(8) Etapa octava: LOGROÑO – NÁJERA (Camino Francés a Santiago)

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Paisaje con Nájera a la vista

Paisaje con Nájera a la vista ( Nacho)

* Desde Logroño a Najera hay que seguir el curso de la carretera N-232 y de la N-120, que discurren por un paisaje en el que predominan los viñedos. La etapa se presenta sin muchas dificultades

‘Guía práctica del peregrino’

JOSE MARÍA ANGUITA JAÉN

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Para salir de Logroño se recorre la Rúa Vieja y la calle Barriocepo; atravesando la Puerta de Revellín o <<puerta del Camino>>, se continúa por la calle del Once de Junio, la plaza del Alférez Provisional, las avenidas del Marqués de Murrieta y de Burgos, y el polígono insdustrial. Al llegar a una gasolinera, hay que dirigirse a la izquierda, por las calles Entrena y Rodejón, y proseguir por las calles Prado Viejo y Arco. Se desciende a un túnel para cruzar la circunvalación, y a su salida nos encontramos con un camino acondicionado como vía verde, sombreado por árboles ornamentales (árboles del paraíso, mimosas, álamos, cipreses, etc.), que llevará al pantano de la Grajera, a unos cinco kilómetros de la ciudad. Allí, en un pinar existe una zona de recreo. Se abandona el pantano por la izquierda en dirección a la N-232. Prosigue el Camino en Paralelo a ésta, alcanzando el alto de la Grajera, donde se reúne la N-232 con la N-120. Desde ahí se desciende hacia Navarrete. Tras algo menos de un kilómetro, se atraviesa la N-120 y una carretera de servicio. Entre campos de cultivo se avanza hacia el puente sobre la A-68 que conduce a la entrada de la villa, donde permanecen los restos del Hospital de San Juan de Acre. Se abandona esta localidad por la N-120 y se pasa junto al cementerio, cuya portada, del siglo XIII, perteneció en su día al hospital antes citado. Al llegar a una finca, existe la posibilidad de abandonar la carretera. Si se quiere (de una u otra forma, padeceremos la escasez de arbolado), desviándose por un camino rural, sorteando viñedos, olivos y campos de cereales. Al llegar a la cooperativa vitivinícola de Sotés se cruza la carretera que se dirige a esa población, para regresar a la N-120 por un camino asfaltado. Tras otro tramo junto a ésta, se puede hacer un devío hacia Ventosa, a poco más de un kilómetro, donde hay un albergue, o avanzar hacia el alto de San Antón directamente. Después de ascender hasta cierta altura entre vides, matorrales y carrasca, hay que descender de nuevo para cruzar la N-120 hacia la derecha. A un kilómetro aparece el legendario poyo de Roldán, tristemente coronado por una antena, que se deja a la izquierda. Dos kilómetros más tarde se atraviesa la carretera de Huércanos. Se bordea la gravera para cruzar el río Yalde por una pasarela. Poco después nos encontramos una zona de descanso junto a una fábrica. Tras unas huertas y después de cruzar la N-120 nuevamente, se entra en Nájera.

* NOTA PARA CICLISTAS

Prácticamente todo el camino es accesible, sin tener la necesidad de ir por la carretera (la N-120), aunque hay alguna dificultad en el alto de San Antón.

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ETAPA 8 LOGROÑO NÁJERA

*enlace web: CAFÉ COKE, donde puedes estudiar esta etapa y sus correlaciones con las casillas del Juego de la Oca.

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EXPERIENCIAS PEREGRINAS

1.

Alfonso Biescas

10.03.04.

Miercoles. Logroño-Najera (218):

A las 7.30 horas de la mañana, chispeaba. Entre gotas, el café con leche de la mañana y una magnífica tostada con mantequilla. No me preocupa la lluvia y el desayuno me ha puesto de buen humor. Así que me he calzado los pantalones de agua (puff, los detesto) y le he puesto la funda a la mochila.

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Santiago matamoros en la catedral de Logroño

*link: ElCaminodeSantiago.Com

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He saludado a Santiago Matamoros al pasar ante él y dejando los últimos edificios atrás he caminado hacia el parque. Me gustaría este lugar para correr o pasear, si viviera en esta entrañable ciudad, pero no me gusta como parte del Camino.

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Parque de Logroño

* imagenes del parque del que habla Alfonso

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Está demasiado diseñado, es poco natural o salvaje. Al llegar al lago me he entretenido un rato con los cisnes y patos dandoles un poco de pan duro que me quedaba. Uno ha llegado a los postres. Pero ya se sabe, a quien madruga Dios le ayuda.

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Cruces en Logroño

* enlace: El Camino de Santiago por tierras de la Rioja

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En llegando a la maderera me ha impresionado mucho el “crucerío” que con astillas han creado los peregrinos. Metros y metros de alambrada llenas de cruces de todos los tamaños que no pueden menos que sorprenderte y crear un poco más ese sentimiento que va creciendo en tí según avanzas hacia el oeste, hacia la tumba del Santo.

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San Juan de Acre con Navarrete al fondo

* enlace: Hospital de San Juan de Acre. S XI con Navarrete al fondo (Humeao.Org)

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La lluvia ha acompañado mis pensamientos y mi caminar hasta que en Navarrete he parado un rato para secarme un poco y aprovechar para tomar un café que me entonase. El día es frío y la humedad se te mete por todas partes.

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San Juan de Acre

* San Juan de Acre, cementerio (Humeao.Org)

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A la salida he admirado el capitel del cementerio en el que hay dos peregrinos comiendo. Pertenece al antiguo Hospital medieval y fué trasladado allí. Hay que entrar dentro del recinto para poder verlo.

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Esta etapa, al igual que la que termina en Estella, se hace larga y pesada.

Los últimos kilómetros te preparan para lo que luego será la nada del páramo, la lucha por llegar, por atravesar un espacio que no te seduce.

Los tobillos siguen doliéndome y es en estos momentos en los que se flaquea.

Pero siempre existe un punto en la mente, en la voluntad, al que se puede acceder para superar el cansancio, el aburrimiento, la dejadez. La mente es mucho más poderosa que el cuerpo y no hay nada que con su ayuda no se pueda alcanzar fisicamente.

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Albergue de Nájera

* albergue de Nájera (Caroline Mathieson)

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Ya en el albergue, miro el libro de visitas y veo que anoche durmieron en Najera 28 peregrinos y sé que detrás vienen unos 30. Somos afortunados de disfrutar de la paz e intimidad de ser sólo unos 7 en Año Santo y a estas alturas.

– Diario de ALFONSO BIESCAS, Marzo/ 04 –

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4. Dolor

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Diario de mirada de agua

LogroñoNájera
27 de septiembre de 2004

Destrozada de los pies, es horroroso el dolor. Reconozco que es por mi peso y por el de la mochila, también hay que sumarle la cantidad de kilómetros en tan pocos días. Cometí un error, me pesaban demasiado las botas, demasiado el calor para mis pies. Pensaba en eliminar sobrecargas y decidí enviarlas por correo, caminaría con las deportivas, muy cómodas y ligeras.

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Las curas de mis ampollas eran lo que más me preocupaba. No quería que se me infectasen.

Pienso en que no podré continuar. Pero no hay gloria sin dolor -menuda expresión-.

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A los demás compañeros y compañeras, que me veían llegar todos los días a los distintos albergues, les resultaba penoso mi sacrificio, pero yo no lo veía de esa manera, para mí no era para tanto.

Sientes una sensación de alegría, de “prueba superada”, de esfuerzo que ha merecido la pena, que tu cuerpo rapidamente te lo agradece, te sientes liberada al recibir el descanso. Feliz porque logras sentirte parte de un todo, logras que tu espíritu sea el que te alimente. Difícil de explicar. Vivirlo, sentirlo… es lo reconfortante.

Por tanto me cuidaré, cuidaré mucho más mi cuerpo para que se sintonice con mi mente, en equilibrio mente y cuerpo, asi podré seguir adelante…

– Diario de GUADALUPE, Mirada de agua, Septiembre/ 04 –

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10. d – Logroño a Azofra (32 km)

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Diario de un peregrino descalzo

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Saliendo del albergue antes del alba, topamos con dos parejas vestidas de gala, que claramente han celebrado algo bien celebrado. Uno de ellos nos pregunta adonde vamos. A Santiago – respondemos. ¿Es que no han dormido? – pregunta atontado. Me llamo Juan – dice bamboleándose precariamente y extendiendo la mano. Señala mis pies y pregunta si hago todo el Camino así. Que cojones – pronuncia solemnemente cuando asiento, y vuelve a darme la mano.

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El albergue de Azofra

*enlace: Página sobre Azofra

Mar�a de Azofra

María, la hospitalera, y peregrina firmando en el libro de registros

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Azofra tiene un refugio pequeño con aire de cabaña rural, incongruentemente situado frente a la iglesia. La hospitalera es una simpática bola de energía que no para de hablar. Imagínense la cara del peregrino que llegó ayer con su perro montado en un caballo; ¿dónde se supone que dejemos un caballo aquí? – menea la cabeza. Deja una cesta llena de frutas y hortalizas frescas de su huerto para nuestra cena. Tres otros peregrinos llegan cuando se ha ido. El brazileño Saul y un doctor navarro con poco equipaje y su “sherpa”, un compañero que arrastra un equipaje descomunal. Con mucho arte y más humor, los navarros preparan un banquete de miedo en tiempo de nada. Se burlan de Guillermo por sólo comer las verduras, pero le elogian efusivamente cuando más tarde logra arreglar el calentador de agua para la ducha.
Al atardecer, el cura de la parroquia nos viene a dar una bendición de peregrino afuera en el césped. Nos cuenta que también ha hecho el Camino hace poco. Cuando alguien le indica que yo lo hago descalzo, mira como se le acaba de perder la fe. Supongo que no tenía mucho sentido de humor. Es del Opus – me susurra el doctor con picardía.

– Diario de un PEREGRINO DESCALZO, Agosto/ 1996

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11.

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Enlace a todos los artículos de esta temática:

en: EL CAMINO DE SANTIAGO (itinerario que sigue la Vía Láctea)

¿Dónde encontrar más historias e información? Diarios de Peregrinos

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EL DISCAPACITADO Y EL CAMINO

*ENLACE WEB: EL CAMINO DE SANTIAGO PARA PERSONAS CON DISCAPACIDAD

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14 Respuestas a “(8) Etapa octava: LOGROÑO – NÁJERA (Camino Francés a Santiago)

  1. PARA PERSONAS CON DISCAPACIDAD TAMBIÉN EXISTEN CAMINOS

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    LOGROÑO – NAVARRETE Dificultad media13km

    Salimos del casco medieval de Logroño por la antigua puerta de la muralla y entre calles, llegamos a una plaza circular, tomando por la calle Marqués de Murrieta. Cruzamos el ferrocarril y llegamos al barrio de San Lázaro.Tras pasar unos pabellones giramos a la derecha. Cruzamos la carretera y seguimos de frente.
    A la izquierda está la autopista que debemos cruzar con cuidado y tomar una pista al otro lado. El camino de Prado Viejo, nos conducirá hasta el Pantano de la Grajera. Seguimos las balizas que bordean el parque a orillas del pantano. Nos encontramos con una pista, que seguimos hasta salir a la carretera. En el cruce de carreteras, nos dirigimos al paso superior. A la izquierda quedan las ruinas de la antigua alberguería de San Juan de Acre. Llegamos a la carretera por un pequeño atajo y cruzamos, entrando así en Navarrete.
    Este tramo es perfectamente transitable hasta el parque de la Grajera. Después resulta impracticable para sillas de ruedas. La alternativa por la carretera N- 230, si se adoptase, debe hacerse extremando las precauciones.

