(4) Etapa cuarta: RUESTA – SANGÜESA (Camino aragonés)

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Undués de Lerda
*imagen: Undués de Lerda (galería de Hana)

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La primera parte de la etapa discurre por bosque (las estribaciones de la sierra de Peña Musera), con el pantano de Yesa al norte. Antes de alcanzar Undués de Lerda el panorama se transforma allanándose y humanizándose con cultivos de cereal.

‘Guía práctica del peregrino’

JOSE MARÍA ANGUITA JAÉN

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Para salir de Ruesta se desciende por el pueblo y se toma una senda que, con el embalse a la derecha, cruza el puente sobre el río Regal. Dejando a un lado el cámping, asciende. Se cruza la pista del cámping para llegar a la ermita de Santiago. De nuevo, al encontrarnos con esta pista, se asciende por ella entre una repoblación de coníferas en dirección a la carretera comarcal de Ruesta, pero una pista nos desvía hacia la derecha, en ascenso, de nuevo, hacia poniente. En un pequeño llano, entre cereales, aparece otro camino por el que se continúa ascendiendo entre pinos (en este punto también comienza la senda izquierda tomando una pista por la derecha. Quedan atrás los bosques de la sierra de Peña Musera y el término de Ruesta. Desde aquí habrá que descender hacia el suroeste, hacia el valle de Sangüesa, entre terreno cultivado a un lado y matorral al otro. Algunas encinas surgen de vez en cuando. Ya próximos a Undués de Lerda, se supera una colina y, por la calzada romana (no en muy buen estado), se cruza el arroyo del Molinar para subir hasta Undués. Al salir de allí, se toma un camino que desciende. Tras la última edificación, ya ruinosa, aparece un sendero que conduce a la izquierda. Se sale a una pista que marcha entre tierras de labor y matorral de carrasca, y atraviesa una pista asfaltada. A 2 km, se sitúa el límite navarro-aragonés. Poco después se cruza la vía de servicio subterráneo Canal de Bardenas. Durante un tramo se sigue por un camino de concentración parcelaria. Mientras al fondo se ven las grandes torres eólicas del monte Aibar, y la carretera de Javier al norte. Antes de entrar a Sangüesa, hay que desviarse a la izquierda y después rumbo oeste, con Sangüesa de frente, a la que se entra por la calzada, pasando por debajo de la variante.

* NOTA PARA CICLISTAS:

A) Para los ciclistas que continúen por la margen izquierda del embalse de Yesa, esta etapa tiene la dificultad de no presentar ninguna alternativa para rodar por el asfalto.

B) Los ciclistas que ruedan por la N-240 pasan por la población de Yesa. Allí pueden tomar a la derecha el desvío para visitar el monasterio de Leyre. Para alcanzar Sangüesa se toma un desvío por la izquierda que pasa por el castillo de Javier y que continúa hacia Sangüesa.

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19 Respuestas a “(4) Etapa cuarta: RUESTA – SANGÜESA (Camino aragonés)

  1. INFORMACIÓN PRÁCTICA DE LA ETAPA

    UNDUÉS DE LERDA

    El albergue cuenta con 56 plazas. Teléfono: 948 888 105

    LEYRE

    Hospedería de Leyre. Monasterio de San Salvador de Leyre. Teléfono: 948 884 100. 60 plazas. 60/26’5 euros habitación doble. 45/39 habitación individual. 5 euros desayuno. 10,5 comida/cena.

    YESA

    Hostal El Jabalí. Carretera de Pamplona a Jaca, km 49. Teléfono: 948 884 042. 42 plazas. 38/24 euros habitación doble con baño. 21/18 euros habitación individual. 3,5 desayuno. 10 euros comida/cena.

    Restaurantes.

    Arangoiti. Calle René Petit, 23. Teléfono 948 884 122. Cocina regional. Precio medio de la carta, 24-12 euros.

    El Jabalí. Carretera de Jaca, km 49. Teléf: 948 042. Cocina regional. También es hostal. Precio medio de la carta 16 a 9 euros.

    La Boya. Carretera de Pamplona a Jaca, km 49. Teléf: 948 398 054.

    Yamaguchy 2. C/ Confederación. Telf. 948 884 102. Precio medio de la carta, 24-12 euros.

    JAVIER

    Hotel El Mesón. Plaza de Javier. Teléf: 948 884 035. 16 plazas. 52 euros la habitación doble. 5 euros el desayuno. 12,5 euros la comida o la cena.

    SANGÜESA

    Albergue municipal Sangüesa. Calle Enrique Labrit, 26. 12 plazas y cocina. Teléfono. 948 870 042

    Hotel Yamaguchi. Carretera de Javier. Teléfono: 948 870 127. 80 plazas. 62/54 euros la habitación doble. 37 euros la habitación individual. 6,5 euros el desayuno. 23 euros comida/cena.

    Hostal J.P. P.º Raimundo Lumbier, 3. Teléfono: 948 871 693. 14 plazas. 44 euros habit. doble; 35 euros habit. individual. 4 euros el desayuno. 12 comida/cena.

    P** Las Navass. C/ Alfonso el Batallador, 7. Teléf: 948 870 077. 12 plazas. 36 euros la habit. doble. 18 euros la habit. individual. 9 euros comida/cena.

    Camping de 2ª Cantolagua. Camino Cantolagua. Teléfono: 948 430 352. 220 plazas.

    Restaurantes

    Acuario. Calle Santiago, 9. Teléfono: 948 870 102. Asados y pescados. El precio medio de la carta es de 24 a 12 euros.

    Ciudad de Sangüesa. Calle Santiago, 4. Telf: 948 871 021. Cocina regional. Precio medio de la carta: 24-12 euros.

    Hotel El Mesón. Zona turística de Javier. Teléf: 948 884 035. Edificio de piedra con decoración moderna y esmerada. Cocina casera vasco-navarra. Precio medio de la carta: 24-12 euros.

    Las Navas. Calle Alfonso el Batallador, 7. Telef: 948 870 077. Cocina regional. Precio medio de la carta: 24-12 euros.

    Mediavilla. Calle Alfonso el Batallador, 15. Telef: 948 870 212. Asados. Precio medio de la carta: 42-42 euros.

    MEDIOS DE TRANSPORTE

    Por Yesa pasa la línea Jaca-Pamplona. Por Sangüesa pasan distintas líneas de autobuses. Estación de autobuses de Pamplona: 948 223 854

  2. Volvemos a recordar que, hasta el final de esta etapa, el Camino viene escindido en dos variantes, A y B:

    A) Después de Tiermas, y tras pasar la frontera que divide Aragón y Navarra, el Camino llega a San Salvador de Leyre, uno de los monasterios más señeros y antiguos de España. La primera noticia escrita sobre el mismo nos la suministra el gran escritor mozárabe san Eulogio de Córdoba (800-859), que refiere en su Apología de los Mártires cómo encontró en los armarios de Leyre una biografía (mejor dicho, una antibiografía (de Mahoma). Leamos el breve pero sabroso documento, que certifica cómo, en aquellos difíciles tiempos, Leyre ya disfrutaba de una buena biblioteca:


    ‘Hace tiempo durante mi estancia en la ciudad de Pamplona, la curiosidad hizo una vez que me entretuviera en el monasterio de Leyre revolviendo entre todos los manuscritos desconocidos que allí había. De repente encontré, formando parte de un libro, una breve biografía del nefando profeta)’

    En la época inmediatamente posterior a la de san Eulogio, floreció el más conocido de los abades de Leyre, san Virila (870-950). La fama de su nombre está asociada a una leyenda que se repite en muchos lugares con diversos protagonistas y que es una metáfora del arrobo místico: san Virila, mecido por el suave canto de un pajarillo, queda sumido en un dulce sueño del que no se despierta hasta 300 después.

    De los tiempos de Eulogio y Virila, o quizá posterior, es la parte más antigua conservada del conjunto monasterial de Leyre: la famosa cripta de san Babil, formada por cuatro naves separadas por arcos. Estos descansan sobre capiteles gigantescos, a su vez sustentados por unos pilares cilíndricos. La devoción a san Bábilas, el obispo martir de Antioquía, a quién está consagrada la cripta, fue especialmente cultivada en la Bética desde el s. VII. Quizá podría establecerse una conexión entre la visita del cordobés Eulogia a Leyre, y el comienzo de la devoción a san Bábilas en este lugar norteño, a donde posiblemente arribó en aquel tiempo alguan reliquia suya salvada de algún santuario meridional.

    No obstante esta importancia antigua, el despegue en riquezas e influencia del cenobio legerense viene emparejado con la época de mayor pujanza del Reino Navarro, coincidente con el reinado de Sancho III el Mayor (1000 – 1035) y sus sucesores.

