i – De la bitácora: MEANWHILE… MEANWHILE

Expuesto por Penumbra1267

¿Y tú oíste hablar de ‘EL EFECTO MARIPOSA’? (-II- parte)

Me detuve en la tarde  noche del viernes 22 de agosto…

Cuando Olga se fue le dije a Elena, la poeta, que era libre de invitar a Clemente, el ‘amigo’ de Toñi (la madre de Cristina, la amiga de Paloma), si le apetecía a unírsenos para bajar a la fiesta de la cerveza.

Tuve uno de esos  momentos míos de extraversión absoluta que a veces tengo… Él no me gustaba nada; no me gustaba su cara (lo que denota), su actitud, sus gestos (su lenguaje no verbal) pero tampoco me gusta nada ‘cerrarme’ y juzgar a las personas sin conocerlas… así que… abandonábamos el parque con él para irnos a la plaza donde se celebraba el certamen cuando no encontró a su hijo para avisarlo; y voy yo y grito con toda mi alma: ¡Isaac!… la orquesta ensayaba para la noche… y Clemente se me queda mirando como alucinado y me dice: ‘Eso no me lo esperaba yo de ti’. A mí se me encuadra siempre como una pija y no quiere decir que no tenga esa faceta pero también tengo otras irreconciliables con ella. Volví a reírme y a gritar con todas mis fuerzas: ¡Isaac! Por fin él lo vio y fue hacia él…

Cuando bajábamos por la cuesta de Simago (no sé que nombre extranjero le han puesto ahora) yo entré a comprar patatas fritas… después de los dos pasteles de la tarde… no me iba a apetecer un bocata de calamares y beber cerveza sin comer, no hubiera sido una buena idea. Y me apetecía beber, que no emborracharme. Compré dos bolsas grandes e íbamos comiéndolas por la calle. Me encantan las patatas al jamón… y Clemente me dijo: ¿Tú no haces nada a medias, eh? Cuando empiezas….

-Pues no, nunca hago nada a medias (le contesté yo siempre sonriendo)

A él se le veía realmente encantado conmigo. De pronto yo le parecía de lo más accesible. Si sabré yo a estas alturas de mi vida lo que suele pasar conmigo…

Apartó a Elena de mí. La relegó con el mayor de los descaros al ‘ostracismo’. Se sentó entre nosotras y concentró toda su atención en mí. Él y yo tomamos una pinta de importación y Elena una caña nacional. Repetimos… Mientras tanto yo le explicaba mi especial situación matrimonial. Para su sorpresa resultó que yo estaba casada. Decía saberlo todo de mí: como patino (hizo el gesto de imitarme con el cuerpo), como juego al tenis, y al baloncesto (como le agarro de la camiseta a Gonzalo), como juego al fútbol con los chavales… Creía que éramos un equipo de adultos; no había reparado en que ellos eran discapacitados intelectuales. Dijo llevar años observándome… dijo que le parecía una estúpida, una que estaba muy buena pero una pija… dijo que yo le estaba sorprendiendo mucho, dijo que no podía dar crédito a lo que yo le estaba contando. ¿Por qué lo hice? Porque me precio de conocer a la gente y si se lo cuentas a la persona indicada… él o ella se encargarán de repetirlo hasta la saciedad y tú no tendrás que volver a explicarlo nunca a nadie que esté superficialmente interesado. Y cómo lo que yo le estaba contando le parecía una auténtica ‘aberración’ humana pues encima no tenía ni que añadir decorativas mentiras de su cosecha, ni ensuciarlo más con sus detritos mentales. Pero y qué voy a  hacer yo si me encanta dormir con mi marido y me llevo muy bien con él y me encanta que vivamos juntos como hermanos y que no tengamos relaciones sexuales… Llevábamos más de un año sin mantenerlas; cierto es que porque yo no quiero pero no las manteníamos y él me lo respetaba. Yo no quiero hacer el amor sin sentimientos y con él ya sé que no los puedo tener…  Ahora esto ya no es del todo cierto porque el miércoles o el jueves me acosté con él pero es que me moría de deseo por otro hombre y lo necesitaba… Fue bien pero mecánico. No puedo tener ni un sólo sentimiento y por ello no me abandono al acto físico; es frustrante… prefiero masturbarme. Deberíamos haber sido sólo amigos…