    Valoración de la accesibilidad del subtramo

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    Al salir de Logroño y hasta el pantano, el camino está asfaltado y es accesible aunque tiene un tramo con una pronunciada pendiente descendente (15%). Tras cruzar el puente del pantano, el camino empeora al aparecer algunos baches aunque más delante mejora sensiblemente.
    Hay algunos puntos con pendientes severas (entre el 15% y el 10%) hasta llegar a Navarrete, donde el camino asciende (11%) nuevamente como forma de salvar unas escaleras. El tramo está bien señalizado.

    Alternativas para personas con movilidad reducida: N-230


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    NAVARRETE – ALTO DE SAN ANTÓN Dificultad baja 9km

    Al llegar a la iglesia, giramos a la izquierda y seguimos hasta la plaza del Arco. Desde allí bajamos a la carretera. En el cruce de carreteras seguimos a la izquierda hasta el panel. Más adelante, se encuentra el cementerio. Abandonamos la carretera tomando una pista, que la cruza y seguimos de frente.Tras caminar por la zona alta del Alto de San Antón, descendemos a un caserío.

    Valoración de la accesibilidad del subtramo:

    El camino se inicia por la carretera N-120, hasta llegar a una rotonda a unos 3 Km. desde la cual nace un tramo de piedrecitas. Más adelante se atraviesa una carretera con dirección a Ventosa, aunque el camino corre paralelo a la carretera N-120. A 1 Km. del Alto, el camino se estrecha y se hace más difícil. La señalización del tramo es insuficiente.


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    ALTO DE SAN ANTÓN – NÁJERA Dificultad alta 7km

    Salimos a la carretera y tomamos la vieja a la izquierda, y una vez llegados a la nueva, cruzamos y pasamos la valla por un estrecho paso. El camino discurre ahora paralelo a la carretera. Tras el collado, queda a la izquierda el Poyo de Roldán. Al pasar los restos de unas prospecciones petrolíferas, seguimos de frente por la carretera de Huércanos. Encontramos una pasarela sobre el río Valde, una vez cruzada seguir la línea de policía y a unos 50 m, giramos a la izquierda.
    Cruzamos y seguimos de frente. En el Canal Najerilla seguimos de frente hasta la carretera que cruzamos y seguimos de frente. Llegamos a las primeras casas de Nájera.

    Valoración de la accesibilidad del subtramo:

    El camino es muy estrecho a lo largo de 1,5 Km. Más adelante se atraviesa la carretera N-120 por el Km.19, tras lo cual hay que descender por una escalera. El camino continúa estrecho, atraviesa la carretera a Huércanos y en las proximidades del puente sobre el río Najerilla nuevamente obliga a descender por una escalera. A partir de aquí hasta Nájera, el camino es muy estrecho.

    Alternativas para personas con movilidad reducida: N-120

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    REFERENCIAS DE HOSPEDAJE Y DEMÁS SERVICIOS QUE OFRECE ESTA PÁGINA

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    NAVARRETE

    Alojamientos
    ALBERGUE DE PEREGRINOS DE NAVARRETE
    HOTEL SAN CAMILO ***

    Dónde comer
    HOSTAL FONDA CARIOCA.
    RESTAURANTE EL MOLINO.

    Servicios de salud
    CENTRO DE SALUD. Ctra. De Entrena, 7. Tlf. 941 440 638.
    FARMACIA I. BARTOLOMÉ – P. DOMINGO. Ctra. De Logroño, 7. Tlf. 941 440 044.

    Otra información de interés
    HOSPITAL DE PREREGRINOS DE SAN JUAN DE ACRE: Mandado construir a finales del siglo XII. Sus ventanas y portada se han reutilizado como puerta del cementerio de la localidad.
    IGLESIA DE LA ASUNCIÓN: Comenzó su construcción en el año 1553 y se concluye en 1645.
    FIESTAS PATRONALES: El 3 de febrero se celebra San Blas. El 24 de junio se celebra San Juan. El 19 de julio son “las santitas”, Santa Justa y Santa Rufina, patronas de los alfareros. El 25 de julio Santiago. El 29 de Septiembre San Miguel. La fiesta mas importante es la de la Virgen y San Roque (el 15 y 16 de agosto), una fiesta con verbenas, degustaciones y muchos actos divertidos.
    LINEA DE AUTOBUSES LOGROÑO – BURGOS
    OFICINA DE TURISMO: C/ Cuesta el Caño, s/n. Tlf. 941 441 062.
    AYUNTAMIENTO: Tlf. 941 440 005.


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    NÁJERA

    Alojamientos
    ASOCIACIÓN DE AMIGOS DEL CAMINO
    HOTEL SAN FERNANDO***

    Dónde comer
    BAR RESTAURANTE HISPANO II

    Servicios de salud
    CENTRO DE SALUD Y URGENCIAS: Avda. de la Rioja (junto al polideportivo). Tlf. 941 360 975.
    FARMACIA: C/ La Cruz, s/n.

    Otra información de interés
    IGLESIA Y MONASTERIO SANTA MARÍA LA REAL: En 1052 Don García fundó el monasterio y la iglesia, donde se puede contemplar los elementos de la leyenda de la “Orden de la Terraza”. Bajo la iglesia descansan los reyes y reinas del antiguo reino de Navarra.
    PUENTE: Sobre el río Najerilla, consta de siete ojos y su construcción se atribuye al santo arquitecto Juan de Ortega.
    FIESTAS PATRONALES: 28 de abril en honor a San Prudencio de Armentia. Las más coloristas y populares son las de San Juan y San Pedro, 24 y 29 de junio. Acción de gracias a mediados de septiembre dedicadas a San Juan Mártir y San Juan y San Pedro.
    AYUNTAMIENTO de Nájera: Tlf. 941 363 616.
    OFICINA DE TURISMO: C/ Constantino Garrán, 8. Tlf. 941 360 041.
    CIBERCAFÉ LIBRERÍA ALDONZA: C/ Mayor (al lado del puente).
    SERVICIO DE TAXIS: Tlf. 941 360 778

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  2. ENCUENTRO DEL DÍA CON EL CAMINO… DE NACHO:

    17/7/2000
    Logroño – Nájera

    29,1 Km

    Otra etapa dura. Larga, con mucho calor y la soledad hecha camino: sólo 1 pueblo más o menos a la mitad (Navarrete). El resto transcurre entre viñedos y tierra baldía.

    En un día como este no sabes muy bien si podrás llegar a tiempo para hacer la comida en el final de etapa y lo mejor es comprar provisiones para hacer algo y comértelas antes de llegar. Contando que las mochilas estaban repletas y no es bueno cargar con bolsas mientras caminas, se optó por comprar algo que ocupase poco y fuese energético: unos croisanes de bollería con el embutido que todavía teníamos, unas onzas de chocolate y una porción de membrillo. Como acertadamente bautizó a esa estilo de comida Paula Ruiz Cagigas (Pau) el día de San Juan de Ortega, tuvimos un poco a base de nada.

    Nájera es una ciudad con historia (fue capital del Reino Navarro), está encajada contra la base de un pequeño acantilado y tiene un albergue en que nos trataron de cine (a pesar de tener que ir a dormir a un pabellón deportivo en el que estábamos bastante solos). Llegado a este punto ya estaba habituado a las duchas frías y a dormir en cualquier lado, que es lo mínimo que pido en un albergue: un techo sobre mi cabeza (digno) y un lugar donde poder asearme.

    También fue importante porque hablé por vez primera con Iván, con quien no empecé con demasiado buen pie (ya se sabe, dialéctica enseñanza pública-enseñanza privada) y con Sebastian. Y fue el día en que se fraguó la superpaella de Santo Domingo de la Calzada.

  3. UN ENCUENTRO CULTURAL

    El camino de Santigo por tierras de La Rioja

    Al reanudar la marcha, después de Logroño, la primera población que se encontraban los viajero del siglo XII era Villarroya. De la importancia de este lugar en los primeros años de la duodécima centuria, es bastante significativo que sea uno de los pocos lugares riojanos que cita Aymeric e su «Guía».

    Una vez dejada a la espalda la ciudad de Logroño se asciende la Cuesta de la Grajera. Paisaje espléndido de viñedos, pinares y zonas recreativas. Desde su cima un descenso suave con la imagen de Navarrete al fondo. Y en esa pendiente, junto a una serrería, se encuentra, una valla que se ha convertido en el lugar donde los peregrinos dejan como recuerdo de su paso esas crucecillas hechas con dos trozos de madera.

    Navarrete

    A 9 kilómetros de Logroño la villa de Navarrete que, desde la concesión del fuero por Alfonso VIII en 1195, se convirtió en una importante plaza fuerte frente a Navarra. Han desaparecido el castillo y casi la totalidad de las muralla sin embargo, su organización urbana, con sus calles concéntricas sobre la ladera del monte, sigue ofreciendo un aguerrido aspecto en el que sobresale la imponente mole de la Iglesia parroquial,edificada en el siglo XVI, sobre el cerro Tedeón.

    La iglesia es un proyecto de Juan de Vallejo, iniciando su construcción Hernando de Minorza y acabandose en el XVII por Juan Pedro de Solarte.

    La portada constituye un retablo de dos cuerpos divididos en dos calles, en cada una de las cuales hay un portón en el cuerpo inferior y una ventana en el superior. También las columnas que las separan difieren entre la parte inferior, jónicas, y la superior, corintias. El retablo está coronado, en la hornacina, por una imagen de la Asunción, que da nombre a la iglesia. En su visita a Navarrete, Jovellanos estimó su diseño como obra de Herrera, constructor del escorial; Sin embargo, es sabido que el autor es Aguilera, y que sus honorarios fueron de 24.000 ducados.

    La planta de la iglesia consta de tres naves. La central es más alta que las laterales, las cuales terminan de sendas capillas -dedicadas a San José y Nuestra Señora del Rosario- de bóvedas de horno y cañón casetonado con decoración renacentista y columnas corintias.
    El retablo barroco consta de tres cuerpos con cinco calles separadas por columnas salomónicas, cuajadas de uvas doradas. El cuerpo superior es una representación de la Asunción de la Virgen. En la calle central hay un crucufijo del S.XVI.
    Consta, en la parte inferior, de banco que, en cualquier otro retablo menos espectacular, habría de ser considerado el primer cuerpo del retablo.

    A los pies de la iglesia se encuentra la torre con tres cuerpos y chapitel piramidal en sillería. El primer cuerpo, con decoración de resalte; el segundo, con doble orden de vanos adintelados enmarcados bajo frontón recto en el vano inferior y curvo en el superior; y el tercero, con huecos de campanas entre pilastras pareadas. La construyó Pedro de Aguilera, creando un prototipo clasicista de que tendría un gran impacto a lo largo del siglo XVII

    Recorriendo sus calles, con sus «cocinillos» -las traseras de las casas vuelan por encima de la vía, convirtiéndola en calle cubierta-, nos encontramos con numerosas referencias a los temas jacobeos. Una de las puertas de la población recibe el nombre de Santiago. La imagen del Apóstol campea como Matamoros en una estela pétrea sobre la fachada, parece labrada en el siglo XVI.

