Tranco: JACA – SANTA CRUZ DE LA SERÓS (Camino iniciático)

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¡Atención!: si das con esto, ten en cuenta que está siendo tomado de un libro de 1993, y que yo estoy leyendo, como si leyera en voz alta, porque me interesa este autor pero que el recorrido actualizado es siempre éste otro:

♦(2) Etapa segunda: JACA ARRÉS o PUENTE LA REINA DE JACA(Camino aragonés)

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A la salida de Jaca, el Camino sigue coincidente con la carretera C-134, paralela al río Aragón, que fluye a poca distancia, hacia la derecha. Son nueve kilómetros ocupados hoy por arrabales de la ciudad y por una amplia extensión de terreno acotado por el Ejército, que nos llevan hasta una desviación a la izquierda que debemos tomar para acceder a un lugar obligado de la Ruta, aunque esté separado de ella.

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* la aldea en la galería de PALOMA

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Adentrándonos cuatro kilómetros hacia la montaña llegaremos a Santa Cruz de la Serós, una aldea dominada por la presencia de dos templos. El mayor dio nombre al lugar y es lo que queda de un monasterio de monjas señero en la singladura histórica aragonesa, porque entre sus sorores -hermanas o sores- figuraron infantas de la casa real.

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*galería de ELDA MAGANTO

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El otro templo, el menor, ya se encontraba seguramente allí al ser fundado el cenobio, aunque la obra que podemos contemplar es del siglo XI; está dedicado a San Caprasio, o san Crepas, como se le nombra en el pueblo, y figura en los más antiguos documentos.

San Caprasio es un extraño santo del olimpo cristiano, uno de esos mártires que huelen a apaño remoto para dar entrada a creencias que el cristianismo aceptó con tal de reclutar fieles en los años de expansión. En España se le veneró únicamente aquí y, según creo, en una ermita soriana de la Sierra del Almuerzo, cerca del lugar donde murieron los Siete Infantes de Lara protagonistas del poema épico castellano. El santoral, por su parte, da cuenta de dos mártires con el mismo nombre, uno de ellos procedente de Agen, de quien se dice que andaba huido por las cuevas hasta que Dios en persona le dio una prueba de que el cielo le pedía el martirio, haciendo manar milagrosamente agua de una peña. El otro Caprasio fue monje y, al parecer, ‘espejo de virtudes’; vivió en el siglo V y fue abad del monasterio de Lérins.

La imagen del santo que preside el viejo templo lo representa vestido como un diácono y con un ramillete de espigas en la mano derecha. Su fiesta la celebran el 20 de septiembre, lo que no deja de ser significativo, pues, sobre no coincidir con la de ninguno de los dos santos de este nombre que figuran en el santoral, coincide con la víspera del equinoccio otoñal, correspondiente a las viejas celebraciones de acción de gracias a los dioses paganos por las cosechas recogidas. Tampoco conviene olvidar que, aunque hoy san Caprasio se encuentra solo en su viejo templo, hay noticia de que, hasta hace no tanto, le acompañaba en altares laterales san Miguel (el Hermes-Mercurio pesador de almas), santa Ana (la Madre-de-la-Madre), santa Bárbara (la santa que encarna una vieja tradición ocultista, de la que nacería incluso un naipe de Tarot) y santa Orosia, la legendaria mártir griálica del Alto Aragón.

Dicen que el de San Caprasio fue parroquia del pueblo cuando las monjas ocupaban el monasterio. Y que, cuando las monjas fueron llevadas a Jaca, ya en el siglo XVI, los habitantes de Santa Cruz de la Serós sustituyeron su iglesia habitual por la del cenobio, dejándola abandonada casi como está hoy: con la sencillez casi pagana de su estructura, el semicírculo rotundo de su ábside sin ornamentos y la misma desnudez interior que hoy mismo luce. Tal vez por eso, el visitante suele quedarse poco rato en su interior y prefiere marcharse a visitar el templo de las monjas, que es cuanto queda hoy del antiguo monasterio.

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* galería de MON

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De Santa Cruz de la Serós han desaparecido muchas claves que tuvo cuando lo habitaban las monjas. Una de ellas, el sepulcro de la infanta Sancha, hija de Ramiro I, que las sorores se llevaron a Jaca cuando las trasladaron en 1555. Hoy resulta difícil de ver y más difícil aún de estudiar, son contar con que está ya fuera de un entorno que habría sido fundamental, del que cabe destacar, apenas se abre la puerta de acceso, la pila de agua bendita del atrio, de cuya copa emerge una columna rematada por un doble capitel corintio, llamando la atención sobre su paralelismo con el Árbol Sagrado.

Las monjas de este monasterio dependían, tanto jurídica como espiritualmente, de los monjes de San Juan de la Peña. La dependencia está atestiguada por el documento de la consagración de la infanta Urraca, cuando su padre le encomienda ”sub potestate abbatis Sancti Iohannis”. Naturalmente, esta dependencia de las monjas, a varios kilómetros del cenobio masculino, ya se parecía muy poco a la antigua práctica de los que se llamaron monasterios dúplices, que proliferaban en época visigoda y se prolongaron en la España mozárabe.

