SAN JUAN DE LA PEÑA Y EL GRIAL EN LA RUTA SAGRADA O DEL CAMINO INICIÁTICO (1993)

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link: un_mar_de_calma

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Por este itinerario que hemos escogido nos encontraremos, en primer lugar, con el cenobio primitivo, que se guarece bajo el peñasco que presenta el nombre.

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De: mikelats35

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Lo que podemos ver es construcción en gran parte románica: el claustro exento al que el rocallón sirve de medio tejado. Ya dentro, comprobaremos que el monasterio se divide en dos plantas. La de abajo conserva buena parte de la construcción más antigua y la iglesia vieja, de doble ábside rectangular incrustado en la roca. Lo mismo sucede en la iglesia superior, desde cuya lado del Evangelio se accede al claustro que vimos desde el exterior, en el que se encuentran las capillas llamadas de San Victorián y de los santos Voto y Félix, los legendarios fundadores.

El mito de la fundación del monasterio nos conecta directamente con el simbolismo ancestral. Cuenta de esos dos hermanos que fueron los primeros en establecerse en aquel lugar como eremitas, después de que el primero de ellos descubriera durante una cacería el cuerpo incorrupto del anacoreta Juan de Atares. A la muerte de los dos fundadores, otros dos hermanos, benedicto y Marcelo, tomaron su relevo y conformaron el núcleo de la primera comunidad de monjes.

Aparte el encuentro de la reliquia incorrupta del anacoreta -que apareció en circunstancias milagrosas, después de que Voto se hubiera encomendado a San Juan Bautista tras un resbalón que estuvo a punto de costarle la vida-, es significativo que toda la historia fundacional se nutra con la presencia de parejas de hermanos. Estamos, sin duda, ante una alusión al mito de los dióscuros, que ya hemos visto y seguiremos viendo a lo largo de todo el Camino. Su significado, alusivo a la igualdad de los opuestos, se encuentra presente a lo largo de toda la mitología universal, a través de parejas como Cástor y Pólux, Caín y Abel, Rómulo y Remo y hasta, en el santoral cristiano, en parejas de santos como Abdón y Senén, Gervasio y Protasio, o Cosme y Damián, los santos sanadores, cuya figura está también presente en los restos de un fresco que se encuentra en la llamada iglesia Baja de este monasterio.

Los primeros tiempos históricos de San Juan de la Peña son descritos como difíciles, expuestos constantemente a las amenazas de las ceifas de musulmanes. Sin embargo, tampoco conviene olvidar que la situación misma del cenobio, prácticamente inaccesible, le daría una seguridad que permitiría el desarrollo de la vida comunal. La situación del monasterio y la perfecta adecuación entre el elemento natural -la roca- y la construcción llevada a cabo para adaptarla a la experiencia espiritual es, posiblemente, el primer rasgo que cabría resaltar en este lugar señero de la Ruta y del reino de Aragón.

Pues la simbiosis entre la peña y la obra del ser humano, clave de una convivencia continuada con la tierra, hace que el recinto adopte las características de un hipogeo sagrado, colaborador activo de la identificación de los monjes con el útero terrestre en el que se albergaron. La peña, pues, está presente en el monasterio más allá de su nombre; configura los ábsides excavados en ella, protege el claustro y guarda amorosamente los restos de los miembros de la comunidad fallecidos, y hasta los de monarcas y los caballeros que se pusieron a su mágico servicio.

Cabe que su función como lugar de enterramiento pueda definirnos mejor aquella simbiosis de lo humano con la piedra. El motivo es simple: antes de que la muerte se convirtiera en una simple barrera entre el ser y el no ser, antes de que el hecho de morir fuera sentido como una simple desaparición del mundo de los seres vivos, los seres humanos vieron en este acto un tránsito hacia lo que era esencialmente desconocido, pero lleno de promesas que habrían de cumplirse en razón directa con los merecimientos adquiridos. Importaba, sobre todo, encontrar para el cuerpo un lugar que propiciara el tránsito. Y tal lugar sólo podía localizarse en un Eje del Mundo, un enclave cuyas características lo proclamasen enlace con la otra vida: punto de contacto entre la Tierra y los Cielos; espacio impregnado de aquella trascendencia que se vislumbraba como meta gloriosa al otro lado del instante mismo de morir.

