PEREGRINATIO de MATILDE ASENSI (inicio de la ruta jacobea por Somport – Jaca)

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Peregrinatio de Matilde Asensi

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PROCÚRATE UN RECIO BORDÓN PARA CUANDO DEBAS ABANDONAR TU CABALLERÍA Y CAMINAR, UNA ADECUADA CALABAZA PARA EL AGUA, UNA CAJA DE ESTAÑO PARA los documentos y salvoconductos, un amplio sombrero, una esclavina para el frío y el mal tiempo y una buena escarcela para guardar la comida. No será mala idea recordarte que, la vez anterior, te caíste redondo nada más poner el pie en la cima del Summus Portus porque no sé qué mal juicio te hizo desear la corona de espinas de los mártires y dejaste de comer. Aunque entonces me deparaste numerosos quebraderos de cabeza, recuerdo ahora con estima que, a lo largo del Camino, muchas fueron tus repentinas e intensas vocaciones: en el Summus Portus quisiste ser mártir, días después, caballero del Santo Grial, cerca ya del final de nuestro viaje, marinero, y, por fin, en Serra d’El-Rei, llegaron a apodarte Jonás el companheiro porque, cada poco, empezabas como aprendiz de un oficio diferente. Afortunadamente, pronto me vi obligado a mandarte con tu abuelo para que, tras otorgarte cartas de legitimidad como De Born, pudieras convertirte en caballero, ya que, de otro modo, habría tenido que sacarte del pueblo antes de que los gremios de artesanos te echaran a patadas. El día que te desmayaste en el Summus Portus tuve que llevarte en angarillas hasta el cercano hospital de Santa Cristina, uno de los hospitales de peregrinos más importantes del mundo, donde pasaste dos días recuperándote mientras yo exploraba, solo, las localidades cercanas. Por ello quisiera que, en esta ocasión, apenas cruces el puerto, visites la pequeña iglesia de Villanúa, que no viste, donde encontrarás una muy hermosa imagen de Nuestra Señora que quizá te llame la atención por el color de su piel, ya que es una Virgen negra.

Debes saber, Jonás, que la Tierra, la Magna Mater, vierte su propia energía interna a través de unas estrías que se encuentran bajo del suelo. Estos surcos, o cauces, fueron conocidos como «Serpientes de la Tierra» por ciertas antiguas culturas hoy olvidadas, que las representaban utilizando el color negro. Así pues, las Vírgenes morenas son hitos que señalan —a los que saben comprenderlo— los lugares donde esa energía se encuentra con mayor pujanza, lugares sagrados en los que el hombre absorbe la fuerza que su cuerpo necesita para obtener salud y también mayor espiritualidad. Deja que toda esa fuerza te cale mientras te postras ante la Mater negra. Después, sal de Villanúa y cruza el puente de piedra que te llevará hasta Jaca. Te encontrarás ya en plena vía peregrina, de modo que entrarás en la ciudad por la puerta de San Pedro. Síguela hasta que te halles frente al tímpano de la puerta oeste de la catedral. No habrás visto tanta belleza en ninguna otra parte, hijo mío. Observa con atención el soberbio crismón de ocho brazos pero, sobre todo, los dos espléndidos leones que lo flanquean. Espero que conserves buen recuerdo de todas las cosas que te enseñé durante nuestro primer viaje, porque es importante que sepas ver y descifrar las señales de los maestros iniciados que hicieron del Camino su mejor cátedra.

Los leones, Jonás, son animales de significación solar, muy ligados a la noción de luz. Para la tradición simbólica universal, el león es el custodio del Conocimiento mistérico, cuyo símbolo hermético es la serpiente negra de la que antes te hablaba. Como ves, por esos pagos las señales son muchas e importantes. Sin embargo, quiero que te fijes especialmente en la cartela situada al pie del tímpano y que reflexiones sobre ella: Vivere si queris qui mortis lege teneris. Huc splicando veni renuens fomenta veneni. Cor vicius mundo, pereas ne morte secunda, o lo que es lo mismo: «Si quieres vivir, tú que estás sujeto a la ley de la muerte, ven aquí rechazando venenosos placeres. Limpia el corazón de vicios para no perecer de una segunda muerte.» Este es el principio del Camino, Jonás, el auténtico principio del proceso iniciático. A partir de aquí, miles de personas han dado comienzo, desde los albores del mundo, a una peregrinación que sigue la ruta trazada en el cielo por la Vía Láctea y que les conduce, inexorablemente, hasta el «fin de la Tierra», hasta Finisterre.