    Las fachadas de las casas de las Calle Mayor, Alta y Baja, Santiago y La Cruz, jalonadas de escudos de armas, nos informan de la alcurnia de los antiguos moradores de la Villa. Se conservan más de cincuenta escudos, lo que no es poco para una población tan pequeña. Muchos de los blasones muestran veneras y aspas. Un capitel de factura gótica, encastrado en una pared moderna, representa el torneo de Roldán y Ferragut.

    Justo después de salir de la villa, se encuentra uno de los monumentos más importantes de la arquitectura románica de la Rioja.En su inicio fue portada del monasterio de San Juan de Acre, fundado en 1185 por Doña María Teresa Ramírez, viuda de Fortún Baztán y madre de Martín Baztán, obispo de Osma, que pasó luego a ser bajo la custodia de la Orden de San Juan hospital para los romeros que iban de camino hacia Santiago de Compostela, «in strata beati jacobi prope Navarret» .

    Durante el siglo XIX fué destruido y los restos aprovechados, la portada y dos ventanas fueron transladados para servir de entrada al cementerio. Durante el pasado año fueron restaurados con dudosa eficacia artística. Igualmente se han efectuado obras en el antiguo recinto del hospital a la entrada del pueblo por su zona norte donde se han encontrado algunos restos arqueológicos que permiten reconstruir la planta del antiguo hospital.

    La clasificación de la portada es un tanto problemática. Aquí siempre se ha dicho que es románica, aunque en algunos libros aparece como gótica. En cualquier caso, los primeros vestigios de arte gótico aparecen a partir del 1150 aproximadamente, y la portada es del 1185,como se decía más arriba, es decir, si es gótica, será de los primeros góticos del mundo, lo que hace suponer, puesto que la transiciones entre estilos habrían ser graduales, que la portada puede tener elementos que recuerden a ambas épocas.

    Tiene cinco arquivoltas de baquetones con dientes de sierra y cuadrifolios; impostas de tallos y entrelazados y capiteles de profunda talla, que representas leyendas -San Jorge y el dragón- o escenas cotidianas: peregrinos comiendo y bebiendo.El frontón estaba rematado por un capitel en que se representa una pelea entre dos caballeros, que ha sido interpretada, según señala Antonio Cillero Ulecia en su Historia de la Villa, como la lucha entre Roldán y Ferragut.

    Ventosa

    Seguía el Camino ascendiendo hacia el municipio de Ventosa, donde el Convento de San Antón ofrecía refugio a los caminantes. Hace unos años, al arar unos campos en las inmediaciones de este convento, surgió una imagen del Salvador, posiblemente procedente del tímpano de una portada, obra interesante del románico del últímo tercio del siglo XII, que se conserva en la actualidad en el Museo de Bellas Artes de Logroño. La primera cita documental que se conoce de Ventosa data del s. XI, al donar el rey de Nájera Sancho III el Mayor, el Señorio de Ventosa al Monasterio de San Millán. En lo alto de un pequeño cerro su iglesia parroquial dedicada a San Saturnino ofrece al peregrino que sale de Navarrete el itinerario inequívoco de su viaje.

    ALBERGUES DE PEREGRINOS

    Navarrete : c/San Juan, nro. 2
    tlno. 941 440 760
    32 plazas

    Ventosa : Albergue de Peregrinos San Saturnino
    c/Medio Derecha, nro. 9
    tlno. 941 441 899

  4. ENLACE QUE QUIERO VISITAR CON MÁS CALMA

    Azofra

    ´hospital´ de peregrinos

    Azofra, noble villa riojana, de orígenes árabes, está situada en el fertil valle del río Tuerto, a 36 kms. de Logroño y 8 de Nájera. Actualmente tiene 347 habitantes. Su actividad económica se centra en la agricultura principalmente, viñedo, cereal,remolacha y patatas. También dispone de alguna ganadería de ovino y porcino. Y la industria najerina aporta algunos empleos a la economía local.

    El Camino de Santiago marca de forma indeleble las característivas de Azofra. La Calle Mayor, que coincide con el Camino Jacobeo, nos lleva directamente a su Iglesia Parroquial, en cuyos sillares descansa el Albergue de Peregrinos. Su tradicional hospitalidad viene de lejos; ya en el siglo XII, en el año 1168, doña Isabel fundó en Azofra un Hospital de peregrinos, cuya iglesia estaba dedicada a San Pedro y disponía, además, de un cementerio para los peregrinos que fallecían en el Camino.(“En el nombre de Dios y con su gracia. Sea conocido a todos los hombres tanto presentes como futuros, como yo Rodrigo por la gracia de Dios obispo de Calahorra y Nájera, te concedo a ti, doña Isabel hacer un oratorio en el hospital que haces en la villa que se dice Azofra, y un cementerio para sepultura solamente de los peregrinos”.) El Hospital de Azofra pervivió hasta el siglo XIX . Actualmente no quedan restos.

    La iglesia del pueblo dedicada a Nuestra Señora de los Ángeles fue edificada en los s. XVII-XVIII. Consta de nave de tres tramos y torre almenada. Su altar mayor está compuesto de retablo de tres cuerpos y ático de mediados del s.XVII. En el primero San José,San Roque y María Magdalena en el centro, como patrona de la villa.En el central, Pedro y Pablo, y Nuestra Señora de los Ángeles. Y en tercero,el apostol Santiago Peregrino,San Buenaventura y San Antonio de Padua.

    Al salir del pueblo podremos avituallarnos de agua saludable y fresca en la Fuente de los Romeros; y hasta es posible que nos inviten a un buen trago de vino de sus bodegas. De inmediato, nos toparemos con el Rollo, próximo al Cerro de los Templarios.

    El albergue, que dispone de 16 literas, nació a iniciativa de un grupo de antiguos peregrinos alemanes de Colonia, coordinados por Herbert Simon, que contagiaron con su entusiasmo y su trabajo a los vecinos de Azofra y a la Asociación Riojana de Amigos del Camino de Santiago, para hacer realidad este estupendo hospital para peregrinos. Lo regenta desde su fundación María Tobía, calle Mayor, 36 (tlno. 941 37 90 57). Proximamente comenzarán las obras de contrucción del nuevo albergue con capacidad para 60 romeros.

    María Tobía acoge con cariño a los romeros que pasan por
    Azofra, y como mandan los cánones los distribuye en el albergue, después de tomar nota de sus nombres en el libro de registro. Nos muestra orgullosa el “libro de visitas” donde, en multitud de lenguas, los romeros plasman su agradecimiento a María y al pueblo de Azofra.

    La villa posee aún viejas casonas, herencia de su pasado. Cabe destacar por su conservación la propiedad del conde de Hervías, y que aquí mostramos con detalle. Nótese la leyenda grabada en la piedra de los pequeños minaretes del edificio adjunto a la casona.

    Si tienes algún dato relevante o información adicional, por favor, envíanoslo a

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  5. FRAGMENTO DE IACOBUS DE MATILDE ASENSI QUE TRANSCURRE EN LA POBLACIÓN DE NÁJERA.

    Aquella noche dormimos en Logroño y al día siguiente partimos en dirección a Nájera y Santo Domingo de la Calzada. El viento y la lluvia continuaban malhumorándonos el viaje, dificultando nuestra marcha y cansando en exceso a los animales, que se re­volvían inquietos y hacían extraños a las órdenes de las bridas. Si hay un fenómeno de la naturaleza que altere el ánimo, ese fenó­meno es el viento. Es difícil comprender por qué, pero igual que el sol aviva el espíritu y la lluvia lo entristece, el viento siempre lo inquieta y perturba. Yo mismo me notaba receloso y enojado, pero en mí caso había, además, una razón de peso. Al despertar al alba, en Logroño, había encontrado en la paja del jergón, exac­tamente junto a mi cara, una nota clavada con una daga que re­zaba de esta guisa: «Beatus vir qui timet dominum». Tal como imaginaba, el conde Joffroi de Le Mans estaba perdiendo la pa­ciencia y reclamaba resultados, pero ¿qué más podía hacer yo? Oculté rápidamente entre mis ropas el puñal que sujetaba la misiva e hice añicos el mensaje antes de desparramarlo por el suelo y esparcirlo con el pie. El hecho de saber positivamente que el Papa no nos haría daño en tanto no hubiéramos encontrado el oro aliviaba muy poco mi preocupación.

    Cruzamos la amplia vega del río Ebro bajo un cielo encapo­tado, atravesando un paisaje, de viñas y campos de labor cortado al sur por los picos nevados de la sierra de la Demanda. Después de un duro repecho encontramos la ciudad de Navarrete, villa próspera y artesana, dotada de muy buenos hospitales para pere­grinos. Cruzamos sus calles siguiendo el trazado del Camino, ad­mirando las numerosas casas y palacios blasonados que veíamos a derecha e izquierda. Las gentes del lugar, afables como pocas, nos saludaban con cortesía y amabilidad.

    A la salida de Navarrete, la pista de barro que era nuestro suelo cruzaba la senda de Ventosa y ascendía suavemente, entre bos­ques, al Alto de San Antón, donde comenzó de nuevo a llover.
    -Esta zona es insegura -comentó Nadie mirando en derre­dor con desconfianza-. Por desgracia, son muy frecuentes los asaltos de los bandoleros. Deberíamos apretar el paso y alejarnos de aquí cuanto antes.

    El rostro de Jonás se iluminó de repente.
    -¿En serio hay bandoleros por estos contornos?
    -Y muy peligrosos, muchacho. Más de lo que nos conviene. Así que pon tu caballo al galope y ¡vámonos! -exclamó espole­ando al suyo por las bravas y lanzándose colina abajo.

    Poco antes de entrar en Nájera, el Camino bordeaba un pe­queño cerro por la vertiente norte.
    -Este es el Podium de Roldán -dijo Nadie mirando a Jo­nás-. ¿Conoces la historia del gigante Ferragut?
    -No lo había oído nombrar en mí vida.
    -En el Liber IV del Codex Calixtinus -apunté con cierta envidia del viejo, que parecía saberlo todo del Camino del Apóstol- se recoge la Crónica de Turpino, arzobispo de Reims, que narra las hazañas de Carlomagno por estas tierras, y allí se en­cuentra reseñada la lucha entre Roldán y Ferragut.
    -Así es, en efecto -admitió Nadie, asintiendo con la cabe­za-. Cuenta Turpino que en Nájera, la ciudad que tienes delan­te de ti, había un gigante del linaje de Goliat, llamado Ferragut, que había venido de las tierras de Siria con veinte mil turcos para combatir a Carlomagno por encargo del emir de Babilonia. Fe­rragut no temía ni a las lanzas ni a las saetas y poseía la fuerza de cuarenta forzudos. Media casi doce codos de estatura, su cara te­nía casi un codo de largo, su nariz un palmo, sus brazos y piernas cuatro codos, y los dedos tres palmos. -Nadie exhibió sus dimi­nutas y encallecidas manos como ejemplo de las manos del gi­gante-. En cuanto Carlomagno supo de su existencia, acudió a Nájera enseguida y, apenas se enteró Ferragut de su llegada, salió de la ciudad y le retó a singular combate. Carlomagno envió a sus mejores guerreros: en primer lugar el dacio Ogier, a quien el gi­gante, en cuanto lo vio solo en el campo, se acercó pausadamente y con su brazo derecho lo cogió con todas sus armas y, a la vista de todos, se lo llevó a la ciudad como si fuera una mansa oveja. Luego Carlomagno mandó a Reinaldos de Montalbán y, ensegui­da, con un solo brazo, Ferragut se lo llevó también a la cárcel de Nájera. Después envió al rey de Roma, Constantino, y al conde Hoel, y a los dos al mismo tiempo, a uno con la derecha y a otro con la izquierda, Ferragut los metió en la cárcel. Por último se en­viaron veinte luchadores, de dos en dos, e igualmente los encarce­ló. Visto esto, y en medio de la general expectación, no se atrevió Carlomagno a mandar a nadie más para luchar contra él.
    -Y entonces ¿qué pasó?
    -Entonces, un día, llegó por allí Roldán, el caballero más va­liente de Carlomagno. Desde lo alto de ese cerro que ves ahí, diviso el castillo del gigante en Nájera, y cuando Ferragut apareció en la puerta, tomó del suelo una piedra redonda, una de dos arro­bas, midió cuidadosamente la distancia y, tomando impulso con una carrera, lanzó con fuerza el pedrusco que dio al gigante en­tre los ojos derribándolo en el acto. Desde entonces ese cerro se conoce como Podium de Roldán.
    -Pero ¿sabes qué es lo mejor de toda esta gesta, García? -pregunté a mi hijo con una sonrisa en los labios-. Que la historia da fe de que Carlomagno jamás llegó a entrar en tierras de España. Se detuvo en los Pirineos, en Roncesvalles, y no pasó de allí. ¿No recuerdas el cementerio de Ailiscampis, en Arlés, donde, según la leyenda, descansan los diez mil guerreros del ejérci­to de Carlomagno? De modo que jamás pudo llegar hasta Náje­ra. ¿Qué te parece?