    En esa época, recibe Leyre cuantiosas donaciones, y se construye su iglesia románica. Dentro del templo, que fue consagrado en 1057, al Salvador, llaman la atención los tres ábsides de su cabecera, el del medio más grande que los laterales, caracterizados por sendos arcos de medio punto, y la capilla que sirve como panteón de los primeros reyes de Navarra. Fuera, merece destacarse, sin oposición, la portada principal, conocida como Porta Speciosa (Puerta Hermosa), cuya abigarrada estatutaria ha sido puesta recientemente en relación con la de San Isidoro de León.

    La variante del Camino que estamos describiendo seguía siempre a la derecha del Aragón, por Yesa, cruzaba el río Irati, en las inmediaciones de Liédana, por la Foz de Lumbier, que se salvaba por medio de un espectacular puente de un solo arco, hoy semiderruido. Esto quiere decir que no pasaba por Sangüesa, fin de esta etapa. Sin embargo, muchos peregrinos se desviarían desde Yesa para visitar esta importante ciudad, llena de recuerdos jacobeos. Para ello, se debía cruzar el Aragón por un puente medieval del que se conservan algunos arcos a uno y otro lado del río.

    En este desvío, se encuentra el castillo de Javier, cuyo topónimo es una variante dialectal del vasco ‘Etxa berri’ (Casa Nueva). Como nombre personal de varón, Javier se ha convertido en la actualidad en uno de los más populares, no sólo en Navarra y el País Vasco, sino también en el resto de España y en el mundo. Aparte de razones eufónicas, tal divulgación se debe a un personaje de época moderna, el jesuita san Francisco Javier (1506-1552), apóstol de la India y Japón, de extraordinaria veneración en el orbe católico, nacido precisamente en el castillo de Javier, del que tomó el nombre. En la actualidad, el castillo de Javier es el destino de una peregrinación masiva, llamada ‘javierada’, que tiene lugar anualmente el primer domingo de marzo.

    B) Por la segunda variante, y hasta Sangüesa, donde se encuentra con la primera, el Camino sólo pasa por la población de Undués de Lerda.

    Sangüesa es un importante lugar en el Camino extrañamente ignorado por la guía del Liber Sancti Iacobi. Queda dicho cómo la arqueología demuestra que la antigua calzada que seguían muchos peregrinos no se desviaba a Sangüesa, sino que se dirigía en dirección recta hacia Monreal. Y sin embargo, Sangüesa es una villa nacida por y para el Camino de Santiago, y está repleta de recuerdos peregrinales, como se verá a continuación. Hay que señalar, no obstante, que la ciudad que en la actualidad se llama Sangüesa no es la misma que llevaba este nombre en la Antigüedad (Sancosa).

    La Sangüesa antigua era el actual Rocaforte, un oppidum prerromano construido sobre un cerro situado en el estratégico interfluvio de los ríos Aragón e Irati. El rey Sancho Ramírez, dada la vecindad del Camino de Santiago, otorgó fueros a quienes vinieran a habitar a ese lugar. Sin embargo, lo poco idóneo de la situación en algo de la vieja Sangüesa, hace que su hijo Alfonso I el Batallador construya una nueva población, en el llano, en torno a su palacio a orillas del río Aragón, y le conceda el fuero de francos de Jaca el año 1122.

    La nueva ciudad, el ‘Burgo Nuevo’ de Sangüesa, es construido según el modelo rectangular que permite la distribución equitativa del terreno entre los nuevos colonos. El eje perpendicular de este rectángulo, la actual Rúa Mayor, era la sirga que llevaba a los peregrinos desde la entrada hasta la salida de la ciudad, situada en el puente sobre el río Aragón, según un modelo que se repite con exactitud en Puente la Reina. Los nuevos pobladores, gentes procedentes principalmente de Francia, se instalaron a uno y otro lado de la calle para ofrecer distintos servicios a los peregrinos.

    Posiblemente sus desavenencias con la población autóctona del ‘Burgo Viejo’ hicieron que ellos mismos construyeran una muralla que tuvo seis puertas. La prosperidad de la villa se manifestó en las seis parroquias con que llegó a contar, y su indudable relación con las peregrinaciones a Santiago, en los trece hospitales que mantuvo. Entre éstos, fue sin duda el más importante el de los Caballeros Hospitalarios de San Juan, a quien Alfonso I, gran protector de esta orden, entregó su palacio de la cabecera del puente sobre el Aragón, en 1311. Junto con ella, donó el rey a los caballeros una iglesia de Santa María, en cuyo solar ellos hicieron construir posteriormente el impresionante edificio hoy conocido como colegiata de Santa María la Real. Se trata de un templo de cruz latina, tres naves y tres ábsides, construido entre la segunda mitad del s. XII y principios del s. XIII. De esta fecha data su airosa torre, rematada por una flecha. Sin duda, lo mejor de la iglesia se encuentra en las estatuas de la fachada sur, que constituyen uno de los mejores conjuntos escultóricos románicos de España. Las estatuas de su primera fase (c. 1130), parece que se deben poner en relación con las de San Juan de la Peña y otros puntos de Aragón. Las de la segunda, firmadas por un maestro llamado Leodegario (c. 1200), parecen inspirarse directamente en Chartres y otras iglesias francesas, especialmente de Borgoña. Entre los abundantes motivos que se representan en esta portada, es famoso el conjunto que forman un herrero forjando una espada y un guerrero matando con ella a un dragón, que sugiere alguna relación con la legendaria historia, puesta en música por Wagner, el héroe germánico Sigfrido. También es del s. XII la iglesia de Santiago, templo de tres naves con sus correspondientes ábsides. En su fachada principal, en el tímpano, se ha colocado una estatua policromada de Santiago, del s. XVI. Dentro se puede ver una estatua gótica de gran tamaño del Apóstol, descubierta en el año 1965.

    Entre las restantes iglesias antiguas de Sangüesa, que no han sobrevivido el paso del tiempo, se encontraron las iglesia de San Nicolás, perteneciente a Roncesvalles, y la de la Magdalena, aneja a un leprosario situado extramuros de la ciudad.

    Entre los monumentos de época posterior, destaca la mole del palacio del príncipe de Viana y la casa rectoral, adornada con motivos jacobeos. En los alrededores de Sangüesa, merece un desvío la visita de la ermita románica de San Adrián de Vadolunego, en dirección a Sos del Rey Católico.

  3. EL CAMINO hacia Navarra transcurre junto al pantano de Yesa hasta que, pasada la linde de Aragón, se encuentra el desvío que, a lo largo de tres kilómetros, nos conduce a la abadía de San Salvador de Leyre. Pasé dos noches en la hospedería del monasterio y pronto fui informado de las posibilidades que tenía de escuchar el canto gregoriano de los monjes: maitines, a las seis; laudes, a las ocho menos cuarto; misa, a las doce; vísperas a las de la tarde y completas, a las diez menos cuarto de la noche. Cumplí, más o menos el programa. Los oficios se celebran en la iglesia que tiene su entrada por la llamada Porta Speciosa, con cierta similitud a la puerta de Platerías de la catedral de Santiago. En el interior, la iglesia románcia del siglo XI, hasta la altura de los capiteles de decoración vegetal, mientras que la bóveda es gótica, de finos nervios y delicadamente labrada. El cambio de estilo se produjo seguramente cuando, en el siglo XIII, los monjes del Cister sustituyeron a los benedictinos. La cripta de Leyre es un lugar misterioso que me resultó sobrecogedor: un verdadero bosque de columnas que sostiene los arcos de un primitivo románico y que se adorna con grandes, desproporcionados, capiteles.

    La abadía estuvo siempre ligada al reino de Navarra, especialmente a uno de los mayores impulsores de las peregrinaciones a Compostela, el rey Sancho el Mayor que fue quien saneó la parte oriental del Camino combatiendo el bandidaje; estableció su actual trazado y asentó los primeros núcleos de francos. El monasterio, hoy perteneciente a la orden Benedictina como en sus orígenes, está situado en un precioso paisaje de encinas, robles y monte bajo. Tomando el camino que discurre por entre la espesa vegetación, hasta la llamada fuente de San Virila, uno llega a creer perfectamente el posible arrobamiento que experimentó este santo abad al escuchar en estos parajes el canto de un pajarillo. Según cuenta, estuvo treinta años sin volver en sí. Y cuando regresó los monjes no vestían ya el negro hábito de San Benito sino el blanco del Cister. Virila era un desconocido y él no conocía a nadie. Hubo que mirar en los archivos de la abadía y comprobar que, efectivamente treinta años atrás, un abad se había perdido en el vecino monte y no habían podido encontrarle. Esta leyenda se interpreta como un avance que Dios quiso dar al abad Virila de la visión beatífica de la eternidad. Un escritor y predicador español del siglo XVIII, el padre Nieremberg, dice, por ejemplo: ‘Si el gusto sólo de un sentido así poseyó el alma de este siervo de Dios, ¿qué será cuando, no sólo el oído, sino la vista, el olfato, el gusto y todo el cuerpo y alma estén enajenados en sus gozos, proporcionados a los sentidos del cuerpo y a las potencias del alma? Si la música de un pajarillo así suspendió el ánimo, ¿qué hará la música de los ángeles? ¿Qué hará la vista clara de Dios?’

