camino, en ocasiones muy estrecho.
    Pasamos el portillo y salimos a un camino agrícola.
    Seguir de frente por el valle de Zaldua hasta la plaza de Uterga.

    Valoración de la accesibilidad del subtramo

    :

    Al llegar al Alto del Perdón, el camino es una senda con fuerte pendiente descendente. A continuación, se inicia una pista de piedrilla suelta que nos lleva a Uterga.

    Alternativas para personas con movilidad reducida: N-111

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    UTERGA – MURUZABAL 1KM Dificultad media

    Cruzamos el pueblo por la carretera hasta que esta dibuja una curva, momento en que la dejamos, para tomar a la izquierda, entre casas, desviándonos a la derecha para entrar definitivamente en una pista agrícola que desciende al Camino del Adiós.Nada más cruzarla, tomamos a la derecha, por un sendero entre campos, ascendiendo entre ellos por los altos de Oianburua, encontrando así las primeras casas de Muruzabal.

    Valoración de la accesibilidad del subtramo

    :

    Al salir de Uterga, se desciende por una pista de piedra suelta, con pendiente descendente. Más adelante, se inicia la subida por un sendero hasta llegar a una pista forestal, que desciende hasta la carretera asfaltada por la que se entra en Muruzabal. Ésta corre paralela a la carretera NA-6016.


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    MURUZABAL – OBANOS 4KM Dificultad alta

    Salimos a la carretera que tomaremos para cruzar Muruzabal. Saliendo del pueblo, tomamos un camino descendente junto a una cruz de hierro. Pasamos por un camino agrícola y seguimos de frente ascendiendo hasta Obanos, localidad en que se unen los dos ramales del camino, el Camino francés que llevamos y el aragonés que viene de Somport.

    Valoración de la accesibilidad del subtramo

    :

    A la salida del pueblo, se desciende por una senda que da paso a un camino agrícola. Éste atraviesa las obras de la autovía, mediante un túnel, hasta la senda que asciende a la entrada de Obanos, cuya pendiente es muy pronunciada.

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    OBANOS – PUENTE LA REINA 2,5 KM Dificultad baja – Dificultad media

    Tomamos a la izquierda por la calle San Juan y a continuación por Julián Gayarre llegamos hasta la plaza.
    Pasamos bajo el arco y continuamos hasta un stop.
    Cruzamos al otro lado de la carretera hasta la Ermita de San Salvador, que queda a la izquierda. Este parece ser el lugar donde en realidad se unen los dos caminos.
    Finaliza la pista de hormigón y descendemos por la pista de tierra. Salimos a la carretera y la seguimos, cruzando y aprovechando un camino peatonal.Tomamos a la izquierda siguiendo la acera y entramos en Puente La Reina.

    Valoración de la accesibilidad del subtramo

    :

    Al salir de Obanos, el camino es una pista de cemento que da paso a un tramo de tierra muy rodada, con pendiente, hasta llegar a la carretera. Tras atravesarla, el camino continúa hasta Puente La Reina.

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    REFERENCIAS DE HOSPEDAJE Y DEMÁS SERVICIOS QUE OFRECE ESTA PÁGINA

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    CIZUR MENOR

    Alojamientos
    ALBERGUE ORDEN DE MALTA
    ALBERGUE DE PEREGRINOS MARIBEL RONCAL
    ALBERGUE DE PEREGRINOS DE HUARTE
    HOTEL DON CARLOS DE HUARTE

    Dónde comer
    ASADOR “EL TREMENDO”

    Servicios de salud
    FARMACIA. C/ Irubidea, 2. Tlf. 948 185 079.

    Otra información de interés
    HOSPITAL DE NUESTRA SEÑORA DEL PERDÓN: Fue sede de las encomiendas de los hospitalarios de San Juan de Jerusalén en Navarra, luego se convirtió en Hospital.
    IGLESIA PARROQUIAL DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL: Destaca su portada románica.
    FIESTAS: Se celebran el primer domingo de septiembre.
    AUTOBUSES: Parada de autobuses que comunica con el centro de Pamplona.


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    GUENDULAIN

    Curioso pueblo abandonado que conserva su monumental iglesia y los restos de una palacio.

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    ZARIQUIEGUI

    Otra información de interés
    PARROQUIA DE SAN ANDRÉS: Enclavada en pleno camino de Santiago, ofrece un estilo románico tardío con la portada muy sencilla.


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    UTERGA

    Alojamientos
    ALBERGUE CAMINO DEL PERDÓN
    ALBERGUE DE PEREGRINOS DE UTERGA

    Dónde comer
    RESTAURANTE LOS NOGALES

    Otra información de interés
    IGLESIA DE LA ASUNCIÓN: Es un edificio gótico del siglo XVI con notables reformas posteriores, que afectaron a los tres primeros tramos de la nave.
    FIESTAS: En honor de la Asunción se celebran el 15 al 18 de agosto, ofreciendo en estos días un singular espectáculo o concurso que consiste en un lanzamiento de “Albarcas”.

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    MURUZABAL

    Servicios de salud
    Urgencias asistidas por las monjas del Convento Hijas de la Caridad de San Vicente.

    Otra información de interés
    IGLESIA PARROQUIAL DE SAN ESTEBAN: Es una mezcla de gótico y barroco.
    PALACIO: El edificio más representativo del pueblo, que fue el palacio de un Marqués, hoy es una bodega que produce vino bajo la etiqueta Palacio de Muruzabal.
    FIESTAS: Fiestas patronales que se celebran el 3 de agosto día de San Esteban.

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    OBANOS

    Alojamientos
    ALBERGUE DE PEREGRINOS DE OBANOS

    Servicios de salud
    FARMACIA. C/ Infanzones, s/n. Tlf. 948 344 133.

    Otra información de interés
    SANTA MARÍA DE EUNATE: Aislado a dos Km. de Obanos, desviándose un poco del camino que conduce a Puente la Reina, se encuentra este lugar, considerado como uno de los más singulares y emblemáticos del Camino.
    IGLESIA DE SAN JUAN BAUTISTA: Templo de estilo neogótico que sustituyó al templo primitivo en 1912. Portada gótica del siglo XIV. En su interior se pueden admirar dos tallas románicas: Ntra. Sra. La Blanca y la Virgen de Arnotegui y una imagen gótica: Ntra. Sra. De Jerusalén.
    ERMITA DE LA VIRGEN DE ARNOTEGUI: El príncipe de Aquitania, tras asesinar a su hermana y sintiéndose arrepentido de esta acción tan vil, peregrinó a Compostela para implorar el perdón del Apóstol. De regreso, se establece en la ermita de la Virgen de Arnotegui, llevando vida de eremita hasta el final de sus días y llegando a ser Santo. Una estela cerca de dicha ermita recuerda el suceso.
    FIESTAS: En junio fiestas pequeñas.

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    PUENTE LA REINA

    Alojamientos
    ALBERGUE SANTIAGO APÓSTOL
    ALBERGUE DE PEREGRINOS DE LOS PADRES REPARADORES
    HOTEL RURAL BIDEAN **
    HOTEL RESTAURANTE JAKUE

    Dónde comer
    RESTAURANTE JOAQUÍN

    Servicios de salud
    CENTRO DE SALUD. Frente a la iglesia de San Pedro, dirección a Estella.
    FARMACIA. C/ Fray Vicente Bernedo, 24. Tlf. 948 340 055.

    Otra información de interés
    PUENTE ROMÁNICO: Puente románico con seis arcos de medio punto, construido en el siglo XI bajo los auspicios de la Reina Munia, para facilitar el paso sobre el río Arga a los numerosos peregrinos.
    IGLESIA DE SANTIAGO: Impresionante portada románica, con influencias moriscas.
    IGLESIA DE SAN PEDRO: Templo de origen medieval y reformado en el siglo XVII-XIX, que conserva en su interior una talla de la Virgen del Txori. Cuentan los lugareños que cada cierto tiempo, un pajarillo le limpiaba la cara a la Virgen con el pico y esto era motivo de ferias y festejos en el pueblo.
    IGLESIA DEL CRUCIFIJO: De estilo románico tardío, fundada por los caballeros templarios, quienes instalaron a su lado un hospital de peregrinos que hoy es el albergue.
    AYUNTAMIENTO: Tlf. 948 340 007.
    OFICINA DE TURISMO: Plaza Mena.
    FIESTAS: 25 de julio Santiago.
    AUTOBUSES de línea hacia Logroño y hacia Pamplona.

  2. Pingback: Los peregrinos que caminan el horizonte en el ‘Alto del Perdón’ (NAVARRA). « El viaje del Peregrino por la ruta de las Estrellas

  3. PASAJE INTEGRO DE IACOBUS REFERIDO A EUNATE QUE HE ENCONTRADO MUY INTERESANTE (ellos siguen la Ruta de Somport)

    El Camino del Apóstol tuerce a la izquierda a la salida de Eneriz para llegarse hasta la capilla de Eunate. Perdida en la so­ledad de los campos, su espadaña guiaba al peregrino a través de una vasta llanura desolada.

    Conforme nos íbamos acercando, me di cuenta que Eunate podía representar para nosotros, incluso, mucho más de lo que parecía a simple vista: podía ser lo que habíamos estado esperan­do desde hacía semanas, podía ser un punto de partida, una es­peranza de comienzo. Los latidos de mi corazón se aceleraron y tuve que hacer un gran esfuerzo para contenerme y no echar a correr hacia ella dejando a Jonás abandonado en el camino. Otra de las cosas importantes que no debía perder de vista era el con­trol de mis emociones, pues nunca se sabe qué ojos pueden estar mirando.
    -¿Qué te dice aquella iglesia, Jonás?
    -¿Tendría que decirme algo? -preguntó despectivamente. Desde la noche anterior se había apoderado de su cuerpo el espí­ritu de algún emperador todopoderoso. Le pasaba de vez en cuando.
    -Quiero que te fijes bien en su estructura.
    -Pues veo una iglesia de proporciones simples y parco or­namento.
    -Pero ¿qué forma tiene? -insistí.

    Clavó su mirada en ella desde la altura de su indiferencia.
    -Octogonal, parece. No lo veo bien. Y está rodeada por un claustro abierto. Lo cierto es que es raro que una iglesia tenga el claustro en el exterior y no en el interior, como es lo habitual.
    -¿Ves? Ya empiezas a observar y no sólo a mirar.

