DE ESTELLA A VIANA (Luis Carandell)

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MI VIAJE era mucho más a ras de tierra. Después de visitar algunos de los monumentos estellenses -mi experiencia viajera me dice que no hay que pretender verlo todo de una sola vez y conviene dejar algo para una próxima ocasión- me dediqué a pasear por la ciudad. Una ciudad agradabilísima, con un cierto sabor antiguo en los barrios del centro y con pequeñas tiendas de cierta prosapia comercial, confiterías que elaboran reputadas especialidades, talleres de carpintería o de cordelería que buscaría uno en vano en el centro de una gran ciudad; o almacenes de coloniales en cuyo escaparate podía verse una torre de latas de conserva que un envasador bromista había mandado rotular con la inscripción ‘Esparragos cojonudos’.

Me detuve un rato en la tienda de un artesano cordelero, de apellido Zufiaurre, un hombre muy simpático que me mostró los trabajos que tenía expuestos. Compré alguna cosa, aunque no era lo que más necesitaba, sólo por el gusto de tener un recuerdo suyo: un araña-gatos y un frotaespaldas. La primera pieza es muy útil para los que tienen gato porque se cuelga de la pared a la altura de sus ojos y el animal se afila allí las uñas. El frotaespaldas es para uso de las personas. La banda rematada por dos asas sirve para llegar al lugar del dorso donde no llegan las manos y se queda siempre sin enjabonar. Zufiaurre decía que se vendía mucho.

Comí una menestra de verdura como la hacen los navarros, que sería redundancia decir que estaba buena, y unos pimientos de Lodosa rellenos de bacalao en un restaurante de una callecita que da a la plaza de Santiago. Por allí no falta nunca buen vino de la tierra. Luego tomé café en un quiosco de la avenida de Sancho el Fuerte, a orillas del río Ega. Hay en aquel lugar un monumento al auroro, con la blusa de campo y el farol en la mano.

Reciben este nombre porque cantan las auroras, con música y letras de mucha antigüedad.

El patrón de Estella es san Andrés Apóstol, gracias a la peregrinación que, en el siglo XIII, hizo un obispo griego trayendo consigo la reliquia del santo. La patrona es la Virgen del Puy, lo que tiene mucho de jacobeo porque relaciona la ciudad con Le Puy, una de las cabeceras del Camino de Santiago en Francia.

En el año 1270 el obispo de la iglesia de Patrás, en la Acaya de Grecia, decidió peregrinar a Compostela para visitar el sepulcro del Apóstol Santiago. No se sabe cómo se llamaba; lo que sí se sabe es que, antes de partir para España, tomó la reliquia de la espalda de san Andrés, hermano de san Pedro, que había muerto mártir en aquella ciudad. El propósito del buen obispo era regalar el hueso del discípulo de Cristo, que murió en una cruz en forma de aspa, a la catedral de Santiago, a fin de que los huesos de los apóstoles que se conocieron en vida reposaran juntos en la misma iglesia.

Quiso el Cielo, sin embargo, que cuando el piadoso obispo llegó a la ciudad de Estella cayese gravemente enfermo y fuese acogido en el hospital de San Nicolás; murió al poco sin manifestar que llevaba escondida en la vestidura, sobre el pecho, la reliquia de San Andrés.

Fue enterrado en el cementerio de San Pedro de la Rúa pero he aquí que en la noche siguiente se advirtió sobre su sepultura una claridad resplandeciente. El sacristán de la iglesia creyó que era una ilusión de su fantasía pero a la noche siguiente observó las mismas luces sobrenaturales en la tumba. Avisado el clero y las autoridades de la ciudad, acudieron todos a testimoniar el milagro. Cavaron la sepultura del peregrino y desnudando su cadáver, hallaron sobre su pecho la Santa Espalda con los testimonios de su autenticidad.

El hallazgo del omóplato del Apóstol llenó de alegría a toda la ciudad que se veía distinguida por este singular favor del Cielo. Se decidió proclamar a san Andrés patrono de la ciudad y aunque su fiesta se celebra el 30 de noviembre, el Consistorio decidió trasladarla al primer domingo de agosto. Se hizo la traslación en 1625, según dicen las actas de la sesión:

‘para que con mayor solemnidad y fiestas públicas de toros y concurso de todo el reino se celebrase la fiesta de san Andrés, haciéndose procesión general con su reliquia’.

Un milagro sucedido un año más tarde, en 1626, vino a dar cuenta de que la traslación de la fiesta era bien vista por el Altísimo.