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4 Respuestas a “PEREGRINATIO de MATILDE ASENSI (inicio de la ruta jacobea por Somport – Jaca)

  1. IACOBUS EL FÍSICO, APODADO PERQUISITORE, A SU MUY QUERIDO HIJO, EL CABALLERO JONÁS DE BORN. SALUDOS CON SINCERO AFECTO.

    DESDE TU ÚLTIMA MISIVA, LLEGADA A ESTA CASA POCO ANTES DE LA NATIVI­DAD, HE RECIBIDO OTRAS DOS DE TU TÍO TIBALD, MI HERMANO MAYOR, EN las cuales me ha comunicado preocupantes nuevas sobre tu vida en la corte de Barcelona a partir del momento en que fuiste nombrado caballero la pasada primavera por el rey Jaime II. Dice tu tío que no sólo malgastas el tiempo apostando a los dados y al tenis real, juegos en los que has perdido importantes sumas de monedas de las que te envío periódicamente para sufragar los gastos de tu nueva condición, sino que, al parecer, has llegado al indigno extremo de pedir préstamos a tu abuelo y a tu bondadosa abuela, avergonzándome de forma lamentable, pues no les has devuelto el dinero en plazo ya que ni siquiera les visitas, perdiendo el tiempo en justas y torneos y, lo que es peor, bailando y cantando en compañía de damas y damiselas de la cortes.

    ¿Es éste mi buen hijo Jonás, al que dejé marchar hace cuatro años desde nuestra casa de Portugal para que fuera educado como escudero junto a su abuelo, mi padre, el noble señor de Taradell? Sé que tu mocedad te impulsa a entregarte con pasión a la vida cortesana que tantos atractivos tiene para los jóvenes caballeros como tú y no dudo de que, incluso, la perspectiva de participar pronto en una batalla te seduce tanto como la compañía de una hermosa doncella. Sin embargo, hijo mío, tú no eres sólo un joven de noble familia que ha sido armado caballero por el rey y que puede dilapidar su vida y su fortuna en absurdos divertimentos. Tú eres Jonás de Born, que fue un huér­fano abandonado en el cenobio de Ponç de Riba, donde te criaste como pueroblatus, y, más tarde, fuiste García Galceráñez, mi hijo, ya que antes de convertirme en Iacobus el físico, como ahora se me conoce, fui Galcerán de Born, Freire de la poderosa Orden Militar del Hospital de San Juan de Jerusalén.
    No olvides nunca tus orígenes, Jonás, pues, aunque por tus venas corran las sangres de los fundadores de los principales reinos de la península y en tus escudos se mezclen hermosos cuarteles de castillos, leones y cruces patadas, abriste los ojos al mundo como un humilde expósito en un cenobio mauricense y eso debería obligarte a tener los pies firmemente hincados en la tierra. hasta aca