    El halago surtió su efecto. Carlomagno desapareció y dejó paso al novicius.
    -¿Tiene algún sentido algo de lo que he dicho?
    -Lo que has dicho significa que te encuentras frente a una iglesia de factura netamente templaria y que, acaso, en este mo­mento, sea propiedad de mi Orden por la bula disolutoria.
    -¿Cómo lo sabéis -preguntó intrigado-, cómo sabéis que es templaria?

    Para entonces, estábamos ya dando un rodeo a la edificación.
    -Por su forma octogonal. Toda construcción que veas que responde a esta hechura es de alzamiento templario. ¿Recuerdas que cuando descubrimos el significado oculto de los nombres de los médicos árabes que habían asistido al papa Clemente V en Ro­quemaure te dije que Al-Aqsa era una mezquita situada dentro del recinto del Templo de Salomón que los templarios habían uti­lizado como casa presbiterial en Jerusalén?
    -Sí.
    -Pues deja que te cuente una historia.

    Nos quitamos los sombreros y nos sentamos en el suelo, ago­tados por el calor con la espalda apoyada contra el muro de una casa situada al Oeste de la capilla. Nuestros cuerpos agradecieron inmensamente una sombra fresca después de tantas horas de sol.
    -Salomón fue un rey culto e inteligente que gobernó Israel unos mil años antes del nacimiento de Cristo -empecé-. Para que te hagas idea de la clase de persona que era, te diré que suyo es el hermoso Cantar de los cantares de la Biblia y también los li­bros de la Sabiduría, los Proverbios y el Eclesiastés. ¿Te parece su­ficiente como presentación? Pues bien, este rey sabio y justo quiso edificar un templo en honor de Yahvé. Si has leído el primer Libro de los Reyes recordarás que allí se detalla minuciosamente su construcción, para la cual se utilizaron los mejores materiales de los reinos de Oriente: madera de cedro, piedra, mármol, cobre, hierro y oro, grandes cantidades de oro. Fíjate bien: absoluta­mente todas las paredes fueron recubiertas con láminas de este metal precioso y los objetos de culto y el gran candelabro de sie­te brazos fueron fundidos en oro macizo. Nada era bastante her­moso para cobijar y proteger el Arca de la Alianza y las Tablas de la Ley que Moisés cinceló con sus propias manos en el monte Si­naí. Porque eso es lo que contenía el templo, Jonás: el Arca de la Alianza y las Tablas de la Ley. Para guardarlas lo mandó construir Salomón. -Me callé un momento y tomé aire-. Todo el edificio era de proporciones inmensas y también de una inmensa belleza: los querubines situados encima del Arca (de oro puro, naturalmente) eran como leones con alas y cabeza humana y las dos co­lumnas enormes de la fachada del Templo tenían unos receptácu­los de aceite encendido que la iluminaban día y noche.

    El muchacho tenía el cuello torcido en su afán por no dejar de mirarme mientras le contaba aquella historia. Estaba comple­tamente embobado.
    -Pero no eran los materiales la parte más valiosa del templo -continué-. ¡Ni muchísimo menos…! Gente muy especial in­tervino en su diseño. Makeda, la reina de Saba, atraída por la re­nombrada sabiduría de Salomón y por su profunda espirituali­dad, emprendió un largo viaje hacia el norte para conocerle y «probarle con enigmas», como dice la Biblia. Permaneció junto a él durante mucho tiempo, transmitiéndole el Conocimiento sa­grado de los tiempos primigenios para que lo utilizase en la edi­ficación del templo.
    -¿Qué Conocimiento era ése? -preguntó Jonás, intrigado.
    -Un Conocimiento al que tú, muchacho, algún día podrías tener acceso sí eres digno de ello -dije, engañándole, pues, como era evidente, su iniciación ya había comenzado-. Pero calla y escucha. El templo de Salomón respondía, pues, a ciertos modelos y dimensiones procedentes de tradiciones ocultas e ini­ciáticas.
    -¿Qué tradiciones ocultas e iniciáticas?

    Hice como que no le había oído y continué.
    -Tenía tres recintos concéntricos en el interior de los cuales se encontraba el sancta sanctorum, el lugar santísimo donde se custodiaba el Arca y donde nadie podía entrar so pena de muer­te, excepto el gran sacerdote, que podía hacerlo una vez al año. Cuatro siglos después, Jerusalén fue destruida por las tropas del rey Nabucodonosor II, y con ella el hermoso Templo de Salo­món.

    Dejé vagar mis ojos por los resecos muros de la capilla de Eunate. Tenía sed, así que bebí un largo trago de mi calabaza y Jonás me imitó.
    -En lo que fue aquel triple recinto, se alza hoy día la mez­quita llamada Qubbat al-Sakkra, o Cúpula de la Roca, que, cu­riosamente (por no tratarse de una característica de la arquitec­tura islámica), cuenta también con los tres recintos concéntricos. Además, su estructura, y esto es todavía más inexplicable, es oc­togonal. Justo al lado, también dentro de lo que fue el perímetro del templo, está la pequeña mezquita de Al-Aqsa, que los templarios utilizaban como residencia monástica, ya lo sabes. Con­virtieron, pues, Al-Aqsa en vivienda y Qubbat al-Sakkra en igle­sia…, en su iglesia. Numerosas ciudadelas y fortalezas templarias en Tierra Santa y en Europa presentan la estructura salomónica del triple recinto, e incontables construcciones, iglesias y capillas, como ésta de Eunate, reproducen la extraña planta octogonal de Qubbat al-Sakkra, la Cúpula de la Roca.
    -¿Así que esta pequeña capilla cristiana perdida en mitad de las tierras de Navarra debe su forma a una mezquita musulmana situada a miles de millas de aquí?
    -En efecto.

    Parecía impresionado.
    -¿Y qué ocurrió con el oro del Templo de Salomón?
    -Desde que el pueblo de Israel supo que Nabucodonosor se preparaba para atacar, el Arca de la Alianza fue puesta a buen re­caudo y el oro se escondió en un lugar seguro, así que el rey babi­lonio no pudo llevarse a su tierra los tesoros que esperaba. Lo cier­to es que, en compensación, se llevó a los judíos como esclavos, pero ésa es otra historia. Siglos después, cuando los israelitas re­gresaron a Jerusalén, el templo fue reconstruido, aunque de manera más sencilla, pero del Arca, las Tablas de la Ley y las riquezas no volvió a saberse nada. Y así hasta el día de hoy. ¿Qué te parece?
    -Me parece extraño -musitó caviloso-. Como también me parece extraño que los Caballeros del. Temple adoptaran el nombre del Templo de Salomón, su primera residencia. ¿No es un poco absurdo?
    -Los Caballeros del Temple no se llamaban así, su verdade­ro nombre era el de Pobres Caballeros de Cristo, pero todo el mundo les conocía por Caballeros del Temple o templarios. Sin embargo, tienes mucha razón en dirigir tu interés hacia este punto, pues está ciertamente relacionado con lo que hablábamos. En 1118 un noble francés, Hugues de Payns, se presentó ante el rey Balduino II, rey de Jerusalén, y le pidió permiso para defender, con la ayuda de otros ocho caballeros franceses y flamencos, a los peregrinos de Occidente que viajaban hasta allí para visitar los Santos Lugares. Era un ofrecimiento generoso que venía a cubrir una necesidad urgente ya planteada por el rey, así que éste acep­tó complacido. Los nueve caballeros sólo hicieron, a cambio, un simple ruego: poder instalar su residencia en los terrenos que an­teriormente ocupaba el Templo de Salomon.
    -¿Eso fue lo primero y lo único que pidieron nada más lle­gara Jerusalén?
    -A fe que sí. ¿No te parece curioso?
    -¡Desde luego! Pero no se me alcanza por qué tanto interés. ¿Para poder llamarse Caballeros del Temple o templarios?
    -Pero ¿es que no lo ves, Jonás? A pesar de su ofrecimiento al rey de Jerusalén para vigilar los caminos y defender a los pere­grinos, una vez obtenido el antiguo templo, los nueve caballeros se encerraron en él ¡durante nueve años!, sin salir al campo de ba­talla, sin enfrentarse ni una sola vez con los infieles y sin defen­der a ningún viajero, dedicándose exclusivamente, según, decían, a la oración y a la meditación. Piensa Jonás: nueve caballeros en­cerrados en el Templo de Salomón durante nueve años, sin re­clutar sirvientes y sin dejar entrar o salir a nadie de él sin su con­sentimiento. ¿No es extraño? Acabado este período, seis de los nueve templarios regresan a Francia para conseguir la aprobación de sus estatutos en el concilio de Troyes.
    -¿Queréis decir que cuando los templarios llegaron a Jeru­salén tenían algún objetivo secreto en mente?
    -Los templarios buscaban algo especial cuando llegaron a Tierra Santa, no cabe duda. Quizá te haga falta saber algo más. San Bernardo de Claraval, fundador y primer abad de Claraval, doctor Ecclesiae e impulsor del Cister, de quien sin duda has oído hablar por ser una figura prestigiosa de la Iglesia -Jonás negó con la cabeza y yo suspiré, resignado-, fue el encargado de tra­ducir y estudiar los textos sagrados hebraicos hallados en Jerusa­lén después de la toma de la ciudad en la primera Cruzada. Años después, publicó un polémico texto, De laude novae militiae, en el que planteaba la necesidad de unos monjes soldados que de­fendieran la fe por medio de la espada, lo cual era un concepto completamente nuevo por aquel entonces. San Bernardo era tío carnal de uno de los ocho caballeros que acompañaban a Hugues de Payns, de quien también era amigo personal. Así que la idea de fundar la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo fue, sin duda, de san Bernardo. Ahora ya tienes todos los datos que pre­cisas para arribar tú solo a la conclusión lógica.
    -Bueno… -titubeó-. Quizá…
    -¡Venga, rápido! ¡Piensa!
    -San Bernardo encontró algo en aquellos documentos he­braicos, algo que quería conseguir, para lo cual envió a los nueve caballeros a Jerusalén. ¡Ya lo entiendo! -exclamó, de repente, alborozado-. ¡Lo que estáis intentando decirme es que el Arca de la Alianza y las Tablas de la Ley debieron permanecer ocultas en algún lugar secreto del Templo de Salomón, y que esos docu­mentos que Bernardo tradujo decían exactamente dónde se en­contraban! Por eso envió a los caballeros.
    -Si los documentos hubieran señalado claramente el lugar en que se encontraba el Arca con las Tablas, los caballeros no hu­bieran necesitado nueve años completos para encontrarlas, ¿no te parece?
    -Es verdad. Bueno, pues los documentos sólo decían dónde podían hallarse aproximadamente, en algún lugar del Templo, sin especificar.
    -Eso es más sensato. Aunque también es posible que las en­contraran y que, dada la importancia y la sacralidad de lo halla­do, durante aquellos nueve años los primeros templarios se dedi­caran a lo que decían, a orar y a meditar.
    -Y si todo esto lo sabía la gente, como vos lo sabéis, ¿por qué nadie les quitó el Arca? ¿Por qué la Iglesia no se la reclamó?
    -Porque los templarios lo negaron siempre y, si alguien nie­ga algo con la fuerza y la perseverancia suficientes, resulta impo­sible desmentirlo si no se tienen pruebas, y pruebas nunca las hubo. Sospechas, sí; todas. Pero pruebas, ninguna.
    A mi mente acudió veloz el recuerdo de aquella noche (que ahora parecía tan lejana) en que Evrard, durante su delirio de muerte en la mazmorra de la antigua fortaleza templaria del Ma­rais, gritaba dando órdenes de evacuar Al-Aqsa y de salvar el Arca de la Alianza.
    -¿Y vos creéis, sire, que en esa capilla templaria -preguntó Jonás señalando Eunate con el mentón- encontraremos algo re­lativo a todo esto?
    -Relativo a todo esto, no lo creo, Jonás -dije incorporándome con la ayuda del bordón-. De entre todos los secretos de los templarios, que son muchos, el del Arca es el más inviolable de todos. Pero estoy bastante seguro de que si encontraremos las primeras pistas de los escondites del resto de las riquezas tem­plarias, las que ocultaron en el Camino antes de su disolución como Orden.
    -Pero ¿y el Arca? -insistió con tozudez.
    -Los siglos se encargarán de desvelar la evidencia.
    -¡Pero nosotros ya no lo veremos! -protestó mientras avanzábamos hacia la iglesia.
    -Ese es el problema de no poseer la inmortalidad: nos perdemos el futuro.