Cuando se comprueba que los enterramientos son en San Juan de la Peña un leitmotiv, esta idea se justifica plenamente. Vemos como las tumbas surgen por todas partes; hasta se tiene la sensación de que el monasterio entero es un inmenso cementerio o varios; uno de nobles, otro de reyes, otro de monjes. Los hay en las dos iglesias, en la mozárabe de abajo y en la románica de arriba; en el claustro, llenando las paredes de inscripciones funerarias; en las capillas anejas. No creo exagerado afirmar que el monasterio constituyó, en su momento, una auténtica querencia funeraria, como si, a lo largo de siglos, una élite concreta de individuos hubiera elegido conscientemente aquel enclave como meta para su descanso eterno. Y me planteo si acaso esa predisposición no vendría precisamente condicionada por los largos años en que el Grial estuvo allí custodiado, si su condición de recipiente sagrado no sería acicate principal que hizo que tantos quisieran morir a su vera. Querría recordar también que, después de tantos lugares donde recaló la reliquia antes de llegar aquí, fue precisamente en este monasterio donde quedó custodiada bajo la advocación de san Juan, en tanto que en todos los anteriores lo estuvo bajo la de san Pedro, el primer papa, el cofundador de la iglesia de Roma, la que marca, de hecho, todas las advocaciones proclives al mantenimiento de su autoridad temporal frente a otro cristianismo, de corte esotérico, que solía camuflarse bajo las advocaciones al Discípulo Amado o el Bautista.

El principio denominado Juan, en sus dos personalidades, es la representación de la tradición mistérica cristiana, impregnada de contenido simbólico, incluso en la fecha elegida para celebrar ambos: los solsticios de verano y de invierno, que responden a la indiscutible herencia del antiguo Jano, la divinidad de doble rostro, el dios oculto de muchos actos del ritual mistérico del mundo mediterráneo. Pero aún hay más indicios, puesto que Juan, asociado al Cordero Místico, surge a lo largo de la historia del Monasterio y de toda su iconología, desde la figura central del capitel del claustro que representa la Última Cena -la Cena griálica, no lo olvidemos-, apoyada su cabeza en el hombro del Salvador, hasta el curioso grabado que se editó en el siglo XVII en el que, entre dos representaciones del cenobio -el antiguo y el nuevo-, surge el Bautista con la inscripción Ecce agnus Dei, arrebatándole al mismo Jesucristo el apelativo simbólico que le había adjudicado la iglesia.

Para la corriente juanista de la iglesia, el Cordero Místico y el Cáliz griálico representan ideogramas fundamentales: el Cordero en tanto que signo de Aries, la constelación que surge en el equinoccio de la primavera y determina la plenitud solar y su acción fertilizante sobre la Tierra; el Cáliz, hecho Grial, como receptáculo de conocimiento y de luz divina, contenedor de sangre divina sacrificada y, por eso mismo, receptáculo de la esencia vital, tal como es concebida en el contexto simbólico tradicional. Y así, entre el Cordero-víctima y el Grial-recipiente, se encuentra la Cruz-instrumento del sacrificio, convertida eventualmente en espada o en lanza, como la del centurión Longinos de los Apócrifos: la Santa Lanza, inequívoco signo del fuego divino, como sigue siéndolo la svástica (la tradicional, que no la nazi) y el laburu de la tradición vasca: sol vivificador que transmite la luz a almas ávidas de saber.

El espíritu juanista tuvo una presencia activa en todo el proceso histórico que va marcando, desde sus orígenes, el destino y hasta el sentido de San Juan de la Peña. Ese espíritu habría de prolongarse a lo largo de toda su singladura histórica y aún se detecta en el panteón de nobles de la planta alta, donde abundan los nichos con la cruz adoptada por los caballeros aragoneses que formaron, precisamente aquí, aquella orden militar que se llamó de Caballeros de San Juan y que nada tenía en común con la de hospitalarios sanjuanistas creada en Tierra Santa a raíz de la Primera Cruzada. Esta cruz de la orden pinatense es cruz griega, unas veces pateada y otras ligeramente lobulada en los extremos de sus brazos.

Y luce a menudo una prolongación a modo de apéndice o de mango, que sale de la parte inferior y que, curiosamente, resulta idéntica al jeroglífico egipcio AAL, que significó fuego, con el añadido evidente y no menos significativo de cuatro flores/rosas que siempre se encuentran labradas en los cuatro ángulos de la cruz.

