Tranco: VILLANÚA – CASTIELLO DE JACA (Camino iniciático)

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VILLANÚA, pintada por ANTÓN HURTADO

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Villanúa es más turística que peregrina, hay urbanizaciones que alejan al pueblo de la carretera, pero conviene acercarse a él, porque conserva en su iglesia una imagen románica de Nuestra Señora, profundamente inscrita en la tradición de las Vírgenes Negras.

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link: ARUEJ, en PUEBLOS ABANDONADOS

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Apenas a un kilómetro, hay un caserío, a la derecha. Parecía abandonado de no ser por el canto de los gallos. Se entra en él saltando una valla, pero aconsejo ese salto porque en el recinto se encuentra la capilla de Aruej, muy deteriorada, pero una de las muestras más antiguas del arte románico en la comarca. Hoy está depredada, aunque conserva su ábside semicircular y un portal repintado de blanco. Al muro occidental se le han pegado las lápidas de una sepultura reciente.

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A pocos kilómetros, dos escasos, hay otro caserío del que parte, a la derecha, una estrecha carreterilla que conduce a Borau. Si nos sentimos peregrinos, no hay más remedio que emprender esta desviación, que tiene unos dieciocho kilómetros.

Bueno sería replantear la posibilidad de que los dos accesos principales de la Ruta -éste y el de Valcarlos, que seguiremos después, representasen en su día una especie de doble vía que habría de unirse en Puente la Reina para emprender desde allí, el Camino Unitario. En tal esquema, el presente tramo aragonés vendría a significar el Camino de la Vida, en contraste con el otro, que sería el de la Muerte y quedaría definido por las referencias griálicas que contiene.

El Grial aragonés cuenta con una leyenda, según la cual fue enviado a Huesca por san Lorenzo, diácono del papa Sixto II, y sacado de aquella ciudad cuando sobrevino la invasión musulmana, iniciando un éxodo que lo llevó primero a Yesa, de allí a San Pedro de Siresa, en el valla de Ansó, cercano al Camino; luego a San Adrián de Sasabe, que es hacia donde ahora nos dirigimos. Ramiro I construyó para esta reliquia la catedral de Jaca, pero después de haber estado allí algunos años fue a parar al monasterio de San Juan de la Peña, donde permaneció hasta el siglo XV, en que Martín el Humano lo trasladaría primero a Zaragoza y posteriormente a la Capilla Real de Barcelona. Finalmente, Alfonso V lo dejaría en custodia en la catedral de Valencia, donde todavía se conserva.

Ocho siglos de custodia en Aragón del proclamado Santo Cáliz impregnaron de grialismo toda esta comarca que ahora recorremos. Y aunque la investigación académica no ha querido pronunciarse, todo inclina a pensar que estas tradiciones influyeron en los poemas griálicos de Boron, de Chrétien de Troyes y del propio Wolfram von Eschenbach. Sin duda, tampoco estaba ausente esta tradición en la marcha de muchos peregrinos que escogieron esta entrada para emprender su camino hacia Compostela.

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Acceder a San Adrián de Sasabe no es fácil. Para muchos ni siquiera compensaría la fatiga de llegar, pues lo que sí adelanto que habrán de encontrar es, como tantas otras veces, una ruina difícilmente recuperable. Pero creo que lo que significa puede compensar la desilusión ante el abandono en que se encuentra. La carreterilla apenas deja sitio para que se crucen dos vehículos; sube, baja entre curvas hasta Borau, lo rodea y sigue subiendo por el valle camino de Aisa. A unos tres kilómetros, hay que tomar una pista de tierra en mal estado y recorrerla hasta la orilla del arroyo Lubierre, que se forma allí mismo por la unión de dos regatos, el Calcil y el Lupán. Al otro lado del arroyo se levanta el templo, al que llegaremos saltando sobre las piedras del cauce.

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link: Sásabe recuperada

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El lugar está abandonado. Lo tuvieron que desenterrar de entre los aluviones. En época de lluvias, o cuando los arroyos se desbordan con el deshielo, todo el recinto del templo se inunda, con la consiguiente amenaza de desmoronarse en cualquier momento. Si damos la vuelta a la construcción, sorteando charcos y taludes, nos encontraremos con el ábside, su parte mejor conservada. Está recorrido a todo lo largo por diez arquitos lombardos, en cuya intersección surgen figuras simbólicas tradicionales: flores, estrellas, círculos concéntricos que recuerdan a los petroglifos de Galicia. Entre estas figuras, dos únicas representaciones figurativas: un rostro femenino y una mano sosteniendo una cruz. Dicen que la primera representa a santa Natalia y la mano a san Adrián, los dos santos patrones del cenobio primitivo de la época visigoda.

Cabe que sea cierta la interpretación. Si así fuera, convendría recordar la narración hagiográfica, cuya vida se fija durante el mandato de Maximiliano.

Adrián era jefe de la milicia imperial y su conversión se produjo mientras custodiaba a 33 prisioneros cristianos. Fue sometido a tortura y en todos sus tormentos estuvo presente su esposa Natalia para darle ánimos, comportándose como la encarnación física de la fe que había abrazado. Esta figura de la mujer animosa está ya presente en los tratados de Alquimia -recordemos a Perenelle, esposa de Flamel-, pero viene a ser también una representación de la Sabiduría de la Qabalah judía: la shekhiná, siempre fiel al adepto y siempre impulsora de su ánimo, lo mismo que Natalia, a quien la Leyenda Dorada pinta casi en éxtasis contemplando las torturas de su esposo y hasta sosteniendo la mano que le cortaron, para guardarla como una reliquia toda su vida. La Leyenda sigue narrando que, años después, Natalia se salvaría de un naufragio gracias a la celeste intervención de Adrián, que gobernaría desde el cielo la nave hasta que se calmó la tempestad y volvió la calma.

Todo este cúmulo de situaciones se corresponden con las señales del simbolismo tradicional, mostrándonos claves como la de la mano -representativa del hacer del iniciado en la Obra Sagrada-, que enlazan con una actitud esotérica que muy bien pudo estar relacionada con lo que nos cuentan las crónicas aragonesas, según las cuales el obispo García I habría obligado al rey Ramiro I a la expulsión de ciertos religiosos de Sasabe, indignos por sus costumbres perniciosas, y al cambio de nombre del viejo cenobio, que sustituiría su advocación a san Adrián y santa Natalia por la de san Pedro, que es como aún se le suele conocer. Este cambio es significativo, toda vez que nos proporciona la clave de la primacía del fundador de la iglesia romana, que intentó a toda cosa arrebatar su sentido más profundo al simbolismo griálico.

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Regresemos al Camino por el mismo itinerario por el que nos separamos de él. Cuando lleguemos al cruce de Villajuanita, la senda peregrina se separaba ya por la derecha de la carretera actual.

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Aún podremos distinguir la pista de tierra, que nos seguirá hasta Castiello de Jaca, colgada de la ladera en cuya cima se levantan las ruinas de la fortaleza que dio nombre al pueblo.

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‘LA RUTA SAGRADA’

JUAN G. ATIENZA

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Añadiendo esto a:

♦ (1) Etapa primera: SOMPORT JACA (Camino aragonés)

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2 Respuestas a “Tranco: VILLANÚA – CASTIELLO DE JACA (Camino iniciático)

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