    Entramos en la ermita por una de las dos aberturas del claus­tro exterior y, circulando por su deambulatorio -también ocha­vado como la iglesia-, empecé a descubrir las señales inconfun­dibles de la tradición iniciática: en uno de los capiteles se veía la figura de un Crucificado sin cruz rodeado por catorce apóstoles; en otro, leones solares enfrentados; en otros más, rostros satánicos de cuyas bocas salían enredaderas formando laberintos o es­pirales, al final de las cuales, o en el centro, se encontraba siem­pre la figura de la piña, representación simbólica de la fecundidad y la inmortalidad. Nada de todo aquello me aportaba nueva in­formación. Si yo hubiera sido un peregrino, y nada más que un peregrino, probablemente hubiera disfrutado contemplando aquellas imágenes, meditando sobre ellas, intentando descifrarlas y aplicando sus conclusiones a mi propia vida; pero mi vida y la de mi hijo estaban en peligro y no tenía tiempo que perder.
    -Mirad, sire -Jonás se había detenido delante de una de las columnas dobles y miraba atentamente el remate-. Ésta es la única representación normal que veo en todo este extraño claustro.
    Me acerqué y observé el capitel. Por uno de sus lados podía verse la escena en la que el ciego Bartimeo, sentado a la vera del camino, llamaba a gritos a Jesús, Hijo de David, suplicándole el milagro de recobrar la vista. Y por el otro, la resurrección de Lá­zaro, el momento en que la losa del sepulcro era descorrida y Je­sús ordenaba a su amigo que saliera al exterior para asombro de los presentes. Tanto Bartimeo como Jesús exhibían minúsculas cartelas de piedra bajo sus pies con lacónicos mensajes: Fili Da­vid miserere mei, la del ciego, y Ego sum lux, la de Jesús. «Bue­no -me dije-, al menos ya es algo.»

    Terminado el deambulatorio del claustro, penetramos en el interior de la capilla por la puerta norte. En un largo friso que daba a la arquería, todo el programa de la iniciación secreta se ex­ponía a los ojos de cualquiera que pasara por allí. No me sor­prendió en absoluto: podía ser muy difícil interpretar los miste­rios inmutables sin la ayuda de un maestro, pero algunos lo habían conseguido, llegando después muy lejos en el estudio del Conocimiento mistérico. Afortunadamente, la narración del friso utilizaba la simbología críptica -las palabras sabias siempre necesitarán intérpretes-, de manera que unos, los iniciados, pu­diéramos leer lo que se decía y otros pudieran llegar a leerlo si su espíritu les animaba a ello. Deduje que, de alguna manera, el Ca­mino de Santiago, el Camino de la Vía Láctea, estaba organizado para asistir a esos seres especiales capaces de alcanzar la iniciación por sí mismos. Tarea terrible, sí, pero no irrealizable.
    -¿Qué significan todas esas imágenes?
    -¿Qué imágenes?
    -Esas cabezas apoyadas unas en las otras, por ejemplo.
    -Es la transmisión racional del Conocimiento del que antes te hablé. Es la primera fase de la iniciación.
    -¿Y esas quimeras y sirenas con colas de dragón?
    -El dolor y el miedo del hombre ante el peligro y lo desco­nocido.
    -¿Y por qué los monstruos llevan una flor, en el vientre?
    -Porque perder el miedo libera al hombre y le hace capaz de alcanzar la verdad.
    -¿Por qué esa figura encapuchada lleva a un niño en los bra­zos?
    -Porque el niño acaba de nacer después de morir.
    -¿Y esa mujer desnuda enroscada en una serpiente?
    -Ésa, Jonás, es la Diosa Madre del mundo, la Magna Mater, la Tierra. Recuerda que ya te hablé de ella en una ocasión.
    -¿Y qué hace una diosa pagana en un templo cristiano?
    -Todos los templos de la Tierra están consagrados a una única divinidad, la llamen como la llamen.
    -¿Y qué hace una diosa con una serpiente?
    -La Serpiente es el símbolo del Conocimiento. También te he hablado sobre ello.
    -Sólo hay una cosa que no entiendo. ¿Cómo puede haber nacido el niño después de morir?
    -Eso, Jonás, te lo explicaré en otra ocasión -dije secándo­me el sudor del rostro con la manga de la saya. ¡Qué manera de preguntar!-. Ahora quiero averiguar adónde lleva aquella esca­lera de allí.

    En el lado sur de la capilla, una puertecilla entreabierta dejaba ver una escalera de caracol. Todavía nadie se nos había pre­sentado desde que habíamos alcanzado las inmediaciones de Eu­nate, así que no vi inconveniente en subir por ella y comprobar adónde llevaba. No me sentí defraudado cuando alcanzamos una pequeña linterna que nos permitió contemplar un hermoso pai­saje: los vastos y silenciosos campos que rodeaban Eunate esta­ban a nuestros pies. Un poco más allá se vislumbraban los edifi­cios de Puente la Reina.
    -Aquí debe aposentarse el vigía, como en Ponç de Riba -dedujo el muchacho.
    -¿Qué vigía, si por estos parajes no hay nadie?
    -¡Alguien tendrá que vigilar por si llegan los moros!
    -¿Y para qué crees que sirve aquel campanario que se ve en Puente la Reina, mucho más alto y más al sur?
    -Pues vigilarán desde los dos puestos.
    -Es posible, no digo que no -convine con él-. Pero esta linterna sirve para algo más que la vigilancia. ¿Es que no te has dado cuenta de la espléndida visión celeste que se disfruta desde aquí? En una bella noche de verano, el cielo debe poder tocarse con las manos. Sin duda, este pequeño recinto sirve de observa­torio para el estudio de los astros.
    -¿Y quién va a estudiar los astros si aquí no hay nadie?
    -Ten por seguro que alguien vendrá alguna vez a mirar el cielo, durante las noches o durante los solsticios y los equinoc­cios, y no sólo en esos momentos; hay épocas del año en que leer las constelaciones es de vital importancia. Un lugar tan bueno como éste debe ser muy frecuentado por astrólogos.
    -¿Y aquella ciudad de allá, Puente la Reina, es nuestro pró­ximo destino? -preguntó Jonás señalando con el dedo.
    -En efecto. Allí comeremos hoy, en alguna alberguería o en la casa de algún buen samaritano misericordioso.

    MATILDE ASENSI.

  4. PASAJE ÍNTEGRO EXTREMADAMENTE INTERESANTE QUE TRANSCURRE EN PUENTE LA REINA…

    Q uatuor vie sunt que ad Sanctum Jacobum
    tenden­tes, in unum ad Pontem Regine, in horis Y
    spanie, coa­dunantur…

    Son cuatro los caminos a Santiago que en Puente la Reina, ya en tierras de España, se reúnen en uno solo, dice Aymeric Picaud en el Codex Calixtinus. Y bien cierto es, pues si hasta entonces nuestro viaje había sido más bien solitario -apenas nos había­mos encontrado con dos o tres grupos de peregrinos y algún pe­nitente esquivo-, en Puente la Reina nos dimos cuenta de la gran cantidad de gente que purgaba sus pecados recorriendo con esfuerzo el itinerario sagrado. Yo mismo estaba maravillado de la generosidad con que habíamos sido tratados y alimentados hasta entonces por los villanos, labriegos y monjes de los lugares por los que habíamos pasado, pero nada era comparable con la ale­gría y la prodigalidad con las que, ya desde Obanos, nos recibie­ron los navarros de aquellos pagos. ¡Qué falsas me parecían las palabras de Picaud!: «Los navarros son un pueblo bárbaro, dife­rente de todos los demás en sus costumbres y naturaleza, colma­do de maldades, de color negro, de aspecto innoble, malvados, perversos, pérfidos, desleales, lujuriosos, borrachos, agresivos, feroces y salvajes, desalmados y réprobos, impíos y rudos, crue­les y pendencieros, desprovistos de cualquier virtud y enseñados a todos los vicios e iniquidades, parejos en maldad a los Getas y a los sarracenos, y enemigos frontales de nuestra nación gala. Por una moneda, un navarro o un vasco liquida, como pueda, a un francés.» Sin embargo, pocas veces en mi vida había visto tanta gente satisfecha reunida en una misma ciudad, ni una ciudad tan volcada y entregada a una sola meta: la atención al peregrino.