Me lo estaba pasando bien. No todos los días tiene una la oportunidad de hablar con un ‘pitecantropus erectus’ vivito y sobre todo ‘coleando’. ¡Ojo! No me burlaba de él, me reía con él y discrepábamos…  Yo le decía que a mí lo que me resulta inconcebible (que es mentira… era por llevarle la contraria) era el separarse de una mujer y luego presumir de ser los mejores amigos, tener una relación ‘acojonante’ y poder beneficiársela un par de veces al año. ¡Ya! Pero él defendía su teoría con el incuestionable recurso de lo ‘normal y socialmente aceptado’. Yo no dejé de comportarme como soy siempre en ‘grupo’…  risueña, ‘burlona’, traviesa… no consideraba estar haciendo nada especial (no coqueteaba con él… le cortaba todo el rollo de plano: ‘Deja en paz a mis ojos que yo no te miro con ningunos ojos en concreto; imaginaciones tuyas… pura parcialidad’) por eso me mató cuando al llegar al concierto Elena, la poeta, me dijo: ‘Estás consiguiendo que a Clemente le deje de gustar Toñi y estás haciendo por ello’. Oye, me sentó de un mal… ¡Vale!, no era mi problema y la relación que mantienen Toñi y Clemente es la siguiente: él quiere follársela y ella juega a que somos amigos solamente pero mientras encuentro algo mejor te aguanto y me aguantas porque es ese tipo de tía realmente deprimente e inaguantable de 40 tacos al que su marido dejó por una veinticincoañera que seguro que le ponía menos cara de pedo fumado y  ganas al asunto. Esto que no se entienda mal que yo no estoy estereotipando a ninguna mujer: hablo en exclusiva de ella y más que  por conocimiento propio por intuición femenina pero Elena que es su amiga dice más o menos lo mismo; no me extraña que echase a correr  como una loca detrás de mí y me dijese aquello de ‘quiero que seamos amigas’; porque Elena es otra de las que de tonta… ni un pelo.

¡Ah, se me olvidaba! Es que este detalle también es importante para lo de los batires de alas y los efectos posteriores… Resulta que antes de irnos a la fiesta de la cerveza con Clemente… aparece por el ‘Populoso Arte’, el famoso Manolo (con un amigo, Chema), que es el hombre con el que Elena está fatalmente obsesionada, el de la verruga, y el alcoholismo, el que a ella ni le habla y yo le digo: ‘No te preocupes Elena, voy  yo a decirle que si se bajan hasta la plaza con nosotros a tomar una cerveza’

El Clemente no se lo podía ni creer. Fue antes de lo de llamar a gritos a su niño

– No parecías tan abierta (dice Clemente)

¡Ostras… si no soy yo ‘abierta’ quién es abierta! Otra cosa es que también sea muy independiente y muy celosa de mi intimidad.

Y entro al café bar y poniendo una mano sobre la espalda de Manolo, a quién el día anterior había visto fugazmente le digo:

– Hola, que nos vamos acercar hasta ‘La Plaza’, ¿no os apetece bajaros con nosotros?

Y Manolo amable pero tal vez un poco cortado y sobre todo sorprendido me contesta serio:

– No, es que nosotros ya venimos de allí.

Yo creo que su amigo le hubiera matado porque tú te das cuenta de cuando uno decide por otro que por debajo está diciendo:

¡Pero este tío está loco!

– Bueno, pues nada. Venga, nos vemos…

Y le sonrío, quito mi mano de su espalda y me voy a comunicárselo a Elena. Y yo ahí ya me olvidé del tema.

Sin sentimientos, sin implicación emocional, todo es mucho más simple.

Total, que cuando regresamos al bar, en pleno concierto callejero de Jazz y Elena me acusa de ‘alentar’ a Clemente me entró un rebote tan impresionante que cuando nos vimos en la barra, los junto y les digo:

– A ver, un momento que me parece que aquí hay una ligera confusión. Yo no estoy coqueteando contigo en absoluto, que al parecer para Elena eso es lo que estoy haciendo.

Elena asiente poniendo cara de circunstancias, se la ve un poco incómoda por mi reacción pero a su vez reacciona de forma positiva y no lo niega…

– Pues no estoy coqueteando con él para  nada. (le digo a Elena). No me gustas, no eres mi tipo y no pienso tener nada contigo,  eso que te quede bien claro; así que ni te hagas ilusiones ni pierdas un segundo más de tu tiempo en mí (eso a Clemente). Y a ti te garantizo yo que cuando se presente alguien que me guste realmente lo vas a notar… no vas a tardar ni un minuto (de nuevo dirigiéndome a Elena)

– Pero ¿y tú qué sabes lo que va a pasar? ¿Cómo puedes decir eso si apenas me conoces? (dice Clemente entre asombrado por lo que de repente sucede y airado)

– ¿Qué como puedo decir qué…? (yo ya con tono, más que airado, agresivo)

– Sí, que no puedes saber si te voy a gustar cuando nos conozcamos más… y a lo que llegaremos tú y yo…

Estaba bien claro que si se estaba confundiendo…

– Mira, yo sé si una persona va a ser importante para mí en los primeros cinco minutos que la trato. Lo que no pase en esos cinco primeros minutos conmigo… no va a pasar nunca…

(Me refería a la fuerza de la atracción o no atracción… es instantánea… y estuve muy moderada en esa afirmación porque yo suelo sentirlo y decidirlo todo en segundos….)

Y ya el tío se me puso borde y sacándose su cerebro de mosquito del bolsillo del pantalón me dijo:

– Tienes mucho que aprender tú.

– Pues será eso que aún tengo mucho que aprender pero que te quede claro que tú no tienes nada que hacer conmigo.