    Volviendo a cosas más terrenales, se come muy bien en la hospedería del monasterio. Y los monjes fabrican un excelente licor que perfectamente pueden llamar Benedictine. Me informaron de que sólo un monje tiene el secreto de cómo y en qué proporciones se han de mezclar las treinta y seis hierbas diferentes de que el licor se compone. Y también la manera en que se deben macerar. Por si el monje conocedor de la fórmula muere repentinamente, ésta se guarda en la caja fuerte. No solamente el alimento material, también el del intelecto, halla buen cuido en Leyre. Me mostraron la espléndida biblioteca, cuyo mobiliario fue renovado en 1980 en estilo monacal antiguo, que contiene valiosísimos códices. No en vano dejó dicho Betino de Nursia que ‘un monasterio sin bliblioteca es como un castillo sin armamento’.

    Apenas es posible exagerar la importancia que la orden benedictina tuvo en el trazado y promoción del Camino de Santiago. En los años comprendidos entre 1025 y 1035, los monasterios benedictinos de San Juan de la Peña y Leyre adoptaron la reforma cluniacense de la orden de San Benito. Los monjes de Cluný fueron seguramente los inspiradores de la leyenda que relaciona el descubrimiento de la tumba del Apóstol con Carlomagno, tal como se cuenta en la Historia de Turpín, incluida como uno de los capítulos del Códice Calixtino, el libro que contiene también la primera guía del Camino de Santiago. Los reyes Sancho el Mayor de Navarra y su nieto Alfonso VI de Castilla fueron los que más directamente configuraron lo que hasta hoy es la Vía Jacobea. Cuando el castellano reinaba, se sentaba en la Silla de Pedro un monje de Cluny, Hildebrando, con el nombre de Gregorio VII. Todo esto apunta al gran valor que los reyes cristianos y el papado dieron al Camino como espacio de integración de la cristiandad.

    Parece ser que fueron los monjes de Leyre los que abrieron la vía que entra en España por Roncesvalles, la más frecuentada desde entonces, poniendo así las bases de lo que es hoy el gran patrimonio de arte jacobeo de Navarra. Siguiendo el Camino, desde la abadía de Leyre, llegamos al Castillo de Javier, una fortificación un tanto pretenciosa que debió de ser estaurada en el siglo XIX y tiene un cierto aire de castillo de juguete. Nació en aquel san Francisco, cuyo apellido se ha convertido en nombre de pila, que fue cofundador, junto con Ignacio de Loyola, de la Compañía de Jesús. Aunque el Camino de Santiago pasa por allí, el lugar no tiene mucho que ver con la peregrinación; celebra una propia, con su vocación particular, que reúne a miles de personas en el día de la festividad del santo: la Javierada.

    Más jacobea es la ciudad de Sangüesa. La relación de sus templos, y también palacios y casonas antiguas, se haría tediosa, si no fuera porque al tratar de ella basta con citar la iglesia de Santa María la Real y su prodigiosa portada. Consigue, a escala mucho más reducida, la belleza, estoy por decir, del Pórtico de la Gloria. Y es que la esculpieron el gran Leodegario de Chartres y el maestro de San Juan de la Peña. La composición representa el Juicio Final, presidido por la majestuosa figura del Pantocrátor acompañado de San Miguel, que pesa las almas para decidir cuál ha de ser su destino eterno. Los condenados se van al infierno riendo sardónicamente, como si ya fuesen diablos. Judas Iscariote aparece desnudo y ahorcado. Y un rasgo muy especial de esta portada es que, el maestro Leodegario quizá esculpió a la derecha del arco la historia del héroe noruego Sigurd, matador del dragón. Lo cual demuestra la gran libertad de que gozaban los artistas del Camino y pone de relieve el papel de comunicación entre culturas que jugó la Vía jacobea.

  4. Con una buena alifara para el Camino, el peregrino inicia su segunda etapa. Alifara es un vocablo árabe que define la constumbre originada en el convite que, antaño, organizaban los artesanos aragoneses para festejar a los nuevos colgas admitidos en un taller. Luego la palabra se extendió a la merienda con que se solemniza un contrato y, hoy, se aplica por extensión a cualquier merienda o tentempié similar al antiguo alboroque castellano.

    La mejor alifara consiste en unos huevos Bardají fritos por ambos lados y emparedados entre dos lonchas de jamón. Para postre unos crespillos de Carnaval aunque no sea época de Carnestolendas, unos pequeños buñuelos de sartén que endulzarán el itinerario hasta Sangüesa.

    En el Camino es perceptivo visitar el monasterio de Leyre cuya historia se remonta al año 848 cuando san Eulogio de Córdoba se asentó en estos lares, temeroso de no llegar hasta tierras germánicas por culpa de salteadores y revueltas militares que hacían infranqueable el paso al reino de los francos por la Marca Hispánica, territorio originario de la actual Cataluña y del antiguo Rosellón. El obispo Willesindo de Pamplona acogió a Eulogio y le animó a que buscara un paso abierto hacia Francia por la vertiente occidental de los Pirineos. Eulogio hizo un alto en el monasterio de Leyre, regido por el abad Fortunio en quien ‘halló varón muy señalado en el temor de Dios’. Tenía el monasterio una biblioteca muy completa entre cuyos ejemplares destacaba el Apologeticus Martirum que llamó la atención de Eulogio por su rareza. Y mandó hacer copias de otros libros que le asombraron por sus miniaturas como La ciudad de Dios de san Agustín, La Eneida de Virgilio y las Sátiras de Juvenal, entre otros. El recinto se convirtió, en el siglo IX, en Panteón de los primeros reyes de Pamplona y centro de Navarra.

    El nombre del monasterio, del que se tiene primera noticia en el siglo IX, parece proceder del río gascón Leyer lo que sugiere origen carolingio. Lo más probable es que el recinto fuera construido por los anacoretas que vivían en las cuevas de la sierra donde han aparecido indicios de vida muy antigua. El propio origen es uno de los misterios de Leyre, que guarda entre sus muros tesoros arqueológicos, pinturas arcaicas, manuscritos e incunables, una arqueta arábiga del siglo XI que fue relicario de las santas Nunilo y Alodia, patronas del lugar, y otra arqueta del siglo XVII que contiene los restos del abad Virila, personaje sumamente misterioso.

    La historia de Virila es extraña y se fecha hacia el 928. Natural de Tiermes, cuenta la leyenda que ya ordenado sacerdote mantenía serias dudas sobre la eternidad. Estando un día en oración junto a una fuente, donde solía embelesarse con el canto de un pájaro,entró en éxtasis y acabó dormido. Cuando volvió en sí, al cabo de unas horas, regresó al convento u se sorprendió al no reconocer al hermano portero que tampoco le conocía. Lo mismo le pasó con el resto de la comunidad ante la que se presentó como su abad. Pero el nuevo abad le explicó que hacía trescientos años que uno de sus antecesores llamado Virila desapareció misteriosamente del monasterio y nunca más se supo de él. Virila terminó sus días en el monasterio recogido humildemente en oración y consciente de que había realizado un viaje a través del tiempo y del espacio hacia la eternidad. No será la única vez que el peregrino oiga hablar de Virila a lo largo del Camino.

    Leyre fue, además, sede de la primera corte de los reyes de Navarra y escenario de las luchas seculares entre los monjes ‘negros’ de Cluny y los ‘blancos’ del Cister, primitivos protectores del recinto monástico, y cuyos apodos populares se debían al color de sus hábitos. En el siglo XI, los ‘negros’ cluniacenses se apoderaron del lugar que custodiaron hasta marzo de 1273. El 3 de marzo los cistercienses de hábito blanco volvieron a ocuparlo hasta nuestros días. En esta historia ocupó cierto protagonismo la cercana ciudad de Sangüesa. El poder energético del lugar acaso fue una de las razones de la pugna secular por su dominio.

    Su ábside es románico anterior al de Jaca pero la nave es de factura gótica. El acceso, a través de la llamada Porta Speciosa, evoca la entrada de Platerías compostelana. La cripta de Leyre es sorprendente: pesados arcos sostenidos por pétreos capiteles apoyados en cortísimos fustes sobre el suelo sin basa ni pedestal. Son extrañas columnas de piedra que parecen no poder alzarse del suelo, o, acaso, están enterrados en él para absorber la energía del centro de la Tierra…

    Desde Leyre se toma nuevamente la carretera hasta Sangüesa, ocho kilómetros más adelante, que, junto a Frómista, Jaca y San Juan de Ortega, guarda los mayores misterios tallados en piedra de todo el itinerario jacobeo.