    Apenas vislumbradas las primeras casas de Puente la Reina, llamé la atención a Jonás acerca de la torre de la iglesia que tenía­mos delante: aunque comenzaba con una contundente forma cuadrada, su final era una hermosa y delicada cúpula octogonal. El muchacho me sonrió con complicidad. Luego supimos que se trataba de la parroquia del barrio de Murugarren, la iglesia de Nuestra Señora dels Orzs, propiedad de los templarios hasta la disolución de la Orden. Al parecer, el rey García VI había hecho entrega de la villa a los Caballeros del Temple en 1142, con la condición de que acogieran a los peregrinos propter Amorem Dei. Esa tradición de hospitalidad seguía profundamente arrai­gada y viva en el lugar.

    Aunque todos los peregrinos que, como nosotros, entraban en la ciudad se detenían en la parroquia de Nuestra Señora dels Orzs para rezar, Jonás y yo continuamos internándonos por las rúas peregrinas. Teníamos hambre y deseábamos descansar, así que dejamos para más tarde los rezos y las visitas obligadas y nos encaminamos hacia el otro lado del pueblo, hacia la hospedería de peregrinos, ubicada junto a uno de los dos hospitales con los que contaba la ciudad. Pasamos por delante de la iglesia de San­tiago, que lucía una hermosa portada de ejecución mozárabe, y atravesamos la rúa Mayor, flanqueada por multitud de palacios y de casas con linaje -los escudos nobles podían verse sobre los portalones-. Al final de esta calle se encontraba el famoso puen­te que daba nombre y fama a la ciudad.

    Jamás, ni en mis muchos años de vida ni en mis muchos via­jes, había visto un puente de tanto mérito, tan donairoso y ligero como el de Puente la Reina. Parecía surgir de su base como por encantamiento y su imagen estaba tan perfectamente reflejada en el agua, que no se podía distinguir en qué lugar empezaba el puen­te real y en qué lugar el especular. Seis arcos de medio punto y cinco pilares atenuados por pequeños arcos servían para mante­ner la piedra flotando en el aire y facilitar el paso sobre el río Arga a los peregrinos jacobeos. Fue la reina doña Mayor, esposa de Sancho Garcés III, rey de Navarra, quien mandó levantar el her­moso puente. Pero ¿quién fue el pontífice? Aunque yo jamás lle­gara a conocer su identidad, seguro que se trataba de un maestro iniciado. Y la sagaz perspicacia de Jonás no me defraudó.
    -Lo que no comprendo -dijo con el ceño fruncido y tono aciago-, es por qué han construido esta pontana con forma de empinada colina, de manera que tenemos que ir ascendiendo hasta la cúspide sin ver nada de lo que nos espera al otro lado. ¡Con lo cansados que estamos!
    -Este hermoso puente a dos vertientes es un símbolo más de los muchos que estamos encontrando en el Camino. Deberías analizar con detalle su estructura y darle una oportunidad al mensaje.
    -¿Queréis decir que pudiendo construir un cómodo puente de trazado horizontal, levantaron a propósito esta horrible rampa, castigo de caminantes?
    -Bueno, sí…, ésa sería más o menos la idea.
    -¡No puedo comprenderlo de ninguna manera!

    Suspiré. Este hijo mío no tenía término medio: o bien de­mostraba una inteligencia deslumbrante y la curiosidad de un sa­bio, o bien, ante las más insignificantes incomodidades físicas, se volvía zoquete y lerdo como una bestia de carga.

    En la hospedería comimos hasta hartarnos asadura de cabri­to con garbanzos y calabaza dulce y dormimos una buena siesta sobre cómodos jergones. A media tarde estábamos listos para visitar la ciudad.
    -Creo que va a llover -comentó el muchacho, al salir a la calle, mirando el cielo cubierto de nubes.
    -Quizá, pero precisamente por eso debemos acelerar el paso.
    -Quisiera comentaros una cosa, sire.
    -¿Qué es ello? -pregunté distraído mientras subíamos de nuevo el extraordinario puente.
    -¿Recordáis al conde aquel que os amenazó en Saint-Gilles?

    Me detuve en seco en la cúspide. A nuestros pies, la ciudad parecía ahogarse bajo la nublada luz.
    -Sí. ¿Qué pasa con él?
    -Nos está siguiendo desde que cruzamos Obanos.
    -Nos está siguiendo desde que salimos de Aviñón -gruñí, reanudando el paso.
    -Cierto, sire, pero ahora lo hace de forma más descarada. Os lo digo porque me parece que quiere volver a hablaros.
    -¡Si quiere hablar conmigo ya sabe lo que tiene que hacer! De repente mi humor estaba igual de negro que la tarde. Ya no me interesaba visitar la ciudad. La triste verdad era que no te­nía una maldita pista que me condujera al oro -excepto, quizá, el insignificante capitel de Eunate, que podía no revelar nada aparte de un error del maestro cantero- y Joffroi de Le Mans lo sabía, sabía que mis manos seguían vacías. Por eso intentaba amedrentarme. Su ostentación no era más que un apremio. Pero no necesitaba sus bravuconadas para ser plenamente consciente de mi fracaso. Un trueno espantoso retumbó en el cielo y se que­dó vibrando en el aire, como si hubieran partido el universo con una piedra y los pedazos se desmoronaran.
    -Está a punto de empezar a llover, sire.
    -Está bien. Entremos en aquella taberna -rezongué.

    Sobre la puerta, una burda talla de madera pintada, colgada de un espetón, mostraba una pequeña culebra ondulante. Deba­jo, en letras góticas, se podía leer: «Coluver.»
    -El dueño debe ser francés -comenté mientras empujaba la puerta.
    -El dueño y todos sus clientes -añadió Jonás, sorprendido, cuando estuvimos dentro.

    Una masa intransitable de aldeanos y peregrinos francos aba­rrotaba el local con un estruendo espantoso. Instintivamente, me llevé la mano a la nariz y la cubrí para evitarme el desagradable olor a cocimiento de sobaquina humana.
    -¡No hay ni una maldita mesa! -grité al muchacho con la boca pegada a su oreja.
    -¿Qué decís? -me respondió también a gritos.
    -¡Que no hay una maldita mesa!
    -¡Mirad! -chilló sin hacerme caso, señalando, al fondo, un oscuro rincón. Allí, bajo una ristra de embutidos colorados pues­tos a secar, un brazo desnudo y escuálido se agitaba llamándo­nos. En un primer momento no reconocí a su propietario, pero luego los rasgos se me fueron haciendo familiares y uní, por fin, cara y nombre. Bueno, lo de nombre es un decir. Allí estaba Nadie, el anciano del hospital de Santa Cristina, saludándonos con alborozo y ofreciéndonos ocupar un lugar a su lado en aquel lar­go tablero abarrotado de gente.
    Nos encaminamos hacia él con gran esfuerzo, abriéndonos paso a empellones. A cada paso recibíamos los gruñidos de un montón de francos borrachos.
    -¡Mi señor Galcerán! -exclamó el viejo cuando nos tuvo a su lado-. ¡García, querido muchacho! ¡Qué alegría tan grande encontraros por aquí!
    -¿Cómo habéis llegado a Puente la Reina antes que noso­tros, abuelo? -le preguntó Jonás con los ojos llenos de admira­ción, mientras tomábamos asiento a su lado.
    -Hice parte del camino en carruaje, en compañía de unos bretones que tenían prisa por llegar a Santiago. Yo me quedé aquí, en Puente la Reina, para descansar; a mi edad ya no se pue­den cometer excesos.
    -Pues no os vimos.
    -Ni yo tampoco os vi, y eso que os estuve buscando. Los bretones de quienes os hablo gustaban de viajar también duran­te la noche. Seguramente, os encontraríais en el interior de algún templo cuando nos cruzamos, o durmiendo junto a la trocha.
    -Es posible -convine de mala gana, dando unos puñetazos sobre la mesa para llamar la atención de la tabernera.
    -¿Habéis visto muchas cosas hasta ahora, joven García?
    -¡Oh, si, abuelo! He visto mucho y he aprendido mucho.
    -¡Contadme, contadme, estoy deseando escucharos!

    Eran las palabras mágicas que abrían las compuertas, siempre a punto de estallar, de la verborrea de Jonás. Recuerdo que cru­zó mi mente el temor a que hablara más de la cuenta, pero, afor­tunadamente, el chico no perdía la cordura a pesar de su inma­durez. Empezó a relatarle al viejo, con todo detalle, sus propias reflexiones personales en torno a las leyendas del Santo Cáliz y entró luego al trapo con los agotadores pormenores de su futura carrera como caballero del Grial. Entretanto, la tabernera nos trajo la bebida (un buen vaso de excelente vino de la tierra para mí y agua de cebada para el muchacho) y yo me perdí en mis pensamientos mientras examinaba al gentío que nos envolvía.

    Hacía ya rato que un grupo de peregrinos francos cantaba a voz en cuello unos alegres romances en lengua provenzal, mar­cando el ritmo, muy vivo, con los golpes de las jarras contra las mesas y con palmadas y silbidos. Como el alboroto de la cantina era enorme, al principio no les había hecho caso. Pero algo, no sé qué, me hizo aguzar el oído y atender, quedándome de improvi­so sin sangre en las venas: la letra de la monserga contaba que una judía francesa que había venido a España para visitar Burgos, ha­bía sido inútilmente requerida de amores por sus compañeros de viaje, deseosos, al parecer, de contar uno a uno los infinitos lunares repartidos por su cuerpo. Tuvieron que dejarla en paz por­que, como eran peregrinos, no querían pecar contra Santa Maria, pero al final se desvelaba que la judía era hechicera y que les ha­bía amenazado con dejarlos calvos y sin dientes si insistían en sus requiebros.

    Aferré a Jonás por un brazo y tiré de él, girándolo hacia mí.
    -¡Escucha! -le ordené sin miramientos.
    Entre rugidos y risotadas, los francos estaban empezando de nuevo con la letra de la cancioncilla, y como los versos eran fáci­les de recordar, otros grupos se les estaban sumando. Jonás pres­tó atención y luego me miró.
    -¡Sara! -exclamó excitado.
    -Seguro.
    -¿Quién es Sara? -preguntó Nadie con mucha curiosidad.
    -Una conocida nuestra, a quien dejamos no ha mucho en París.
    -Pues creo que ya no está allí, si lo que dice la canción es cierto -repuso el viejo.