– ¿Pero qué es esto? Esto es inconcebible… yo no hice nada; no dije nada, no es culpa mía…

– No, lo dijo Elena e hizo muy bien. Ella sólo me informó de lo que parecía… y yo te saco a ti y a ella del error.

– Pero esto no lo hacen ni los niños de 15 años…

– No lo hacen ellos porque no saben pero lo hago yo que sí sé lo que quiero y lo que no quiero. Y no me gustan nada las equivocaciones (dije para finalizar)

– Bueno, bueno, no pasa nada (dijo él). Sigamos como antes

– Vale, sigamos como antes (contesté yo aún seria)

– No, ya no es igual que antes. No estás igual que antes… no te ríes. Vamos a bailar…

Intentó cogerme por la cintura y yo odio textualmente que se me toque si antes no toco o lo insinúo, o lo pido yo.

Y le aparté las manos de mi cintura continuando con mi tesitura anterior.

– ¿Ves? No es igual que antes. Sólo quiero bailar

– Pero yo no quiero.

– ¿Es que me tienes miedo?

– Sí, claro, soy estúpida, tengo mucho que aprender, y además te tengo miedo (y lo dije mirándolo directamente a los ojos y con el mayor de los hastíos… tan cansada de decírselo como si se lo llevara repitiendo toda la vida). Venga que tomáis…

El pidió otra cerveza, Elena una crema de Wishky (pensé en imitarla pero me gusta demasiado…) y yo un chupito de licor de manzana. ¿Por qué? Pues porque no sé que pedir (no suelo salir, no suelo beber, no tengo ni idea de bebidas alcohólicas)… eso fue lo último que tomé hace meses con Elenita, la conserje, y no me emborrachó demasiado (tomamos tres o cuatro) y tampoco me gustó demasiado y me pareció lo menos peligroso para mí… Además pensé que sólo tomaría aquella copa y me iría a casa…

Con las copas salimos al exterior en busca de un hueco, entre el amasijo de variopintas gentes, donde poder disfrutar del concierto de Jazz.

Xabel tenía razón… la música era… no sé… me falta cultura musical y el instante aquel para tratar de calificarla pero era un sonido que te penetraba muy hondo. Vi ese hueco en el muro, era lo suficiente amplio para que todos pudiéramos sentarnos y me dirigí a él. Él tipo que impedía ese paso sobre su silla, girado de la  mesa con la consumición en las manos, no puso cara de muy buenos amigos; no era un tipo amable, no me la iba a poner a mí especialmente pero me dejó sentarme. Entonces me di cuenta de que incomodaba su vista a otro individuo del mismo grupo y procuré molestar lo menos posible; por un momento crucé directamente los ojos con la elegante mujer madura que estaba con ellos (probablemente su madre, quizás su suegra…) y ella  con una mirada me dio su aprobación. Yo no les estorbaba en absoluto. Pero Elena a mi lado quiso que Clemente se nos uniese como si fuéramos ‘pobres huerfanitos’ y el individuo áspero como un verdugo de cenote sagrado comenzó a enfadarse. A Clemente le molestó el gesto y se levantó y se colocó en la ventana del ‘Populoso Arte’ y nos llamó: Elena le siguió pero yo no hice amago de moverme. Estaba en la gloria escuchando aquella música, con mi copa en la mano que terminé a sorbos casi sin querer… ¡Ay la sensualidad! A veces me ‘pierden’ más que me deleitan mis sentidos…

Era de película pero Elena regresó al muro e intentó de nuevo sentarse a mi lado; el guardián del cenote con crueldad no apartó ni un ápice sus piernas que se empotraron con dureza entre las piernas  de ella. Y Elena entonces ofendida intentó tirar de mí y  hacer que me fuera con ella. Yo no me lo podía creer. ¡Alucino con la gente! En este caso con Elena… o sea, ella molesta y quiere hacerme creer que las que molestamos somos las dos y yo miré  interrogando a la mujer madura y elegante y ella volvió a hacerme un gesto con los ojos de ‘tranquila, ahí estás bien’: era una matriarca y me quedé tranquila. Clemente y Elena volvieron a llamarme desde su incómoda posición en la ventana y yo le dije al guarda del cenote: ‘Oye, que te entiendo; que yo haría igual que tú’.

– Hombre, una vez sí, ¡vale! pero más no…

– Claro… asentí empática y seria

Clemente y Elena siguieron haciéndome sus gestos de ‘ pero ven, ¿qué haces ahí?’

Y yo les informé  con una negativa inexorable de movimiento de cabeza de que  no pensaba por nada de este mundo abandonar mi ‘almena’ y me sumí en la gloria… Supongo que se resignaron a que yo no hiciera de su ‘causa’ una causa ‘común’. ¿Se entiende ahora qué no me gusta de los ‘grupos’?

Aplaudí a rabiar cada instante y me sumé a la catarsis que provocaba en mí y en muchos otros de los que allí estábamos… esa música.