    El muchacho me miró desconcertado y, luego, se rió, balan­ceando la cabeza de un lado a otro con la condescendencia del viejo sabio que no comprende al mundo. También Nadie soltó una sonora carcajada que hizo eco con la mía.

    Seguimos camino dejando Huércanos a la derecha y Alesón a la izquierda, y poco después hacíamos entrada en Nájera cru­zando un puente de siete arcos sobre el río Najerilla. Nájera ha­bía sufrido mucho por su condición de ciudad fronteriza entre Navarra y Castilla, padeciendo repetidamente las luchas entre ambos reinos hasta su definitiva incorporación a Castilla. En­contramos albergue en el noble monasterio de Santa María la Real, fundado trescientos años antes por un colombroño de Jo­nás, García I el de Nájera. Preparamos nuestros jergones con montones de crujiente paja de centeno y suaves pellejos de ove­ja, cenamos de buen grado las ricas viandas que nos sirvieron (pan de cebada, tocino, queso y habas frescas) y salimos en busca de la escurridiza Sara haciendo uso de nuestros bordones de peregrinos. En esta ocasión, para mi pesar, no pude desprender­me ni de Jonás ni de Nadie.

    Todavía con luz crepuscular franqueamos las recias puertas de roble y hierro de la gran aljama de la ciudad. Hacia un frío en­diablado y una densa humedad calaba la ropa hasta los huesos. Al contrario que en Estella, en Nájera se advertía una gran estima­ción por los israelitas que, al vivir sin el temor de ser agraviados por los gentiles, habían establecido comercios en todos los ba­rrios y en todas las calles principales del centro, especialmente al­rededor de la plaza del mercado y del palacio de Doña Toda.

    La aljama najerense era idéntica en su trazado al barrio ju­dío de París y a los calls y juderías de Aragón y Navarra: calle­juelas ceñidas, adarves, casas pequeñas con patios y rejas de ma­dera, baños públicos… Los hebreos, estuvieran donde estuvie­ran y por encima de fronteras y culturas, formaban un pueblo ardorosamente unido por la Torá, y sus barrios (auténticas ciu­dades amuralladas dentro de las propias ciudades cristianas) les mantenían a salvo de las creencias, usanzas y conductas ajenas. Su temor al éxodo inesperado les llevaba a desarrollar tareas que no implicaran posesiones de penoso acarreo en caso de ex­pulsión, y por eso la mayoría de ellos eran grandes estudiosos y apreciados artesanos, aunque los que se dedicaban a la usura y obtenían de ella pingües beneficios, o los que cobraban los diezmos para los reyes cristianos, despertaban en el pueblo un odio feroz.

    En los callejones de la aljama preguntamos a cuantos nos cru­zamos si habían oído hablar de una judía francesa llamada Sara que debía haber pasado por allí ese mismo día o quizá el día an­terior, pero nadie supo decirnos nada en concreto. Cuando, por fin, un vecino nos indicó la conveniencia de preguntar a un tal Judah Ben Maimón, renombrado sedero cuyo establecimiento era lugar de reunión para los muccadim de la judería najerense, optamos por hacerle una visita, ya que si la francesa había pasa­do por allí, él lo sabría con certeza y podría informarnos.

    Judah Ben Maimón era un venerable anciano de largas pati­llas blancas y rizadas. Su rostro arrugado desprendía gravedad y sus ojos negros brillaban intensamente con la claridad de la lum­bre. Un penetrante olor a tinturas impregnaba la tienda, angosta aunque opulenta, de cuyo techo, cruzado de alcándaras, colga­ban hermosísimas telas irisadas que, a la luz de las llamas, des­prendían reflejos tornasolados. El mostrador a un costado y, en­frente, unas repisas colmadas de tambores de sedas persas y moriscas constituían todo el mobiliario.
    -¿En qué puedo servirles, nobles señores?
    -Shalom, Judah Ben Maimón -dije adelantándome un paso hacia él-. Nos han dicho que sois el hombre indicado para darnos razón de una mujer judía que ha debido pasar por Nájera en las últimas horas. Se llama Sara y es de París.

    Judah se quedó en suspenso unos instantes mientras nos ob­servaba detenidamente con gran curiosidad.
    -¿Qué queréis de ella? -preguntó.
    -La conocimos no hace mucho en su ciudad y, hace unos días, en Puente la Reina, nos informaron que se hallaba, como nosotros, camino de Burgos. Nos gustaría volver a verla y creemos que ella no pondrá reparos a que la encontremos.

    Los dedos del judío comenzaron a tamborilear sobre el mos­trador mientras abatía la cabeza como si tuviera que tomar una importante decisión. Al poco, la irguió de nuevo y nos miró.
    -¿Cuáles son vuestros nombres?
    -Yo soy don Galcerán de Born, peregrino a Santiago, y éste es mi hijo García. El anciano es un compañero de viaje que ha te­nido a bien agregarse a nosotros.
    -Está bien. Esperad aquí -dijo desapareciendo tras unas cortinas a su espalda.

    El muchacho y yo nos miramos, desconcertados. Yo arqueé las cejas para indicarle mi perplejidad y él, en idéntica respuesta, se encogió de hombros. Aún no había puesto fin al gesto cuando las cortinas se levantaron de nuevo y la cara aturdida de Sara apa­reció frente a nosotros.
    -Pero ¿cómo es posible…? -preguntó casi en un grito.
    -¡Sara la hechicera! -exclamé soltando una carcajada-. ¿Dónde habéis dejado vuestro grajo parlanchín?
    -Se quedó en París, en casa de una vecina a quien vendí mis útiles de brujería.

    Sonreía. ¡Qué sonrisa más encantadora! Sin duda, yo era víc­tima de algún embrujo, pues no podía dejar de mirarla. A través de una bruma inexistente observé que llevaba el extraño pelo blanco recogido tras la cabeza con una redecilla, que su piel na­carada había adquirido un agradable tono dorado debido sin duda al viaje y que las constelaciones de lunares y pecas conti­nuaban en sus sitios respectivos, según yo recordaba quizá de­masiado bien. Como siempre que estaba con ella, tenía que ejer­cer un férreo control sobre mis emociones. Me di cuenta que me hallaba, precisamente, en la situación que había querido evitar cuando me encontrara con Sara: ella sabia que Jonás era mi hijo, pero había prometido tratarle como mi escudero, que era lo que el muchacho creía ser; por otro lado, allí estaba Nadie, que gracias a una mentira, creía que Jonás era mí hijo verdadero, como así era. ¿Y ahora qué hacía yo? Debía tomar, rápidamente, las riendas de la situación, antes de que se pro­dujera algún desliz irreparable.
    -Aquí tenéis a mi hijo García, ¿le recordáis, Sara?

    Sara me miró sin comprender, pero, como era una mujer perspicaz, en cuanto me vio desviar la mirada imperceptiblemen­te hacia el viejo, se puso a la altura de las circunstancias.
    -Me alegro de veros, García -repuso poniéndose de punti­llas para alcanzar con la mano la testa despeinada de Jonás-. Veo que habéis seguido creciendo y que ya sois tan alto como vues­tro padre.
    -Y yo me alegro de que no hayáis traído a vuestro grajo -puntualizó Jonás por todo saludo, pero, a pesar de la brusquedad que imprimió a sus palabras, sus labios curvados en sonrisa y el rojo bermellón de sus carrillos indicaban la satisfacción que sentía de volver a verla.
    -Y éste, Sara -dije continuando con los saludos y las pre­sentaciones-, éste es Nadie, un compañero de viaje que nos ha facilitado con su generosidad el que hayamos podido encontra­ros.
    -¡Qué nombre tan curioso! ¿Cómo habéis dicho que se lla­ma…?
    -Me llamo Nadie, doña Sara. Fue don Galcerán quien me puso este nombre, aunque bien es verdad -quiso puntualizar rápidamente- que tengo otro más apropiado a mi condición de viajero y comerciante, pero como Nadie me gusta, si no os inco­moda demasiado, llamadme así.
    -Por supuesto, señor, cada cual es muy libre de hacerse lla­mar como más le guste.
    -¿Y vos, Sara? -pregunté sin dejar de mirarla-. ¿Qué ha­céis vos por aquí?
    -Es una historia muy larga para el corto tiempo que ha pa­sado desde que os marchasteis de París. Y ahora tampoco es el momento de contarla. Lo importante es saber si habéis cenado y, sí no es así, si os apetecería compartir conmigo la humilde mesa de los Ben Maimón.
    -Sí que hemos cenado -comenté desolado, y profundamente arrepentido de no haber dejado al muchacho y al viejo en el albergue. Aparte de concretar que haríamos el camino juntos hasta Burgos, no tenía ninguna buena excusa para prolongar el encuentro con Sara; estaba claro que en aquel momento ni yo po­día contarle a ella el motivo de nuestro viaje ni ella podía contar­me a mí el motivo del suyo. Me convencí de que la única solu­ción era concertar una cita para más tarde, para cuando hubiera logrado desembarazarme de mis dos acompañantes, pero, por fortuna, Sara había tenido los mismos pensamientos, porque cuando nos despedimos hasta el día siguiente en la puerta de la tienda de Judah, se las arregló para deslizar subrepticiamente en mi oído el recado de que me esperaba en la puerta del mercado en cuanto el chico y el viejo se durmieran.

    Poco antes de la hora de maitines, a medianoche, la respira­ción acompasada de Nadie y los farfulleos incoherentes del mu­chacho me indicaron que había llegado el momento de abando­nar el aposento de la alberguería y dirigirme a la cita con Sara. Tuve que avanzar escondiéndome de las patrullas nocturnas, pero al final llegué a las puertas del mercado y distinguí, en la pe­numbra, dos siluetas que me estaban esperando.
    -Este es Salomón, el aydem de Judah -susurró Sara, y, co­giéndome de la mano, tiró de mí en dirección a la aljama-. Ve­nid. Aquí corremos peligro.

    Como tres malhechores que escapan de la justicia, rodeamos a hurtadillas las murallas de la judería y, al llegar a un recodo di­simulado en las faldas del monte, las atravesamos por un portillo diminuto oculto tras la maleza.