    El muchacho y yo le ignoramos, atentos únicamente a la troya.
    -Voy a enterarme -exclamó Jonás levantándose.
    -Mejor voy yo -le detuve, obligándole a sentarse de nue­vo-. Se burlarían de ti.

    Me abrí paso entre la gente hasta llegar al grupo de peregri­nos y me agaché hacia la sucia oreja del franco que parecía diri­gir el cotarro. El hombretón escuchó mi petición, me examinó prolijamente, pareció meditar y, luego, estalló en carcajadas y ha­ciendo un gesto con la mano a sus compañeros, se levantó y me llevo a un aparte.
    -En efecto, sire -me confirmó con una sonrisa-, la judía de la canción se llama Sara. Ayer mismo se separó de nosotros y se unió a un grupo de judíos que viajaba hacia León.
    -¿Y sabéis adónde se dirigía ella?
    -¡Ya lo dice nuestra canción, micer! Hacia Burgos. Parece que allí hay un hombre que la está esperando. Tenía mucha prisa por llegar, por eso nos dejó. Los judíos con los que se fue viaja­ban más rápido que nosotros. ¡Y eso que hacemos la ruta con las mejores carretas de toda Francia! Sólo hemos tardado dos sema­nas en completar el trayecto desde Paris.
    -¿A qué distancia calculáis que pueda estar ahora? -le pre­gunté.
    -No sé… -masculló pinzándose el labio inferior con los dedos-. Podría estar a dos o tres jornadas a caballo. No creo que mas.

    Le di las gracias y regresé junto a Jonás y a Nadie, que me es­peraban impacientes.
    -¿Era Sara?

    El muchacho mostraba una enorme expectación.
    -Si, era ella. El francés me lo ha confirmado.
    -¿Y qué está haciendo aquí?
    -No lo sé con certeza -repliqué dando un trago de vino; notaba la garganta seca como la estopa-. Pero se encuentra a pocas millas de distancia. Dos o tres días a caballo, como máximo.
    -¿Queréis alcanzarla? -preguntó Nadie con una curiosa entonación.
    -Somos peregrinos sin recursos y no podemos comprar ca­balgaduras -le aclaré de muy malos modos.
    -Eso tiene fácil arreglo. Yo no cumplo penitencia de pobre­za, así que puedo adquirir caballos para los tres.
    -Sois muy amable, pero dudo que dispongáis de medios su­ficientes -proferí con el afán de ofenderle. Pero Nadie no era un caballero que debe defender su honor, ni siquiera tenía traza de noble o de hidalgo; parecía, más bien, un comerciante poco acau­dalado.
    -Los medios de que dispongo son cosa mía, sire. No os in­cumbe entender sobre esta materia. Os estoy ofreciendo la posi­bilidad de alcanzar a vuestra amiga. ¿Aceptáis?
    -No. No podemos aceptar vuestra generosidad.
    -¿No podemos? -se sorprendió Jonás.
    -No, no podemos -repetí mirándole fijamente a los ojos para que se callara de una maldita vez.
    -Pues no veo por que no -insistió el viejo-. Hay unas ca­ballerizas muy buenas detrás del hospital de San Pedro, con monturas de primera, y conozco al dueño. Nos venderá los animales que le pidamos a un precio razonable.
    -¿Estáis seguro, padre, de que no podemos? -insistió el muchacho, haciendo hincapié en la palabra padre, usándola como si fuera un cuchillo.

    Le lancé una mirada asesina que rebotó como una flecha so­bre un escudo. Le esperaba una buena a aquel estúpido novicius en cuanto llegáramos a la alberguería.
    -Pensadlo bien, don Galcerán. Llegaríais antes a Santiago sin romper vuestro voto de pobreza.

    Sabia que no debía, sabia que tenía una misión que cumplir y que viajar a caballo significaría perder pistas importantes, sabía que el conde Joffroi nos pisaba los talones y que vigilaba cada uno de nuestros movimientos, y sabia que, por encima de cual­quier otra cosa -¿qué cosa era esa que me impulsaba a correr tras la judía?-, yo jamás había incumplido una orden.
    -Está bien, anciano, acepto vuestro ofrecimiento. La cara de Jonás reflejó una gran satisfacción, mientras que el viejo se levantaba de la mesa con una sonrisa.
    -Vamos, pues. Apenas tenemos tiempo de comprar los animales y partir hacia Estella. Allí pasaremos la noche.

    Por mí mente cruzó rápidamente la idea de que Nadie era uno de esos individuos que, incapaces de ganarse amigos de otra manera, los compran a base de regalos y favores, y que, una vez los han adquirido (o creen que los han adquirido), se enseñorean en el trato, tomando en sus manos las riendas de las vidas y las haciendas de sus victimas, hasta que éstas, siempre de mala ma­nera -pues no hay otra forma de desprenderse de estas fatigosas relaciones-, terminaban dándose a la fuga, desesperadas. La se­gunda cosa que pensé en aquel instante era que habíamos caído en una trampa mortal en la cual Nadie era la araña y Jonás y yo los pequeños e indefensos insectos que le iban a servir de cena. Y la tercera cosa, que, si le acompañábamos a comprar los caba­llos, no íbamos a tener tiempo de visitar Nuestra Señora deis Orzs, la antigua iglesia templaría.
    -Hay algo que debemos hacer antes de partir, Jonás.

    El muchacho asintió.
    -¿Qué es ello? -preguntó Nadie, impaciente.
    -Visitar la parroquia de Murugarren. No podemos mar­charnos de Puente la Reina sin haberle rezado a Nuestra Señora. La cara del viejo reflejó contrariedad.
    -No creo que eso sea imprescindible. Sólo es una iglesia más, una de tantas. Podréis rezar a la Santísima Virgen en otros muchos lugares.
    -Me extraña que un viejo peregrino como vos diga una cosa así.
    -Pues no debería extrañaros -repuso con acritud, pero de inmediato cambió el tono de voz, suavizándolo mucho-. De­béis comprender que, precisamente porque conozco muy bien la ruta del Apóstol, sé que no os faltarán emplazamientos de devo­ción mariana en los que rezar.
    -Lo sabemos, pero quizá nosotros, al contrario que vos, no volvamos nunca por estos pagos.

    Nadie pareció quedarse pensativo.
    -Dejad, al menos, que el muchacho venga conmigo -dijo al fin-. Su parecer me será muy útil para elegir nuestras monturas.
    -Sí, por favor, dejad que vaya con él -suplicó el tonto de mi hijo, implorante.
    -Sea -accedí, aunque de mala gana-. Vete con él a com­prar los caballos. Nos encontraremos en la hostería dentro de una hora.

    ¿Por qué?, me preguntaba mientras caminaba solo por la rúa Mayor, ¿por qué todo esto?, ¿por qué he aceptado el viaje a ca­ballo?, ¿por qué he permitido que el viejo se inmiscuya en nues­tras vidas?, ¿por qué estoy desatendiendo mi primera y principal obligación, una misión en la que el Papado y el Hospital de San Juan tienen importantes intereses?, ¿por qué descuido lo que es conveniente para mi hijo, su gradual iniciación en los Misterios, imposible de llevar a cabo en compañía de Nadie?, ¿por qué de­safío de este modo al conde de Le Mans?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?…

    La parroquia -y en esto no podía negar su origen templario-presentaba una extraña estructura en dos naves (en lugar de la nave única o de las tres naves, como es lo habitual), perfecta-mente iguales a pesar de que una de ellas se exhibía como capilla adyacente, carente de altar y de imagen sagrada. En la primera, una Virgen sentada en un trono con un niño clavado en sus ro­dillas, miraba inexpresivamente el espacio frente a ella, como sí nada de lo que allí ocurriera pudiera afectaría en modo alguno. Era la imagen de Santa Maria deis Orzs, una talla pulcra y bien labrada pero de nulo interés mistérico. ¿Es que los templarios ha­bían pasado por alto Puente la Reina? No podía creerlo, así que me encaminé hacia la segunda nave con una cierta desazón.

    El ábside estaba extrañamente cubierto por una pesada tela ne­gra que, por supuesto, despertó al punto mi curiosidad. ¿Qué po­día haber debajo? Una iglesia no mantiene una nave vacía porque sí, tiene que existir alguna poderosa razón para una actitud tan des­concertante, y puesto que no se veían restos de obras ni andamios que justificaran tal protección, el encubrimiento debía obedecer a algún otro motivo. No lo dudé ni un instante y, a riesgo de ser amonestado por alguno de los peregrinos que oraban allí en aque­llos momentos, levanté una de las esquinas inferiores del paño.
    -¿Qué hacéis? -chilló una voz aflautada en el silencio del templo.
    -Miro. ¿Es que no se puede? -respondí sin soltar la tela.
    -No se debe.
    -Eso no es una prohibición -dije, mientras escudriñaba apresuradamente lo que había debajo. -¡Soltad ahora mismo el lienzo o me veré obligado a llamar a la guardia!

    No podía creer lo que tenía ante mi… Simplemente, no podía creerlo. Debía conservar en mi mente todos los detalles. Necesi­taba tiempo para mirar bien.
    -¿Y quién sois vos para gritar dentro de una iglesia? -pre­gunté estúpidamente con la pretensión de entretener a mi inter­locutor. Sus pasos se acercaban veloces por la nave.
    -¡Soy un cofrade de la parroquia! -exclamó la voz apenas un segundo después, ya junto a mi oreja, al mismo tiempo que una mano vieja y deficiente aplastaba la tela contra el muro, dando por definitivamente finalizada mi inspección-, el encargado de su custodia y vigilancia. ¿Y vos quién sois?
    -Un peregrino de Santiago, sólo un peregrino -exclamé fingiendo tribulación-. No he podido resistir la curiosidad. De­cidme, ¿de quién son estas hermosas pinturas?
    -Del maestro germano Johan Oliver -me explicó el mez­quino vigilante-. Pero, como veis, están sin terminar. Por eso no pueden verse.
    -¡Pues son insuperables!
    -Si, pero probablemente serán sustituidas por un Crucifijo de verdad, por uno de similares características al que hay pintado en el muro.
    -¿Y eso por qué? -pregunté con curiosidad.
    -¡Y yo qué sé!
    -Sois muy poco amable, cofrade.
    -¡Y vos habéis faltado al respeto debido a este sagrado re­cinto! Así que ¡largo, bellaco! ¡Fuera de aquí! ¿Acaso no me oís? ¡He dicho que a la calle!