Un san Juan abstracto y totalizador, que no es ni el Bautista, ni el Evangelista, ni el Limosnero, ni el Mártir, sino todos ellos a la vez, símbolo puro de un ideario iniciático, sigue presente en el testero del panteón de reyes del monasterio, en una talla de un imaginero dieciochesco Carlos Salas; y hasta preside la entrada del monasterio nuevo, en la llanada que conforma la cumbre del monte Pano, y al que se trasladaron los monjes cuando el viejo cenobio fue considerado inhabitable a fuerza de siglos e incendios.

Los santos gemelares aparecen por todo el cenobio: unas veces se les distingue y otras están casi totalmente inidentificables. Pero no son las únicas muestras del carácter iniciático del monasterio. Unas muestras que se manifiestan, entre tantas claves, en la multitud de llaves que aparecen profusamente grabadas en los muros y que se refieren a datos deliberadamente ocultos para evitar a los sempiternos pedigüeños del conocimiento. Otras veces se trata de claves avisadas, predichas. Así es la inscripción que figura en la arquivolta de la puertecilla mozárabe que comunica la iglesia superior con el claustro y que fue colocada allí aprovechando las piedras de la estructura anterior, aunque las letras son, no de la época de la puerta, sino del tiempo en que fue colocada allí:

PORTA PER HANC COELI FIT PERVIA QVISQVE FIDELIS + SI STVDEAT FIDEI IVNGERE IVSSA DEI

Es decir: ‘Por esta puerta, cualquier fidel (puede) graba(r) el cielo + si investiga (en) la fe (para) captar los designios de Dios’.

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*imagen: un_mar_de_calma

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La clave iniciática del cenobio pinatense, sin duda, en este claustro románico insólito, aunque ahora ha perdido al menos una parte sustancial de su mensaje. Es un claustro que pide a gritos una interpretación imposible, porque, entre otras circunstancias, la secuencia de sus capiteles quedó rota por la desaparición de muchos de ellos y el deterioro irreversible de varios más. De los 33 que constituían la obra completa quedan 20 originales, de ellos cinco muy deteriorados y al menos dos imposibles de descifrar. Sin embargo, la inscripción de la entrada deja clara la intención originaria.

En este ángulo de este claustro, donde se une a la roca y al muro de la iglesia, se levanta la capilla de San Victorián, construida entre los años 1426 y 1443, siendo abad don Juan Marqués, promovido a este cargo por el papa Luna, que tenía en este cenobio uno de los reductos más fieles de la Península cuando ya los monarcas y el clero le habían abandonado a la suerte a la que le condenó el pleito cismático en el que estaba involucrado. Una inscripción ya ilegible de esta capilla levantó en su día sospechas de que este lugar hubiera sido construido para contener los restos mortales del papa cismático. La inscripción fue copiada cuando aún era legible, en 1638, y lo cierto es que cabría hacer dicha lectura interpretando un PER latino (per dominum benedictum papam XIII) como un PARA en lugar de como un POR. Y no es menos cierto que, aunque la capilla se levantó tras la muerte del pontífice (1423), su cuerpo fue trasladado a su villa natal de Illueca siete años después, cuando la capilla estaba en plena edificación y se labraba el suntuoso sepulcro en su interior. En aquel instante no estaba aún decidida la tumba definitiva de don Pedro de Luna. Y lo cierto es que la capilla monástica jamás llegó a albergar cuerpo alguno.

Tras los muros del claustro, pegado a la roca sobre la que se apoya la mole del monasterio, hay un recinto trapezoidal destinado a recoger el agua almacenada que se deslizaba hasta allí desde una gárgola que queda en lo alto del claustro y que gotea incesamentemente sobre las losas. Hubo quienes llegaron a apuntar que aquello, como en la antigua China, estaba destinado a un suplicio especial para monjes que tuvieran que ser castigados, pero parece que la razón última de aquel lento trasiego del agua filtrada sería también iniciática, purificadora de las energías convergentes en el recinto claustral. En cualquier caso, sorprende que la estructura de la capilla esté basada en la cifra 5. La construcción es pentagonal, gracias a la angulación de su ábside; se entra por 5 arquivoltas, bordeada la primera por un festón compuesto por 10 lóbulos (2 x 5) y rematada la última por 10 cardinas. Sobre el portón, en lo alto de la fachada, se abren 5 óculos: 4 de ellos, simétricos, entre los pináculos que flanquean el arco de entrada, y otro a la derecha, ligeramente mayor.