    Es la antigua Sinsuetum romana a la que Luis de Francia llamó ‘la que nunca falta’ y otorgó el privilegio de ciudad cuando el territorio estuvo bajo dominio franco. En un principio estuvo levantada sobre el misterioso macizo de Rocaforte y hoy se ha extendido por sus laderas.

    En la iglesia de Santa María la Real tiene Navarra una de las cumbres del románico, con portada de triple tímpano y un frontal lleno de altorrelieves donde los arquitectos medievales dejaron tallados numerosos símbolos esotéricos y añadieron, incluso, tallas romanas procedentes de quién sabe donde y cuyo objetivo nadie ha podido descifrar hasta ahora. Son tallas, algunas, que provocan escalofríos en las almas timoratas: el ‘maestro iniciador’, una mujer desnuda amamantando un sapo y una culebra, símbolos cátaros, laberintos célticos y serpientes, muchas serpientes. Como si la portada de Santa María la Real fuese un ‘ofidiario’ tallado en piedra por el maestro Leodegario, cuya firma sobre la inscripción Facit me dejó en medio de los símbolos. Sorprende, también, un laberinto en piedra con la forma exacta de la composición del átomo descubierta muchos siglos después. La sabiduría de aquellos arquitectos y alquimistas ¿les permitió preveer el futuro? ¿O simplemente fue una casualidad? Si así fuese, ¿cómo coincide tan exactamente el trazado de este laberinto tallado en la piedra con el de la composición atómica?

    En medio de tan extraños símbolos de piedra aparece una escultura única en el mundo: una imagen de Judas ahorcado que no existe en ningún otro lugar. El peregrino puede contemplarlo en la jamba derecha del pórtico principal: es la primera de las tres figuras talladas.

    Santa María respresenta, también, la misteriosa simbología germánica medieval en su construcción. Muchos arquitectos la han comparado con los templos medievales sajones y no en vano en su interior se talló en la piedra el escudo de Sigfrido o Sirgud. En la enjuta que hay a la derecha del arco apuntado de la nave interior, el héroe noruego Sirgud, identificado con el sajón Sigfrido, mata al dragón cuyo corazón entrega al mago forjador.

    En este templo se venera la misteriosa imagen de la virgen de Rocamador, una talla procedente del tenebroso valle del Quercy, en la Auvernia Francesa. Es una imagen negra con una campanita en su mano derecha que -según una leyenda que no creen los del lugar- sólo suena para anunciar un milagro. Su nombre es otro misterio: dicen unos que proviene de una roca del valle francés, la Roc Amadour ennegrecida por los siglos; otros aseguran que el nombre se lo dio un caballero de Viana que procedía de aquel lugar y que se llamaba casualmente, Roque Amador: el noble se encomendó a ella estando sitiado en el puente por los soldados de Juan II de Aragón y salvó su vida arrojándose al río, donde desapareció con caballo y armas. Corriente abajo salió sano y salvo del agua horas después.

    Hay otro lugar misterioso en esta ciudad navarra: la ermita de San Bartolomé donde se alojó el fraticello Francisco de Asís durante su peregrinación a Compostela. El santo dejó su cayado o bordón clavado en el exterior de la iglesia y de él surgió, al día siguiente una morera que todavía da frutos y cuyas hojas dicen los lugareños cura las llagas y quita los miedos a los niños. Y en la iglesia de Santiago se pueden observar rostros bafométicos perfectamente conservados en la piedra.

    También resulta grato visitar la Casa de los Sebastianes, en la que nació el último de los infantes de Labrit, y la Casa de París, donde estudió san Francisco Javier. Y en el Palacio de Vallesantoro vale la pena detenerse a observar los gigantescos canecillos que sostienen su voladizo de madera, con monstruosas figuras femeninas.

    Aunque el patrón de la ciudad es san Sebastián, el peregrino que llegue a Sangüesa en verano podrá participar en las fiestas de san Román, el santo-soldado cuyos restos se conservan en la catedral y que los fieles tienen prohibido sacar en procesión. La prohibición fue dictada después de que, a lo largo del siglo XVI, los sangüesinos se aficionaran a pasear su féretro a toda hora, unas veces para pedir al santo lluvia y otras para que dejase de llover. La iglesia tomó cartas en el asunto y prohibió de sacar de lugar sagrado los restos del santo que, desde entonces, descansan -nunca mejor dicho- en el templo catedralicio.

    Hay otra ermita en Sangüesa de curioso nombre: la de San Babil o San Babilas, que ambos nombres le dan los navarros. Es la única ermita en España que tiene título de real basílica a pesar de su tamaño y está consagrada al santo obispo de Trento. Los fieles acuden a ella por sus tres propiedades milagrosas: propicia los casamientos de los mozos que acuden allí ‘a vistas’ es decir a conocerse; cura los procesos reumáticos y ayuda a florecer los injertos de árboles y la siembra. Por eso los sangüesinos llevan sus plantas a bendecir a la ermita en una romería que llaman ‘de los arbolicos’.

    Si el peregrino llega a Sangüesa en Semana Santa puede presenciar la ancestral y macabra ‘procesión de los ahorcados’, que sale el Viernes Santo con el mismo ceremonial que se seguía, siglos atrás, para conducir a los condenados a la horca. Precede el desfile procesional un gigantesco mástil triangular en forma de pirámide truncada invertida, con campanillas que suenan anunciando la Muerte.

    ’El Camino de Santiago: Arte y Misterio’
    Mª EMILIA GONZÁLEZ SEVILLA

  5. 10 de Abril
    4ª etapa

    La salida es muy dura, pues tenemos que descender desde Ruesta, por un camino muy peligroso, y cuando se termina el descenso, comenzamos una serie de subidas muy duras, cuando iniciamos la subida aparecen los de Barcelona, y como ellos van mucho mas alegres que nosotros (pues no llevan macutos) los dejamos pasar, para que no pierdan su ritmo, cuando nos hemos separado de Ruesta unos 2 Kms, comienza una cuesta tuertísima, y que dura la subida 7 Kms, en estos 7 Kms tenemos que subir un desnivel de 350 m, y cuando llegamos al final de la cuesta, a un lugar llamado El Alto de Peña Musera, el camino se hace plano, pero con una cantidad de barro tremenda, 1 Km mas tarde comenzamos a bajar de nivel, y a lo lejos se ve la silueta del pueblo Undues de Lerda, desde esta altitud se ve todo el valle, y Rosa queda maravillada del paisaje que esta viendo, Juan Antonio sigue sacando infinidad de fotografías, Enrique sigue quejándose de lo que pesa el macuto, y Juan esta callado, pues la cuesta no le ha dejado fuerzas ni para hablar.

    Iniciamos la bajada hacia Undues de Lerda, y nos parece tan bonito el pueblo, que decidimos entrar para visitarle, antes de llegar al pueblo, tenemos que pasar por una Calzada Romana, y parece mentira en el estado que esta, después de los siglos que han pasado, desde que la construyeron.

    El pueblo es precioso, se ve que ha debido tener un rico y prospero pasado, aunque hablando con un vecino llamado Máximo, nos cuenta que actualmente solo viven en el 45 personas.

    Entramos en el bar, y Enrique y yo nos tomamos una cerveza, mientras esperamos a que vengan Rosa Juan y Juan Antonio, pues los tres están haciendo fotos por todo el pueblo, cuando nos juntamos todos, nos comemos un montadito de queso y jamos cada uno, un bol lleno de aceitunas verdes y negras, y un café cada uno, por todo nos cobra 23 €, lo cual consideramos muy barato.
    Continuamos la marcha hacia Sangüesa, y nada mas salir de Undues de Lerda, Juan Antonio nos para a todos, y saltándosele las lagrimas nos dice con mucha emoción, que se siente plenamente feliz, por los sitios tan maravillosos que esta conociendo, y por la compañía de un grupo de amigos tan estupendos.

    Seguimos por el camino, y se juntan con nosotros dos peregrinos alemanes, que nos saludan y marchan junto con nosotros, cuando pasa aproximadamente una hora, los veo que le dice algo uno al otro en voz baja, y a partir de ese momento aprietan la marcha, y se adelantan a nosotros, como en el albergue de Sangüesa solamente hay 14 literas, me imagino que lo que pretenden, es llegar antes que nosotros al albergue para coger literas, yo decido echar mi resto en la marcha, para llegar antes que ellos, y por lo menos coger una litera para Rosa, aprieto la marcha, los sobrepaso, y como no pueden seguirme se quedan atrás, también adelanto a dos chicas vascas que iban delante, y al rato los pierdo de vista a todos, al ratito de llegar al albergue, aparece Juan Antonio, pues se había imaginado el motivo de mi escape, y decide hacer lo mismo que yo, y como Juan Antonio también anda mucho, todos los demás peregrinos se quedan detrás.