    Salí de la iglesia casi corriendo, pero desde luego no por temor a las bravatas de aquel cofrade, que para mi no tenía ni me­dia bofetada -por eso adopté una actitud humilde, resultaba más creíble para un jacarero de su especie-, sino porque necesi­taba sentarme en alguna parte y pensar cuidadosamente en todo lo que había visto.

    A poca distancia tropecé con la bellísima puerta de la iglesia de Santiago y me senté, como un mendigo, contra una de las jambas. No sé por qué me quedé allí, pero pocas eran las cosas que yo entendía de la ruta que estaba recorriendo. Todo era mágico y simbólico, todo era múltiple y ambiguo, cada signo representaba mil cosas posibles y cada cosa posible se relacionaba misteriosa­mente con lugares, conocimientos, hechos o períodos infinita­mente lejanos en el espacio o el tiempo, o cercanos, pero esto sólo servía para aumentar su misterio.

    Tras el lienzo negro del ábside había encontrado la represen­tación más extraordinaria de cuantas había visto a lo largo de mi vida: sobre un fondo universal, la figura de un crucificado de ta­maño y hechura humanas colgaba, agonizante, de un árbol ahor­quillado en forma de Y griega, con el cuerpo vuelto hacia la iz­quierda y la cabeza girada: en sentido contrario. El dramatismo de la escena era tan crudo y sublime, y el verismo era tal, que no podía reprimir un estremecimiento cada vez que lo recordaba. Pero había más: sobre la cabeza del Cristo, o sobre la copa del ár­bol, el ojo avizor de un águila mayestática examinaba un lejano ocaso solar. Eso era lo que había visto y eso era lo que debía in­terpretar. Si nada es casual en esta vida, aquella representación tenía el aspecto de ser lo menos casual que ha existido en la his­toria del mundo. Estaba allí por algo, por algo tenía aquella apa­riencia y desde luego también por algo se hallaba cubierta y bien cubierta.

    Empecé a sopesar posibles interpretaciones. Nunca es bueno llegar a conclusiones precipitadas. Así pues, ¿qué tenía? Tenía un pintor germano, llamado Johan Oliver, que había dejado sin ter­minar unas pinturas; tenía unas pinturas que pronto serían susti­tuidas por un crucifijo real de similares características al del pa­nel mural; y tenía un extraordinario panel mural tapado por un lienzo negro que impedía su contemplación. Ésos eran los he­chos. Ahora los símbolos. Tenía una crucifixión sin cruz -en uno de los capiteles del claustro de Eunate había encontrado la misma alusión-, ya que el árbol en forma de Y griega, con un tronco sin descortezar del que salían, desde la altura del abdomen de Cristo, los dos vástagos superiores, no era una cruz, sino una conocida representación de la Pata de Oca, signo de reconocí­miento de las hermandades secretas de maestros constructores y pontífices iniciados (ejecutores, como Salomón en su templo, de los principios sagrados de la arquitectura trascendente); tenía un águila majestuosa, símbolo de iluminación, que podía represen­tar tanto la brillante luz solar como a san Juan Evangelista; y te­nía, por último, un bellísimo crepúsculo, prefiguración de la muerte mistérica que convierte al iniciado en hijo de la Tierra y del Cielo.

    Pues bien, ¿y qué?, ¿qué conclusión podía sacar de todo eso? Quizá el nexo de unión entre todos estos factores era algo tan ab­surdo que, teniéndolo delante, no podía verlo, o quizá era una re­lación tan tenue que, por su misma insignificancia, no lograba aprehenderla. También era posible, me dije desesperado, que el vínculo fuera tan rebuscado y confuso que nadie que no estuvie­ra en posesión de la clave precisa, de la concreta para aquel enre­do, podría desensamblar correctamente las piezas. Y tampoco podía dejar de lado, por supuesto, el capitel de Eunate, con su significativo error evangélico, que presentaba, además, verosími­les correspondencias con las pinturas del muro. Mi ceguera me exasperaba; no hacia más que buscar posibles combinaciones de símbolos, nombres y afinidades. Quizá me faltaba algo, quizá me estaba equivocando de procedimiento… La triste verdad es que no conseguía encontrar nada lógico.

    Durante los años que dediqué al estudio de la Qabalah, una de las cosas fundamentales que aprendí fue que un buen cabalis­ta jamás se rinde ante los obstáculos y los problemas que se le plantean en sus pesquisas. Antes bien, acepta la existencia de di­chas dificultades como otro aspecto más del aprendizaje y, una vez hecho esto, se encuentra en la actitud adecuada para percibir lo que debe ser cambiado.

    Los cascos de unos caballos me sacaron de mi enajenación. Y cuando digo los cascos de unos caballos quiero decir, literalmente, los cascos de unos caballos, y no su sonido, que en modo alguno hubiera penetrado hasta mi cerebro: sentado como me hallaba en la puerta de la iglesia de Santiago, con la cabeza hun­dida entre los hombros y la mirada gacha, vi avanzar hacia mi las patas de unos animales que se me plantaron frente a la cara y, antes de que tuviera tiempo de perder el color, la voz ofendida de Jonás empezó a reprocharme mí ausencia desde la altura que le otorgaba su palafrén:
    -¿Acaso no habíamos quedado en la hostería una hora des­pués de separarnos, padre? ¡Pues ya podíamos esperaros…, padre!
    -¿Cuánto tiempo llevo aquí? -quise saber mientras me in­corporaba dificultosamente, apoyando las palmas de las manos contra las columnas del pórtico.
    -El tiempo que lleváis sentado no lo sabemos -me explicó Nadie inclinándose ligeramente para ofrecerme las riendas de mi corcel-. Pero vuestra ausencia ha durado más de dos horas, don Galcerán.
    -¡Más de dos horas…, padre! -me increpó con insolencia el muchacho.

    No lo pensé dos veces. Alargué el brazo derecho y agarré a Jonás por el cuello del jubón, tirando hacia abajo sin misericor­dia. Como tenía los pies ensartados en los estribos, se tambaleó y cayó al empedrado en mala postura, sin que por eso yo le soltara de mi traba. Desde abajo, sus pupilas reflejaban espanto y te­rror y las mías un resquemor que estaba muy lejos de sentir.
    -Escúchame, García Galceráñez: que sea la última vez en tu vida que le faltas el respeto a tu padre -silabeé-. La última, ¿me has oído? ¿Quién te has creído que eres, miserable paniaguado impertinente? Dale gracias a la Virgen por tener el cuerpo libre de verdugones y sube a tu montura antes de que me arrepienta.

    Le aupé a pulso, por la ropa todavía pinzada, y le dejé caer como un títere sobre la silla de montar. Vi la rabia y la impoten­cia reflejadas en su rostro descolorido y tembloroso, incluso vi un rayo de odio atravesando su mirada, pero el chico no era malo y el enfado se le disolvió en amargas lágrimas mientras yo mon­taba y abandonábamos Puente la Reina al paso lento de nuestros caballos. Ya no era el crío que encontré al llegar al cenobio de Ponç de Riba, aquel pequeño García que me espiaba por las ven­tanas de la biblioteca y que salía corriendo de la enfermería reco­giéndose los diminutos faldones del hábito de puer oblatus. Aho­ra tenía el cuerpo de un hombre, la voz de un hombre y el genio vivo de un hombre, y por todo ello, aunque su mente siguiera siendo en muchas ocasiones la de aquel niño, tenía que empezar a comportarse como un verdadero hombre y no como un vulgar villano.

    Al salir de Puente la Reina pusimos los animales al galope. Mi corcel era un espléndido cuadrúpedo de buena alzada y ligero como el viento, con el que hubiera luchado sin temor en cual­quier batalla. Pero el bridón que Nadie había comprado para sí era, con diferencia, el mejor de los tres, bizarro y arrogante, y de sangre impetuosa.

    MATILDE ASENSI

  5. PEREGRINATIO DE MATILDE ASENSI

    Y precisamente será Eunate, cerca de Pons Regine1, la próxima parada de vuestro viaje. Ya sabes que, a la salida del pueblo de Enériz, el Camino dobla a la izquierda para allegarse hasta la extraña capilla. Desde lejos divisarás su alta espadaña perdida en la soledad de una vasta llanura desolada. Espero, hijo mío, que disfrutes tanto allí con tus recuerdos como yo estoy disfrutando mientras evoco los míos, pues aún se me apresuran los latidos del corazón al revivir el momento en que vi por primera vez aquella iglesia de proporciones simples y parco ornamento. Recuerdo tu sorprendida pregunta cuando te expliqué el origen de su arquitectura: «¿De verdad esta pequeña capilla cristiana, perdida en mitad de las tierras de Navarra, debe su forma a una mezquita mahometana emplazada a miles de millas de aquí…?»

    Y así era, ¿recuerdas? El rey Salomón, que gobernó Israel mil años antes de nuestra era, quiso levantar un templo grandioso en honor de Yahvé, tal y como se narra en el primer Libro de los Reyes de la Biblia. La reina de Saba, atraída por la fama de sabio y justo de Salomón, quiso conocerle para «probarle con enigmas» y pasó mucho tiempo con él, transmitiéndole un Conocimiento sagrado sobre modelos y dimensiones que Salomón utilizó para construir el templo.

    El rey hizo traer a Jerusalén los mejores materiales de todos los reinos de Oriente: oro, madera de cedro, mármol, cobre, hierro… Las paredes fueron cubiertas enteramente con oro y los objetos de culto fueron también fundidos en este material. ¿Por qué tanto dispendio, tanto fausto, tanta ostentación? Porque nada era suficiente para dar cobijo al Arca de la Alianza y a las Tablas de la Ley contenidas en su interior. La misma planta del templo, formada por tres re­cintos concéntricos, estaba pensada para su especial protección; en el sancta sanctorum nadie podía entrar salvo el gran sacerdote, que sólo lo hacía una vez al año. Cuatro siglos más tarde, sin embargo, la ciudad de Jerusalén fue arrasada y el Templo de Salomón destruido por las tropas de Nabucodonosor II, perdiéndose para siempre toda traza del Arca y las Tablas, la misma Arca que nosotros tuvimos la fortuna de ver con nuestros propios ojos mientras escapábamos de nuestro encierro en Las Médulas. Grande ha sido para mí, en los últimos años, el trabajo de buscarles un nuevo e inviolable acomodo, un acomodo que espero sea duradero y acorde con su alta condición de objetos sagrados.