    La vida no ha sido fácil ni para ti ni para mí. En realidad, para ser fiel a la verdad, la vida no es fácil para nadie, pero, en nuestro caso, siendo padre e hijo, resultó especialmente cruel que permaneciéramos alejados desde tu nacimiento hasta que te hallé en el cenobio con apenas doce años, pues yo vivía en la lejana isla de Rodas —donde ejercía mi profesión de físico en un hospital sanjuanista—, ajeno por completo a tu existencia. Por fortuna, un viejo criado de los Mendoza, la familia de tu madre, recaló moribundo en la sala de apestados que tenía a mi cuidado y me informó de tu nacimiento y repudio en Pone de Riba, adonde, sin tardanza, me dirigí para recogerte y mantenerte a mi lado. Obtuve el permiso de mi orden con la condición de que aprovechara el viaje para estudiar, en la riquísima biblioteca del monasterio, uno de los escasos ejemplares del Atarrifdt Albucasis el Cordobés, obra conocida también como Metodus medendi después de su traducción al latín por Gerardo de Cremona. En ella se desvelan los secretos de las incisiones sin dolor en los cuerpos vivos, de los cauterios, tan necesarios en tiempos de guerra, y del maravilloso instrumental médico de los físicos persas. Y mientras estudiaba y pasaba el tiempo, te veía crecer entre los demás puer oblati, y veía en los tuyos los ojos de tu madre, también de un azul claro estriado de gris, y escuchaba cómo tu voz se iba transformando, asemejándose a la mía, y cómo tus huesos se estiraban tanto que parecían a punto de descoyuntarse. Cuando, por fin, con apenas catorce años, te hiciste tan alto como yo, quiso el destino, ese misterioso destino que teje los hilos de los acontecimientos con una sagaz visión de futuro, que tuviéramos la oportunidad de compartir lances extraordinarios a lo largo del Camino del Apóstol, el Camino de la Gran Perdonanza, de manera que los peligros que sufrimos y las extraordinarias situaciones que atravesamos vinieron a suplir, por su intensidad, los muchos años perdidos. Por eso, cuando te mandé a Taradell con tu abuelo para que te adoptara legalmente y te educara de manera que pudieras ser armado caballero, nunca imaginé que terminarías convirtiéndote en un necio zoquete pisaverde. ¿Acaso no sabes que te esperan grandes cosas en la vida? Pardiez, Jonás! Es tiempo de volver. Despídete de tus primos, de tus amigos de la corte y de esas amigas que, según me cuenta tu tío Tibald, acumulas como un musulmán en su harén, y torna a casa para, entre otras cosas igualmente importantes, asistir a las clases de medicina en el Estudio General Portugués1 de Lisboa, tal y como acordamos antes de tu partida. No admitiré excusas ni protestas, pues no te saqué del cenobio de Pone de Riba para que te convirtieras enjugador de dados y bailarín cortesano. Tienes ya veintiún años, Jonás, casi veintidós, y, antes de que concibas la absurda idea de desobedecerme, déjame decirte que el caballero de Cristo que te lleva esta misiva, frey Esteváo Rodrigues, ha pasado ya por Taradell con instrucciones claras para tu abuelo y tu tío, de manera que nadie de la familia te prestará un sueldo más por mucho que supliques y yo, desde este momento, dejo de mandarte dinero. Vende tu corcel de torneos, así como tu caballo de carga, pon a buen recaudo tus armas y libera a tus sirvientes, puesto que, para la tarea que te voy a encomendar, sólo necesitarás el bridón principal, el de batalla, y por toda compañía, la de frey Esteváo, que te será de gran ayuda en tu venidero quehacer, que paso a detallarte. Quiero que para tu regreso a casa utilices, como hace siete años, el Camino de la Vía Láctea, el llamado Camino de Santiago. El papa Juan XXII y la Orden de los Hospitalarios de San Juan me habían encargado la recuperación de los tesoros templarios escondidos en él y tuvimos que recorrerlo como