    Cogemos literas para los cinco, y las primeras que aparecen son las chicas vascas, preguntando si los de Barcelona, habían dejado en el albergue su mochila, pues como ellos también pasarían por Sangüesa, les había pedido que llevaran su mochila en el Microbus, y se la dejaran en el albergue, como en este albergue no cabían todos, se hospedarían en otro sitio, pero ni las chicas ni nosotros sabíamos donde, por lo cual las dos se marchan tratar de localizarlos, para recobrar su mochila, cuando llegan los alemanes tienen suerte, pues todavía quedan literas para ellos.

    Cuando llega el resto del grupo, empezamos con el aseo, nuestro y de nuestra ropa, yo soy el primero que se ducha y el agua esta caliente, pero como el calentador es eléctrico, a partir del segundo el agua sale fría.

    Me reviso los pies, y la ampolla en la planta del pie izquierdo, se ha hecho más grande, y además me ha salido otra en el talón del pie derecho, me curo las dos y me pongo parches en ambas, pero noto bastante molestia al andar
    .
    Cuando estamos todos listos, nos vamos a visitar Sangüesa, pues es un lugar muy bonito, visitamos La Iglesia de Santiago, el Ayuntamiento, el Convento de San Francisco, y la Iglesia de Santa Mª la Real no podemos visitarla, pues esta cerrada por obras de restauración, luego nos metemos en un bar, nos tomamos unos vinos y algo de pulpo, y Rosa comenta lo bueno que le sabe todo, y principalmente cuando ella, nunca acostumbra a beber vino.

    Salimos del bar y nos metemos en un Supermercado, a comprar para el desayuno de mañana, y luego nos vamos a cenar, cenamos bastante bien, pues hay tres menús para escoger, y nos cobran a 9 € el menú, todo nos parece bien, la comida y el precio.

    Cuando regresamos al albergue, no encuentro mi gorro por ninguna parte, revolvemos todos los macutos y no aparece, yo estoy seguro de que del albergue no le he sacado, por lo cual pensamos, que como es engorro muy goloso alguien se lo ha llevado, me resigno a la perdida, y nos vamos a dormir.

    En esta etapa hemos andado 32 Kms

  6. Ruesta – Undués de Lerda

    Jueves, 25/5/06
    12 kms.

    Ya no son sólo los pies lo que me están fastidiando, ahora son las piernas. Las tengo llenas de picaduras. Al principio pensé que se trataba de chinches o pulgas de la cama del albergue de Ruesta. Más adelante me indican que no, que el tunel de vegetación del día anterior estaba lleno de arañas. Las picaduras acabarían desapareciendo al cabo de un mes. Y picaban una barbaridad. Incluso comencé a pensar que me iba a convertir en spiderman y dormir colgado del techo.

    Salgo de Ruesta por un sendero que baja y por el que Alejandro no se ha atrevido y opta por la carretera. Llego a un camping y lo paso, comienzo a subir y a sudar. Cojo por una pista y la abandono para coger por el monte para volver a salir a otra pista, que supongo que es la misma de antes. Luego se sigue subiendo por la misma pista hasta que se llega a un lugar cortado por una cadena. Llamo a Alejandro para saber por donde va y nos encontramos. Seguimos subiendo, cuando parece que se acaba la cuesta, aparece otra, me paro tres o cuatro veces y cuando Alejandro desde arriba me dice que ya se acaba, me pongo de rodillas y le pido que me haga una foto. No sé donde andará esa foto. Si Alejandro el año pasado iba muy mal este año va muy bien. Al revés que yo. Luego aparece una calzada romana por la que Alejandro tiene que andar con cuidado pues hay muchas piedras sueltas. Luego de bajar todo lo que habíamos subido se vuelve a subir hasta Undués de Lerda.

    En el hogar social nos dan las indicaciones para llegar al albergue, que es el mismo edificio y la misma puerta que el Ayuntamiento, y el de un alojamiento rural. Por supuesto, el albergue está en la última planta. Nos duchamos, lavamos la ropa y la tendemos en la calle, en un tendedero al que hay que colocar unas piedras en la base para que no se lo lleve el viento. Alejandro se encuentra mal, comenzó a estornudar y lo asoció a alguna alergia, pero luego, no sé porque regla de tres llegó a la conclusión de que era un resfriado. Después de comer me puse a actualizar el diario y Alejandro se echó una siesta.

    Dejamos pasar el tiempo dando una vuelta por el pueblo, cenando y planeando qué hacer mañana, nos acostamos sin decidir nada.

    Undués de Lerda – Liédena

    Viernes, 26/5/06
    15 kms.

    La etapa de hoy tira es en descenso. Pero nada más salir me doy cuenta que voy mal. Me he equivocado con las botas, con los calcetines, con la mochila y me sigo equivocando al continuar en estas condiciones. Cuando vuelva a Sevilla lo mando todo a hacer puñetas. Los calcetines después de un kilómetros se me han corrido hacia la punta, cosa que no me ocurría con los calcetines desde que era un crío. Pero cuando era un crío llevaba zapatos y podía tirar de los calcetines para arriba. Ahora me tengo que quitar las botas para tirar de ellos. Santiago me odia y no quiere que haga el camino este año. Sobre las ocho de la mañana llegamos al mojón que indica que entramos en Navarra. Hacemos las fotos de rigor y continuamos, o más bien habría que decir que Alejandro continúa, yo me arrastro. Como habíamos leído en los foros el albergue de Sangüesa está cerrado, bueno, no, estaba abierto pero en obra. Podían haberlas hecho en invierno. Qué más da, nuestra intención no es quedarnos. Aprovecho y compro tabaco, una pomada para las picaduras que no me alivian nada las picaduras de las arañas y damos una vuelta por el pueblo. En un bar desayunamos y al salir nos despedimos. Yo me cojo un taxi que me deja en Liédana. Alejandro decide ir andando. Lo espero en el hostal Latorre que hay a la entrada tomándome una cerveza. Nos alojamos, comemos y nos vamos a visitar la Foz de Lumbier. Espectacular. Buitres incluidos. En ir y volver tardamos dos horas y media.

    Hoy he acabado muy mal, después de la visita a la Foz. Me planteo abandonar o esperar a recuperarme dos o tres días, el pie derecho y los tobillos, tal vez efecto de las picaduras, lo tengo hinchado. Decido esperar a mañana.

  7. 22 KMS.
    2.05.2001

    Después de desayunar en el albergue, salimos a las 7,30 de Ruesta. Está lloviendo, nos ponemos las capas para defendernos de la lluvia y comenzamos la jornada.

    Bajamos del pueblo que se encuentra en lo alto de una colina y desembocamos en un puente de madera precioso que cruza un pequeño valle a un lado del pantano de Yesa. Aquí se encuentra un camping capaz de hacer las delicias del mas exigente amante de la naturaleza.

    Tomamos la traza del camino e inmediatamente comenzamos a subir por la sierra de Peña Musera. La subida es muy fuerte, de unos 2 kms. y 7 kms. mas de subida mas normal. El camino es un auténtico barrizal que cuesta andarlo. Seguimos hasta coronar la sierra y bajamos por una fuerte pendiente, muy mala, llena de piedras, hasta alcanzar una calzada romana, que tras una breve, pero muy fuerte subida, nos conduce hasta Undués de Lerda. Nos cuesta un poco localizar el único bar del pueblo y por fin cuando llegamos a este bar, la pareja que lo regenta nos dicen que se tienen que ausentar de inmediato ya que tienen hora con el notario. No obstante a toda prisa nos preparan unos bocadillos formidables y con el bocadillo en una mano y la bebida en la otra, lo comemos en el portal del albergue que existe en ese pueblo.

    Faltando 5 kms para llegar a Sangüesa a mi compañero le da un pinchazo en la parte posterior de su pierna derecha y entre Pedro y yo le damos linimento, se la vendamos y despacio conseguimos llegar a Sangüesa a las l3,30.

    Buscamos el refugio y muy amablemente las Hijas de la Caridad, que lo regentan, nos entregan las llaves y nos informan de todos los servicios en este albergue.

    Un albergue magnífico con camas, sábanas, mantas, edredones; en una palabra, todo un lujo para un peregrino.

    Por la noche a la hora de acostarnos decidimos que mi compañero hiciera la etapa del dia siguiente en autocar para dar descanso a su pierna, cosa que le pareció era lo más lógico.

    A la hora de acostarnos Pedro me informa de que se tiene que volver rápidamente a Bilbao, ya que tiene un cáncer de piel y al lavarse la boca se ha visto algo en la nariz, que según su médico este síntoma debe ser revisado de inmediato en un hospital. Siento muy de veras perder a Pedro, un hombre de 67 años que camina formidablemente bien y que conoce muy bien las plantas y la naturaleza. Espero desde aquí Pedro todo haya sido una falsa alarma y lamento que aquella noche con la premura no tomara tu teléfono para saber de ti.