    Pero sigamos con la historia de la capilla de Eunate y su extraordinario origen. Cuando, más de mil quinientos años después de Nabucodonosor, los cruzados europeos llegaron a Jerusalén, descubrieron que, sobre los restos del Templo, se había levantado una mezquita sarracena llamada Qubbat al-Sakkra, o Cúpula de la Roca, que, extrañamente, mantenía los tres recintos concéntricos y exhibía una más que inexplicable estructura octogonal, impropia de la arquitectu­ra musulmana. Junto a ella, dentro también de lo que fuera el recinto del desaparecido Templo, había otra mezquita más pequeña, Al-Aqsa, que los templarios, los milites Templi, utilizaron como residencia monástica, dejando la función de basílica para la Cúpula de la Roca, ya que ambos edificios les habían sido entregados en propiedad por el rey Balduino II. ¿Recuerdas que te expliqué que ésta fue la única petición que hicieron a cambio de proteger la ruta hasta Jeru­salén y a los peregrinos cristianos que la transitaban? Querían el viejo recinto del Templo de Salomón porque sabían lo que buscaban y, ciertamente, además de ganarse el nombre por el que fueron conocidos —templarios, por el Templo—, consiguieron su objetivo y se adueñaron, no sólo del Arca y las Tablas, sino también de importantes documentos que les transmitieron aquel viejo Conocimiento sagrado sobre modelos y dimensiones apropiados para la construcción. De este modo, pocos años después, centenares de torres, iglesias y capillas templarias en Europa, como la de Eunate, presentaban la misma sorprendente planta octogonal. Como la Orden del Temple ha sido disuelta y diezmada, dentro de muchos siglos las gentes admirarán estas edificaciones pero no conocerán su origen ni el porqué de su forma.

    EL DESTINO, ESE MISTERIOSO Y SUPREMO DESTINO DEL QUE HABLA LA QABALAH, QUIERE QUE TÚ, JONÁS DE BORN, LLEVES A CABO EN EUNATE EL SEGUNDO GRADO DEL ANTIGUO RITUAL cuyo cumplimiento motiva en parte tu peregrinación hasta el Fin del Mundo: de nuevo frey Estevao te guiará como un padre. Obedécele en todo cuanto te ordene. Esa noche ni cenarás ni beberás y mientras el caballero se aleja con vuestras monturas en dirección a Pons Regine, dejándote solo, tú escudriñarás demoradamente los capiteles del deambu­latorio de claustro, reparando en la figura del Crucificado sin cruz que aparece rodeado por catorce apóstoles, en los leones solares enfrentados, en los rostros satánicos de cuyas bocas salen enredaderas formando laberintos y espirales que terminan siempre con representaciones de pinas, frutos que simbolizan la fecundidad y la inmortalidad.

    El propósito, Jonás, es que medites sobre esas imágenes en soledad, que intentes descifrarlas, que les des un significado acomodable a tu vida. Las palabras sabias siempre necesitarán intérpretes, lo mismo que las imágenes herméticas o los grandes misterios, y esa noche el intérprete serás tú. De modo que no sientas temor de errar en tus conjeturas porque no existe tal peligro y no te desanimes por la dificultad de la tarea. La sabiduría es la consecuencia de la reflexión y la reflexión es de cada uno.

    Cuando termines en el claustro, penetra en el interior de la capilla por el norte. Observa el friso que da a la arquería y reflexiona. Entenderás muchas cosas si prestas atención a lo que allí veas. Por eso debes estar solo y por eso debe rodearte el mayor de los silencios nocturnos. El Camino de la Vía Láctea está próvidamente dispuesto para asistir a los seres especiales que son capaces de alcanzar la iniciación por sí mismos. Medita sobre el significado de las cabezas apoyadas unas contra otras —la transmisión racional del Conocimiento—, de las quimeras y sirenas con colas de dragón —el dolor y el miedo del hombre ante el peligro y lo desconocido—, de los monstruos con flores en el vientre —la desaparición del miedo, lo que permite la libertad—, de la figura encapuchada que lleva a un niño en los brazos —el ser renacido tras la muerte—, de la mujer desnuda enroscada en una serpiente —la Diosa Madre del mundo, la Magna Mater, la Tierra, enrollada en la Sabiduría y el Conocimiento…

    Quizá la noche se te pase en estos menesteres, pero no será tiempo perdido ni sueño malogrado. Cuando por fin consideres que ya es momento de des­cansar, dirígete al lado sur de la capilla y, por una puertecilla que encontrarás entreabierta, sube la escalera de caracol que te llevará a la pequeña linterna que visitamos tú y yo en aquella ocasión, sólo que ahora encontrarás allí un cómodo lecho de bálago y unas buenas mantas para que no pases frío. Duerme todo cuanto te pida el cuerpo, pues ésta es la segunda fase del ritual de iniciación que vas a consumar. La pri­mera fue el baño purificador en Tiermas; la segunda, el sueño vigorizante tras la meditación de los misterios. Si la noche es despejada, observa los astros. Recuerda que esa linterna de Eunate ha servido durante mucho tiempo a los sabios que exploran el cielo para comprender la Tierra. Cuando despiertes, a la mañana siguiente, comprobarás que todo lo que aprendiste la noche anterior se conserva fresco y claro en tu mente. Frey Esteváo, por su parte, te estará esperando cerca de la iglesia con los animales listos para reemprender la ruta.

  6. PEREGRINATIO DE MATILDE ASENSI

    En Puente la Reina podrás engullir, a no mucho tardar, un buen yantar que calmará tu hambre de muchas horas, pues la distancia entre esta ciudad y Eunate es de sólo cuatro millas. ¡Qué gran ciudad, Puente la Reina! Allí se unen, formando uno, los principales caminos a Santiago, dando lugar a una rica y abigarrada mixtura de gentes de toda clase, lengua y condición. Por fortuna, los navarros son tan serviciales y pródigos con los peregrinos como pide la vieja tradición de hospitalidad del Camino, recordada por el Codex Calixtinus:

    «PEREGRINI SIVE PAUPERES SIVE DIVITES A LIMINIBUS SANCTI JACOBI REDIENTES, VEL ADVENIENTES, ÓMNIBUS GENTIBUS CARITATIVE SUNT RECIPIENDI ET VENERANDI. NAM QUICUMQUEILLOS RECEPERIT ET DILIGENTER HOSPICIO PROCURAVERIT, NON SOLUM BEATUM JACOBUM, VERUM ETIAMIPSUM DOMINUM HOSPITEM HABEBIT. IPSO DOMINO IN EVANGELIO DICENTE: QUI VOS RECIPIT ME RECIPIT.»

    «Los peregrinos, pobres o ricos, que vuelven de Santiago o se dirigen allí, deben ser recibidos con caridad y respeto por todos, pues quien les reciba y hospede con esmero tendrá por huésped no solamente a Santiago sino también a Nuestro Señor, el cual dijo en el Evangelio: “el que a vosotros os recibe a mi me recibe” Codex Calixtinus IX.

    Me agradaría, aunque sólo se trata de un deseo, que acudieras de nuevo al figón llamado Coluver, próximo al celebrado puente que da nombre y fama a la ciudad, aunque si prefieres la comida de la hospedería de peregrinos en la que nos alojamos —recuerdo que nos ofrecieron una magnífica asadura de cabrito con garbanzos—, no cumplas mi deseo, pues no tienes obligación. Pero fue allí, ¿recuerdas?, en aquella taberna, donde un grupo de peregrinos francos cantaba unas alegres romanzas sobre una hechicera, una judía francesa que viajaba sola hacia Burgos. Me río al recordarlo mientras te escribo. Aquella hechicera era Sara, mi Sara, la madre de tu pequeña hermana Saura. ¡Cómo cantaban aquellos provenzales, golpeando con sus jarras contra las mesas! Y eso que ella, ante sus requerimientos de amores, les había amenazado con dejarlos calvos y sin dientes. Yo, de ellos, me hubiera echado a temblar, pues nunca, nunca, hay que ignorar las advertencias de Sara, créeme. No he visto en mi vida dueña tan terca y soberana de sus actos, con el peligro añadido de poseer conocimientos de brujería que, además, le procuran unos buenos ingresos aquí, en Serra d’El-Rei. ¿Sabes que continuó con su viejo oficio al poco de marcharte tú? No tuve nada que objetar a su deseo porque vinieron a mi mente las palabras que me dijo tu madre, Isabel de Mendoza, cuando la visité en el cenobio de Las Huelgas durante nuestro primer viaje: «Aquí dentro la vida no es fácil, señor… Mi tiempo pasa entre chismorreos, comadreos y murmuraciones. Lo que más me entretiene es crear alianzas y enemistades que invierto, por gusto, al cabo de un tiempo. Lo mismo hacen las demás, y la vida se nos pasa en estos vacuos menesteres. Excepto la Alta Señora y las sórores más próximas a ella, las demás no tenemos gran cosa que hacer. Y así un día tras otro, un mes tras otro, un año tras otro…» Una mujer como Sara, acostumbrada a la libertad, no hubiera resistido quedarse encerrada en casa cuidando de su hija. Fue aquella romanza cantada a voz en cuello por el grupo de francos en el figón Coluver lo que nos espoleó para aceptar la proposición de Nadie, o mejor, del caballero templa­rio —hoy, de Cristo— Rodrigo Jiménez, que nos ofreció unas cabalgaduras para alcanzar prestamente a la judía antes de que llegase a Burgos. Sin embargo, como en esta ocasión puedes viajar sin apremios, no abandones Puente la Reina sin subir y bajar el afamado puente que da nombre a la ciudad ni tampoco sin visitar la parroquia del barrio de Murugarren, la iglesia de Nuestra Señora deis Orzs (Nuestra Señora de los Huertos, actual Iglesia del Crucifijo), que fue donada en 1142 por el rey García VI a la Orden del Temple. El puente porque, con su forma de empinada y penosa colina que no permite al cansado peregrino vislumbrar lo que tiene delante, te dará una valiosa lección sobre cómo es la vida, y la parroquia porque, además de exhibir una hermosa torre con cúpula octogonal, posee un enigmático ábside que, por haberte marchado con Nadie aquel día a comprar los caballos, no pudiste exa­minar hace siete años.