Sobre la iglesia de San Pedro de la Rúa, donde estaba la Santa Espalda, apareció en la noche del 2 de agosto un aspa como la cruz donde murió el Apóstol con ochenta pies de longitud cada brazo y de los colores del arco iris.

El carlismo, cuya capital fue Estella, tenía en su bandera la cruz de san Andrés.

Hoy es Estella una ciudad industrial que ha sabido mantener su antiguo sabor. Hay que imaginarse la época en que el general Espoz y Mina reclutaba allí las partidas de guerrilleros contra Napoleón. O el tiempo en que, hacia los años setenta del pasado siglo, era capital del pretendiente carlista, Carlos VII. Me acordé de los requetés, versión del siglo XX de los viejos carlistones, a los que aún alcancé a conocer en los años de la infancia. De ellos se decía que, cuando estaban recién comulgados, eran especialmente bravos.

Los vi por última vez, a ellos o lo que quedaba de ellos, en las campas de Montejurra, muy cerca de Estella, el día en que el último pretendiente, Carlos Hugo, sobrevoló en avioneta a sus huestes de boina roja que le aclamaban. Se habían vuelto de izquierdas por entonces; los periodistas de Madrid decíamos que eran ‘carlistas-leninistas’.

Una de las cosas que más me han impresionado en mi viaje jacobeo ha sido encontrar en todos los pueblos por los que pasan los peregrinos a muchas personas que trabajan desinteresadamente para atenderles y ayudarles a alcanzar su objetivo. En ciudades como Estella hay asociaciones de amigos del Camino de Santiago que o bien mantienen albergues a su costa o bien se ocupan de cuidar los que han establecido los Ayuntamientos. Pero también en pueblos y aldeas donde no hay albergue ni refugio existen personas que dedican su tiempo a los peregrinos.

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En Azqueta, cerca de Estella, por ejemplo, vive un jubilado que debe de ser conocido no sólo en toda España sino en toda Europa y más allá porque regala, siempre que puede, un bordón o cayado al peregrino que no lo lleva.

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Entre los caminantes confiere un cierto honor poder decir que ha sido Pablito, pues así se llama el hombre, quien les ha dado el bordón de avellano blanco, el genuinamente jacobeo.

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En Viana conocí a Félix Cariñanos, un nombre que también suena a los oídos santiaguistas. Es profesor en Logroño y, como antropólogo, gran conocedor de la historia y de los tesoros artísticos que guarda el Camino. Hombre andariego como pocos, recorre todos los días los diez kilómetros que separan Viana de la capital de la Rioja, y otros diez de regreso, para ir a dar su clase. Al poco tiempo de haberle visto en su ciudad, me lo encontré en Portomarín, en Galicia, delante de la iglesia-fortaleza de San Nicolás. Había empezado su andadura en Sarria, o en el Cebreiro, no recuerdo, y me dijo que, después de haberle dado no sé cuantas vueltas al Camino, hacía de cuando en cuando un tramo, para no perder la costumbre.

Félix me acompañó en la visita que hice a la iglesia gótica de Santa María de Viana, que tiene proporciones de catedral. Antes de llegar a la ciudad, yo había visto algunas cosas que no quiero dejar de mencionar: el pueblo de Los Arcos, con la iglesia en que conviven todos los estilos arquitectónicos, del románico al barroco, en armoniosa mezcla; y el de Torres del Río, donde está la famosa capilla del Santo Sepulcro, una joya del siglo XI que guarda un cierto parecido con la de Eunate. De planta octogonal, tiene una preciosa linterna inspirada en la arquitectura islámica. Y digo que es famosa entre los entendidos porque se ha discutido mucho si podría ser una iglesia que mandaron construir los caballeros del Temple. Parece que los estudios actuales apuntan a que esta capilla, y la de Eunate también, estaban destinadas a ser lugar de enterramiento y no tienen nada que ver con los templarios.

Capítulo de ‘ULTREIA’ (1998) que lleva por título:

‘ESPÁRRAGOS COJONUDOS’

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Y que se suma a las siguientes entradas:

♦ (5) Etapa quinta: PUENTE LA REINA ESTELLA (Camino Francés a Santiago)

♦ (6) Etapa sexta: ESTELLALOS ARCOS (Camino Francés a Santiago)

♦ (7) Etapa séptima: LOS ARCOSLOGROÑO (Camino Francés a Santiago)

♦ COMER EN EL CAMINO DE SANTIAGO (o de la gastronomía)

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