  8. Día 7 de octubre
    Por el castillo de Javier

    El tiempo fue bastante estable, con sol y nubes y el viento un poco frío. Temperatura primaveral.

    Antes de salir del monasterio a Yesa subimos en 20 minutos a la fuente de San Virila por senderos preciosos, parecía un bosque donde había gnomos, elfos, hadas, brujas o alguien observándonos continuamente. El sendero más bonito que haya visto jamás. La fuenta con un chorrito de agua, pero fresquísima y purísima, y la paloma y San Virila como emblemas de la fuente.

    Bajamos hacia Yesa alrededor de las 10:00 y llegamos al pueblo hacia las 11:00 por carretera. Pasamos por una panadería del pueblo y compramos unos coquitos con las 200 ptas. que nos quedaban desde que en Jaca sacásemos dinero de los cajeros, pues en ninguna población hasta Yesa había algún cajero y en Yesa estaba fuera de servicio.

    Así que continuamos hasta el castillo de Javier, 4 km. más allá, y gracias a Dios era gratuito. Llegamos pronto al castillo (12:30) y por los pelos pudimos verlo, pues cierran a las 12:40.

    Es precioso, tanto el castillo, el monasterio, los exteriores y la iglesia o capilla. Descansamos hasta las 14:15 para partir hasta Sangüesa que nos quedarían 9 km. y los hicimos muy rápidos, tan sólo en 1 hora 45 minutos, llegando a las 16:00 a Sangüesa y al fin pudimos sacar dinero. Enseguida nos fuimos al albergue y nos pusimos a lavar ropa y a prepararnos para cenar y acostarnos pronto.

    Vimos el pueblo, de unos 5.000 habitantes, por la noche y es bonito, tiene varias iglesias, un castillo, varios palacios, una catedral…

    Nos acostamos hacia las 22:00, después de cenar en el bar 1920(?) con un señor de 67 años, de Huelva, que hizo el Camino 7 veces y estaba fuerte.

  9. Ruesta – Sangüesa (14/8/2001).

    Etapa notoriamente más corta, con una trayectoria al principio ascendente después descendente y por último llana durante 10 km. Salimos a las 7 en punto de la mañana, allí nos despedimos de Mariano que se levantó para desearnos buen camino. La persona que empezó conmigo y que ha quedado en el camino. El Camino de Santiago es como la vida, en él vas conociendo gente que te acompaña durante un tiempo y que se van quedando.

    Salimos todos juntos de Ruesta, aunque no duró mucho.

    Desde la salida del albergue se baja hasta el camping, que apenas está a medio kilómetro. Allí es posible coger agua de una fuente. Medio kilómetro adelante hay una ermita que vale la pena observar. Todo este recorrido se ha hecho entre árboles. Por la hora y la tormenta de la noche anterior la humedad es considerable. El frescor es una maravilla. En seguida empezamos una subida que nos hará salvar un desnivel de 400 metros en unos 5 Km. Toda esta subida se realiza por un camino forestal muy bien marcado y entre pinos. Es una hora y media que en determinados momentos me recuerda mis habituales subidas de la Fuenfría. El grupo se disgrega en dos grupos. El primero los maños y yo y otro el matrimonio, Carmen y Paquito. Nosotros vamos más deprisa y enseguida perdemos de vista al otro grupo. De los tres de mi grupo el más flojo soy yo. Vicente, el maño más joven (34 años) y sobrino del otro, es un albañil acostumbrado a subir y bajar materiales de obras por escaleras, y cuando sube acelera el ritmo haciendo que las subidas sean más rápidas que cuando se llanea. En esta cuesta se permitió encender un puro a mitad de subida cuando yo ya iba echando el “bofe”. El otro maño es Francisco. Tiene unos 50 años y es tío de Vicente. Es más hablador que su sobrino y el jefe del grupo de los maños, el sobrino tiene adoración por el tío. Durante la cuesta aunque no aguantaba el ritmo del sobrino si conseguía un ritmo ligeramente superior al mío. Aunque le llamo maño Francisco es de Jaén, eso sí lleva 30 años viviendo en Zaragoza.

    En una hora y media llegamos a la parte más alta de los montes del pantano de Yesa. Desde este punto se inicia una trepidante bajada durante 5,5 Km. hasta Undués de Lerda. Un poco antes de entrar en el pueblo se pisa una calzada romana. Es sorprendente que toda la subida se realiza entre árboles y en la bajada no hay ni uno.

    A las 10:30 se llegó al pueblo e intentamos desayunar. Fue algo imposible pues el único bar del pueblo está cerrado pues al parecer el día anterior habían estado de fiestas y no se abría hasta la 13 horas. Intentamos ir al albergue pero la gente que lo lleva es la misma que se encarga del bar y al preguntar nos echaron del albergue con muy malas formas. Después de descansar un rato y beber un poco de agua llegaron nuestros compañeros. Después de dar novedades y de hacer una vuelta por el pueblo emprendimos el camino en los dos grupos que habíamos establecido. Ellos llegaron sobre las 11:00 y salimos del pueblo a las 11:15 nosotros y ellos a las 11:20.

    Vicente me dio una barrita energética y con ese maravilloso desayuno, ese día no nos dieron nada en el albergue de Ruesta. Emprendimos el Camino con un cierto cabreo por las escasas posibilidades culinarias de pueblos como Undués de Lerda, que aunque este muy arreglado arquitectónicamente por las ayudas europeas, en el trato deja algo que desear.

    Dos kilómetros más adelante un cartel nos indica la salida de Aragón y la entrada en Navarra. El cambio se nota hasta en el camino, las piedras desaparecen y el camino es liso como una carretera.

    Desde aquí se empieza a recorrer una pista con unas rectas llanas impresionantes que permiten ver a más de un kilómetro por delante y por detrás. Este fue uno de los momentos inolvidables pues era posible vernos todos, los tres que íbamos por delante a buen ritmo (teníamos hambre) y el grupo del matrimonio disgregado por detrás. Paquito había decidido alcanzarnos y tras él se había ido Carmen, quedando en la cola Julio y Mavi. En esta configuración estuvimos durante cerca de una hora hasta que en lo alto de una cuesta el Camino se desvía a la izquierda, ahí decidimos parar y esperar al resto. La verdad es que Paquito estaba a punto de alcanzarnos y que Julio y Mavi tardaron unos 5 minutos en llegar. En ese punto decidimos tomar un poco de aire y regularizar el paso para ir todos juntos. Desde ese instante no se volvió a disgregar el grupo hasta Monreal, final de la etapa siguiente.

    El camino pasa entre diferentes cultivos de vid y de maíz para alcanzar en unos dos kilómetros Sangüesa. Llegamos sobre las 13 horas. Buscamos enseguida el albergue para dejar las mochilas e ir a comer algo, desde las 7 de la mañana apenas había comido una barrita energética. Este se encuentra en la calle Labrit y lo regentan las Hijas de la Caridad, quienes lo mantienen limpio y acogedor como pocos refugios; basta decir que ofrecen sábanas y mantas. A pedir la llave entramos Julio y yo a la residencia de ancianos que está al final del callejón. Después de un rato salió una monja que nos pidió las credenciales y nos anotó en el libro. Todos tuvimos que pasar por la residencia pues la credencial es obligatoria. El albergue está compuesto por 12 camas bastante separadas unas de otras en la planta superior. En la inferior hay un baño, una cocina y un comedor bastante amplio. El mejor albergue de los que conocí.

    Una vez dejados los bártulos y después de pasar todos por la ducha, nos fuimos a comer a la calle Santiago, al restaurante Acuario. Fuimos por que lo marcaba la guía El País-Aguilar y la verdad fue increíble. Tomamos todos lo mismo, para empezar unas pochas con guindillas, cuando las comía la gloria conocí, entre el hambre y la exquisitez las lágrimas me caían, de segundo bonito fresco con tomate, un sabor impresionante, y por fin un flan casero de postre. Todo esto regado por un vino de la casa de Rioja. Con café el precio ascendió a 1300 Ptas., imprescindible volver. Durante la comida la conversación fue dar a conocer a Paquito las guindillas y las pochas.

    Después de comer, a las 17:00, volvimos al albergue a dormir una bien merecida siesta. Yo no pude dormir y aproveche para concentrarme y reparar mis pies que empezaban a tener una ampolla. La restauré pinchándola y después bañándola con Betadine. También aproveche para dar un masaje con alcohol de romero. A las 19:00 me fui solo al centro para comprar algo para desayunar al día siguiente y pasarme por la farmacia. Compré leche, galletas y unas barritas energéticas ( no atiné con las que quería). También compré el ungüento del peregrino, una especie de grasa que parece que ayuda a quitar el dolor. También compre unas postales y unos sellos. Me senté en una mesa de un bar y escribí todas las postales.