    En el Camino, Jonás, todo es mágico y simbólico, múltiple y ambiguo; cada pormenor o circunstancia puede significar mil cosas posibles y cada cosa posible se relaciona secretamente con sitios, conocimientos, sucesos o fechas infinitamente lejanos en el espacio o el tiempo. Observa con atención las pinturas del extraño ábside del que te he hablado. Son del maestro germano Johan Oliver. Verás, sobre un fondo universal, un crucificado de tamaño humano colgado de un árbol en forma de Y griega, con el cuerpo vuelto hacia la izquierda y la cabeza en sentido con­trario. Es decir, un crucificado sin cruz, ya que el árbol ahorquillado —del que salen los vástagos a la altura del abdomen del Cristo—, es una conocida representación de la Pata de Oca, sello de las hermandades de maestros constructores iniciados que, como Salomón, siguen los conocimientos trascendentes de los modelos y dimensiones de la arquitectura sagrada. Este sigillum, o sello, de las hermandades lo irás encontrando abundantemente a lo largo del Camino. Sobre la cabeza del Cristo podrás distinguir un águila mayestática, símbolo de iluminación, observando un lejano ocaso solar, alegoría de la muerte figurada que convierte al iniciado en hijo de la Tierra y el Cielo. Es posible que, en lugar del Crucificado trazado por el maestro Johan Oliver, encuentres una talla idéntica en madera colocada sobre el primero, pues fui advertido de tal cambio en aque­lla ocasión3, pero eso no afectará a tus reflexiones. En cualquier caso, recuerda que jamás debes rendirte ante los obstáculos que encuentres en el Camino o en la vida. Antes bien, acepta dichas dificultades como un aspecto más del aprendizaje y, entonces, sacándoles partido, te resultará mucho más fácil avanzar.

    *El Crucifijo sustituyó a la pintura en alguna fecha desconocida entre 1314, año de la disolución de la Orden templaria, y junio de 1328. Por él, Nuestra Señora deis Orzs pasó a llamarse iglesia del Crucifijo.

  7. ETAPA 4: De Pamplona/Iruña a Puente la Reina/Gares. 23,5 km, 5 horas y 30 minutos, media.

    El puente de la reina

    Entre la fértil cuenca en la que se asienta Pamplona y la llanura navarro-riojana ya sólo resta un obstáculo: el alto del Perdón. Pese a su fama, no es un rival difícil. Se asciende cómodamente por caminos de tierra hasta Zariquiegui.

    Luego, en tres cuartos de hora se resuelve el último repecho por una senda. Desde arriba, escoltado por las siluetas del original monumento al peregrino y las de los estilizados molinos de energía eólica, el caminante puede mirar atrás y hacer cómputo por vez primera de lo andado hasta el momento: las cumbres pirenaicas, el alto de Erro, el valle del Arga…

    La bajada, animada por tres localidades sucesivas y las ondulaciones del terreno, es un sencillo trámite. Al final del día aguarda el cruce con la vía que viene de Somport y la estimulante vista de un puente que, pensando en los peregrinos, mandó construir una reina.

    CIZUR MENOR

    Provisiones: No hay ninguna tienda de comestibles.

    Para comer: Dos bares, una sidrería y dos asadores en la misma calle Mayor.

    Refugio: Ir~una Bida S/N ( 948 18 39 25) . Encarreg Ana ou Arturi

    Otros alojamientos: El bar Kaioba (948 18 46 42) posee habitaciones dobles y sencillas, con baño
    compartido. Sus dueños tienen previsto abrir un refugio de peregrinos, con literas y servicios.

    Fazer: Pueblo residencial en las afueras de Pamplona. La iglesia de San Miguel de Cizur Menor es un bello ejemplo de edificio románico, su ábside esta dividido en cinco paños y una puerta de arco de medio punto. El conjunto tiene aspecto de fortaleza. Hay buenos asadores. Un poco más adelante, atravesando las primeras grandes extensiones de cereal, se encuentran las ruinas del castillo de Guenduláin.

    ZARIQUIEGUI –

    Ningún servicio.

    UTERGA

    Refugio: Nuevo, pero muy pequeño. Sólo una litera con dos plazas, y sitio en el suelo para otras cuatro o cinco personas. Cuarto de baño y ducha de agua fría.

    Calle Mayor S/N ( 948 34 43 18). Encarreg José Joaquim Jiménez

    Fazer: No tiene muchos servicios para el peregrino, aunque es un bonito pueblo con recias casonas de
    piedra. Iglesia parroquial de la Asunción de estilo gótico y Palacio del Cabo de Armería. En el siguiente
    pueblo (Muruzabal) está la preciosa ermita de Santa María de Eunate ( 3 km de Óbanos) que ningún
    peregrino se debe perder. Atractiva por su planta octogonal fue levantada por los templarios en el siglo XII, según el diseño del templo de Jerusalén. Destaca la bóveda de ocho nervios y su gran espacio interior lleno de simetrías.

    MURUZABAL

    Para comer: El único bar del pueblo, La Sociedad, en la plaza, da sencillas comidas y bocadillos.

    ÓBANOS

    Provisiones: Varias tiendas y panaderías.

    Para comer: El pueblo está bien provisto de bares y restaurantes.

    PUENTE LA REINA/GARES –

    O simétrico reflexo dos arcos, sobre o Rio Agra

    Provisiones: Varias tiendas y panaderías.

    Para comer: En la calle Mayor hay varios restaurantes económicos, con menú en torno a 1.000 pesetas.

    Refugio: A la entrada del pueblo, en un edificio con soportales a un costado de la iglesia del Crucifijo. Llaves e inscripciones en el anexo convento de los padres Reparadores (948 34 00 50), 33 plazas en literas. Encarreg Padres Reparadores

    Otros alojamientos
    Hostal del Puente (948 34 01 46); doble con lavabo, desde 5.000 pesetas.

    Fazer: Confluencia de los Caminos de Roncesvalles y Somport. Su puente (s. XI) sobre el Arga, mandado construir para el paso de los peregrinos por la reina Doña Mayor, esposa de Sancho III, dio nombre al pueblo. La calle Mayor es donde se encuentra lo más bonito del pueblo: bóveda de crucería que une el antiguo hospital de peregrinos y la iglesia del Crucifijo (templaria), iglesia de Santiago con dos portadas románicas para finalizar en el puente. Puente La Reina es un pueblo con multitud de servicios: piscinas, restaurantes, tiendas…y para el que no pueda dormir una discoteca con interesantes conciertos en directo.

    ‘EL CAMINO DE SANTIAGO’
    Guía El País – Aguilar 1999
    SERGIO REIS

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  9. MUCHOS tienen en la iglesita de Eunate, que está en medio del campo no lejos de Sangüesa, como la joya arquitectónica del Camino de Santiago. Quizá sea una conclusión precipitada pero hay que convenir en que no existen muchas otras cosas que produzcan tan intensa impresión en el ánimo del viajero. Recomiendan los entendidos llegar a Eunate con el sol naciente o con el sol poniente, porque es cuando la luz hace resplandecer toda su belleza. De las muchas conjeturas que se hacen acerca de su origen y finalidad, la más lógica es que se construyera como capilla funeraria. Se han hallado en su recinto algunos enterramientos que con mucha probabilidad son de peregrinos, a juzgar por las conchas de vieira que en ellos aparecen. También se ha dicho que pudo haber sido un hospital dependiente de la orden de San Juan de Jerusalén. Ahora bien, la iglesia está tan adornada de símbolos dignos de ser descifrados que no han faltado los que quieren ver en Eunate una construcción de la orden del Temple. Por ejemplo, en uno de los capiteles de la arquería hay, labrada en la piedra, una crucifixión sin cruz, propia de la iconografía templaria. La iglesia, rematada por una espadaña, tiene forma poliédrica y está rodeada por un claustro exterior, una arquería exenta que la hace única y contribuye a crear en el ánimo de quien la contempla la sensación de misterio. Hoy parece descartado que fueran los caballeros del Temple quienes la mandaran construir pero los buscadores de emociones esótericas del Camino no cejan en su empeño. Quieren ver en la etimología de su nombre un mensaje alquímico: en euskera, Eunate quiere decir ‘cien puertas’, por cualquiera de las cuales podrán entrar en la iglesia de los biennacidos, en latín, los eunatos. Otra peculiaridad no menos misteriosa es que el pórtico de esta iglesia es casi idéntico al pórtico de la del vecino pueblo de Olcoz. Esto da pie a la leyenda de la rivalidad entre dos canteros, uno de los cuales recurre al diablo y a las brujas para construir, con la ‘piedra de la luna’ que le trae una serpiente, un pórtico idéntico al que había hecho su rival. Cuando éste último lo ve, lo traslada por arte de ensalmo a Olcoz, donde aún puede verse.

    Obanos es también villa jacobea que acogía, y acoge, a los peregrinos que vienen por esta vía. Algunos aseguran que era allí, y no en Puente la Reina, donde se juntaban los dos caminos, el de Somport y el de Roncesvalles. Hace años conocí yo en este pueblo a un cura, don Santos Beguristaín, que había compuesto un auto que respresentaban los vecinos del pueblo, el Misterio de Obanos, con episodios jacobeos y con historias de reyes, de guerreros y santos. El Camino de la tumba del Apóstol no está falto, precisamente, de santos. Como antes decía, se cree que san Franciso de Asís peregrinó también a Santiago; aunque no ha podido demostrarse documentalmente, hay recuerdos de su paso a todo lo largo del Camino. No muy lejos del pueblo, en un alto, está la ermita de San Guillermo o Guillén, una construcción románica recientemente remozada, que está a cargo de un ermitaño franciscano.

    El espíritu de la peregrinación le cuadra muy bien al hermano Francisco, el más ecológico, solidario y moderno de los bienaventurados. El hermano Miguel, que cuidaba la ermita de San Guillén, me contó su historia: Guillermo de Aquitania, hombre irascible y cruel, mató a su hermana Felicia y, arrepentido, se refugió en estas soledades para hacer penitencia por su crimen. Miguel me explicó que la orden le había concedido el privilegio de retirarse a aquel lugar. Siempre que se dirigía a mí, me llamaba hermano y empleaba la misma palabra al hablar de personas, animales o cosas. Le pregunté si no le daba miedo permanecer de noche sólo en la ermita y dijo que no, que era necesario porque ‘los hermanos ladrones vienen aquí y les gusta llevarse cosas de la iglesia’.

    Pero ya me regaña la pluma por mi tardanza en contar el viaje que hice para salir de España y entrar de nuevo en Roncesvalles.

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