Vi a Pepe, Pepín el hermano de Cristina, el que trabaja en M.R. , el que tiene ese amigo fotógrafo tan … pues tan… que a lo mejor de haberle conocido lo que menos hubiera sido es tierno conmigo… y yo lo que necesitaba con premura era calor humano y ternura… más que sexo, más que ‘amor’… Esa fue la ‘revelación’ que me trajo ese instante, aquel momento de incomprensiones estúpidas, de egos encontrados, de inconformidad, de despropósitos, de desmesura… me conformaba con cruzar una mirada con una mujer extraña y que ella me dijese: ‘Estás bien donde estás, eres parte del muro (del mundo, de la Vida), no nos estorbas’. No sé, pero creo que prefiero eso… que a lo mejor para otros no es nada… que muchas otras  cosas… que los sucedáneos de comunicación e intimidad sobre todo.

Cuando el concierto terminó estallé en una eclosión de aplausos por dentro. Mis palmas se batían feroces. No me había sucedido nunca. Creo que comprendí entonces porqué la gente acude a ver a esos lugares (yo siempre los había juzgado mal)… es una energía telúrica que se desata. La música hace tierra en el suelo y te fulmina como un rayo y te libera…  Quizás fue el alcohol, el estrés de los minutos anteriores, la tormenta de adrenalina que se me había desatado en el interior del bar, el coraje, el patetismo del ser humano. Yo que sé…

– ¿Por qué te quedaste ahí en medio? ¿Por qué no te viniste con nosotros? ¿No ves que les pareció mal? ¿Qué necesidad tienes de aguantarle malas caras a nadie? -me espetó Clemente como si en vez de estar disfrutando de la música hubiera estado todo el tiempo pensando en soltarme su arenga

– Eh, eh, eh. Vamos a aclarar una cosa. Yo no estaba molestando a nadie, porque no sentía que estuviera molestando a nadie… y voy por libre; no formo parte de ningún grupo. Ahora me ves y al minuto siguiente no se me ve (me he colgado el cartel de ‘Do not disturb’; pero esto lo escribo aquí ahora para que se entienda, no se lo dije así en inglés a él, a ellos). Eso que quede también claro para que luego no vengan las sorpresas

– ¿Entonces para ti no existen los compromisos?, ¿No formas lazos, no…?  (Y no recuerdo que más dijo…)

– Yo nunca me comprometo con nadie ni a nada… a no ser que yo libremente ELIJA comprometerme…

Y Clemente dijo que iba a buscar a su hijo y se fue.

Elena intentó detenerlo.

Yo le dije: ‘Deja que se vaya. Sólo va a buscar  a su hijo’

– No, ya verás como no va a volver…

Y no volvió

– ¿Ves? Ya te dije que no volvería…

– ¿Y, Elena? Para mí mejor… y te agradezco que me comentases lo que te parecía, así pude ponerle remedio

– Es que parecía que te gustaba, sí.

– Pues no Elena, no me gustaba nada y no estaba coqueteando. De verdad que te garantizo que cuando me guste alguien lo vas a notar. Mira por ejemplo ese camarero me gusta…

Y señalé a Enrique; aún no nos habíamos presentado… desconocía su nombre.

– Es joven (dijo ella)

– Sí, es joven pero me recuerda a alguien a quién quiero…

– ¿A quién?

– Lo siento pero no puedo hablarte de él…

Y Elena lo aceptó… eso me gusta de ella… tiene ‘partes’ de su forma de ser que me gustan mucho. Sabe esperar a que llegue el momento… Es ciertamente una mujer impregnada de un perfume ‘decadente’… la hermosa y altiva decadencia de las antiguas ruinas, de las mujeres cariátide que sostienen las columnas de los templos…

¡Vaya, qué coincidencia!

Lucas, el amigo de Castor, se encontraba hoy con Manolo, el ‘amor’ de Elena.

Elena me decía: ‘a Chema, el amigo de Manolo, le gustas…’

Chema  al parecer le entró a ella primero de que lo hiciese Manolo. Y Elena le rechazó.

– Pues a mí no me gusta nada él…

Manolo y Chema estaban con dos mujeres jóvenes… una rubia entrada en muchos kilos, y otra entrada en otros tantos, unos pocos menos, pero puede que pelirroja… o castaña. ¡Era de noche! Yo no sabría decir por cual de las dos se inclinaba Manolo porque ambas parecían sentirse atraídas por él y tan pronto a una se la veía rozándolo… como a la otra… pero todo era muy poco apasionado, tan poco que me era imposible sacar conclusiones y eso no suele ocurrirme porque yo soy la ‘reina’ de la conclusión precipitada. A la vez, con mucho disimulo Manolo miraba hacia nosotras… Y yo como no tenía nada mejor que hacer pues lo observaba todo, pero no con descaro, ni con ánimo de invadir la intimidad de nadie sino por leer lo que se desprendía de la atmósfera del ambiente.