    A la vuelta al refugio me encontré a Paquito que había comprado una compresas de mujer para ponérselas en la planta del pie para que estas absorbieran el sudor y le solucionaran las ampollas. La broma fue instantánea, “haces trampa ya que con las alitas vas a ir volando”.

    Cenamos, en el mismo restaurante en el que habíamos comido, un súper bocadillo. A las 23:00 estábamos todos en la cama con el propósito de salir a las 7:00 horas. Los maños nos anunciaron que el día siguiente iba a ser su último día.

    En el día se dieron unos 35.000 pasos es decir unos 23 Km.

    Una mañana muy dura y una maravillosa tarde.

  10. Hoy no pude hablar con Dios, tenía cobertura con MoviStar, pero no con GodSky; otra vez será.
    Suena el despertador a las 06:00, y como ya nos habían advertido Paco y Cristina (los hospitaleros) que el desayuno se servía a partir de las 09:00, a los que queríamos partir antes de esa hora nos prepararon la noche anterior una bolsa con un litro de zumo y cuatro magdalenas (para cada dos personas), eso quiere decir que mi cuerpo serrano debía conformarse con medio litro de zumo y dos magdalenas, aunque también cayeron un par de chocolatinas de la reserva logística que llevaba en la mochila. La noche anterior nos habían sellado las credenciales a todos los peregrinos después de los postres, y nuestro amigo Frank nos confesó que tenía una tendinitis en el talón izquierdo y que lo más seguro es que hiciera esta etapa en coche, hasta Sangüesa, para ver si se podía recuperar para la etapa siguiente.

    Después del aseo matutino para ponernos guapos (cosa realmente muy difícil de conseguir), y tras hacer la mochila, comenzamos a caminar a las 07:45 con los deseos de disfrutar de esta cuarta etapa de 33 kilómetros. El paisaje empieza a cubrirse de vegetación. Vamos por una pequeña carretera de asfalto sin nada de tráfico, con un bosque de pinos a ambos lados, y al llegar a la altura del antiguo kilómetro 28, se abandona la carretera para seguir una senda cuyo trazado discurre por el bosque de pinos. A nuestra derecha podemos ver el pantano de Yesa, que está creando una seria polémica en esta zona del alto Aragón y en Navarra. El problema no es el pantano en sí, sino los planes que hay para llevar a cabo su recrecimiento. Nos quedamos en el punto en el cual abandonamos el asfalto y cogemos una senda.

    Vamos a hacer un pequeño paréntesis. Seguidamente voy a citar literalmente una carta fechada en el Canal de Berdún en el verano de 1999, en la cual se habla perfectamente de la cuestión del pantano de Yesa. No pretendo hacer política, entre otras cosas porque la política no me da de comer. La citada carta nos cuenta simplemente lo que va a suceder en caso de llevar a cabo el recrecimiento del embalse de Yesa. Creo que lo más objetivo es tomárselo como una noticia-protesta, y que después cada uno saque sus consecuencias. Yo no voy a pronunciarme ni en un sentido ni en otro. La carta dice así:

    “Muy señores nuestros: El Camino de Santiago está declarado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), un Bien de Interés Cultural Patrimonio de la Humanidad, por la importancia que ha tenido durante siglos y sigue teniendo en la actualidad como nexo de unión entre diferentes culturas y civilizaciones de toda Europa. Dicha figura de protección no sólo afecta al Camino como vía física de comunicación, sobre todo pretende proteger el bagage cultural y patrimonial que lleva asociado.
    Por ello, tan importante es proteger la ruta física, como los monumentos, pero sobre todo a las personas que a lo largo de la Ruta Jacobea viven y son la espina dorsal del mantenimiento de dicha arteria que da vida y une pueblos.
    El actual proyecto de recrecimiento del embalse de Yesa obligará a abandonar su casa a más de 400 personas de tres pueblos de la Ruta Jacobea como son Sigüés, Artieda y Mianos, acabando de desertizar la ya castigada comarca del Canal de Berdún. Además, inundará 2.400 hectáreas de tierra que incluye 22 kilómetros del Camino de Santiago, a lo que debemos añadir innumerables muestras de Patrimonio Histórico-Artístico que a continuación reseñamos:

    CAMINO DE SANTIAGO
    – Ramal norte: se inundaría el tramo a su paso por Sigüés y desde Escó hasta la presa del actual embalse (15 km). – Ramal sur: quedaría ahogado desde un kilómetro al oeste de Artieda hasta la entrada de Ruesta y la zona de San Jacobo (unos 7 kilómetros aproximadamente).

    ARTIEDA
    – Villas romanas de Corrales de Rienda, Villarués y Viñas de Sastre. – Poblado romano de Forau de la Tuta y Campo del Royo. – Poblado medieval de Corrales de Rienda. – Ermita de San Pedro (siglo XVIII).

    ESCÓ
    – Villa romana.

    RUESTA
    – Necrópolis y yacimientos romanos de Ruesta. – Ermitas románicas de San Jacobo y San Juan Bautista y restos arqueológicos del monasterio. – Fuente de Santiago. – Puente medieval. – Necrópolis de Arroyo Vizcarra.

    SIGÜÉS
    – Casco urbano. – Torre del castillo medieval. – Muralla medieval. – Iglesia románica de San Esteban. – Hospital de Santa Ana (siglo XVI). – Ermita de San Juan Bautista.

    TIERMAS
    – Baños termales de época romana.

    Por todo ello, junto con la Asociación Río Aragón, solicito de Vd., como Autoridad competente en la materia, que realice todas las actuaciones necesarias para que el proyecto del recrecimiento del embalse de Yesa no se lleve a cabo.”

    Esta es la carta. Si ahora siguiera con el relato del Camino Aragonés, creo que no estaría siendo ni objetivo ni imparcial. He transcrito una carta que refleja un lado del conflicto. Pero quiero pensar y pienso que si se deciden a efectuar el recrecimiento del embalse de Yesa, será porque tiene algún lado positivo (reserva hidrográfica, agricultura, regadíos, sinceramente no lo sé) frente a lo que refleja la carta. Y aquí es cuando reconozco que ignoro por completo cuáles son los beneficios que se generan con tal recrecimiento. Por ello, ruego a quien conozca el tema en profundidad, me lo comunique a mi correo personal (nunca a través de la lista, ya que es una curiosidad personal que se encuentra totalmente aparte de la finalidad para la cual fue creada la lista; por favor, a mi correo personal que figura al final; gracias por adelantado), ya que tengo gran interés en saber cuál es el otro lado del conflicto, cuáles son las ventajas de tal recrecimiento. Sólo en ese momento es cuando uno puede tener una visión global y total del conflicto, y a raíz de ahí, sacar cada uno sus propias conclusiones con los suficientes elementos de juicio como para hacerlo de forma objetiva.

    Volvamos nuevamente al Camino Aragonés. Como recordareis, habíamos abandonado la pequeña carretera de asfalto y nos adentramos en una senda que discurría por un bosque de pinos. Al poco rato de caminar nos encontramos con los restos de la ermita de San Juan Bautista, de estilo románico, que tiene una pared parcialmente hundida, pero sin llegar a caerse (un verdadero desafío a la ley de la gravedad). Seguimos por la senda y el suelo pasa de ser de tierra a ser una antigua calzada romana con las piedras medio sueltas, de un gran valor artístico pero también de una gran facilidad para torcerse un tobillo. La senda desemboca nuevamente en la pequeña carretera de asfalto, a tan sólo unos cientos de metros de la entrada al primer pueblo de esta etapa: Ruesta. Estamos entrando en un pueblo fantasma. Todas las casas están medio en ruinas.
    La guía “El Camino de Santiago a pie” de El País-Aguilar nos hace una pequeña descripción de lo acontecido… “En 1959, privados de sus tierras de labor, los vecinos de Ruesta emprendieron el camino sin retorno de la emigración. El pueblo y su esbelta fortaleza sucumbieron bajo una capa de silencio hasta que, en 1988, la Confederación Hidrográfica del Ebro lo cedió al sindicato CGT, dentro de un programa de recuperación de pueblos abandonados. Dos de sus viviendas señoriales, casa Valentín y casa Alfonso, se han rehabilitado ahora como albergue juvenil y de peregrinos.”