pobres concheiros buscando los signos de la Tau que marcaban los enclaves secretos. Pues bien, dado que te encuentras muy cerca del inicio del Camino en Aragón, es mi deseo que cabalgues hasta los Pirineos y comiences la ruta en el Summus Portus2 , donde muere una de las cuatro vías francesas, latolosana, ya que por allí entramos tú y yo procedentes de Aviñón llevando una copia del Codex Calixtinus como única guía para el Camino. Ahora, esta misiva mía que tienes en las manos será tu Liberperegrinationis, dado que en ella te doy precisas instrucciones que debes seguir, la primera de las cuales es la siguiente: olvídate del caballero Jonás de Born, déjalo atrás y parte como peregrino, sólo como peregrino, como viajero, como caminante, y no te lleves a engaño pensando que se trata exclusivamente de recorrer, por un extraño capricho de tu padre, una vieja ruta milenaria.
    Estoy seguro de que te estarás preguntando con irritación por qué te humillo de esta forma, arrebatándote de los brazos de tus damas y obligándote a repetir, en la pobreza más inconveniente para un rutilante caballero, una ruta de peregrinación que no tiene nada de sencilla ni de fácil ni de cómoda. Pues bien, además de mi deseo de que cultives los valores del peregrino, Sara y yo hemos pensado que sería muy bueno para ti que pudieras reflexionar larga y seriamente sobre tu vida y tu futuro durante las jornadas que emplearás en culminar el Camino. Descubrirás que jamás se pierde el tiempo cuando se pasa en compañía de uno mismo y qué decirte de las ventajas añadidas a ese mudo diálogo si lo estableces mientras caminas o cabalgas, en contacto con las energías de la Naturaleza. Quiero que aprendas que, en esta vida, nadie tiene una morada segura en ninguna parte y que nuestra suerte es siempre la tierra extraña, el difícil acomodo a lo nuevo y el constante alejamiento de lo acostumbrado. Esto nos obliga a no perder el tiempo ocupándonos en cosas vulgares. Como la mudanza es nuestro hogar, cuanto más baja e indefensa sea nuestra situación, tanto más hemos de guardar interiormente la integridad. El Camino del Apóstol cambió mi vida hace siete años, así como la vida de Sara y la tuya. A mí me hizo comprender que no estaba en mi destino continuar sirviendo a la Iglesia como monje sanjuanista. A Sara, la judía hechicera de París, la berrieh3 que estuvo a punto de morir, siendo niña, a manos de la Inquisición y que tuvo que huir de su hogar al poco de conocernos, abandonando sus parcas posesiones para salvar nuevamente la vida, el Camino la liberó de su difícil pasado y le dio un futuro que no tenía y una felicidad que no esperaba. A ti te devolvió un padre, un linaje y te ayudó a despertar esa gran inteligencia que hará de ti en el porvenir, a no dudar, un hombre sabio y de bien. El Camino a nadie deja indiferente y, por eso, los andariegos lo recorren desde hace miles y miles de años, siguiendo al sol hacia el oeste, pues no siempre fue el Camino del Apóstol, pero sí el Camino hacia el Fin del Mundo. Pero aún hay algo más en mi extraño deseo de que peregrines nuevamente por la ruta de la Vía Láctea, un motivo que no conoce nadie, ni siquiera Sara, que acaba de salir por la puerta en pos de tu veloz y escurridiza hermana Saura —cuyo quinto cumpleaños celebraremos al mismo tiempo que tu llegada a casa—. El Camino ha sido siempre, ya lo sabes, la senda por la que ha circulado el conocimiento iniciático y donde se han preservado los misterios de la antigüedad en el arte y la arquitectura gracias a los gremios y hermandades de canteros, pontífices4 y constructores. Tienes mucho que aprender, caballero Jonás de Born, y frey Esteváo Rodrigues te acompañará, como si fuera yo mismo, en esta nueva e importante andadura de tu vida. Espero que seas digno, hijo mío, de lo que vas a recibir.