A ver, el camarero a la cuarta o quinta copa se nos presentó. Se llamaba Enrique; a éste sí que lo observaba yo tratando de ‘desentrañarlo’ pero en cuanto me dio dos besos y la mano, resbalosa, inconsistente, lo descarté casi de inmediato… Él me conocía de vista, de siempre, de verme por la ciudad. Eso dijo. Para mí era alguien nuevo que en segundos se me parecía a un viejo conocido; uno de aquellos chicos de 15 años con los que fui creciendo y dejando atrás… Ninguno de mis amigos resultó excepcional. Bueno, en cierta manera sí: morirán excepcionalmente jóvenes porque la droga y el alcohol los ha envejecido prematuramente. Pero aún así me miraba con él intensamente… supongo que tratando de hallar en él, de despertar en él un interior inexistente. A veces la soledad tiene voz propia… También percibí que su interés por mí, el que mostró los otros días había menguado… y busqué la razón… ¡Vale! Esa noche le estaba haciendo caso; cosa que no hice los otros días (hay hombres así) pero…. pronto lo descubrí: en la mesa de los músicos que habían tocado esa noche, había rodeándolos … un grupo de mujeres jóvenes y entre ellas una jovencita de unos 23 o 25 años auténticamente preciosa. Alta, más de un metro setenta, morena, de rasgos dulces y elegantes y huesos frágiles… y no sólo era bonita por fuera… rebosaba pasión, amor, sueños… Tenía una bonita sonrisa. No sé si Enrique y ella se conocían de antiguo pero me dio la sensación de que la chica a pesar de su actitud atenta se aburría soberanamente  con su compañero de silla  (el músico de más edad) y buscaba con cierta alegría e insistencia los ojos de Enrique. Hubo un momento en que se sentó en el muro frente a ella y la tenía… tuve esa impresión. Sentí ganas de decirle: ‘¿No te das cuenta? Este es el momento…. dile algo… lo que sea’ pero dejaron escapar la magia. Bueno, fue él con su cobardía… pronto dudo de aquello que sucedía y no volvió a mirarla de la misma manera. Era el miedo, el instinto de conservación, el que dirigía sus movimientos por la terraza y de nuevo volcó todo su interés en mí pero yo ya había visto demasiado… una mano inconsistente entre mis manos y un alma inconsistente entre las fauces de la Vida. Y así suelen ser todas mis atracciones momentáneas… interrogantes abiertos que se responden simples y raudos a la primera pausa… No hay lugar para que prenda el deseo… Imaginemos que es una semilla que viaja con el viento y que cae al abismo al ir a asirse a una pared lisa y resbaladiza pero se rompe en mil pedazos como si fuera de cristal… sólo ‘M’ ha sido distinto… Yo ya no soy la misma que era antes de Primo, antes de Pablo, antes de vivir virtualmente en la red… Cada día soy más tolerante, cada día que pasa podría hacer más concesiones pero cada día pasa siento menos necesidad de hacerlas…

Chema y Manolo se levantaron para irse; se habían quedado allí durante horas. Sus amigas les acompañaban. Manolo no hizo amago de mirar a Elena, de despedirse de Elena; de repente me dolía por ella… después de la intimidad que vivieron actuaba como si ella no mereciera ni su calor, ni su amistad, ni su respeto… Me dolió por Elena porque me sentí en su piel…  recordé cuando Pablo me había tratado así, como ahora Manolo la trataba a ella… humillándome. Hay dolores que yo ya no voy a olvidar nunca y el de alma, el primero. ¡Qué afortunada soy de no tener que soportar un mal rollo, una mala historia que no me reporta nada,  y que además me roba mi dignidad! ¿Cómo voy a respetarme a mí misma si consiento que me hagan daño, si soy connivente con la crueldad con la que se me trata, si no aplico mi voluntad para no permitirlo? Esta bien jugarse el tipo y el corazón si merece la pena, si aún crees que la merece pero si has descubierto que no es así… y yo al marcharse Manolo, como se iba, sentí que Manolo no merecía la pena. Y juro que yo no soy de las que le diría a otra: ‘Olvídalo’… No, no, cada uno tiene derecho a establecer sus propios límites. El respeto comienza por comprender eso. ¿Es difícil respetar a alguien que insiste en que le torturen, no? Y sin embargo deberíamos respetar a ese alguien más que nunca porque él sabrá donde ha trazado sus líneas… quizás sólo las busca. Pero aquella noche le dije a Elena: ¡Olvídale, no te conviene!

¡Ay, soy un desastre! El alcohol debe de aflorar en mí mi parte más convencional, por llevarle la contraria al grueso de las gentes, a esa pequeña mojigata que llevo dentro. Maldito sentido moral.

Elena dijo:

– Se van a casa de Manolo

Bueno, si ella lo decía… Estaba borrachísima. Yo la vi ir al baño y daba eses por todas partes.

Por cierto vi a Xabel que andaba por allí feliz con uno de los músicos y me cogió de los mofletes y me dijo:

– Pero que guapa eres Carmen

¡Ah, pues genial! Tengo que confesar que después de la decepción ‘ñ’ minúscula (‘ñ’ de ñoño) que me llevé con Enrique, el camarero; le dediqué cinco minutos a ligarme a su amigo el músico… Y la cosa tenía posibilidades… Era todo lo contrario… todo ‘el hombre y el oso cuanto más feo más hermoso’. Hay una canción de los secretos que se me pasó por la cabeza  LOS SECRETOSOJOS DE GATA … Creo que hubiera sido así… por eso abandoné las idea y las posibilidades…

Y de pronto veo que Lucas (el amigo de Castor) me mira mientras habla por teléfono y se levanta y me dice, tal vez un poco extrañado…

– Dice Chema que quiere hablar contigo

Era el amigo de Manolo. Y yo:

– Hombre Chema qué te cuentas…

– Era para ver si os venís hasta el ‘boys’ a tomaros una copa.