    En pocos minutos nos encontrábamos de nuevo en la sedería de Judah, que nos esperaba pacientemente avivando el fuego.
    -Ven, Salomón -le dijo a su yerno-. Ellos deben hablar a solas.
    -Gracias, abba -musitó Sara, dejando caer sobre los hombros la mantellina con la que se había cubierto la cabeza hasta ese momento-. Tomad asiento, sire -me dijo, indicando dos tabu­retes que habían dispuesto para nosotros frente a la hoguera.

    Si el mundo se hubiera parado en aquel momento, si aquella noche, aquel instante hubiera durado eternamente, yo no hubiera protestado ni hubiera exigido el regreso del sol. Tenía bastan­te para llenar el resto de mi vida con mirar el rostro de Sara ilu­minado por el fuego y su pelo blanco, suelto, argentando entre la seda.
    -¿Empiezo yo o empezáis vos? -preguntó con ese tonillo impertinente que tan bien recordaba de París.
    -Empezad vos, señora, tengo una gran curiosidad por saber qué hacéis en estas tierras.

    Sara sonrió y se entretuvo contemplando los leños al rojo. Uno de ellos se cuarteó con un crujido y se desparramó sobre los demás.
    -¿Recordáis que yo había hecho algunos favores a Mafalda d‘Artois, la suegra del rey Felipe el Largo?
    -En efecto, así me lo dijisteis.
    -Pues bien, al parecer su dama de compañía, Beatriz d‘Hirson, con la que vos mantuvisteis una entrevista, según supe poco después, alertó a Mafalda sobre la conveniencia de hacerme de­saparecer. Eran muchas las cosas que yo sabía de la suegra del rey, demasiadas para que una ligera insinuación no abriera la caja de Pandora.
    -Lamento haber sido el causante de vuestra desgracia.
    -¡Oh, no, sire Galcerán! ¡Pero si me habéis hecho un favor! -replicó con firmeza, retirándose el pelo de la cara y engan­chándolo suavemente tras las orejas-. Si vos no hubierais remo­vido el fango, probablemente yo hubiera seguido toda mi vida en el agonizante gueto de Paris. Cuando supe por una buena amiga, dama también de la corte, que las tropas se apresuraban a dete­nerme por orden de Mafalda, comprendí que había estado per­diendo el tiempo y que aquello era una señal para que me pusie­ra en marcha y llevara a cabo lo que de verdad deseaba hacer.
    -¿Y qué es ello? -pregunté intrigado.
    -A vos no voy a mentiros, puesto que también vuestra vida está involucrada con los Mendoza. Pero lo que voy a contaros deberéis guardarlo siempre en secreto y vuestros labios no pro­ferirán nunca una sola palabra de lo que ahora os voy a confesar.
    -Os juro por mi hijo -dije, y recordé cuántas veces había jurado en falso a lo largo de mi vida para obtener información-, que jamás diré nada a nadie.
    -Cuando Manrique de Mendoza tuvo que escapar de Francia, le prometí que le seguiría en cuanto me fuera posible. Ya su­pondréis que éramos amantes.
    -¡Pero si él es monje! -objeté escandalizado.
    -¡Y vos sois bobo, micer Galcerán! -exclamó riendo-. Manrique no es ni el primero ni el último que cohabita con mu­jer. ¿En qué mundo vivís?
    -Escuchad, Sara, en las órdenes militares el voto de castidad es uno de los más importantes. Tanto el Temple, como la Orden Teutónica o la del Hospital de San Juan de Jerusalén castigan se­veramente el trato carnal con mujeres. El monje acusado de ello pierde el hábito y la casa, sin posibilidad de perdón.
    -¿También vuestra nueva Orden de Montesa castiga con el mismo rigor?

    Sus labios mostraban una sarcástica sonrisa mientras me re­prochaba la falsa identidad que yo había utilizado -mal- ante ella, en Paris. Levanté las cejas y apreté los labios, con una mue­ca divertida de disculpa y, siguiendo la broma, asentí con la ca­beza.
    -Pues entonces -repuso ella con desprecio-, os perdéis lo más bello que hay en la vida, sire. Yo aceptaría de buen grado ser expulsada del mundo, si hiciera falta, a cambio del placer del amor.

    Sí, hubo un tiempo muy lejano en que yo también opinaba como ella. Pero entonces las cosas eran distintas y también yo era otra persona.
    -Así pues, ¿vais a reuniros con Manrique?
    -Me dijo que le buscara en Burgos, que allí le encontraría. Y allí voy.
    -También nosotros vamos a Burgos. Sabréis que en el con­vento de las Huelgas profesó Isabel de Mendoza. Es curioso que ambos hermanos se encuentren, años después, en la misma ciu­dad -dije reflexionando sobre ello-. Quiero volver a ver a la madre de mi hijo y quiero que los dos se conozcan, y quiero tam­bién que Jonás conozca allí su verdadero origen.
    -¿Es ése el motivo de vuestro viaje?

    Aunque hubiera querido, no habría podido contarle la ver­dad, entre otras muchas razones porque Sara amaba a un templario y yo estaba buscando, sin demasiado éxito, el oro de los templarios para el Papa y para mi Orden. ¿Cómo insinuarle ni remotamente el fin último de nuestra peregrinación? Y, por otro lado, ¿cómo hacer camino con ella intentando encontrar los te­soros sin que se diera cuenta? En cualquier caso, para llegar a Burgos sólo faltaban dos o tres días, así que tampoco el riesgo era excesivo. Luego, Sara se quedaría con Manrique y nosotros con­tinuaríamos nuestra marcha hasta Compostela.
    -En efecto, reunir a Jonás con Isabel, su madre, es el moti­vo de nuestro largo viaje.
    -Dejad que os pregunte, micer Galcerán: ¿culminasteis con éxito la misión que os llevó a París?
    -Así es, Sara, y gracias a vos. Los documentos de Evrard fueron muy útiles para corroborar las sospechas que motivaron aquella investigación.
    -¿Y ese extraño viejo que os acompaña, ese tal Nadie?
    -No tengo ni idea de quién es. Sólo sé que, al poco de cru­zar los Pirineos, apareció en nuestra vida y no hemos consegui­do librarnos de él.
    -Hay algo extraño en ese hombre -declaró Sara con enojo, frunciendo la frente-, algo que no termina de gustarme.

    ¡Un momento!, me dije, Sara tenía razón. Yo había experi­mentado la misma desconfianza desde el primer momento y esa sensación provenía de que algo no encajaba bien en la historia de Nadie.
    -¿Qué os pasa, sire Galcerán? Os habéis quedado muy pen­sativo.

    ¿Quién demonios era el viejo? ¿Por qué sabía tantas cosas y por qué había demostrado tanto interés en obstaculizar nuestra visita a los lugares templarios en Puente la Reina y Torres del Río? Ciertamente, Nadie podía ser cualquiera, me dije receloso, podía ser cualquiera porque, en realidad, no era nadie, como bien indicaba su mote, pero ¿cómo averiguar su auténtica identidad?
    -Sire…
    -No preocuparos, Sara -resoplé agobiado-. Simplemente, acabo de darme cuenta de algo que puede ser importante.
    -¿Queréis contármelo?
    -Mejor será que no os diga nada todavía, pero no debéis alarmaros. Este asunto lo voy a resolver muy pronto. Lo que ne­cesito saber es si os incomodaría mucho hacer a pie el trecho que nos falta hasta Burgos. Es muy probable que debamos prescindir de nuestros caballos.
    -Me gustará caminar con Jonás y con vos, freire.
    -¡No, no! -exclamé aterrado-. ¡No debéis darme ese apelativo!
    -¿Por qué? ¿Acaso no sois monje?
    -Sí, silo soy -reconocí-. Pero en este viaje, por motivos particulares, no puedo asumir mi verdadera personalidad. Como habréis podido observar, Jonás responde por su verdadero nom­bre de García Galceráñez y yo por mi condición de caballero. Viajamos como padre e hijo, como peregrinos que cumplen pe­nitencia de pobreza hasta Santiago. Así que, os lo suplico, no nos descubráis.
    -¿Que no descubra qué?
    -Lo de nuestras identidades falsas -declaré sorprendido.
    -¿Qué identidades falsas? -preguntó con sonsonete zum­bón.

    En verdad, aquella hechicera tenía la capacidad de alterar mis nervios, pero en aquel momento no podía perder tiempo irritán­dome con sus juegos verbales: me devanaba los sesos pensando cómo deshacerme de Nadie lo antes posible. No me cabía nin­guna duda de que la compañía del viejo era peligrosa y, aunque pudiera estar equivocado y el buen hombre fuera un santo, no te­nía sentido prolongar una asociación que no había sido de mi gusto desde el principio. Y mucho menos ahora que Sara iba a viajar con nosotros.

    De repente, se me ocurrió una idea brillante.
    -Sara, ¿habría por ahí una jícara para calentar agua?

    Me miró desconcertada.
    -Supongo que si, tendría que buscar en la cocina.
    -Traedla, por favor, y mirad también si la esposa de Judah tiene centeno y pasas de Corinto.
    -¿Qué queréis hacer? -preguntó enarcando las cejas.
    -Ahora lo veréis.

    Mientras ella desaparecía en el interior de la vivienda, yo abrí mí escarcela sobre el mostrador y busqué la talega de hierbas que había preparado en Ponç de Riba por si nos hacia falta algún re­medio durante el viaje.

    Sara regresó enseguida con un pocillo de cobre rebosante de agua y un par de bolsas de tela.
    -¿Necesitáis algo más?
    -Poned la jícara al fuego. Cuando el agua escalfó, eché las pasas de Corinto y el cente­no, para que la base de la cocción fuera dulce y suave. Luego, abriendo un par de saquitos recuperados de la talega de los re­medios, eché en el cocimiento un puñado de hojuelas de Sene de Alejandría, y, con el puñal, tomé una punta generosa de corteza en polvo de la temible Rhamnus frangula, conocida como arra­clán, arraclanera, frángula o avellanillo, según la zona, cuyo sa­bor amargo y áspero quedaría cubierto por la pulpa dulce de las pasas. Cuando el centeno empezó a reventar, calculé el tiempo y, retirándolo de la lumbre, lo dejé decantar unos minutos y luego lo eché en un paño que dejó colar en mi calabaza un liquido bi­lioso y fluido como la orina.
    -Bien se ve que mañana Nadie no podrá viajar con nosotros -musitó la hechicera con una sonrisa pícara en los labios.
    -Habéis comprendido mi idea.
    -¡Demasiado bien, me temo!

    Regresé al albergue y me introduje subrepticiamente en el dormitorio, al fondo del cual ardía una lamparilla de sebo frente a una imagen de Nuestra Señora. Sigiloso como un gato y agu­zando los sentidos para prevenir cualquier mal trance, agarré la calabaza de Nadie y vertí en su interior parte del contenido de la mía, mezclándolo con el agua. Si todo funcionaba como yo tenía previsto, Nadie bebería un gran trago nada más despertarse, se­gún su costumbre, y aunque pudiera percibir un sabor extraño en el liquido, seria demasiado tarde para sus intestinos. Con un poco de suerte, cabía incluso la posibilidad de que, amodorrado, no se diera ni cuenta.
    Y, en efecto, con las primeras luces de la mañana, el viejo bebió y, al poco, el purgante comenzó a surtir efecto: sus gemidos de dolor se escucharon por todo el albergue mientras él corría -casi volaba- en camisa hacia los establos sujetándose el vien­tre con las manos. Jonás le miraba divertido desde el lecho, pro­fundamente admirado de la velocidad que el viejo imprimía a sus piernas para ir a descargar las tripas.
    -¿Está enfermo? -preguntó, siguiendo con la mirada la nueva carrera de Nadie hasta la puerta. -No creo. Debe ser un simple trastorno por la cena de anoche.
    -Pues ya ha hecho cuatro viajes a la cuadra. No habrá quien entre allí a buscar los animales. ¿No podéis darle nada que le me­jore?
    -Me temo -repuse ocultando una sonrisa- que no hay nada que pueda aliviarle.