El origen de estos retiros mixtos está en el hábito instaurado por el hereje Prisciliano y fue seguido por otros monjes absolutamente convencidos de su ortodoxia. A ellos se retiraban familias enteras, acompañadas incluso por sus servidores, para practicar la experiencia cenobítica apartados de los núcleos de población. La misoginia paulina veía con malos ojos aquellas prácticas, que quitaban clientela al clero secular y ponían en entredicho el celibato de los que se entregaban al servicio de Dios, pero hubo que autorizarlas durante cierto tiempo, aunque imponiendo a cambio durísimas separaciones que sólo permitían la vida comunal en los oficios y, eventualmente, en los capítulos.

Cuando Santa Cruz de la Serós fue fundado, la reforma cluniacense ya se hacía notar y, aunque no había llegado aún a imponerse en la Península, comenzaba a afectar mucho más a los monjes que a las monjas, las cuales siguieron fomentando una sutil forma lunar de culto abominada por el ritual romano, porque las monjas eran aún una reminiscencia de las viejas vestales y, aunque nunca tuvieron fuerza suficiente para liberarse de la prepotencia de los abades, si accedieron a ciertas modalidades de culto que habrían sido imposibles de concebir de no tratarse, como se trataba, de un colectivo minoritario. En Aragón, por aquel tiempo, no había más que otros dos cenobios femeninos, el de Casbas y el de Sigena.

Aunque la iglesia monástica ha perdido buena parte de las claves que poseyó en la antigüedad, no cabe duda de que estuvo presente en ella una intención didáctica destinada a las monjas y a quienes las visitasen. La redondez rotunda del ábside central de la iglesia, en contraste con los ábsides laterales, claramente menores y de formas cuadradas, revela de inmediato la dedicación del templo a una Gran Madre cuyo culto aún habría de imponerse en la Península. Lo mismo cabe pensar ante la inscripción que ya se lee malamente en torno al lábaro de acceso del templo, pero que, según la interpretación de Jose María Quadrado, rezaría:

JANVA SVM PRAEPES, PER ME TRANSITE FIDELES FONS EGO SVM VITAE, PLVS ME QUAM VINA SITITE VIRGINIS HOC TEMPLUM QVISQVIS PENETRARE BEATVUM. CORRIGE TE PRIMVN, VALEAS QUO POSCERE XRISTUM.

O sea: ‘Yo soy la puerta, pasad pronto a través mío, soy la fuente de la vida, sentid más sed de mí que de vino. Bendito sea quien quiera penetrar en este templo de la Virgen. Y corrígete primero, si apeteces a Cristo’.

El último verso, incluso separado del resto de la inscripción, viene a dar un sutil toque de ortodoxia escamoteada en los demás versos, decantados a una advocación decididamente griálica de la femineidad. Curiosamente, esta llamada al recipiente de la vida se refuerza apenas nos enfrentamos con la pila bendita de la que hacía mención más arriba. Dicen los estudiosos que esta pila fue seguramente obra tardía y que la superposición fue necesaria para mantener la altura del atrio. Sea o no cierto, los motivos inmediatos no quitan un ápice a la intención de representar un Arbor Vitae emergiendo del recipiente que contiene el agua lustral.

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*en la galería de VALCURE

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La sorpresa siguiente que reserva este templo es que, visto desde su interior, no se corresponde con la altura que se aprecia al contemplarlo desde afuera. Entramos en un templo que nos parece alto y esbelto, y, al enfrentarnos con él ya dentro, lo sentimos bajo y casi atosigante. El secreto de la estructura está en una escalerilla casi secreta que se localiza en el muro norte, inaccesible a menos que nos podamos ayudar de otra escalera. Sus peldaños discurren por el interior del muro y nos hacen alcanzar una cámara octogonal situada sobre el ábside, abovedada, con columnas adosadas que conforman la nervadura de la cúpula. Dicen que era lugar de reunión de las monjas, pero cabría preguntarse sobre el carácter de tales reuniones, para las que se había buscado precisamente la estructura octogonal que posteriormente elegiría también la Orden del Temple para sus capítulos más discretos.

A más claves, esta cámara posee un dintel que ha sido reconocido como el más perfecto de todo el recinto monástico. Representa, en tres tiempos, la Anunciación, tomada indistintamente de los textos sinópticos y apócrifos. En el primer tiempo, la virgen está junto a san José, que lleva una vara florida en la mano; en el segundo, el Ángel saluda a Nuestra Señora; en el tercero, le transmite el mensaje divino. Este despiece de la escena sagrada tuvo que significar motivo de meditación especialísimo, reforzado por la presencia del esposo terreno, que lógicamente tendría que haber estado ausente en aquel acto.

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* galería de PALOMA

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Desde la cámara se accede a la primera planta del campanario, que más que tal parece torre fortificada de castillo roquero. Desde ella se alcanzaban otros recintos ya desaparecidos, lo que ha hecho suponer que pudiera tratarse de lugar de refugio para situaciones comprometidas por ataques musulmanes. Bastante improbable suposición, puesto que el monasterio se construyó cuando las razzias islámicas ya no alcanzaban aquellos pagos. Sin embargo, la presencia de recintos semejantes en otras construcciones sagradas hacen pensar en otros fines, como la necesidad de contar con un lugar apartado, incluso inaccesible, al que alguna monja pudiera retirarse para realizar prácticas ascéticas en soledad.

‘LA RUTA SAGRADA’ (1993)

JUAN G. ATIENZA

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