– ¿Cómo? ¿Qué es eso?

– ¿No eres Elena?

– No, no, espera que te la paso

Y le doy el teléfono a Elena y le digo:

– Oye Elena que yo no me pienso mover de aquí… diles que si quieren que vengan

Enrique acababa de traernos una nueva copa. Y al final fue él el que habló con Chema…

– Oye que soy el camarero y que os vengáis vosotros que ellas están muy bien aquí y yo acabo de ponerles otra copa.

Y entonces me quedo mirando a Lucas y le digo:

– ¡Hombre Lucas (pero lo llamo por su nombre) debe hacer 15 años que no te veía!

– ¿Es que me conoces?

¡Joder! (me digo para mí) Mucho he cambiado…

– Sí de cuando salías con Luz…

– ¿Luz? Meca, pero si hace un siglo de eso… ¿pero de qué?

– Eras el amigo de Castor y yo salí unos días con Castor…

– ¿Con Castor, Castor? ¿Aquel Castor que está allí? (y le llama)

– Ah, pues sí

– Hombre, cuanto tiempo (dice Castor con el mismo tono y casi con el mismo aspecto que tenía hace 15 años)

Castor era un niño guapo. Tenía dos hermanos gemelos que tocaban en un grupo. A mis amigas: Rocío y Belén las traía como locas. A mí no me gustaba nada; o sea, reconocía que era muy guapillo pero no me decía nada… A mí el que molaba mogollón era su amigo Pepe Hevia, que era un tío súper atractivo (el típico guaperas: moreno, atlético, de ojos azules, alto)  que sólo salía con niñas pijas de Oviedo y que me decía que yo tenía cara de calva. Me decía, en concreto, que si todos nos quedásemos calvos yo sería de las pocas guapas. A mí me gustaba pero que mucho pero no lo reconocí nunca, supongo que por miedo, también porque Chusi (otra amiga) estaba loca por él y le perseguía por todas partes y él nada (para mí era mucho más sencillo jugar en la sombra… me sentía a salvo)… Así que cuando Castor se interesó por mí porque era la única que pasaba realmente de él (mis amigas babeaban por todos los pasillos por detrás suyo) pues decidí hacerle caso por una mezcla de cosas: Primero la actitud de Rocío y Belén. Se pasaban la vida en la zona, fumando porros y a mí me trataban como una apestada porque yo no podía soportar aquel ambiente del Padero y desentonaba. Yo no consumía… y quizá me halagó que él me prefiriera a ellas. Me sentía relegada y mi relación con Castor fue motivo de ruptura de amistad. Me trataron de traidora. Dejar de salir con ellas era virar de rumbo y vida… era una forma de libertad. Me hastiaba todo aquel ambiente pero con Castor me vi doblemente obligada a permanecer dentro. Eso sí, no fue por mucho tiempo. No nos entendíamos nada. No había pasión, ni deseo, ni comprensión… una auténtica desintonía. Lo que jamás entendí fue porque él insistió en salir conmigo… Yo me ABURRÍA mortalmente pero para ellos la aburrida era yo. Con cuatro petas… ellos a reírse y felices. Y yo… yo esperaba ver a Pepe más a menudo y bromear con él. Era tan inteligente, tan divertido… Me pasaba una cosa similar a la que ahora me sucede con ‘M’. Era una atracción natural que despertaba lo mejor de mí… me era muy estimulante. Pero no le veía y aquello no compensaba demasiado… No sé si fue una semana santa. No recuerdo. Es que no le tomé ni cariño. Yo estaba locamente enamorada de Cuco. Bueno, y de Julio, el de inglés… Supongo que me sentía sola y trataba de llenar el vacío de espíritu con besos y caricias… supongo que me sentía aterida después de lo dura y terrible que había sido mi vida y Castor me brindó un poco de calor. Por una parte me dan ganas de preguntarle que le movió a él a soportarme: yo no debía de ser muy agradable por aquel entonces… y por otra esa misma noche recordé porqué diablos jamás después de aquello sentí la necesidad de cruzar dos palabras con él y siempre que pude le evité.

Una cosa más; cuando nosotros salimos juntos él tenía el corazón muy roto por Verónica, y Verónica salía con otro Pepe, que era modelo; le dejó por él. Quizás pensó que si salía conmigo (mi físico era muy bueno) ella se arrepentiría. Quizás lo hizo por darle en cara. Nos pasábamos los días hablando de nuestros respectivos amores…

Vale, venga regreso… la madrugada del sábado 23 de agosto cerca de las tres y media de la mañana

– Hombre cuanto tiempo… (dice Castor gesticulando mucho, como antes… es un tipo jovial pero creo que falsamente)

Y yo digo para mí solita: ¡Mierda! Si sé esto no lo menciono…

– Hombre Castor cuanto me alegro de verte (¡Vale!, falsa yo también)

Besos, besos, sonrisas… nos contamos un poco la vida

El tiene una niña pequeña, de unos ocho meses… maravillosa, Albita.