    No obstante, mientras nosotros desayunábamos nuestras sopas de pan y leche, la mirada dolorosa del enfermo me conmovió y le recomendé que tomara tres veces al día arcilla bien diluida en agua para cortar la flojedad de vientre. Si no mejoraba, le dije, lo mejor sería que acudiera al hospital de Santiago, en las afueras de la ciudad.
    -Desde luego, no me siento con fuerzas para seguir viaje -musitó.
    -Nosotros no podemos detenernos, amigo. Recordad que Sara tiene prisa por llegar a Burgos cuanto antes y que nos está esperando ahora mismo en la aljama.

    En su cara apareció un rictus de malevolencia.
    -Los caballos son míos y se quedan conmigo, así que deci­did qué queréis hacer.
    -Pues os damos las gracias por la ayuda que nos habéis pres­tado para dar con nuestra amiga -precisé-, pero, como com­prenderéis, ahora que la hemos encontrado debemos proseguir el viaje con ella y no con vos.

    La mirada del viejo manifestó una muda incredulidad.
    -Pero vuestra amiga viaja a caballo -protesto.
    -No, ya no.
    -Pues os daré alcance en uno o dos días -se trataba casi de una amenaza.
    -Estaremos contentos de recuperaros como compañero de viaje -mentí.

    Recogimos a Sara en las puertas de la aljama y desanduvimos ca­mino para salir de Nájera por delante de Santa María la Real en di­rección a Azofra.

  6. FRAGMENTO DE PEREGRINATIO DE MATILDE ASENSI CORRESPONDIENTE A ESTE TRAMO.

    Saliendo de Logroño, cruzaréis la amplia vega del río Ebro, atravesando campos de labor y viñedos, y, tras una ardua ascensión, alcanzaréis la próspera villa de Navarrete, sobre las laderas del cerro Tedeón, cuyas gentes son muy afables y artesanas. Después, surcando la senda de Ventosa, llegaréis al Alto de San Antón, donde deberéis tomar todas las precauciones posibles porque, como bien nos advirtió Nadie durante nuestra primera andadura, es aquella una tierra peligrosa en la que abundan los salteadores y bandoleros. No seas temerario, Jonás, y no busques el enfrentamiento con esos pobres desgraciados. Gana la batalla quien consigue evitarla y tus lances como caballero deberían estar muy por encima de unas tristes escaramuzas con villanos casi siempre hambrientos.

    No tengo la menor duda de que reconocerás el Podium de Roldan en cuanto tu caballo lo hollé, pues allí escuchaste por primera vez la portentosa historia de Ferragut, el gigante de doce codos de estatura y dueño de la fuerza de cuarenta Hércules, descendiente de Goliat, que vino desde Siria para combatir a Carlomagno por orden del emir de Babilonia. Después de tomar casa en Nájera, ciudad que vislumbraréis desde el Podium, esperó pacientemente al rey de los francos, el cual, enterado de la presencia del gigante, envió, uno tras otro, a sus mejores hombres, a los que Ferragut capturó sin grandes dificultades, encarcelándolos sin matarlos. Por fin, un día, llegó Roldan, el caballero más valiente de Carlomagno y, desde lo alto del cerro en el que os encontraréis frey Esteváo y tú en ese momento, le lanzó una única piedra al gigante que le dio entre los ojos y lo derribó. Desde Logroño, y aun es posible que desde antes, habréis encontrado testimonios de la lucha entre Roldan y Ferragut. Sin embargo, no debes olvidar, Jonás, lo que te dije aquel día: Carlomagno nunca cruzó los Pirineos, nunca pasó de Roncesvalles y, por lo tanto, nunca llegó hasta Nájera. Ésta es una buena lección para que aprendas que, a veces, la historia que se da por cierta no es verdadera y la que se rechaza por falsa puede ser auténtica. Nunca lo creas todo ni lo des todo por bueno sin comprobarlo por ti mismo.

    DEJANDO HUERCANOS A LA DERECHA Y ALESÓN A LA IZQUIERDA, ENTRARÉIS EN NÁJERA ATRAVESANDO EL PUENTE DE SIETE ARCOS QUE CONSTRUYÓ SAN JUAN de Ortega sobre el río Najerilla y podréis alojaros, como la otra vez, en el noble monasterio de Santa María la Real, fundado a principios del milenio por el rey Don García I el de Nájera. A fuer de ser sincero, cada vez que oigo, leo o escribo tu antiguo nombre, me vienen a la cabeza las circunstancias por las que tuviste que cambiarlo, y no dejo de sentir una cierta ira al pensar que el joven García Galceráñez dejó de existir al ser adoptado por su abuelo para que la Iglesia y la Orden del Hospital de San Juan no sospecharan que seguíamos vivos. Ciertamente, jamás hubiéramos dejado de ser unos miserables prófugos, temerosos de ser descubiertos en cualquier momento por los esbirros papales o los caballeros hospitalarios —que, a no dudar, hubieran seguido nuestro rastro sin desfallecer hasta encontrarnos—, si la Orden de los Caballeros de Cristo no hubiese hecho aparecer oportunamente, en un acantilado de la costa gallega, los cuerpos sin vida de un hombre, una mujer y un joven que fueron tomados por nosotros, lo que nos permitió empezar una nueva vida con otras identidades. Ahora te llamas en verdad Jonás, pues tomaste por nombre propio el apelativo que yo te daba mientras te buscaba en el cenobio de Ponc de Riba, en recuerda, no ya del Jonás que entró débil y temeroso en el vientre de la ballena, sino del que salió de ella libre y renovado, pues tal era mi objetivo contigo.

    ¡Oh, Najera, Najera…! ¡Qué buenos recuerdos me trae esa ciudad! Allí fue donde encontramos a Sara después de muchos días de duro viaje, alojada en la sedería de Judah Ben Maimón, uno de los principales muccadim1 de la. gran aljama najarense, a quien, por cierto, deberás visitar y saludar dar en mi nombre y en el de Sara, Al contrario que en otras muchas ciudades de la cristiandad, en Nájera los judíos son estimados de manera que su aljama es próspera y han podido, sin temor a ser agraviados, establcer comercios en todos los barrios y en las calles principales, especialmente en la plaza del mercado y el palacio de Doña Toda.

    Recordarás el placer de pasear por las ceñidas calles de la judería, con sus casas de puertas abiertas que permiten ver los patios interiores, las ventanas con hermosas rejas de madera, el olor a especias y sus magníficos baños públicos. También fue aquí donde, por fin ayuda de un fuerte depurativo para el vientre, conseguimos desprendernos de Nadie, cuya irritante presencia obstaculizaba nuestro ya de por sí difícil peregrinaje.

    Dejareis Nájera con pesar, estoy seguro, pero forma parte de la experiencia del Camino despedirse de las personas, las cosas y los lugares para seguir avanzando.

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  8. ‘EL CAMINO DE SANTIAGO: ARTE Y MISTERIO’
    Mº EMILIA GONZÁLEZ SEVILLA

    En Logroño empieza una etapa serena del Camino jacobeo a través de la tierra en la que ‘se cristalizó la Europa en la que aún vivimos’, según Gregorio Marañón. Algunos estudiosos han demostrado que con el códice escrito por Berceo, el monje de San Millán, en 976 empezó la europeización de España. Hoy los expertos han restado al códice Emilianense algo de importancia en beneficio de otro códice anónimo un siglo más antiguo descubierto en estas mismas tierras. Lo cierto es que aquí empezó la ‘benedictización’ de la región un siglo antes que en el resto de la Península de Leyre.

    Según las crónicas, Gotescalco, obispo de Le Puy y príncipe de Aquitania, primer peregrino extranjero conocido del Camino de Santiago, se detuvo en el año 950 en el monasterio morárabe de San Martín terminado cincuenta años antes, y lo hace ‘seguido de numerosa comitiva’. El obispo franco pide al monje eremita de Albelda de Iregua, Gomesano, que la haga una copia del Tratado de la Perpetua Virginidad de la Santísima Virgen de san Ildefonso de Toledo y de otros códices miniados, copias que el monje riojano manuscribe con esmero prolongado algunos. Es el primer manuscrito español que sale del país. Hoy se le conoce como el Códice Gotescalco o Códice Colbertino y se conserva en la Biblioteca Nacional de París. Asimismo, el Antifonario de Albelda, confeccionado entre estos muros, fue una joya del rito mozárabe origen de una triste leyenda: en el año 1080 Alfonso VI, presionado por el papa Gregorio VII y el Cluny, convocó un concilio en Albelda para decidir sobre la sustitución de la liturgia autóctona hispana, la visigótica, por la gregoriana o francígena. Se dispuso que un Juicio de Dios con fuego aconsejase sobre la decisión. El misal mozárabe salió intacto de las llamas, no así el gregoriano. Pero Alfonso VI, inclinado hacia Roma e influido por su esposa francesa, arrojó el Antifonario Albeldense al fuego de una patada y ordenó que nadie lo retirase. El códice acabó pasto de las llamas. ‘Allá van leyes do quieren reyes’ sentenció, desde entonces, el refranero popular mientras los monjes albeldenses contemplaron consternados la desaparición de su valioso antifonario.

    En este mismo monasterio escribió el monje Vigila su miniado Cronicón Albedense o Crónica Vigiliana que, afortunadamente, se conserva hoy en El Escorial a salvo de caprichos reales. En él recogió el fraile el Fuero Juzgo, las actas de concilios hispanos y europeos de la época, el calendario morárabe, los decretos pontificios y un tratado de aritmética. En tan ingente obra empleó el monje muchos años de escritura hasta su terminación en el año 976.

    La Rioja es, por tanto, la tierra del idioma castellano extendido a todo el país y nacionalizado, que siglos después hereda todo un nuevo continente convirtiéndose en el lenguaje de casi cuatrocientos millones de ciudadanos del mundo.

    También nacieron en la Rioja leyendas imborrables, como la del gigante Ferragut, relatada anteriormente y tallada en la piedra de Estella.

    El Camino jacobeo sale de Logroño ladeando la colina hacia el sur y volviendo lineal un paisaje hasta ahora abrupto. Pasa por Navarreter, donde el freire templario Bertrán Duguesclin, luego condestable de Francia, estuvo preso en 1366 tras su derrota en Nájera, y de donde partió hacia el macabro paso de Roncesvalles de regreso a Francia. A la derecha del Camino queda el Alto de San Antón, por el que antiguamente atravesaba el Camino entre parajes boscosos hoy casi ralos. Los campesinos del lugar referían historias de peregrinos asaltados por bandidos disfrazados de monjes escondidos entre los árboles que aparecían como fantasmas a la vista del caminante.

    Hoy difícilmente podría esconderse en este paraje delicuente alguno. El pórtico románico es lo único que queda del antiguo Hospital de Peregrinos, alberguería denominada de San Juan de Acre, por lo que se le supone factura templaria. Hoy está instalada en la entrada al cementerio de la villa. Se puede observar en el conjunto porticado un capitel sin fuste en la parte interior, con dos personas sedentes: una de ellas alza una copa mientras come y la otra se alimenta sujetando un gran bordón. También vuelve a aparecer aquí, en la parte más alta del capitel, el combate entre Roldán y Ferragut librado a pocos kilómetros de la villa, en Nájera.