Pensando en el 5 como magnitud esotérica, manifestación trascendente de la naturaleza (los 4 elementos más el quinto que insufla la vida y los une a la corriente universal), cabe colegir el motivo de aquella construcción. En la Qabalah, el 5 está representado por la letra HE, que significa la esencia y la existencia y encarna el principio de la Luz Divina. Con ello, el 5 plasmaría lo lumínico/espiritual que formaba parte de los ideales sanjuanistas y que enlazaría con el Pentáculo o Sello de Salomón, que representa al Hombre Primordial (el Adam Kadmòn), imposible de concebir como ser aislado, sino como totalidad representada por la unión de la Pareja Trascendente que comparte el conocimiento: los hermanos del mito gemelar, los santos dióscuros. Además, el número 5 y la letra HE dan sentido al Pontífice de los arcanos del Tarot, con lo que casi es imprescindible pensar si acaso ese pontífice tarótico no será la imagen oculta de un Benedicto XIII, el papa secretamente esperado, del que se asegura que inauguró una dinastía pontificia en la sombra que aún subsiste en nuestros días.

Abundando en la idea, acerquémonos a otro detalle presente en la misma capilla. Sobre el arco apuntado que remata la arquivolta exterior, se distingue el blasón con las barras cataloaragonesas y, sobre él, un yelmo labrado con la figura del Dragón Alado, que fue instaurado como signo de la dinastía de sus condes-reyes. Pero esa dinastía ya se había extinguido cuando se construyó la capilla, siendo sustituida por la casa de Antequera/Trastamara en la persona de Fernando I, después del Compromismo de Caspe, lo que significó la pérdida de una autonomía profundamente arraigada en el reino y el fin de un largo período de independencia ideológica frente a la incuestionable autoridad de Roma, período cuyas últimas consecuencias eran el reconocimiento de la autoridad del papa Benedicto XIII y la custodia del Grial.

Significativamente, el Grial salió de San Juan de la Peña 25 años antes de que se comenzara a construir la capilla de San Victorián; y esa cesión que permitió llevárselo al último rey de la dinastía originaria, Martín el Humano, se hizo por recomendación expresa de Benedicto XIII, como para reforzar el sentido más auténtico de su autoridad. En cambio, cuando Alfonso V lo dejó marchar a Valencia y quedó en custodia en su catedral, el Cáliz sagrado pasaba tácitamente a depender de la autoridad romana en la persona de sus obispos.

Ya hemos tenido ocasión de comprobar las vicisitudes por las que pasó el Grial durante su estancia en aquella comarca del Norte de Aragón. No es gratuito, en este sentido, reconocer las razones que llevaron al geógrafo musulmán El Idrisi a nombrarla como El País del Templo. Ni deja de ser significativo que, tanto en crónicas contemporáneas francesas como en documentos aragoneses de la misma época, se nombrase a Alfonso I el Batallador -el gran favorecedor del monasterio, donde algunos aseguran que murió tras la derrota sufrida en Fraga- como Anfursus o Anforz, precisamente el mismo nombre por el que se conoció en los poemas artúricos a Anfortas, el llamado rey del Grial o Rey Pescador o Rey Pecador. La voz popular, inspiradora de mitos, aseguraba que el monarca se escondió en este monasterio, ignorado por todos, esperando la hora de su gloriosa reaparición.

Es un hecho que creo indiscutible: la presencia de un Grial físico y palpable en el monasterio de San Juan de la Peña fue uno de los grandes detonantes que propiciaron que la vía compostelana se encauzase por el camino que venimos siguiendo. Y tampoco puede dudarse que esta circunstancia hizo del cenobio meta de muchos peregrinos, que gustosamente se apartaban del Camino estricto para acercarse a él y sentir de cerca la presencia natural y material de un mito que había comenzado a echar raíces en la conciencia mágica del Occidente europeo y que, aunque las leyendas lo situaran en un enclave impreciso y casi inmaterial, podía ser visto y sentido allí, con todas sus consecuencias trascendentes.