– Como me alegro, como me alegro por ti (digo yo, en plan de niña educada en colegio de monjas)

Estuvo trabajando fuera… regresó hace cuatro meses (o quizás no me contó eso… no le prestaba ninguna atención)

– Tienes que tener niños propios Carmen. No sabes lo que te estás perdiendo

– Ya, pero yo soy afortunada… trato mucho con niños todo el tiempo. Vivo rodeada de niños.

– No es lo mismo, no es lo mismo…

¡Pero qué poco tacto tiene la gente! ¿No se dan cuenta de que puede haber ‘cincuentamiljodidascausas’ por la que una persona no puede tener niños y eso ser motivo de dolor, de mucho dolor?

Al final no sé lo que le dije. Vete tú a saber porque estaba súper borracha. No me di cuenta hasta aquel momento porque no me había levantado pero… Debí contarle lo de que estaba casada y no mantenía relaciones sexuales  con mi marido porque lo que dijo el tío después de haber estado haciendo chistes (es que Castor siempre fue muy chistoso) sobre la desgraciada vida sentimental de su amigo Lucas y su ‘mala suerte’ con las mujeres fue

– Carmen, tú lo que necesitas es echar un polvo.

¡Uf! Me reboté…  e iba a ponerme borde pero  no me dieron tiempo.

¿Pero quién coño me manda a mí ponerme hablar con gilipollas?

¡Vale, sí! Los tíos son muy simples y todo lo que se quiera pero ¡Joder! también nacen sin sensibilidad, y con la gran suma en su haber de las cuatro paridas de turno que soltarle a las mujeres?

Y es que después de decirlo, se la debieron de creer y entonces al Castor le entró una prisa del copón y tenía que irse y el Lucas ‘suplicando’ porque no lo dejaran sólo allí conmigo

– Yo me tengo que ir, yo me tengo que ir, yo me tengo que ir también

Como una nena llorando ¡Hombre! ¿Cómo no le va a dar por el culo la pava con la que tuvo la hija si es sólo una nena llorona?

Si no parecía que se iban de ese modo para que yo no los violase…

Me pusieron cardíaca. ¡Menuda noche de payasos que me tocó en gracia!

Y lo peor era que en parte (¡Ostras! y en su mayor parte) Castor llevaba razón. Pero esto no iba a quedar así, ¡vamos!, eso lo saben hasta los indios. Yo a estos dos los espero de por vida hasta que les prenda la misma mecha en el culo.

Sí, soy un poco vengativa para ese tipo de afrentas (las que atentan contra la sensibilidad) y además ya no tengo 20 años y una autoestima  de pena para consentir que me tachen de rara e insana por no ser una drogata de mierda.

Esto lo digo hoy, no aquella noche, ¿vale?: yo a estos me los estudio, vaya que si me los estudio hasta que descubra exactamente sus ”llagas”… luego ya veré si me comporto como una buena persona o como una auténtica bruja.

En parte si lo piensas… luego es muy gracioso lo que sucedió… y Castor debe de estar dándose aún de cabezazos por haberme dado ese  samaritano consejo

Pero aquella noche me entró una rabia tan grande que le dije a Elena:

– Dame el móvil que voy a hablar yo con Manolo…

Y lo llamé y le dije:

– ¿Oye, no os veníais a tomar esa copa?

Y Manolo dijo:

– No, no, no podemos que estamos con unas amigas…

– Pásame a Chema…

Y Manolo le da el teléfono a Chema y le digo:

– Oye que Elena quiere estar con Manolo. ¿Por qué no te lo traes?

Y Chema me dice:

– Porque él no quiere saber nada más de ella

– Entonces, ¿no hay nada qué hacer?

– Nada, créeme…

– Bueno, anda, perdona, lo entiendo.

Pero lo que es el alcohol… seguía ardiendo de indignación por lo que había tenido que aguantarle a Castor y le dije a Elena:

– ¿A que como le  mande un mensaje yo a Manolo si le hace efecto?

Y Elena me dice:

– Imposible, es imperturbable…

– Vale, trae el móvil.

Y escribo:

‘MANOLO ERES UN CAPULLO. QUE TE FOLLE UN PEZ. Y ESTA NOCHE NOS VAMOS A TIRAR YO Y ELENA AL CAMARERO QUE ES MUCHO MÁS GUAPO QUE TÚ’

A todo esto, recordé intensamente a Pepe…. el compañero de Castor, en el nocturno… él solía decirme que a los 30 teníamos él y yo una cita pendiente… que nos veríamos, nos desearíamos y haríamos el amor, (sino me había puesto ‘muy culona’… añadía bromeando)… no he olvidado nunca aquello. Llevamos cinco años de retraso. Parece mentira pero creo el deseo auténtico no caduca.