    Navarrete gozó de gran importancia en el pasado. Su aspecto de plaza fuerte y sus casas blasonadas dan prueba de ello. En el siglo XVI Ignacio de Loyola viajó hasta aquí con el fin de ajustar sus cuentas con el duque de Nájera, a cuyo servicio había estado anteriormente.

    Pocos kilómetros más adelante se encuentra el Poyo de Roldán, a la izquierda del sendero y a la derecha de la carretera, donde todavía se conserva la historia del Prefecto de Francia. Cuanta otra leyenda que Ferragut vivía en el castillo del Nájera y que Roldán le venció, sin emplazarle a duelo alguno como se relataba en tierras navarras. El prefecto francés arrojó desde el poyo ‘una piedra de dos arrobas’ contra el gigante, que recibió la pedrada en medio de la frente. Cayó muerto en el acto y los pares francos apresados salieron libres del castillo. Desde entonces, el montículo es llamado Poyo de Roldán o Porroldán en popular abreviatura. Sea cierta esta leyenda de la piedra o lo sea la anterior del duelo con lanza, ninguna de las dos refleja gesta digna de caballero medieval. O sea, que para los españoles la heroicidad de Roldán, el de la canción de gesta, queda bastante en entredicho…

    El Camino continúa entre viñedos y labradíos con la sierra de la Demanda, y el pico más alto de Castilla, el San Lorenzo, siempre nevado frente al caminante. Dieciséis kilómetros más adelante se divisa la majestuosidad de Nájera desde ‘las curvas de la Degollada’ que no guardan leyenda alguna sobre damas asesinadas, sino que en Navarra se denomina así a las quebradas montañosas. A un lado, una colina coronada por la aldea de Tricio, la antigua Tritium romana que conserva un trozo de la Vía Augusta que las legiones romanas construyeron para unir Zaragoza con Astorga. En lo alto de la colina se levanta la ermita de la Virgen de los Arcos, construida en 1181 y cuya primitiva imagen, según la leyenda, fue traída a España por el propio san Pablo. La imagen actual de la ermita es del siglo XVI, morena y con una peana tallada con signos similares a los encontrados en las antiguas estelas celtas. No es de extrañar, pues, que anteriormente sujerara una imagen más antigua que la actual. Los signos celtas encontrados en esta ermita permiten a los habitantes de Tricio y a los de nájera considerarse también orgullosos descendientes del antiguo pueblo céltico de los berones, al igual que los de Viana.

    Cerca de Nájera está la desviación que conduce hasta el monasterio de Valvanera y a lso templos de Suso y Yuso. Vale la pena dedicar una jornada a visitar la cuna del idioma donde nacieron las Glosas Aemilianenses que se conservan hoy fuera de estas tierras. En lo alto de la colina, el monasterio visigótico de Suso conserva tallado en piedra el primer testimonio labrado en castellano, copia del que Gonzalo de Berceo dejó plasmado en pergamino en el siglo XIII. Reposan en su interior los restos de san Emiliano o san Millán de la Cogolla, patrón y protector de Castilla que vivió en este lugar hasta los ciento un años. Su urna es valiosa joya de artísticos marfiles románicos del siglo XI y su enterramiento está cavado bajo una bóveda de roca. La lápida que lo cubre muestra un alfabeto ocultista y varios signos extraños: perros, atlantes, ciegos que ven, lectores sapientes y mandalas celtas de autoría desconocida. Entre los muros de Suso dicen que se emparedó santa Oria -otra vez el oro en el Camino- para evitar las numerosas tentaciones de que era objeto. Berceo reflejó en su obra la virtud de la santa asegurando que ‘como era preciosa más que piedra preciada/ nombre avie de oro, Oria era llamada’. Y allí está enterrado también san Felices de Bilibio, maestro de san Millán, que nació en el último cuarto del siglo V y murió en el 574 con ciento un años. Pastor y tañedor de rabel en su juventud, recibió las lecciones del ermitaño Felices de Bilibio y organizó un cenobio eremita en los montes Distercios. El cenobio estaba formado por varias cavernas excavadas en la montaña dispuestas en dos pisos comunicados entre sí por un pequeño pasillo con dos capillas aledañas. Sobre ellas se erigió, en el 923, el monasterio visigótico de Suso. Conserva su suelo original de cantos rodados grises encastrados con ladrillos al estilo visigótico formando rosetas y esvásticas. Su trabajosa confección le ganó el nombre de Alfombra de Portalejo.

    En el atrio del monasterio están enterradas tres reinas navarras, Tota, Ximena y Elvira, y el Señor de Cameros don Tello González. En el centro aparecen alineadas otras ocho tumbas de piedra toscamente talladas que conservan los restos descabezados de los Siete Infantes de Lara y de su ayo, el caballero templario Nuño de Rasuno. Las cabezas de los siete hermanos se conservan en Salas de los Infantes, de ahí el nombre de la villa burgalesa.

    La leyenda de los Siete Infantes de Lara resulta dramática. Conzalo Bustios acudió con sus siete hijos a las bodas de su cuñado Ruy Velázquez, hermano de su mujer doña Sancha, con la doncella doña Lambra. Durante la celebración de las nupcias, Lambra se proclamó injuriada por el menor de los Bustios, Gonzalo González, que se vio sorprendido por esta actitud. Sus seis hermanos salieron en su defensa y la recién casada retiró su acusación. Gonzalo Bustios fue enviado, entonces, por Ruy Velázquez a Córdoba con una falsa embajada, ausencia que fue aprovechada por su tío para emplazar engañosamente a los siete jóvenes en los Campos de Almenar. Allí fueron asesinados y decapitados con su ayo Nuño por un ejercito morisco. Poco después regresó su padre don Gonzalo y, al ver las cabezas de sus siete hijos enloqueció de ira. Pero la venganza llegó lentamente con el tiempo. En Córdoba, Gonzalo Bustios vivió un romance con la hermana de Almanzor que quedó preñada a la marcha del castellano. Este bastardo, Mudarra, al conocer la historia de sus hermanastros se trasladó a Castilla para desafiar al asesino de sus hermanos, Ruy Velázquez, al que mató en duelo. Doña Lambra según unos fue quemada viva por orden del moro, y según otros se arrojó a las Lagunas Negras sorianas para evitar el castigo, de donde viene el macabro nombre del lago.

    Desde Suso, bajando la colina aparece en el centro del valle el monasterio de Yuso, románico guardían de una magnifica colección de marfiles y de traza arquitectónica similar a la del monasterio de Silos. En su interior se conservan las arquetas de San Millán, construida por orden de Sancho el de Peñalén, y de su maestro san Felices. En el Salón de los Reyes se conservan lienzos de Juan de Rizzi y un retrato de Sancho el Mayor ¡que luce la cabeza de Lope de Vega”…, según los expertos.

    Volviendo atrás sus pasos, el peregrino entra en Nájera, la regia ciudad que fuera habitáculo romano cuyo antiguo nombre proviene, según Menéndez Pidal, de íberos y celtas asentados en el lugar antes de la llegada de las legiones de Roma. Nagera, Naiara y Naj-ara en la antigüedad, sufrió los avatares de las luchas de los reyes de Navarra y de Castilla contra los musulmanes que la ocuparon y que la llamaron Al-Najra o ‘lugar entre peñas’ hasta su incorporación a la corona castellana con Alfonso VIII, en 1176. Fue tomada la villa a los sarracenos por el rey navarro cuando corría el año 923 y convertida, posteriormente, en Corte y Panteón Real durante los siglos X y XI. Sancho el Mayor mandó acuñar aquí la primera moneda de la Reconsquista y, a principios del siglo XI, se fundó una abadía cluniacense. Siglos después surgió el actual monasterio en cuyo altar se venera la Virgen de la Terraza, una curiosa imagen cuyo descubrimiento originó la fundación de la ciudad.

    Cuentan las crónicas que la imagen fue hallada por el rey don García de Pamplona, llamado luego ‘el de Najera’, cuando cazaba por estos pagos en el año 1044. El rey vio cómo un halcón se perdía en el horizonte tras una paloma. Cabalgando en pos de su halcón descubrió un inmenso resplandor en medio del bosque y se dirigió hacia él. La luz salía de una cueva excavada en la roca en cuyo interior encontró a paloma y halcón en amigable compañía a los pies de una imagen mariana que brillaba sobre la piedra. Junto a las aves había una jarra de azucenas frescas que perfumaban el recinto. El monarca decidió que aquel lugar debía ser consagrado y dedicado a enterramiento real. Mandó construir una basílica y creó una orden de caballería, la orden de la Terraza o de la Jarra, que ambos significados tiene la etimología de ‘terraza’ en el lenguaje iniciático, y que fue la primera orden de caballería de la Historia.

    La orden se convirtió en una Tabla Redonda defensora de imagen y recipiente. Con esta historia vuelven las connotaciones griálicas y esotéricas del Camino de Santiago: la caverna, las luces misteriosas, la virgen negra, el recipiente sagrado y la dualidad o hermanamiento de lo opuesto, en este caso halcón y paloma. El conjunto de tanto simbolismo convierte el lugar en un centro energético. García Sanchez III mandó trasladar a este recinto los restos de san Vicente mártir y de san Prudencio desde el monte Laturce y le pidió al papa el envío de los de san Vital y san Agrícola, que le llegan desde Bolonia. La dualidad se repite insistentemente.

    La construcción se trazó de tal forma que la cueva quedara en el interior tras el coro de la iglesia. A ambos lados de la gruta se instaló el panteón real con las tumbas de los reyes de Navarra como eternos guardianes. Allí permanecen las tumbas de doña Blanca de Navarra, biznieta de Carrión, hija de García Ramírez y madre de Alfonso VIII que murió en 1156 durante el parto cuando su esposo, Sancho el Deseado, aún no se había convertido en rey de Castilla; su tumba románica ha sido atribuida al mismo maestro Leodegario de Sangüesa y Chartres. Junto a ella, los sepulcros de doña Mayor, de Sancho IV y de otros monarcas de la Navarra medieval. Pasando entre las dos amenazantes figuras de piedra que guardan la entrada y el panteón, se traspasa el umbral de la legendaria cueva en cuyo pasillo de acceso han sido enterrados otros miembros de reales familias a uno y otro lado. Al final del zaguán subterráneo se abre la gruta de piedra en la que una imagen gótica del siglo XIV, de coloreado y triste rostro, recuerda el milagro del hallazgo.

    La imagen auténtica de la morena Virgen de la Terraza se conserva sobre el altar mayor, en un camarín del gran retablo. Bajo ella, otro hueco del retablo muestra la jarra o terraza, siempre llena de azucenas frescas tal como fue hallada. Hay que subrayar que la azucena es la flor que se repite a lo largo del Camino jacobeo incluso en los lugares más insospechados e inaccesibles. Lo mismo que el olor a madera fresca que, tanto en Navarra como en La Rioja, persigue al peregrino.

    El monasterio de Santa María la Real de Nájera esconde muchos otros signos en ménsulas y capiteles y ese milagro hecho encaje en piedra que es su Claustro de los Caballeros, de principios del siglo XVI, donde la piedra se ha vuelto encaje para filtrar la luz por sus arcadas rodeando el pequeño jardín medieval. Desde 1895 está bajo la custodia de los padres francisanos que acogen allí a todo peregrino que lo solicita.