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link: Tarifas, horarios, instalaciones de la hospedería y otros…

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Al monasterio llamado Nuevo se accede siguiendo la carretera que nos trajo hasta el Viejo. Se encuentra en la explanada de la cumbre del monte Pano, ocupada antes por un castillo que ya sólo existe en la memoria. El mismo monasterio, aun calificado como nuevo, se encuentra en estado ruinoso, con restos de dependencias esparcidos por toda la explanada. No hay nadie en él desde la Desamortización (1835), pero ya era inhabitable desde que las tropas del mariscal Suchet lo depredaron durante la campaña napoleónica (1808).

Algún día convendrá estudiar el encono que tuvo este mariscal francés hacia los lugares griálicos. Las explicaciones primarias que se han dado no satisfacen. Se habla de una operación de castigo en persecución de los guerrilleros -que comenzó aquí y terminó en el monasterio de Montserrat-, en que ambos cenobios fueron destruidos. Los testimonios de esta campaña, sin embargo, nos remiten a la búsqueda de algo, que presumiblemente no fue hallado en ninguno de los dos monasterios, pero que hizo que los franceses rebuscasen en cada rincón de ambos, sin dejar mueble ni bodega ni altar por destrozar. Dicen que lo que buscaba era botín, o escondites de guerrilleros, pero es sospechoso que Suchet se cebase precisamente en estos dos cenobios, abandonando el asedio de otros que podrían haber sido igualmente sospechosos. A no ser que convengamos en que ambos formaban parte de la tradición griálica penínsular, que alguien, en Francia, pretendía destruir.

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De: calaudio90

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Lo poco que hoy cabe del conjunto del monasterio Nuevo, que sólo fue grandioso por el gigantismo de su estructura barroca, se encuentra en la fachada de la iglesia abacial, en la que los constructores, aunque tardíamente, trataron de aplicar fórmulas tradicionales sin tener conciencia de su auténtico significado. Allí aparece el esquema de la pirámide y el del laberinto, en sus variantes circular y lineal. Y Pedro Onofre, un escultor de segunda fila, colocó en la hornacina de la fachada la imagen de san Juan Bautista, y las de san Benito y san Indalecio en las laterales. Precisamente el cuerpo del bendito Indalecio constituía una de las reliquias favoritas de los monjes pinatenses, que para conseguirla no dudaron en mandar a tierras lejanas a dos monjes del cenobio, acompañados por un peregrino mozárabe murciano, que se prestó a ayudarles en su empeño.

La alucinante aventura de la traslación de los restos de san Indalecio merece que nos detengamos en su relato. Y no sólo porque aquel santo era uno de los Siete Varones Apostólicos legendarios discípulos de Santiago, sino porque su presencia en San Juan de la Peña quedó marcada por una sucesión de prodigios que sirvieron para solaz de devotos. El cuerpo, según supieron los monjes a través del caballero murciano, se encontraba en Urci, junto a Almería, y se había aparecido a la comunidad pinatense expresando su deseo de reposar entre los muros del monasterio. Gracias a las informaciones obtenidas y a unas llamas milagrosas, el sepulcro fue localizado y, con el cuerpo a cuestas, se inició un lento viaje de regreso lleno de señales celestiales y milagros que hicieron que la llegada al cenobio oscense se convirtiera en acontecimiento sonado, al que asistió personalmente el rey Sancho Ramírez.

Curiosamente, esto sucedía en 1085, catorce años después de que el cardenal Hugo Cándido desautorizase en aquel mismo lugar el rito mozárabe del que, en cierta manera, el santo cuerpo recién traído era altísimo representante.

‘LA RUTA SAGRADA’ (1993)

JUAN G. ATIENZA

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Incluido en los comentarios de la etapa siguiente:

♦ (2) Etapa segunda: JACAARRÉS o PUENTE LA REINA DE JACA (Camino aragonés)

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2 Respuestas a “SAN JUAN DE LA PEÑA Y EL GRIAL EN LA RUTA SAGRADA O DEL CAMINO INICIÁTICO (1993)

  1. yo me quedo con el monasterio viejo me envolvia mejor, me era muy calido pero el nuevo era frio mas bien como un producto comercial.
    El viejo a pesar de estar en un rincon sombrio de la roca te penetraba en el espiritu envolvia el cuerpo y a la mente en un solo ser.
    Pasa un buen fin de semana, :)

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    Yo el nuevo, hasta este día, no sabía ni que existía.
    Es un fin de semana rojo (rojo ovario derecho) :)
    Igualmente.

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