A todo esto el grupo de músicos y de mujeres se levantaba… la preciosa joven morena ya no miraba a Enrique tampoco. Yo presentía el punto en el que la magia se había roto entre ellos… en el mismo nacimiento del primer miedo. El primer miedo que existe cuando alguien nos causa un impacto emocional, es el miedo al rechazo… Ni ella con ese físico tan envidiable, con esa bella juventud se libraba de él. La belleza no convalida las asignaturas pendientes… y llamé a Enrique.

– Enrique, me dirás que no es asunto mío pero creo que esa chica te gusta y que tú le gustas a ella, por qué la dejas irse así…

– Sí, tienes razón: ella me gusta pero tengo pareja…

– Y ¿eso qué importa?

A ver ya sé que importa pero ¿entonces por qué tontea? El tener pareja debe primar por encima del flirteo

– Bueno, todo se andará. Cada cosa a su tiempo…

Eso es alevosía y premeditación… no es dejar que las cosas sucedan; es un agravante de pena.

– Yo no sé tú pero sé que  las oportunidades hay que agarrarlas al vuelo… porque pueden no presentarse de nuevo…

No sé qué le dijo a él Elena; seguro que algo de Manolo porque ella le hablaba a todo el mundo de Manolo esa noche pero a mí me hizo la siguiente propuesta:

– Te invito a tomar la última copa en el ‘Mescalina’ (el nombre auténtico tengo que omitirlo también en este caso)

– Pero qué morro tienes Elena, ¿para que te acompañe hasta casa, eh?

Ella se sonrió picaramente y se balanceó…  yo vi que no se encontraba en condiciones de irse sola… así que acepté.

Y cuando me despedía de Xabi con dos besos, el músico, le dijo: ¡Qué suerte tienes de que te de dos besos una mujer así!

Podría haber sido él, con él, si me hubiera quedado allí… quizás lo habría sido porque sentía que esa noche de alguna manera tenía que serlo, que algo especial esperaba por mí pero…. ni me lo pensé… mis pies no me detuvieron… no hubo ninguna señal de que debía de detenerme… así que continué mi camino y no miré hacia atrás; me alejé sin pena.

Un músico caminaba delante de nosotras por la bajada de la calle; era el mismo que había ocupado asiento contiguo a aquella bella joven que quizás Enrique aquella noche había perdido… Nuestra conversación, la de Elena y la mía, versaba sobre tríos… al parecer ella ya había estado en uno con Manolo, así que mi mensaje a Manolo, podía resultarle no tan increíble y el músico se giró en redondo para mirarnos. Hacíamos unas eses descomunales y nos reíamos… A Elena se le notaba más en la voz que a mí. Eso me dijo ella. El músico, con sus manos en los bolsillos, llegó a la esquina de la calle, la dobló  y cruzó el vestíbulo del hotel y nosotras seguimos caminando hacia el ‘Mescalina’

Yo me había jurado hace un par de años no volver a entrar en el ‘Mescalina’. Allí sucedió lo de David… David trabajaba allí. Era mi compañero en la piscina con ‘los chavales’ (yo era la voluntaria que le ayudaba). En principio tonteé con él por poner celoso a Pablo. Aquel chico tan guapo… Luego una noche David me llamó y me invitó a tomar un café. Era tarde, como la una de la mañana. Creo que lo hizo alentado por su jefe; no me siento orgullosa de aquello, no le jugué limpio; pero pienso que su jefe mucho menos… Fui a verlo un par de veces. La verdad es que empecé a pensármelo en serio. Me sentía muy sola; las cosas estaban muy mal con Pablo, con Primo tampoco iban… ¿Y por qué no? Y David era muy cariñoso. Se me agarraba todo el tiempo y a mi cuerpo no le disgustaba. Me propuso hacer el amor en la barra del bar. Y yo iba a aceptar pero cuando me acerqué al lugar la historia no me gustó nada y no por David sino por su jefe… un día me envió  un mensaje bastante obsceno, aquellos días comenzamos a tontear con el teléfono y yo supe (pensé) que la idea no había partido de él. Me indigné y fotocopié parte de mi cuaderno, del que en aquel momento le escribía a Primo. Si me encuentro con ganas mañana lo busco y lo transcribo. Podría resultar interesante hacer memoria hasta ese punto. Sí, quizás sea lo mejor… lo fotocopié y se lo arrojé encima de la barra del bar. Cómo diciéndole: ¿Ves idiota?, por dejar que jueguen contigo has perdido… Y sí, creo que salió perdiendo porque yo tenía 33 años y estaba muy linda y se lo hubiera pasado muy bien conmigo… yo hubiera intentado la ‘magia’…. habría sido bello, memorable… no sé, o tal vez no… Sólo tenía 20 años… quizás hubiera sido sólo sexo. Y hasta puedo que fuera yo quién me hubiera llevado de la experiencia un mal recuerdo… ¿Acaso no fue así?

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Una respuesta a “i – De la bitácora: MEANWHILE… MEANWHILE

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