    Fuera ya del recinto monacal, se puede contemplar el monumento a Fernando III el Santo, en el mismo lugar en que fue proclamado rey en 1217. Se levanta sobre el llamado Campo de San Fernando junto al puente actual, construido en 1886 sobre el anterior de siete arcos tendido en el siglo XII por san Juan de Ortega.

    De Nájera el monje alemán Herman Künig dijo, en 1495, que ‘la gente es muy burlona, las mujeres del hospital arman mucho ruido pero tienes todo lo que quieres y las raciones son muy buenas’. Aquí se pueden reponer fuerzas con buenas raciones de ensalada riojana o de caldereta camerana, un guiso de cordero lechal regado con vino blanco y vinagre cocido lentamente con patatas y distintas hierbas incluida la alcamonía. Es plato tradicional de pastores trashumantes en su largo recorrido con los rebaños hasta ‘la Extremadura’ a través de las Cañadas Reales. O puede degustar unas patatas a la riojana, que no son otra cosa que patatas guisadas con chorizo y un sofrito de cebolla, tomate, ajo y pimiento. Si el peregrino desdea tranquilidad y retiro por unas horas puede desviarse hasta las Cuevas de Nájera, remontando el sendero que parte del norte de los torreones de Santa María la Real, donde los franciscanos del monasterio le acogerán con simpatía en un pequeño refugio.

  9. ULTREIA (1998)
    LUIS CARANDELL

    La figura de Santiago Matamoros aparece en el tímpano de una de las puertas de la catedral de Logroño, Santa María la Redonda. Es un magnífico ejemplo de la arquitectura barroca. La ciudad conserva otras interesantes iglesias como San Bartolomé, con su torre mudéjar y su espléndida fachada del siglo XIV. Hay en la capital de la Rioja muchos otros recuerdos jacobeos. Se puede decir que el Camino dio antiguamente un gran impulso al pequeño poblado heredero de la ibérica Vareia que fue Logroño hasta el siglo VIII. Pero apenas tengo que confesarle al lector que, estando en Logroño, se me olvidó por unas horas mi tarea santiaguista. Desde el Espolón, donde cabalga la estatua de bronce del general Espartero, que vivió en Logroño y fue visitado allí por el rey Alfonso XII cuando llegó a España, entré en el viejo barrio de tabernas y restaurantes que suele cobrar gran animación al caer la tarde. Son las horas en que, como sucede en otras ciudades de España, se produce en la capital de la Rioja otra clase de peregrinación. Se suele denominar vía crucis al hecho de ir chateando de taberna en taberna. Un chiste popular llama a estas calles de la vieja ciudad con el nombre de ”la senda de los elefantes”, por las trompas, según dicen, que allí se cogen.

    Un poeta castellano del siglo XVII, Esteban Manuel de Villegas, opuso el vino y seguramente el vino de, como él decía, ”la roja y feliz Rioja”, al ejercicio de las armas. El cisne del Najerilla, como se le conocía porque había nacido en Matute, un pueblo situado a orillas de este río, dedicó no pocos poemas al vino de su tierra. Escribió por ejemplo:

    Corra el otro a las armas,
    cargado de paveses,
    que yo tan sólo al vino
    correré diligente.
    Por eso, tú, muchacho,
    echa vino y sé breve,
    que más quiero asomarme
    que morir de repente.

    Desde antiguo, los peregrinos jacobeos hablan en sus escritos de los vinos españoles. Alaban su calidad y cuerpo. Dice un anónimo cantar inglés:

    Here wyn is theke as any blode
    and that wull make men wode.

    ”Aquí el vino es espeso como alguna sangre y esto pone furiosos a los hombres”

    Las tabernas del Camino de Santiago anuncian el color del vino en su puerta, al objeto de atraer a los caminantes. Jean de Tournay, el curtidor flamenco que peregrinó a Compostela a fines del siglo XV y escribió luego lo que había visto, señalaba: ”En todo el país, allí donde se vende vino blanco ponen una enseña de paja, y por enseña de vino tinto ponen una manta roja”.

    También cuenta Tournay cómo se guarda el vino en España: ”Hay la costumbre de meter el vino en pellejos de cabra cosidos, y por la pata de atrás se echa el vino dentro del jarro”. Dos siglos y medio después, a mediados del XVIII, un sastre de la picardía, Guillaume Manier, corroboraba esta observación: ”El método para guardar el vino es la pata del cabrón”. Y añade: ”El vino se sirve en cubiletes de madera. Uno de esos cubiletes lleno de vino vale dos ochavos y costaría a buen seguro diez sueldos en Francia”. En Compostela, el viajero tendrá ocasión de ver la puerta del Vino por donde entraban en la ciudad los caldos de Ulla y de Ribeiro. La inscripción latina dice: ”Perquam pretiosus Baccus venit ad urbem”.

    Dicen que fue por Nájera por donde entró, hace ya muchos siglos, el cultivo de la vid en la Rioja. La región debe su nombre al río Oja que nace en la sierra de la Demanda y desagua en el Ebro a la altura de Haro, llevando en su corriente los mejores vinos de España. Saliendo de Logroño por la carretera de Burgos encontraremos algunos de los más bellos monumentos del Camino de Santiago. Navarrete es un soberbio conjunto de iglesias y casonas blasonadas. Del antiguo monasterio de la Orden de San Juan, que tuvo el hospital de peregrinos, sólo queda la portada que no está en el solar del monasterio sino que, en el siglo XIX, fue trasladada al cementerio de la ciudad. Es una delicada obra de transición del románico al gótico. En uno de sus capiteles se representa la escena del combate entre el caballero Roldán, par de Francia, y un gigante musulman, descendiente de Goliat, según dicen, llamado Ferragut. Este hombretón venció a varios pares franceses, entre ellos a Ojier, a Reinaldo de Montalbán y a algunos más. Roldán acudió entonces a las justas que se celebraban en la ciudad de Nájera para enfrentarse al vencedor de sus compañeros. Los combates entre Roldán y Ferragut fueron terribles pero tan equilibrados que, viendo que no había un claro vencedor, se decretó una tregua. La astucia, más que la fuerza de las armas, dio finalmente la victoria al sobrino de Carlomagno porque, durante la tregua, Ferragut, confiado en su fuerza, confesó a Roldán cuál era el secreto de su poder. Le dijo que sólo un punto de su cuerpo era vulnerable: su ombligo.

    Al día siguiente, Roldán discutió con Ferragut acerca de cuál de las dos religiones, la católica o la musulmana, era la verdadera. El debate fue tan acalorado que ambos decidieron acudir al juicio de Dios para saber quién tenía razón. Cuando estuvieron en el palenque y en el primer choque entre los dos caballeros, Roldán hundió la punta de su lanza en el ombligo del fiero gigante Ferragut, matándolo en el acto.

    Muy cerca de Nájera hay una colina que se llama El Poyo de Roldán, desde la cual el sobrino de Carlomagno lanzó grandes piedras contra su enemigo, que se encontraba a la puerta de su castillo de la ciudad. Peñascos para tal bombardeo no le faltaban al caballero porque el nombre de Nájera viene de un vocablo áraba que significa ”lugar entre peñas”

  10. ULTREIA (1998)
    LUIS CARANDELL

    LA CONQUISTA de Nájera fue cosa del rey Ordoño II, en el año de 923, y luego su comarca sirvió de campo de batalla entre Pedro el Cruel, llamado el el Justiciero por sus partidarios, y su hermano bastardo Enrique de Trastámara, el famoso fratricida de Montiel. Allí guerrearon también el rey Juan II y su hijo, el príncipe de Viana. La importancia de de Nájera comenzó en el siglo XI, cuando Sancho el Mayor acuñó en su ceca la primera moneda de los reinos cristianos de la Reconquista, aquellos recios tiempos que un historiador humorista llamó ”la temporada de los moros”.

    La joya de Nájera, y una de las de todo el Camino, es el monasterio de Santa María la Real. Tiene, como corresponde a su bélica historia, cierto aire de fortaleza, con sus masivas torres cilíndricas y su imponente fábrica. Su fundación data de mediados del siglo XI, cuando un rey de Navarra, don García el de Nájera, halló en lo profundo de una cueva una imagen de la Virgen.

    Sucedió en el año de 1044. El joven rey de Navarra salió a cazar una mañana en las márgenes del rio Najerilla. Vio una perdiz y soltó su halcón para que la atrapara. La perdiz se metió en una cueva y el halcón con ella. El rey siguió a las aves y, al llegar al fondo de la gruta natural, encontró una preciosa imagen de Santa María, que tenía a sus pies una jarra con azucenas. A un lado y otro de la imagen estaban las dos aves serenas y reconciliadas.

    Don García tomó este hallazgo como promesa de protección celestial en la campaña militar que tenía que emprender por entonces. Al poco tiempo ganó a los musulmanes la ciudad de Calahorra y destinó una parte del botín a levantar la iglesia de Santa María de Nájera. La jarra de las azucenas, llamada La Terraza, se convirtió en el emblema de una orden de Caballeros que el rey creó. Don García prometió ir a cantarle a la Virgen todos los sábados una Salve y eligió este lugar para su sepultura. No se sabe si cumplió su primera promesa pero fue enterrado en el panteón de Nájera, junto con otros monarcas y príncipes de Navarra.

    La imagen original de la Virgen, la que encontró el rey en la cueva, está ahora en el altar mayor, con su jarra de azucenas. En la gruta hay una imagen del siglo XII que se trajo de la capilla del alcázar real, hoy desaparecido.

    El templo de Santa María, se diría catedral, tiene un soberbio claustro renacentista adornado con afiligranadas tracerías de piedra. La iglesia es del siglo XV y los sepulcros del panteón real, donde reposan los restos de reyes y reinas e infantes del Navarra, del siglo XVI. El único sarcógafo del siglo XII que se salvó de la devastación que el monasterio sufrió a lo largo del tiempo es el de doña Blanca de Navarra, si bien se conserva sólo su tapa. Se reproducen allí relatos evangélicos y escenas de la muerte de la joven reina. Es el único sarcófago en el que aparece la figura del Cristo en Majestad, el Pantocrátor.

    Visité, cerca del monasterio, el albergue de peregrinos. La hospitalera, ése era el nombre de su oficio según ella, se llamaba pilar. Había llegado a Nájera como peregrina, pero tan bien la habían atendido los miembros de la asociación de amigos del Camino de la ciudad que decidió quedarse como voluntaria durante algún tiempo para cuidar del albergue y recibir y atender a las personas que allí llegaran. Y la palabra atender incluye también, muy a menudo curarles las llagas que en sus pies ha producido la larga caminata.

    En casi todos los albergues y refugios existen libros en los que los peregrinos escriben sus impresiones. Copié algunos y mi amigo de Viana me mandó unos reportajes que había publicado un semanario de Estella, en los que reproducía otros testimonios: ”¡El Camino es la hostia!”; ”El Camino es el maestro, llega cuando estás preparado para recibirlo y te enseña justo lo que necesitas”; ”¡Qué buen sitio este albergue para gente hecha polvo! Gracias por todo”; ”El cansancio físico ha permitido que inicie el viaje paralelo al interior de mí mismo”.

    Un peregrino ciclista describe así su situación: ”Veníamos en bicicleta. Creo que ha llegado el punto en el que las bicicletas vienen en nosotros”. Más contundente, otro escribe: ”¡Pero quién coño me mandó a mí meterme en este lío!”. Y un tercero dice: ”Hoy he descubierto que cuando crees que no vas a aguantar más, aún puedes dar otro paso”.

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