  2. Mientras leo la obra de Matilde Asensi, como ayer, iré añadiendo a las etapas recogidas en:

    https://yladah.wordpress.com/el-camino-de-santiago/

    … las diversas indicaciones de esta obra.
    Como las etapas por la ruta de Aragón no están previstas de momento… lo haré a partir de la que llega a Puente la Reina. O bien en los comentarios de la etapa (conveniente por el momento) o bien durante el recorrido de la etapa y antes de las experiencias peregrinas.

  3. FINAL DE LA OBRA… QUE YA HE LEÍDO MIENTRAS IBA DEJANDO EN CADA TRAMO O ETAPA LOS FRAGMENTOS CORRESPONDIENTES. AQUÍ LOS ÚLTIMOS PASOS DE LA INICIACIÓN.

    Una vez que se cumpla el tiempo oportuno, salid de la ciudad y dirigios hacia la costa, hacia vuestra próxima parada, la cercana localidad de Noia, de señoriales rúas empedradas. Sólo una cosa debes tener en cuenta el día de tu partida, frey Esteváo se encargará de que la cumplas: no debes ingerir alimento alguno desde la noche anterior. En Noia, Jonás, vas a morir. No te asustes por ello, pero tampoco creas que será una muerte simbólica. En cuanto lleguéis a Noia, id directamente al pequeño cementerio de la iglesia de Santa María, donde te estarán esperando ciertas personas. Frey Esteváo se encargará de tu montura y te esperará afuera. Debes saber que Noia, según una leyenda a la que no darás crédito, fue fundada por Noela, hija de Jafet, hijo a su vez de Noé, quien atracó en estas costas tras el diluvio universal. Plinio, en su Historia Natural, habla del castro de Noela y de las gentes que lo habitaban. Una larga tradición de maestros iniciados han acudido a Noia durante cientos de años porque allí, Jonás, se encierra uno de los misterios más grandes de la humanidad. En el cementerio de la pequeña iglesia de Santa María, erigida sobre otra anterior que fue levantada a su vez sobre un antiguo templo pagano, verás montones de losas de piedra apiladas unas contra otras y, grabados en ellas, descubrirás extraños dibujos, símbolos, imágenes y emblemas mistéricos, algunos ya borrados por el tiempo, de tan antiguos. Sólo unos pocos iniciados conocemos ese extraño lenguaje. Nadie más sabe interpretarlo por mucho que aventuren tal o cual explicación. Las losas, lápidas o tapas de sepulcros, como prefieras, guardan las voces lejanas de quienes, como yo mismo, llegaron hasta allí para abandonar una vida anterior, renunciando a ciertas viejas creencias en pos de una nueva verdad. Y esa verdad es la que te será revelada en Noia.
    Cuando abandonéis por fin la iglesia de Santa María, una nueva lápida quedará apoyada contra sus muros. Alguien tallará por ti en el lenguaje eterno tu ascendencia y tu linaje, las cosas que has hecho en tu vida y la fecha de tu nacimiento junto a la de tu muerte, que será ese día, durante el cual habrás adquirido una nueva identidad y un nuevo nombre que no podrás revelar jamás y por el que siempre deberás responder ante ti mismo. Frey Esteváo no sabe nada de este ritual y, aunque él no te preguntará, tú tampoco le mencionarás nada.
    YA SIN TARDANZA CABALGAD HACIA FINISTERRAE, HACIA EL FIN DEL MUNDO. SI HABÉIS SALIDO DE NOIA POR LA MAÑANA, LLEGARÉIS AL ATARDECER SIN GRANDES apremios, pasando por muchos pueblos y aldeas donde seréis siempre bien acogidos. Finisterre es la última posición del hombre antes del gran reino de Atlas, del gran océano a partir del cual no hay más que un vacío infinito. O eso dicen. Allí, en el Fin del Mundo, la historia cuenta que las legiones romanas de Décimo Junio Bruto se espantaron al ver cómo el Mare Tenebrosum se tragaba al sol haciéndolo desaparecer, y los antiguos helenos creían que los muertos pisaban la última tierra antes de subir a la barca de Hermes para ser conducidos al Hades. Fue allí, en el cabo de Fisterra, donde sostuve una comprometida negociación con tu tío Manrique, en la que yo quería comprar la protección de los templarios a cambio de mi silencio sobre sus secretos más valiosos y él quería comprarme a mí, tal y como finalmente hizo. Gracias a aquel pacto, que costó todo un día de enconados desacuerdos y duros diálogos, hoy disfrutamos de la vida de libertad y sosiego que Sara y yo deseábamos. Es cierto que trabajo para los freyres de Cristo en el castillo de Amourol, en Portugal, pero es un trabajo digno y libre que requiere de toda mi inteligencia. No sólo tengo a mi cargo a un nutrido grupo de astrólogos, aritméticos, alquimistas y maestros artesanos de todas las clases, sino que, además, cuento con una de las más importantes familias de cartógrafos judíos de Mallorca, los mejores trazadores de cartas de navegación del orbe. Cuando nos encontremos, hijo mío, te explicaré en qué consisten los nuevos y ambiciosos propósitos de los freyres, que, por increíbles que parezcan, no dejan de ser ciertos. Me gustaría, incluso, que participaras en ellos en la medida que lo permitan tus clases de medicina en el Estudio General Portugués de Lisboa.

    Antes de llegar a Finisterre, Esteváo y tú os detendréis en la cercana Corcubión y permaneceréis en esta localidad el tiempo necesario para que la última luz del sol desaparezca justo antes de vuestra llegada al cabo del Fin del Mundo. Como aquello es un rocoso peñasco vacío, moveos con cuidado, alumbraos con buenas antorchas y protégeos del fuerte viento marino. Allí, Jonás, te estará esperando, entre otras personas, un noble y muy principal caballero que tiene para ti un obsequio extraordinario cuya entrega supondrá el séptimo grado del ritual de iniciación que comenzaste en Tiermas, al principio del Camino. Recibirás una hermosa espada, digna de un rey —empuñadura corta de oro y hoja larga de doble filo, sin canal, con tu nombre damasquinado en plata—, que te será entregada mientras prestas el solemne juramento de la caballería iniciática frente al mar de Atlas.

    Y como sería éste un momento que no quisiera perderme, esa noche, hijo, estaré contigo. Iré a buscarte desde Serra d’El-Rei para volver juntos a casa y hablar largamente de todo lo que, en esta misiva, no ha sido más que un cabal soliloquio para guiarte y acompañarte en tu especial peregrinatio a lo largo del Camino de la Gran Perdonanza.

    Entonces te contaré que el último grado de tu iniciación, el octavo, tendrá lugar en Lisboa, en la corte del rey Don Dinis, quien, como monarca y caballero de Cristo, te dará el golpe con la espada en el hombro, sancionando y ungiendo de este modo tu nueva condición, no de caballero, pues ya lo eres, sino de gentilhombre y adalid de la antigua Sabiduría y el Conocimiento.

    ESCRITO EN SERRA D’EL REI,
    NONAS DE MARZO DEL AÑO MCCCXXIV.
    SIGNO, IACOBUS EL FÍSICO, APODADO PERQUISITORE.

    FIN

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