    Entrando en Ruesta, mi estómago cobra vida y empieza a hablarme… “Oye, Carlos, estoy desde las 07:30 con dos magdalenas, dos chocolatinas y medio litro de zumo, además de un poquito de agua, y has caminado diez kilómetros y medio a lo largo de esta mañana. ¿Estás en huelga de hambre o qué te pasa?. O me das un poco de carburante o empiezo a almorzarme al esófago”. El tono que utilizó mi estómago no era precisamente de broma, y cuando se cabrea, me llena de gases y me tiene un buen rato dando conciertos con música de viento en dos modalidades: vía superior y vía inferior. Estos últimos tienen la característica de que aparte del sonido, van acompañados de una impregnación aromosa que al contacto con las pituitarias de los demás producen una sensación de rechazo social realmente desoladora. Todos sabemos qué es lo que pasa cuando a un niño se le escapa un globo inflado de las manos sin haber llegado a hacerle el nudo, y me imagino a mí con mis 137 kilogramos haciendo por el aire la misma trayectoria sin rumbo que ese globo hasta que se termina de desinflar. ¿Eso es vuelo sin motor?. Además, por otro lado, mi estómago me conoce muy poco, porque…¡mira que pensar que estaba haciendo yo una huelga de hambre! ¿Estamos tontos, o qué?. Entre los gases y los ronquidos, creo que me estoy convirtiendo en una máquina de hacer ruiditos.

    Si quiero felicidad en mi vida, hay dos sujetos a los cuales tengo que procurar tener contentos: a mi novia y a mi estómago. De momento, por el primer sujeto poco podía hacer en estos momentos, porque unos cuantos kilómetros nos separaban (aunque el teléfono móvil hace verdaderas maravillas), pero al segundo tenía que complacerle ya.
    Entramos al albergue de Ruesta y somos recibidos por Diego, el hospitalero, un joven de unos 25 años natural de Badalona y agradable donde los haya.
    El albergue tenía comedor, salón, televisión, una fantástica terraza y…¡una máquina de refrescos!. Recordad que en Artieda sólo tenían agua y vino, ambos frescos y sensacionales, pero no me había tomado un refresco desde el desayuno en la gasolinera de Puente la Reina (no lo cité, pero cayo una lata de Coca Cola además de todo lo que os conté). Los de esta máquina eran Pepsi, pero como no soy racista, me saqué cuatro. Diego nos ofreció un bocadillo de queso con tomate natural, y vino por cuenta de la casa. Al rato nos propuso rematar la faena con un café con leche y unas magdalenas, y como somos muy educados, aceptamos encantados. Mi estómago me dió las gracias, y yo le contesté que la próxima vez que me amenazara, me tomaría algo con picante, a ver que cara se le quedaba; así que… vamos a llevarnos bien.
    Al momento apareció en la terraza Pepe con su mujer y su hija pequeñita. Pepe es un fotógrafo profesional que vive en Alicante y que había ido a Ruesta a pasar tres días antes de partir para Alemania, a donde acudiría a una convención sobre fotografía profesional, ya que le gusta estar al día de las últimas técnicas fotográficas, y según él, si no sales de España para actualizarte, te quedas desfasado. Me extrañó mucho que una persona que vive en Alicante conociera el albergue de Ruesta sin estar haciendo el Camino, pero la explicación es que su mujer pertenece al CGT, con lo cual todo estaba aclarado. A mi hermano también le gusta la fotografía, así que estuvieron charlando un buen rato sobre el tema. Nos sellaron la credencial y una vez todos satisfechos, nos preparamos para continuar.

    Salimos de Ruesta por una senda cuesta abajo, y tras cruzar un riachuelo y pasar por el camping, comenzamos una subida realmente impresionante: la subida a Peña Museras. Debíamos superar un desnivel de 400 metros, y no cuesta abajo precisamente. Al poco de ascender, se acaba la senda y cogemos una pista de tierra.
    El paisaje era realmente acogedor, rodeado de pinos por todos los lados. La subida era de una pendiente considerable, pero lo peor es que era larga, muy larga, eternamente larga, infinitamente larga, más larga que larga, no tenía fin. Mirábamos las montañas de alrededor y veíamos que empezaban a hundirse poco a poco, y nosotros seguíamos subiendo, y el sol que lucía lo suyo, y la digestión del almuerzo haciéndose en esos momentos. Subíamos tanto que a veces sentía el aliento de Dios en la nuca, subíamos tanto que empezaba a faltar el oxígeno en el ambiente (bueno, aquí creo que me he pasado un poco), pero lo que sí es verdad es que a mí me faltaba el aire de vez en cuando (y mira que había aire y puro por todos los lados). Tenía que hacer pequeños altos para después continuar.
    Pero como todo en esta vida, y aunque pareciese mentira, la cuesta también tenía su fin. Poco antes de coronar la cima, vi en el suelo algo parecido a un cordón de zapato de color marrón, y cuando me disponía a pisarlo, ese cordón se mueve y desaparece del camino… ¡era una culebra en miniatura!, y estuve a punto de aplastarla “un poquito”. Una vez llegados a la cima, el paisaje cambia por completo, desaparecen los árboles como por arte de magia y retorna nuevamente la estepa aragonesa.

    Seguimos por la pista de tierra camino de Undués de Lerda, y tras descender por unas calzadas romanas y cruzar otro riachuelo, iniciamos una breve subida para llegar a Undués, pueblo que en invierno tiene una población de 14 habitantes. Ya habíamos recorrido 22 kilómetros y mi querido estómago se empezaba a despertar otra vez. Esta vez no hubieron palabras, simplemente me guiñó un ojo y yo le entendí a la perfección (creo que lo del picante dió resultado). En el único bar y albergue de la población nos detuvimos para comer y descansar un poco. El comedor tenía una chimenea que se utilizaba en invierno, y varios juegos de mesa para los peregrinos y para los habitantes de allí. Éste era el único establecimiento de todo el pueblo, pequeño pero muy acogedor. También nos sellaron la credencial.
    Después de comer, repostamos la cantimplora y la botella de agua y continuamos hacia Sangüesa.

    A partir de aquí, todo era ligeramente cuesta abajo y después llano (¡bien!), y el paisaje seguía siendo de estepa aragonesa y navarra, ya que nos aproximábamos a la provincia de Navarra.
    En el Camino hay un gran mojón de piedra que así lo indica, además de un cartel que nos anticipaba que nos quedaba una hora y cuarenta minutos hasta Sangüesa.
    Nada más entrar en Navarra, el camino de tierra se transforma en una pista de tierra muy bien cuidada, es como si fueras por una carretera de asfalto comarcal y entraras en una autopista, pero en tierra, con desniveles casi inexistentes.

    Tras una hora y diez minutos de excelente pista de tierra, unas flechas amarillas (como todas las del camino) nos indican que debemos girar a la izquierda y seguir por otro camino de tierra “de menos categoría”, con pequeñas granjas a ambos lados.
    Tras media hora de camino desde el desvío entramos en Sangüesa, que estaba en fiestas. La calle que nos llevaba hasta el albergue estaba ocupada por una banda de música que iba amenizando la tarde con sus notas y, como íbamos en la misma dirección, nos pusimos detrás de esta banda hasta llegar a la altura del albergue. Todavía nos quedaban fuerzas (no muchas) y humor (todo el del mundo) para ir detrás de la banda bailando y haciendo el payaso (una de las cosas que mejor me sale, sin ensayar y sin esfuerzo alguno) al igual que el resto de los mozos y mozas del pueblo.

    Al llegar al albergue, comprobamos que Frank y Silvette (el matrimonio francés de Artieda) habían llegado en coche, y Maribel también se encontraba allí. Nunca supimos nada más sobre los dos alemanes de Artieda (aunque creo recordar que se fueron a Tiermas).
    El albergue de Sangüesa está regentado por unas monjas, con dos pisos. En el piso superior están los dormitorios, en una gran habitación común, con 12 camas individuales (no literas) con su manta y sus sábanas. En el piso bajo estaba la cocina, los servicios y unas mesas para comer. Todo realmente limpio. No disponía de servicio de comidas, pero no faltaban sitios para cenar. Esa noche también llegó un alemán de unos 50 años y una pareja de alemanes de unos 25 años.

    En un bar cercano dimos buena cuenta de sendos bocadilos de lomo con pimientos y otro de chistorra, regados con tres sabrosas, refrescantes y burbujeantes latas de Pepsi Cola. Nos agenciamos un brick de litro de leche para el desayuno del día siguiente y nos fuimos al albergue.
    Como ya se había acostado todo el mundo, le dije a mi hermano que me ayudara a bajar un colchón con toda su ropa para que yo durmiera en el piso de abajo, por la cuestión de los ronquidos. Y así lo hicimos, y como mi hermano tenía el gemelo de la pierna izquierda bastante cargado, saqué mi aceite de almendras de la mochila y le di un masaje en los pies y en los gemelos que se quedó como nuevo. Son unos masajes muy sencillos que ayudan al músculo a relajarse para que el descanso le suponga una mayor recuperación durante la noche, y una mayor facilidad para adquirir el tono muscular al día siguiente.

    En la calle todo son voces, petardos y cachondeo. Las fiestas son las fiestas, y pretender callar a un pueblo porque han llegado Carlitos y su hermanito de patear 33 kilómetros, es como pretender que te toque la quiniela comprando lotería nacional, o sea, ni de coña. Otra buena ducha y algo de noticias en la radio, aunque fueron pocas las noticias que llegué a escuchar, creo que dos o tres…

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